🐛 bichos raros

La mujer barbuda


“No soy extraño, simplemente no soy normal”.
Salvador Dalí

He decidido no depilarme más. Me he enterado esta mañana que pronto viene a mi pueblo un circo, para hacer presentaciones en los días de Navidad. Pienso dejarme crecer el bigote y los pelos de mi quijada, para ser una mujer barbuda y unirme a ellos. Una vez que mis pelos sean abundantes, esperaré sentada, toda peluda y confiada a que llegue la caravana. Tendré listo un vestido de seda china, unas peinetas brillantes de carey y mi cartera. No necesito maleta.
Haré de seguro una pequeña audición para el dueño, quien será además el presentador, un maestro de ceremonias alto, delgado, grasoso y oloroso a jabón de panela y tabaco barato. El me hará mover objetos pesados con la fuerza de mi barba trenzada, como prueba de mi acto, y quedará encantado con mi presentación. Tocará mis muslos, pellizcándolos para su aprobación, pero inútilmente su gesto se perderá en el decorado, porque yo estaré, lo sé, hechizada con tan solo ver a Ladislao, el enano del circo, al oír su potente voz.
De inmediato me contratará y me convertiré en un éxito sin precedentes, por la fuerza de mi barba y mis chispeantes ojos, que entre vellos y cabellos brillaran ilusionados, no solo por los aplausos que recibiré en cada función, sino por el amor de mi enano, ronco y fajado.
Ladislao mantendrá el tráiler que compartiremos limpio y ordenado, cocinará todo muy rico y endulzará mis sábanas con sus toscas palabras y sus intrépidas acrobacias. Será un amor desnudo de prejuicios, a él no le importará que no cocine, a mí no me importará que sea rico.
Imagino el nuevo cartel del circo, yo sentada al centro como atracción principal, desplazando a Madame Esmé, la muerta viviente. A mi lado, peinando con esmero mi barba extravagantemente fuerte, Ladislao, vestido de luces como un diestro matador para mí faena.
Veo todo con claridad.
Puedo ver incluso como al cabo de unos meses, a causa de una frenética alergia producida por las cremas alisadoras, que usaré en bigote, barba y entrepierna para más lucimiento en mis actos de indómita fuerza peluda, tendré que afeitarme todo, cabello y pelo por igual, con la promesa de mejoradas y nuevas capas. A instancias de mi enano practicaré otros actos circenses y seré muy buena contorsionista.
Pero ¡ay de mí! la desgracia vendrá cuando a causa de mi alopecia mis ojos se hagan crudos y faltos de poesía. Ladislao perderá su hermoso contorno, volviéndose pequeño y defectuoso, pavorosamente frío y sudoroso.
El lío que se armará cuando Ladislao se entere de que le he sido infiel y para mayor desdicha con alguien cercano a él. Morirá de amor al saber que en un par de mulas robadas al anochecer me fugaré con Neftalí, el payaso novato del circo, la persona más dulce que jamás conoceré, el payaso más auténtico; el que hace reír a hombres, mujeres y niños; al que le aplauden y piden que vuelva a la carpa una y otra vez.
Neftalí me hará reír a mí también, para hacerme olvidar mis penas y mis pelos, hasta que los tenga de nuevo largos y fuertes. Entonces mis ojos ya no querrán reír, llenos de pelos por todos lados y en poco tiempo odiaré a Neftalí.
Con el tiempo correrá la historia de una mujer barbuda que sentada en la carretera de un pueblo, espera el paso del próximo circo para unirse a sus talentos.

El Domador


“Algunas personas no enloquecen nunca. Qué vida tan horrible deben tener”
Charles Bukowski


Escribí un libro, que nadie ha leído. Igual maté ayer a un hombre y nadie ha venido por mí. Mi soledad es impune, pero nadie vendrá por mí.
Vivo rodeado de raros, cada cual en su entierro. Puedo mezclarlos y cambiarles la vida, ser mezquino con la felicidad. Será porque vivo en cada distorsión que describo. Ninguno me pertenece, aunque así lo piense. Cada bicho va agarrando cuerpo, desmontando mis juicios y creciendo en su desacierto. Los escribo con la tinta de la tristeza que me producen, el asombro y la pena de verlos volar con su desencanto. Quiero creer que así los quiero, no puedo ocultar que así se quieren ellos, explotando en palabras, entre comas y párrafos incompletos.
Puedo dormir tranquilo, no me atormentan el sueño. Se escurren al amanecer, me tuercen lo cotidiano. Respetan el rol que juego se manifiestan cuando la hoja los describe y les da vida propia a través de las historias, pero todos somos un cuento necesario. Ellos son la historia que arranca cuando el roce de sus tormentos salpica mi normalidad. Me hacen narrarles en relatos ordinarios, incorrectos. A veces ruedan en palabras mugres, no son pérfidos, ni injustos, ni buenos, ni perversos, a veces son héroes de una existencia atormentada de la que nadie habla. Parecen gente de circo, de esas que tienen caspa y no se afeitan las barbas. Huelen a piratas de río, son corsarios de charcos, gente de agua empozada, de uñas mordidas, o suelas gastadas. Los acompañan botellas y cucharas plásticas llenando pocillos con azúcar de piedras. No tienen bandos, ni esteras, solo sus salivas y sus alientos, todas inventadas por mí. Son vidas cortas, que parecen no valer la pena, ni que nadie lea. Soy un domador de circo, no soy ni escritor ni poeta.

La historia de la tristeza

“Esta lágrima fácil que no me abandona”.
Sonia M. Pérez


Era pequeña, casi un punto. Una manchita tímida, asomando de vez en cuando. Una nota discordante, una rareza en su carácter. Una conducta contraria al impulso primario de desterrar tristezas, a punta de una energía y un optimismo infatigable, tratando siempre de ser empática y coherente con los demás, desechando todo tufo de frustración o melancolía, agradeciendo cada día por su fortuna y repitiéndome siempre el mantra —La tristeza no está en mí ADN Ladislao.
Aun así apareció, de la nada, aunque de la nada no viniera. La recibió con falso dominio de sí misma. Aceptándola con melosa satisfacción de autocontrol. Se permitió el conato casi como un lujo emocional. El ego le sugería que podía manejarla y ella, empeñada en la soberanía de sus sentimientos, puesto que otras soberanías las tenía negadas, le dio cabida sin recelos. Era pequeña, casi un punto. Una manchita tímida asomando breve e imperceptible a los demás.
Le advertí, desde el conocimiento de sus penas —Destiérrala.
No me hizo caso, estaba ocupada peinando sus greñas. Pero la tristeza era de una persistencia perniciosa. Agarraba cuerpo, comenzaba a nublarle momentos cada vez más largos, le aupaba recuentos de infortunios pasados, se imponía. Yo trataba de llegar a tiempo, la sacudía, le espantaba la lágrima que se le hacía laguna en el pensamiento. Pero ya nada era breve e imperceptible. Hice un pésimo cálculo de silencios por calma, dejé que sumara perezas y el punto fue creciendo, ampliando espacio y espectro. Quedé atado de manos. Nadie les hace caso a los payasos, menos si son enanos.
La lágrima halló cuerpo en el ánimo, el ánimo se hizo cansancio y desconsuelo. No me ayudó la circunstancia. No podía negarle que tenía justificadas razones para su melancolía, incluso algunas muy viejas y mutiladas que yo ni conocía. ¿Acaso era parte de ese dolor?
Ahora llora, constantemente, tiene turbias las ganas y se desploma. La sombra le cubre y lleva una pena incrustada, en la nada de las razones que se crea. Es un reflejo transparente y lampiño de la alegría que fue. Con ella sucumbo yo, que no soy más que una representación de la alegría.
Debo decir que me sorprende la integridad de esta sombra. Enmudece todo, incluso mi voz. Es incuestionable, desmenuza cada acto, cada gesto, cada detalle de nuestro amor. Me siento, he de decirlo, blando en la niebla que nos tiñe. Confieso incluso que es hermosa la manera en que nos toma, es un abrazo dulce y lacerante; se diluye en un lamento pulcro, austero. Sé que somos una sombra de lo que fuimos, pero no encuentro fuerzas para desterrarla de mi vida, y no tengo claro que eso en realidad nos haga más felices.
Se me ha fugado el amor, la amistad y la alegría. Todas las tardes espero, que aparezca de nuevo, barbuda y feliz.

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Feed de narrativa editada a seis manos (desde San José de Costa Rica, Stuttgart y Caracas), por los caraqueños diasporizados Luis Garmendia y Javier Miranda-Luque, y el caraqueño sin diasporizar (¿por ahora?) Mirco Ferri cuya idea es la de postear textos propios y de autores invitados. ¡Bienvenido cada par de ojos lectores que se asomen a estos predios!

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