ūü™¶La mujer


Nadie del grupo ten√≠a miedo a los cementerios. Mucho menos Yerson, que se jactaba de no tener miedo a nada. Lo dec√≠a con la arrogancia de las dos ocasiones en que hab√≠a estado en la c√°rcel de la frontera, de la marca de balas en el hombro derecho y el tajo de la pu√Īalada que le cruzaba el muslo. No hab√≠a nada que lo asustara ya, mucho menos las cruces rotas en medio de un descampado vac√≠o, reseco y destrozado por a√Īos de descuido. Los muertos est√°n muertos y los de aqu√≠, m√°s que todos los dem√°s. H√©ctor, el m√°s joven del grupo y el m√°s nervioso tambi√©n, le dedic√≥ una mirada hosca y triste.  

Yerson llevaba la bolsa de pl√°stico con las herramientas colgada del hombro bueno. Un pico, una pala, un machete para abrirse camino entre la hierba muy crecida y tambi√©n, un botell√≥n de agua. ‚ÄúBendita‚ÄĚ, le hab√≠a dicho su madre cuando la incluy√≥ entre el resto de las cosas. ‚ÄúBendita porque nunca se sabe‚ÄĚ. 

‚Ää‚ÄĒ‚Ää¬ŅNunca se sabe qu√© vieja?‚Ää‚ÄĒ‚Ääle pregunt√≥.
‚Ää‚ÄĒ‚ÄäMijo, va pa‚Äô un cementerio. Uno no sabe‚Ķ

Se persign√≥. Era una anciana de piel oscura, raqu√≠tica, con el cabello ralo y Jerson la quer√≠a m√°s que a cualquiera en el mundo. La quer√≠a de verdad, porque era su viejita, la que le abrazaba a diario a pesar de la fama de asesino, de la pistola con la que dorm√≠a junto a la cama, la escopeta recortada que escond√≠a debajo, por si acaso la gente ven√≠a cuando menos lo esperara. ‚ÄúLa gente‚ÄĚ. Polic√≠as, otras bandas, cualquiera que se quisiera cobrar alguna falta grave, fuera de los pacos, de los padrotes de la calle, los tipos de la c√°rcel. Jerson ya no sab√≠a c√≥mo llamar a sus enemigos, de modo que los se√Īalaba en general, como un grupo para qui√©n su muerte era necesaria, quiz√°s incluso significativa. ‚ÄúLa gente‚ÄĚ pens√≥ mientras se guardaba la botella entre el resto de las cosas que llevar√≠a a la incursi√≥n nocturna. Yerson no pensaba en t√©rminos sofisticados, pero sab√≠a que siempre corr√≠a peligro. Uno real, duro y potencialmente letal. Y su madre, esa mujer que le quer√≠a a pesar de todo, era un lugar seguro. Quiz√°s el √ļnico que conoc√≠a. 

Pens√≥ en ella mientras avanzaba entre los √°rboles de mango que cerraban el muro del cementerio. Era el √ļltimo de los cinco que hab√≠an decidido entrar y robar y lo hab√≠a hecho porque era algo simple, relativamente f√°cil y pagaban bien. ‚ÄúSolo quieren los huesos‚ÄĚ le explic√≥ Micaelo, rasc√°ndose la barba con nerviosismo.

‚Ää‚ÄĒ‚Ää¬ŅPa‚Äô qu√© los quieren?
‚Ää‚ÄĒ‚Ää¬ŅQu√© co√Īo te importa a ti esa vaina?‚Ää‚ÄĒ‚ÄäMicaelo se ech√≥ a re√≠r‚Ää‚ÄĒ‚Ääuno le pagan pa‚Äô traer lo que le piden.

Y pagaban bien. En verdes. Desde que hab√≠a regresado por segunda vez de la c√°rcel de la frontera, nadie quer√≠a a Yerson cerca. Hab√≠a cosas que marcaban y ser parte de un asalto fallido, era una. Un golpe sucio. Dos muertos. Uno hab√≠a sido una mujer. Yerson le dispar√≥ en medio de la griter√≠a, enfurecido, con la herida del hombro latiendo por el dolor. No era el primer muerto en su vida, pero s√≠, la √ļnica que le mir√≥ a los ojos. Lo mir√≥ y √©l le dispar√≥. No sinti√≥ nada cuando la vio caer al piso. Una tipa cualquiera que usaba anillos de fantas√≠a en los dedos y zapatos bajos. Una tipa cualquiera. 

Pero de vez en cuando, se despertaba pensando en esa tipa cualquiera. Le pas√≥ por primera vez en la c√°rcel, en plena noche llena de gritos, de peleas y la peste a mierda de otros que flotaba en la celda diminuta que compart√≠a con veinte presos m√°s. En realidad, no estaba dormido: nadie duerme en una c√°rcel de Venezuela, nadie deja de vigilar, cuchillo o piedra en mano. Pero Yerson se hab√≠a dormido de alguna forma, una duermevela fr√°gil de la que despert√≥ para ver a la tipa en una esquina. Estaba de pie, con los pantalones baratos de trabajo, la blusa de feo estampado, la flor de sangre abierta en mitad de la cabeza. Y lo miraba. Lo miraba con los ojos muy grandes y negros. Abiertos con cierto aire de sorpresa. 

Yerson supuso que la visi√≥n era efecto del pegamento mezclado con droga que se hab√≠a pasado por la nariz para aguantar el hambre, as√≠ que la contempl√≥ sin sobresaltarse. Era una mujer joven al morir. No deb√≠a pasar de los treinta. Una muchacha que, entre los gritos y empujones de la gente en la calle, en medio de la plomaz√≥n, lo mir√≥. Sin miedo. Con cierta resignaci√≥n. Yerson no quer√≠a dispararle, pero lo hizo. Y no sinti√≥ nada, eso lo recordaba claro. No sinti√≥ alegr√≠a, satisfacci√≥n, miedo, culpa. Otro muerto para la lista. Otro eslab√≥n en la cadena. Eso era bueno, pens√≥. Era lo que le permit√≠a sobrevivir. 

Pero matar a una mujer no era algo que se perdonara con facilidad en medio de la complicada jerarqu√≠a criminal de Caracas, con sus barrios intrincados que viv√≠an al borde y al margen de la ciudad, sus propias leyes. Un mundo dentro de un mundo que ten√≠a un espacio propio desconocido para el resto de un pa√≠s aterrorizado. Matar a una mujer era mancha, tanto como matar a un ni√Īo o a un viejo. No te daba cancha ni prestigio. A una mujer la pod√≠a matar cualquiera, lo hacia cualquiera. Y Yerson la hab√≠a matado en plena calle, un pepazo en la cabeza. Ahora, en la c√°rcel, ten√≠a que defenderse de los que le consideraban d√©bil por matar a una mujer, lo que desconfiaban de √©l por eso. 

Y de la mujer, que le miraba desde las esquinas. 

Nunca crey√≥ que fuera real. Yerson no cre√≠a en esas mierdas. A los quince le vol√≥ la tapa de los sesos al viejo que vend√≠a cervezas cinco escalones m√°s abajo de su casa y para cuando cumpli√≥ los veinte, ten√≠a casi cien cicatrices en las piernas. Una por cada muerto, por cada balazo. No cre√≠a en Dios, el diablo, el cielo o el infierno, aunque llevaba crucifijos de oro en el cuello y le ped√≠a la bendici√≥n a su madre. Pero en realidad, sab√≠a que el mundo era simple: o matabas o te mataban. Y √©l quer√≠a vivir. Quer√≠a emborracharse, coger, quer√≠a tener su propio grupo, abrir cancha y territorio. Era un tipo que se le respetaba. Un padrote al que tener en cuenta. Un tipo de cuidado. 

Hasta que mat√≥ a la mujer y lo metieron preso. 

Se drogaba a diario‚Ää‚ÄĒ‚Ääcoca√≠na, piedra, pegamento‚Ää‚ÄĒ‚Ääy ella siempre estaba all√≠. La cabeza levemente ladeada, como si la herida le pesara un poco. La sangre le corr√≠a, oscura y coagulada por la mejilla tensa, en la que la piel se abr√≠a un poco. El ojo derecho en amasijo de carne abierta, aplastada. Yerson lo miraba todo y aprend√≠a detalles nuevos de ella cada vez que la ve√≠a. Llevaba un anillo de oro falso en la mano izquierda, zapatos de tac√≥n bajo, con la mitad derecha gastada. Esa mujer, hab√≠a ca√≠do frente a √©l, con los ojos‚Ää‚ÄĒ‚Ääel ojo‚Ää‚ÄĒ‚Ääbien abierto. Los brazos abiertos. Y por contemplarla, el polic√≠a le hab√≠a dado un tiro a √©l que le roz√≥ la sien derecha. Pens√≥ que lo hab√≠an matado. Tampoco sinti√≥ nada. Se qued√≥ tendido en el suelo, mientras el tipo le pateaba la espalda y le torc√≠a las mu√Īecas. Ella sigui√≥ mir√°ndolo, muerta o viva, hasta que √©l se desmay√≥. 

Por eso la ve√≠a, supuso. Por eso la vio cada noche del a√Īo y medio que estuvo en la c√°rcel. Por eso sigui√≥ vi√©ndola en su casa del barrio, a la que volvi√≥ apenas pudo. Ella se quedaba de pie junto a la ventana y la cortina de pl√°stico le rozaba el cabello manchado de sangre. Otras noches, estaba en el bar, en medio de las luces intermitentes y la gente que bailaba. Yerson la contemplaba sin mucho inter√©s, sin miedo, pregunt√°ndose si la experiencia en la c√°rcel le hab√≠a jodido la mente. Una herida abierta en alguna parte de su instinto de supervivencia, de su furia, de su impulso para matar y seguir. No lo sab√≠a. 

‚Ää‚ÄĒ‚Ää¬ŅEs ir, sacar el esqueleto y ya? 
‚Ää‚ÄĒ‚ÄäCo√Īo Yerson, te est√° comiendo el seso esa mierda que te metes por la mocha‚Ää‚ÄĒ‚ÄäMicaelo suspir√≥, se inclin√≥ para mirarlo a los ojos‚Ää‚ÄĒ‚Ääs√≠ chico, as√≠ de facilito. ¬ŅTe da miedo? Puedo buscarme a otro. 
‚Ää‚ÄĒ‚ÄäNo seas pendejo, viejo marico ¬Ņmiedo a qu√©? 

Por alg√ļn motivo, Yerson record√≥ a la mujer. A veces olvidaba que la ve√≠a. Otras veces la ten√≠a presente a toda hora. Se preguntaba si era real‚Ķo ¬Ņqu√©? Se pregunt√≥ si ten√≠a que ir a la casa del viejo yerbatero que mascaba chim√≥ y beb√≠a aguardiante en la parte m√°s alta del cerro. Contarle de la mujer. De sus ojos negros y opacos. La piel amarilla, el olor de la sangre‚Ķ

‚Ää‚ÄĒ‚ÄäTon, ta‚Äô listo. Agarra sus mierdas, se trae los huesos y tiene plata de la buena‚Ää‚ÄĒ‚Ääzanj√≥ Micaela‚Ää‚ÄĒ‚Ääpiensa en tu vieja, chamo. S√°cala de aqu√≠.

Y fue ese argumento, m√°s que cualquier otro, lo que hizo que Yerson, el antiguo hombre fuerte del barrio, aceptara ir al cementerio a profanar tumbas, como cualquier raterito adolescente de las casas m√°s cerca de la calle. Lo hizo tambi√©n la imagen de su vieja, que pas√≥ hambre mientras √©l estaba preso y que viv√≠a escondida, mientras √©l sal√≠a a buscar plata. Ten√≠a que sacarla del barrio, mandarla con su hermana fuera de Caracas. Tom√≥ un trago largo de ron y asinti√≥, con la cabeza que le daba vueltas de puro cansancio. 

‚Ää‚ÄĒ‚ÄäMa√Īana dile a tus chamos que voy.
‚Ää‚ÄĒ‚ÄäAs√≠ es como e‚Äô‚Ää‚ÄĒ‚Äädijo Micaelo. 

La mujer, al fondo de la habitaci√≥n, lade√≥ la cabeza, como si pensara en algo lejano y triste. Esta vez, Yerson se oblig√≥ a no mirarla. Un escalofr√≠o helado, desagradable, le bajo por la espalda. 

***

Antes, el Cementerio General del Sur hab√≠a sido un lugar elegante, lujoso y enorme o eso le hab√≠an contado a Yerson. All√≠ los ricos enterraban a sus muertos y tra√≠an estatuas enormes de √°ngeles y santos, para adornar sus tumbas. Pero ya no hab√≠a nada de eso. Primero el descuido y despu√©s el lucrativo negocio de la profanaci√≥n, hab√≠a arrasado con las piezas, las lujosas construcciones, las cruces elegantes de m√°rmol blanco y rosa. No quedaba sino basura, que se quemaba en las esquinas y los huecos en d√≥nde alguna vez hab√≠an estado los sarc√≥fagos de madera. A la √ļltima luz de la tarde, ten√≠a el aspecto de una vieja ciudad arrasada, consumida por un fuego silencioso y secreto. 

Pero Yerson no pensaba en esos t√©rminos. O si lo hac√≠a, ten√≠a m√°s relaci√≥n con el abandono. De eso si entend√≠a, pens√≥ mientras cruzaba con el grupo de ocho muchachos la l√≠nea de √°rboles de mango que rodeaban la muralla del cementerio. Le asombraba la soledad, las ruinas de lo que hab√≠a sido la ciudad de los muertos. Los trozos de las esculturas rotas abiertas en el fondo de pozos de agua sucia. Los cuerpos de gallinas degolladas, los hilos de sangre contra las tarimas de piedra labrada. El abandono, pens√≥ Yerson sorprendido del pensamiento. La sensaci√≥n de tristeza que le produjo. 

‚Ää‚ÄĒ‚ÄäEsto es f√°cil, s√≥lo tienen que abrir la fosa, sacar los huesos y meterlos en una bolsa‚Ää‚ÄĒ‚Ääles explic√≥ el tipo que organizaba todo‚Ää‚ÄĒ‚Ääm√°s nada. Mientras m√°s traigan, m√°s se le paga. 

Era un hombre alto y fornido. Ten√≠a una tienda en el centro, le dijo alguien a Yerson y vend√≠a los huesos a toda una serie de cultos y sectas que proliferaban en la ciudad en crisis. Hubo murmullos de curiosidad. Yerson se tom√≥ el √ļltimo trago de la cerveza que le hab√≠an dado al llegar y arroj√≥ la botella hacia la calle desierta. La vio rodar, estallar en cristales verdes. El m√°s grueso fue a parar a los pies de la mujer. 

Parpade√≥ aturdido. Era la primera vez que la ve√≠a durante el d√≠a. Siempre aparec√≠a de noche. O √©l la imaginaba de noche, que para Yerson era lo mismo. Pero esta vez, la luz esponjosa del atardecer le rodeaba como un hilo fino e ingr√°vido. Not√≥ los pliegues del pantal√≥n, las sisas de la camisa de tela floreada. El brillo de la sangre que le rezumaba de la cabeza. Los ojos negros y muertos, que le contemplaban sin expresi√≥n. 

‚Ää‚ÄĒ‚Ää¬ŅQu√© te pasa guev√≥n?‚Ää‚ÄĒ‚Ääle grit√≥ alguien.

Hab√≠a retrocedido un paso y tropez√≥ con uno de los muchachos de la fila. Levant√≥ las manos, en un gesto lento y firme. ‚ÄúNo quiero peos‚ÄĚ murmur√≥ y el muchacho le dedic√≥ una mirada de bravuc√≥n, el rostro lampi√Īo retorcido de furia. No llegar√≠a a los dieciocho, pens√≥ Yerson y ya ten√≠a diez marcas en el brazo derecho. Diez muertos encima. Mir√≥ sobre el hombro. La mujer segu√≠a all√≠, s√≥lo de pie. Sin intenci√≥n y otro motivo que contemplarlo.

‚Ää‚ÄĒ‚ÄäVamos pues, esto tiene que ser r√°pido. Nadie viene, pero mejor terminar r√°pido. 

El peque√Īo grupo se separ√≥ de inmediato. Yerson corri√≥ hacia arriba, sin mirar atr√°s, pregunt√°ndose si ver√≠a a la mujer caminar detr√°s de √©l. ¬ŅCual mujer guev√≥n? No hay ninguna mujer. Pero no se atrevi√≥ a mirar cuando cruz√≥ la ancha calle principal y recorri√≥ un corredor m√°s peque√Īo, repleto de √°ngeles decapitados y lo que parec√≠a haber sido una virgen con las manos abiertas. Salt√≥ de tumba en tumba, las manos aferradas a la bolsa de pl√°stico. El coraz√≥n le lat√≠a tan r√°pido que sent√≠a la tensi√≥n abrirse paso entre las cicatrices del pecho, tirar el tend√≥n destrozado que jam√°s cur√≥ del hombro derecho. Pero sigui√≥, casi sin respiraci√≥n, mientras la luz del d√≠a se disolv√≠a a su espalda. 

Por fin, alcanz√≥ una especie de claro de tumbas chatas, cubiertas de vegetaci√≥n. Las l√°pidas tan viejas que apenas pod√≠an leerse las inscripciones. Dej√≥ el sac√≥, se busc√≥ la linterna entre los pantalones y la encendi√≥. En la luz gris de la √ļltima hora de la tarde, el resplandor el√©ctrico ten√≠a algo limpio, cristalino. S√≥lo entonces mir√≥ sobre el hombro, hacia el callej√≥n vac√≠o con docenas de rescoldos que hab√≠a recorrido. Vac√≠o, all√≠ no hab√≠a nadie. ¬ŅQue mujer? se dijo enfurecido ¬ŅQu√© mujer del co√Īo? 

Escogi√≥ una tumba tan vieja que apenas se apoy√≥ en los travesa√Īos, el cemento cedi√≥ bajo su peso. Estaba cubierta de hierba reseca, una capa crujiente de cera de velas, basura y todo tipo de insectos. Yerson los apart√≥ con las manos desnudas, respirando por la boca entreabierta. S√≥lo ten√≠a que romper la placa m√°s gruesa, abrir la de hormig√≥n, subir el caj√≥n. Los huesos se envolv√≠an en la ropa que llevaban‚Ää‚ÄĒ‚Ääsi quedaba alguna‚Ää‚ÄĒ‚Ääy luego, hab√≠a que regresar a la plaza interior del cementerio. Eso era todo. Y pensar que por eso pagaban plata. Plata de la buena. 

Yerson era un tipo met√≥dico. Cuando era un muchachito, hab√≠a ido a la escuela un par de a√Īos y un maestro le hab√≠a dicho que ten√≠a inteligencia, que, si se aplicaba, pod√≠a‚Ķ ¬Ņqu√©? Se ech√≥ a re√≠r, mientras quitaba con las manos la basura y las masas de insectos que se resolv√≠an entre zumbidos. El viento soplaba con fuerza y le hac√≠a las cosas m√°s dif√≠ciles. Hab√≠a una sola forma de vivir en el barrio y no era con un cuaderno y un l√°piz. √Čl hab√≠a escogido la bala y no se arrepent√≠a. Era lo que se supon√≠a hac√≠a un hombre como √©l, nacido en lo m√°s empinado del cerro, que bajo a la ciudad a los catorce y que s√≥lo volvi√≥ a hacerlo para que se lo llevaran preso la primera vez. Un tipo como √©l hac√≠a las cosas como los machos. Como los tipos que quer√≠an sobrevivir.

S√≥lo que ahora, recordaba al maestro. Su voz amable. Su calva blanda. Se hab√≠a muerto de un infarto a√Īos atr√°s. Su mujer se hab√≠a ido del barrio. Un hijo se qued√≥ y lo mataron para robarlo. Esas cosas pasaban, pens√≥ Yerson mientras amarraba la linterna a una rama retorcida del √°rbol de mango junto a la tumba. La luz se abri√≥ en un c√≠rculo amplio, claro. Not√≥ que la placa de cemento ya estaba rota. Una grieta enorme sub√≠a hacia el lugar en que hab√≠a estado la l√°pida y se divid√≠a en dos. Un lado bajaba a tierra, el otro segu√≠a hacia la esquina en la que hab√≠a una peque√Īa reja ornamental, rota y torcida por el tiempo. Seguramente alguien hab√≠a intentado profanarla ya, pens√≥ Yerson. Levant√≥ un poco la linterna para mirar mejor. 

La mujer estaba de pie al otro lado de la grieta. 

Esta vez, Yerson si grit√≥. Retrocedi√≥ entre temblores y la mir√≥ de frente. Estaba de pie en la esquina, con un pie en el charco de luz de la linterna y el resto del cuerpo entre la sombra. Apenas la ve√≠a, pero eso era aun peor, porque sab√≠a que era algo real, no una cosa imaginaria, algo en su mente. La luz mostraba sus pies p√°lidos calzados en zapatos baratos sin tac√≥n, el bajo de los pantalones. Despu√©s, un poco de la pernera y la parte m√°s ancha de la blusa. Pero el rostro quedaba en sombras, como flotando entre la penumbra con olor rancio que rodeaba la tumba. 

‚Ää‚ÄĒ‚Ää¬ŅQu√© co√Īo te pasa nojoda? ¬ŅTu crees que me asustas?

Su voz pareci√≥ flotar en la oscuridad. De pronto, not√≥ que no hab√≠a otro sonido de su voz. Que el cementerio era de una soledad helada y gigantesca. El resto del grupo se hab√≠a alejado de aqu√≠ para all√° y desde donde Yerson se encontraba, no ve√≠a otra cosa que la penumbra gris bulbosa que parec√≠a flotar en todas partes. Las luces del barrio cercano parpadeaban con lentitud, lejanas, como peque√Īas estrellas imaginarias. 

Ella no se movi√≥. S√≥lo sigui√≥ all√≠. Una figura que observaba, delgada, peque√Īa. Yerson la contempl√≥ aturdido y de pronto, la parte de su mente que trabajaba con rapidez en momentos de emergencia o de peligro, comenz√≥ a funcionar. Era el instinto que le hab√≠a permitido escapar a redadas, a tipos mejor armados y m√°s fuertes. Que le permit√≠a saber si un gramo de coca era puro o pod√≠a volarle el cerebro. Ese instinto, le dej√≥ claro que lo que sea que lo estuviera mirando en la esquina de la tumba, no era una mujer. O ya no lo era. Y era real. 

Real. 

Yerson sinti√≥ furia. Una lenta, dolorosa, peligrosa. Hab√≠a matado toda su vida, hab√≠a sobrevivido a balazos porque la alternativa era dejarse matar. ¬ŅY ahora qu√© co√Īo pasaba? ¬ŅPor qu√© est√° muerta? Estaba furioso o quer√≠a creer que lo estaba. En realidad, estaba asustado. Tanto, que los vellos de la nuca se le erizaron y la respiraci√≥n se le volvi√≥ un resuello lento y dolorido. Nunca hab√≠a sentido tanto miedo, nunca hab√≠a sido tan consciente de su ignorancia, de lo peque√Īo de su mundo. Ten√≠a miedo y a sus veinticinco a√Īos, era la primera vez que lo ten√≠a. 

La mujer dio un paso en su direcci√≥n. 

La luz la ilumin√≥ por completo. El rostro era una luna p√°lida, de mejillas delgadas y demacradas, la boca torcida. El hueco de la cabeza era ahora m√°s profundo y la sangre formaba una corona carmes√≠ alrededor del agujero de la bala. Y hab√≠a cosas que se mov√≠an dentro de la herida. Yerson lo pens√≥ con un sobresalto de asco y de un terror tan puro que casi le hace mearse encima. Est√° muerta y est√° aqu√≠. Y es real. 

‚Ää‚ÄĒ‚ÄäVete a la mierda, puta. Ya no puedes hacer nada‚Ää‚ÄĒ‚Ääbalbuce√≥. 

Ella avanz√≥ otro paso. El hueso del hombro derecho le sobresal√≠a sobre la ropa, blanco y visible sobre la tirantez de la piel. Los ojos era un charco negro, sin expresi√≥n. La luz se reflejaba en ellos como en el agua sucia. Yerson se pregunt√≥ si realmente lo miraba. Si hab√≠a vida de verdad, en ese cuerpo que se mov√≠a como impulsado por una corriente de aire misteriosa. Pero estaba all√≠, Lo que sea, lo que fuera que hubiera tomado la forma de la mujer, estaba en el cementerio, iluminada por la luz de la linterna. Se fijo en la forma como la ropa se arrugaba, el cabello se sacud√≠a por las r√°fagas de brisa. Una gota de sangre le resbal√≥ por la mejilla, le rode√≥ la mand√≠bula deformada e hinchada, sigui√≥ hacia la tela de la blusa. 

‚Ää‚ÄĒ‚Ää¬ŅQu√© quieres puta de mierda? ¬ŅQue te pida perd√≥n?

La voz de Yerson se escuchaba plana, d√©bil a pesar de la bravuconada. El miedo se retorc√≠a como un hilo caliente en su vientre, le apretaba los pulmones. Escuch√≥ el zumbido de los insectos a su alrededor, las moscas que se elevaban en un espiral lento y amplio hacia el cielo cada vez m√°s oscuro. La luz de la bombilla era cada vez m√°s clara, m√°s evidente. Y la figura de la mujer tambi√©n. N√≠tida, cada detalle muy visible. 

A excepci√≥n que no ten√≠a sombra. 

Fue ese detalle y no otro, el que finalmente quebr√≥ algo en la mente de Yerson. La mente r√°pida, afilada, astuta, de depredador. Como si se tratara de una ola, el miedo lo engull√≥, lo sacudi√≥, lo empuj√≥ a un lugar de si mismo primitivo y doloroso. Se encontr√≥ saltando entre las tumbas, gritando a todo pulm√≥n, sin importarle que lo dem√°s le escucharan, que alguno decidiera disparar. Corri√≥ y grit√≥ despavorido, tropezando con ramas y tumbas en la oscuridad. 

***

Yerson no supo cuanto tiempo corri√≥ o hacia d√≥nde. Al final, se encontr√≥ tan cansado que se dej√≥ caer en mitad de un descampado sin tumbas y sin nada m√°s que piedra cortada a pico. M√°s all√°, el barrio se ve√≠a m√°s cerca, las luces de las ventanas creando rombos de luz sobre el cercano muro blanqueado con cal. Se sent√≥ en medio de las piedras, con el cuerpo dolorido y cubierto de sudor. ¬ŅQu√© co√Īo hab√≠a pasado? ¬ŅQu√© co√Īo‚Ķ?

No lo sab√≠a. Ahora, agotado, desorientado y perplejo, comprendi√≥ que s√≥lo hab√≠a sido miedo. Miedo co√Īo, se dijo limpi√°ndose el sudor de los ojos y concentr√°ndose en los peque√Īos fragmentos de luz de las primeras casas del barrio. Era miedo. Miedo‚ĶEscupi√≥ en el suelo. Hab√≠a matado toda su vida, nunca se hab√≠a arrepentido. Lo hab√≠a hecho porque no hab√≠a tenido otro remedio, porque‚Ķle gustaba. Pens√≥ en la sensaci√≥n del arma en la mano, en la dureza del metal, el olor del aceite y la p√≥lvora. Le gustaba matar, lo hac√≠a con gusto. 

¬ŅY qu√© mierdas pasaba ahora? ¬ŅTen√≠a que rendir cuentas de eso? Se r√≠o en voz alta. En la penumbra esponjosa nimbada de la luz lejana, se imagin√≥ explicando aquel ataque de maric√≥n a los tipos del grupo. Dici√©ndoles que hab√≠a cre√≠do ver a una mujer que hab√≠a matado. Que hab√≠a dejado las herramientas perdidas. ¬ŅLe dar√≠an otra oportunidad? Se palp√≥ los bolsillos, al menos no hab√≠a perdido la caja de cigarros o el encendedor de pl√°stico. Le preocup√≥ el pensamiento de regresar al barrio con las manos vac√≠as, de tener que volver a pedir favores para que la vieja no le pasara hambre. Se llev√≥ un cigarrillo a la boca, le temblaban las manos. Pasar hambre o matar. Su vida hab√≠a sido muy simple desde que lo recordaba. 

El encendedor dio un chispazo pero hubo llama. Yerson lo sacudi√≥. Lo intent√≥ de nuevo. Otra vez. Por fin, un diminuto resplandor azul le ilumin√≥ las manos. 

La mujer le miraba tan cerca que casi pudo la forma en que la sangre le corr√≠a con lentitud por la piel abierta de la cabeza. Un gusano se mov√≠a sobre el p√°rpado del ojo derecho en una ligera sacudida. 

La llamita se apag√≥. Yerson se qued√≥ en la oscuridad, petrificado por una sensaci√≥n que era mucho m√°s que miedo. M√°s fuerte, primitiva y violenta que el miedo. El sonido de las balas, de las persecuciones a pie, de la posibilidad de morir en la calle o en la celda. Nunca hab√≠a sentido miedo en realidad hasta ese momento, en mitad de las olas de oscuridad p√ļrpura que le rodeaba.

Escuchó al viento elevarse, un gemido lento y profundo que sacudió la tierra, que flotó entre las tumbas rotas, la muralla medio ladeada. Y también escuchó lo que había entre las sombras, lo que se reflejaba en los ojos opacos de la mujer. Lo que había nacido cuando murió al mirarlo. Lo que les unía en la vida y en la muerte. En la penumbra y gélida que lo engulló después.

***

H√©ctor fue el primero que escuch√≥ el grito. Estaba nervioso‚Ää‚ÄĒ‚Ääestaba petrificado de miedo, en realidad‚Ää‚ÄĒ‚Ääy casi se cae en la fosa reci√©n abierta cuando el aullido se elev√≥ en el silencio como un estallido. El hombre a su lado se puso de pie de un salto.

‚Ää‚ÄĒ‚Ää¬ŅQu√© mierda fue eso? 

La luz de varias linternas aparecieron a la vez. Un hombre gordo con la cara muy p√°lida y tensa se asom√≥ desde una tumba a la derecha. 

‚Ää‚ÄĒ‚ÄäVino de all√°. 

Todos miraron la planicie silenciosa y oscura m√°s all√° de la gran explanada central del cementerio. La √ļnica farola encendida apenas iluminaba la calle central a la mitad. M√°s all√°, s√≥lo hab√≠a tinieblas. 

‚Ää‚ÄĒ‚ÄäCo√Īo, tendr√≠amos que ir a revisar‚Ķ

Pero nadie se movió. El hombre alto de la tienda, el que pagaba por todo aquello, sacudió los brazos con el rostro convertido en una colección de arrugas profundas por la impaciencia y la frustración.

‚Ää‚ÄĒ‚ÄäSigan en lo suyo, seguro que fue alguien que se cag√≥ de miedo. 

Los dem√°s asintieron entre murmullos de alivio. Era un cementerio, a pesar de lo antiguo, desolado y destruido por la intemperie que estaba, pens√≥ H√©ctor. Poco a poco, todos volvieron hac√≠a el semi c√≠rculo de luz en el que se escuchaba el r√°pido y violento repiqueteo de la piedra al romperse. Un golpe, luego otro. Un hombre solt√≥ una groser√≠a en voz alta. Alguien le respondi√≥ con una carcajada de borracho. Pronto, nadie recordaba‚Ää‚ÄĒ‚Ääo quer√≠a recordar‚Ää‚ÄĒ‚Ääel grito o lo que hubiera sido, que hab√≠a resonado en alg√ļn lugar. 

Pero H√©ctor segu√≠a nervioso‚Ää‚ÄĒ‚Ääaterrado, m√°s bien‚Ää‚ÄĒ‚Ääy no dej√≥ de mirar sobre el hombro mientras se aplicaba a romper la tapa de concreto de la tumba que hab√≠a escogido. Un golpe, otro m√°s. Un golpe m√°s fuerte, otro m√°s profundo. Un golpe firme, otro tan fuerte que hizo saltar la pieza entera. La apart√≥ de una patada. Se sec√≥ el sudor del rostro. Mir√≥ sobre el hombro. Se qued√≥ inm√≥vil, el pico apretado entre las manos, cuando distingui√≥ a la figura que bajaba por la calle central con paso lento, la cabeza medio ladeada, el cabello despeinado por efecto del viento. 

Una mujer, pens√≥ confusamente. El pico se le resbal√≥ entre las manos. El miedo le cerr√≥ la garganta cuando la mujer alcanz√≥ el charco de luz del farol y le mir√≥. El rostro p√°lido, los ojos muy abiertos y muy negros. Incluso a esa distancia, H√©ctor not√≥ que sonre√≠a. 

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Feed de narrativa editada a seis manos (desde San Jos√© de Costa Rica, Stuttgart y Caracas), por los caraque√Īos diasporizados Luis Garmendia y Javier Miranda-Luque, y el caraque√Īo sin diasporizar (¬Ņpor ahora?) Mirco Ferri cuya idea es la de postear textos propios y de autores invitados. ¬°Bienvenido cada par de ojos lectores que se asomen a estos predios!

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