ūüéľ La ca√≠da del pene

A Ernesto L√≥pez se le cay√≥ el pene en el inodoro. Sucedi√≥ una ma√Īana cuando se preparaba para ir al colegio. Todos los d√≠as, la madre de Ernesto despertaba a su hijo con el ruido de la licuadora y nuestro h√©roe abr√≠a los ojos desorbitados como si hubiera tenido una pesadilla. Aunque la real y horripilante experiencia ocurrir√≠a momentos despu√©s.

Apenas puso sus pies descalzos en el suelo, cerr√≥ los ojos pensando en lo dif√≠cil que iba a ser ese d√≠a. Esa misma la tarde, todos los alumnos de quinto a√Īo deb√≠an presentar la ¬ęPrueba de Aptitud Acad√©mica¬Ľ, una evaluaci√≥n de matem√°tica y lenguaje que otorgaba los cupos a las universidades p√ļblicas del pa√≠s, para la cual Ernesto se hab√≠a preparado durante un semestre con profesores particulares y test modelo, porque aspiraba calificar en su primera opci√≥n, la m√°s demandada de todas las carreras: medicina.

Sin embargo, Ernesto no era amante de la medicina. Tampoco hab√≠a sido un estudiante aplicado, por lo que la situaci√≥n se presentaba bastante cuesta arriba. Me explico: en la Prueba de Aptitud Acad√©mica el rendimiento escolar ten√≠a un peso de 40% sobre el puntaje final. Como el promedio de nuestro h√©roe hab√≠a sido regular, deb√≠a obtener una excepcional calificaci√≥n para as√≠ optar por su primera opci√≥n, la √ļnica de las tres alternativas que ten√≠a entre ceja y ceja, la que lo obsesionaba a niveles absurdos de exhaustiva planificaci√≥n, porque a Ernesto L√≥pez solo le interesaba compartir clases universitarias con Cecilia P√°ez, su mejor amiga, la chica m√°s guapa del mundo seg√ļn √©l. Y tambi√©n s√ļper inteligente, porque Cecilia ten√≠a un notable promedio que le aseguraba un puesto en cualquier carrera y universidad del pa√≠s.

Ernesto mir√≥ las u√Īas de sus pies y not√≥ que hab√≠an rebasado el lecho ungueal. El piso estaba fr√≠o, producto del aire acondicionado, fundamental para un hogar que se digne a ser clase media y est√© ubicado en la costa del Caribe. Levant√≥ los dedos sin despegar la planta de sus pies del suelo, los movi√≥ hacia arriba y abajo, en intervalos independientes, como haciendo la secuencia de una onda senoidal. Y eso pens√≥ Ernesto aquel instante: ¬ęEs una onda senoidal¬Ľ, pero no supo recordar si lo hab√≠a visto en el √ļltimo semestre de estudio o en alg√ļn libro de m√ļsica, de los tantos que acostumbraba a leer antes de dormir. Pens√≥ que s√≠, pudo haberlo visto en aquella secci√≥n sobre el diapas√≥n, y de inmediato arque√≥ la espalda y estir√≥ los brazos con pereza. Entonces se levant√≥, camin√≥ al ba√Īo y se acomod√≥ frente al v√°ter. Lo dem√°s es historia. El pene de Ernesto se desprendi√≥ al bajarse el piyama y se sumergi√≥ en el fondo de la taza como si fuera una moneda de pocos centavos o un cepillo de dientes o cualquier objeto que suele caerse en la poceta.

O como uno de esos módulos que se desacoplaban de las naves Apollo y quedaban perdidos en el espacio. Sin dolor, ni espectáculo ni belleza. Nada.

La primera respuesta del organismo de Ernesto fue expulsar un chorrito de pis. Nuestro h√©roe hubiera deseado que su chorro hubiera tenido forma de arco, con mucha potencia y orine, como los aspersores de los estadios de f√ļtbol. Pero en realidad fue un chorro rid√≠culo, al ras, como cuando intentas pasar caf√© de una taza a otra y el caf√© se derrama por el costado de la taza.

En segundos, Ernesto mojó su escroto, ingle y ropa interior. Pero el orine no se detuvo allí: utilizó su pierna como acueducto bajo su piyama para formar un enorme charco de pis en el suelo.

Fueron momentos difíciles, no se puede negar. La mutilación para cualquier ser humano suele ser un evento traumático. La persona queda incapacitada de realizar tareas que cotidianamente hacía, como andar en bici, restregarse los ojos o levantarse de la cama. Pero aquel incidente tan particular, la caída del pene en un adolescente y en un momento tan crucial de su vida, podía arrastrar la psiquis del individuo a los límites de la locura.

En el caso de nuestro h√©roe, el shock lo dej√≥ petrificado frente al v√°ter. Lo √ļnico que hizo durante varios minutos fue mirar su zona genital, sin pensar en nada. El pubis de Ernesto L√≥pez parec√≠a un volc√°n de vello p√ļbico cuyo cr√°ter era el vac√≠o de su pene, un claro de bosque donde se distingu√≠a el huequito de la uretra rebanada. En otra circunstancia, hubiera sido la cirug√≠a perfecta. Era un corte tan limpio, tan preciso, que ni siquiera hab√≠a brotado una pizca de sangre ni se irrit√≥ su piel. Y eso que Ernesto era de √©sos que se rascaba un poco el brazo y le sal√≠a una erupci√≥n.

Las √ļltimas gotas de orine fueron expulsadas como estornudos de tuberculoso. Ernesto, como un aut√≥mata, trat√≥ de sacudir su pene inexistente. Y fue cuando repar√≥ que su miembro reposaba hundido en el fondo del v√°ter como un submarino abandonado. Lo hab√≠a negado, o no lo hab√≠a entendido, porque procesar la ca√≠da del pene pod√≠a colapsar hasta a la computadora m√°s avanzada. A nadie se le ca√≠a el pene sin ning√ļn motivo. Era imposible, fuera de toda l√≥gica o racionalidad. Una cuarta dimensi√≥n corporal. M√°s bien, una negligencia apote√≥sica en la historia de las estructuras celulares.

La humedad en sus pies lo despert√≥ de su hipnosis involuntaria. Nuestro h√©roe mir√≥ el suelo lleno de orine y trat√≥ de levantar las piernas, pero lo que hizo fue dar unos brinquitos que salpicaron m√°s el pis en las losas del ba√Īo. Ernesto se llen√≥ de furia. Se mir√≥ a s√≠ mismo en tercera persona dando saltos sobre su propio charco de orine y se sinti√≥ humillado. No ten√≠a tiempo para estupideces. Ten√≠a ese d√≠a un examen muy importante. Deb√≠a llevar a cabo acciones r√°pidas, sin pensar, porque si pensaba, perd√≠a. Y ya hab√≠a perdido suficiente.

Aquella ma√Īana, el primer gran plan de Ernesto L√≥pez consisti√≥ en recuperar su miembro del lecho marino de la poceta. Pero al intentar arrodillarse, nuestro h√©roe resbal√≥ sobre su charco de pis y sus manos trataron de apoyarse en el tanque del v√°ter para evitar una peor ca√≠da. A continuaci√≥n, ocurri√≥ lo m√°s duro pero inevitable: su mano cedi√≥ en plena acrobacia y termin√≥ por activar el sistema de vaciado. As√≠, mientras Ernesto golpeaba su cara contra la losa y ca√≠a sentado sobre su inmundicia, pudo ver c√≥mo su pene daba vueltas en sentido contrario a las agujas del reloj y se adentraba en el remolino del inodoro hasta desvanecerse.

‚ÄĒErnestico, ¬Ņest√°s listo?

La voz de su mam√° lo regres√≥ a las 6:30 de la ma√Īana, veinte minutos para salir al colegio. Ernesto perdi√≥ la cuenta del tiempo que hab√≠a pasado, quiz√°s fueron diez segundos o treinta minutos, igual no importaba, su mam√° era muy estricta con la puntualidad y m√°s aquel d√≠a, cuando su √ļnico hijo presentaba en la tarde la prueba para la cual se hab√≠a preparado con tanto esfuerzo. ¬ęCierto, hoy es la Prueba de Aptitud Acad√©mica¬Ľ, cant√≥ mentalmente nuestro h√©roe con una melod√≠a punteada por una mandolina. Entonar melod√≠as le ayudaba a tallar mantras en su cerebro y enfocarse en las actividades simples. As√≠, mientras agregaba una bater√≠a a su instrumento de cuerdas, se levant√≥ de un tir√≥n y abri√≥ la ducha. Entonces, aparecieron unos coros que murmuraron ¬ęAptitud, Aptitud¬Ľ, mientras se pasaba el jab√≥n por las axilas y se sumaban unos violines. Sin darse cuenta, entr√≥ un riff de guitarra el√©ctrica y cada punteo le lavaba los dientes, primero los molares, despu√©s los colmillos y m√°s tarde los incisivos, todo con ¬ęAptitud, Aptitud¬Ľ, y en medio de los instrumentos se asomaba Cecilia con unos papeles en la mano, probablemente una prueba importante, y le dec√≠a a nuestro h√©roe que que se acercara con el dedo. Entonces, Ernesto quiso acercarse, y mientras lo hac√≠a, nuestro h√©roe se abotonada la camisa y se amarraba los zapatos, y Cecilia romp√≠a los papeles importantes y le dec√≠a que se sentara a su lado. As√≠, Ernesto se mir√≥ al espejo, pein√≥ el cabello y trag√≥ fuerte, nervioso, mientras tomaba la guitarra para hacer un sonido progresivo y escandaloso que estremecieron a su amada.

Pero cuando fue a acomodarse el pene (le gustaba ponerlo hacia arriba dentro de su ropa interior), repar√≥ de nuevo que estaba solo en el ba√Īo y que (oh, desgracia) hab√≠a perdido su genital en la poceta.

La m√ļsica se apag√≥ y Ernesto entr√≥ de nuevo en c√≥lera. Realmente, un fr√≠o se apoder√≥ de la boca su es√≥fago como si le hicieran una endoscopia con un bate de b√©isbol de aluminio. Sus pensamientos se volvieron negros y no encontr√≥ un sentido para estar vivo. Total, √©l ya no ten√≠a pene, era una persona apenada, un ¬ępenecef√°lico¬Ľ, porque imagin√≥ que esa palabra exist√≠a. Y era imposible que Cecilia lo quisiera sin pene, no hab√≠a discusi√≥n en ello, ninguna relaci√≥n lo aguantar√≠a. Porque Ernesto no pensaba en otras mujeres que no fueran Cecilia. Es decir, no es que nunca hubiera visto pornograf√≠a ni sintiera atracci√≥n por otras, sino que solo se imaginaba un futuro con Cecilia. Estaba seguro de que eventualmente se casar√≠an y tendr√≠an ni√Īos, que vivir√≠an en un departamento frente al mar donde pudieran ver los atardeceres los domingos y comer langostinos rebosados en aquel restaurante a la orilla de la playa. Pero sin pene no podr√≠an tener hijos, ni siquiera lograr√≠a satisfacerla sexualmente y se frustrar√≠a, sentir√≠a celos de todos los dem√°s hombres con penes, por m√°s feos que fueran. Ya la celaba a morir cuando a sus compa√Īeros les tocaba hacer una actividad juntos en Educaci√≥n F√≠sica, explotaba de ira si le sosten√≠an las rodillas cuando hac√≠a abdominales, ni contar cuando una vez la eligieron reina del carnaval y fue al colegio con un vestido corto y todos sus amigos enloquecieron. Ahora, nuestro h√©roe se hab√≠a convertido en un pseudo hombre que estaba medio vivo, que medio exist√≠a, que se ahogaba de terror en el ba√Īo de su casa, solo, sin pene ni futuro.

Y Ernesto se mor√≠a de ganas por intimar con Cecilia. Se hab√≠a hecho la paja demasiadas veces pensando en ella. Elaboraba fantas√≠as idiotas: √©l la espiaba mientras ella se cambiaba la ropa, la puerta estaba abierta un par de cent√≠metros y √©l la miraba quitarse la blusa y el bluy√≠n, y ella se daba cuenta cuando ya estaba en ropa interior. Primero, el rostro de ella se ruborizaba, pero luego se relajaba y hasta sonre√≠a. Entonces, se pon√≠a frente a √©l y lo miraba a los ojos, como dici√©ndole, ¬ęAhora ve, disfruta¬Ľ. Y ella se desvest√≠a lentamente, primero desabotonaba el brasier de su espalda y para facilitarlo echaba los hombros hacia atr√°s e inflaba el pecho, luego las tiras del brasier blanco se deslizaban por sus brazos mientras las copas segu√≠an adheridas a sus senos. Entonces, con mucha habilidad, tomaba cada copa con sus manos y, al mismo tiempo que las presionaba contra su cuerpo, las desplazaba hacia su vientre y m√°s abajo, hasta los pantys, donde nuestro h√©roe eyaculaba en el mejor de los orgasmos.

Una fantasía basura destruida por la ausencia de pene y la inseguridad de un perrito recién nacido cuando lo dejan la primera noche en el patio. Si el coito era la luz, Ernesto era la ausencia de coito. Más bien era toda la oscuridad del infinito espacio exterior donde un pene se aleja del planeta para explorar otros mundos, pero pierde contacto con los científicos en la Tierra. Nuestro héroe no podía dejar de recordar a su miembro dando vueltas en el remolino del váter, adentrándose en el agujero negro inhóspito, como lo eran las aguas negras de su casa. Porque nadie sabía qué pasa con las cosas que se van por el inodoro. De la cloaca municipal quizás terminaban yendo una planta de tratamiento, al río Neverí o al mar, quién sabe.

‚ÄĒ¬ŅPor qu√© tan callado, hijo?

La madre de Ernesto por fin lo sac√≥ de sus pensamientos que se mord√≠an la cola. En ese momento nuestro h√©roe desayunaba cereal en la cocina, masticaba inconsciente con la cuchara en la boca y la mirada perdida. Eran las 6:51 AM y Ernesto L√≥pez no dejaba de imaginar su pene desplaz√°ndose por las ca√Īer√≠as como una tortuga ninja miniatura y en coma, doblando por los tubos internos de su casa hasta depositarse en las aguas servidas de su calle, las cuales seguramente no eran como la de Nueva York en las pel√≠culas, donde tortugas ninja de tama√Īo humano viven a un costado de un r√≠o pestilente, en un acueducto gigante en el que cabe un catamar√°n de esos que iban desde el Paseo Col√≥n hasta la isla El Faro. Seguro que en su ciudad latinoamericana las aguas corr√≠an por tuber√≠as de concreto de un metro de di√°metro y eran vertidas en el r√≠o Never√≠ o directo al mar. De hecho, estaba casi convencido de haberlo escuchado de alguien cercano.

‚ÄĒ¬°M√°! ‚ÄĒaull√≥ nuestro h√©roe‚ÄĒ La mam√° de Ceci hizo las cloacas de nuestro barrio, ¬Ņcierto?

‚ÄĒS√≠, Ernestico ‚ÄĒrespondi√≥ su madre, que fregaba los platos y fijaba su vista en la persiana‚ÄĒ. Recuerdo que fui varias veces a su remolque para los cierres contables y ol√≠a muy mal. ¬ŅPor qu√© lo preguntas?

¬ęPorque ahora tengo un mejor plan¬Ľ, quiso responder, pero no dijo nada, pero con la emoci√≥n de tener una epifan√≠a casi divina, como la primera vez que escuch√≥ una canci√≥n de Los Beatles e hizo que se enamorara del rock and roll. El segundo plan de nuestro h√©roe era mucho m√°s optimista con la vida, m√°s ambicioso y m√°s imposible: recuperar su pene perdido en las cloacas su barrio.

El barrio de Ernesto era un antiguo pueblo pesquero devenido en urbanizaci√≥n de clase media alta. Veinte a√Īos antes hab√≠an terminado un billonario proyecto petrolero a ochenta kil√≥metros de distancia y los tecn√≥cratas extranjeros eligieron aquellas tierras pantanosas como lugar de descanso y distracci√≥n. Sin embargo, quince a√Īos despu√©s no se hab√≠a construido ning√ļn sistema de aguas residuales y el nuevo alcalde recurri√≥ a una vieja amiga para resolver el problema de salubridad, bandera de su reciente campa√Īa electoral. Y esta amiga, la mam√° de Cecilia, deb√≠a tener en su casa los planos de aquella obra en la cual hab√≠a trabajado arduamente.

Nuestro h√©roe bebi√≥ su jugo de naranja en cuatro sorbos, dijo un euf√≥rico ¬ę¬°Chao, M√°!¬Ľ y se esfum√≥ del departamento con un portazo. Baj√≥ los cuatro pisos de su edificio de tres en tres escalones, como si tuviera resortes en sus zapatos, emocionado, euf√≥rico. Ahora una guitarra espa√Īola jugaba con las cuerdas y un bongo hac√≠a de un bajo corto. Una flauta dulce se a√Īadi√≥ y la melod√≠a se transformaba en uno de esos extra√Īos boleros alegres que hasta provocaban bailar, como un mambo lento y sin trombones. Una delicia musical.

Pero al llegar al vestíbulo se encontró con una sorpresa: allí estaba Cecilia, distraída, mirando el aviso de los vecinos morosos.

Se conoc√≠an desde quinto grado, cuando √©l lleg√≥ nuevo al colegio y a la ciudad, y ella le prest√≥ los apuntes de su cuaderno cuadriculado. Cecilia enumeraba todas las p√°ginas en la esquina superior derecha y marcaba con resaltador amarillo las anotaciones importantes. A los tres d√≠as nuestro h√©roe le devolvi√≥ el cuaderno, pero hab√≠a enmarcado cada n√ļmero de p√°gina con una flor de color azul. Y en la √ļltima hoja, donde ella anotaba los n√ļmeros de tel√©fonos de sus parientes y amigos, escribi√≥: ¬ęMe declaro Ceci-f√≠lico¬Ľ.

Ninguno de los dos coment√≥ nunca aquella prematura revelaci√≥n amorosa, pero se convirtieron en los mejores amigos que pudieran existir. Ella estaba fuera de su alcance y √©l estaba consciente de ello. Ella era morena, de pelo casta√Īo oscuro ensortijado y con ojos casi amarillos. Un fen√≥meno de la belleza y tambi√©n de la amabilidad. Siempre estudiaban juntos, se ten√≠an confianza para contarse secretos familiares y hasta sus madres se hab√≠an hecho amigas. Cecilia con frecuencia se quedaba hasta tarde en casa de Ernesto explic√°ndole los enlaces dobles y triples, o la combinaci√≥n de cromosomas sexuales; y nuestro h√©roe hac√≠a su mejor esfuerzo en concentrarse en la pizarra acr√≠lica de su habitaci√≥n, pero sus ojos se resbalaban a las piernas de Cecilia, o al culo de Cecilia, o a la mano izquierda que ella apoyaba en la pared mientras escrib√≠a con la derecha.

‚ÄĒHola, E ‚ÄĒle salud√≥ Cecilia‚ÄĒ. Tengo algo que decirte, es muy importante.

Ten√≠a cara de circunstancia, como si algo le incomodara o quisiera hacer una confesi√≥n de √©sas que toman horas escuchar, como alguna pelea con su mam√° porque a√ļn no le compraba la bicicleta para pasear por el cerro El Morro aunque se la hab√≠a prometido hace tiempo. O algo as√≠. Ernesto no sab√≠a qu√© hacer. Hab√≠a salido disparado a la casa de su amiga y ahora la encontraba justo en la puerta de su edificio, pero con un comportamiento ensimismado, confuso. ¬ęLo m√≠o es m√°s importante¬Ľ, pens√≥ √©l, porque deseaba con muchas ganas tomarla por el brazo e ir a la casa de ella, pero esta vez no para revolcarse como en sus fantas√≠as. Aquella era la √ļnica oportunidad para saber hacia d√≥nde se hab√≠a ido su pene y d√≥nde pod√≠a encontrarlo, pero hab√≠a que actuar r√°pido, porque cada segundo lo alejaba m√°s de su miembro ca√≠do. No hab√≠a tiempo para dramas ni complicaciones.

‚ÄĒLo m√≠o es m√°s importante ‚ÄĒdijo Ernesto‚ÄĒ. Necesito ir a tu casa ahora mismo.

La tom√≥ de la mano y corrieron a casa de Cecilia, tres cuadras m√°s al sur. Ella trat√≥ de oponerse al principio, pero al sentir la uni√≥n de sus manos, emprendi√≥ junto a √©l la carrera. Segu√≠a extra√Īa y ausente pero d√≥cil y colaborativa. Como si se hubieran cambiado los papeles justo aquel fat√≠dico d√≠a de la Prueba de Aptitud Acad√©mica.

Correr por las calles de Lecher√≠a a las siete de la ma√Īana siempre hab√≠a sido delicioso. El sol a√ļn no pegaba muy fuerte y la salitre se mezclaba con la humedad, lo que le daba un aroma a arena mojada, como si se estuviera adentro de un castillo de arena en la playa, con las olas asediando las torres dos veces minuto, por lo que hab√≠a que construir siempre una fosa que sirviera como canal y amortiguara el golpeteo de las olas. Aunque nuestro h√©roe no estaba disfrutando ese instante, sab√≠a que era un momento crucial en su vida. Y mientras bajaba por la calle los Almedrones y volaba por la plaza donde jugaba a la pelota con sus amigos, su cabeza solo reproduc√≠a la escena de las Tortugas Ninja cuando los ninjas adolescentes malos los atacan por sorpresa en la casa de Abril O‚ÄôNeill. Sonaba un rock estruendoso donde nada importaba y nuestro h√©roe sab√≠a que era una pelea injusta, ellos eran m√°s ninjas y a Miguel √Āngel lo estaban moliendo a golpes en la azotea. Pero quiz√°s despu√©s de tantos golpes, encontrar√≠a una salida como los quelonios, y eso lo llenaba de esperanza, aun cuando la vida no fuera tan linda como las pel√≠culas de morrocoyes mutantes.

Llegaron en un santiam√©n a la casa de Cecilia. Ernesto not√≥ que no hab√≠a nadie en casa porque no estaba ning√ļn auto estacionado. Abri√≥ la puerta jadeante y pasaron a la sala. En cualquier otra ocasi√≥n hubiera sido perfecto para hacer el amor alocadamente en el sof√° o sobre la pianola. Pero nuestro h√©roe no deb√≠a desconcentrarse. A√ļn ten√≠a un √ļltimo cartucho y ten√≠a que aprovecharlo lo antes posible.

‚ÄĒCeci, dime r√°pido ‚ÄĒsolt√≥ ansioso Ernesto‚ÄĒ, ¬Ņd√≥nde guarda tu mam√° los planos de sus obras?

‚ÄĒEst√°s muy extra√Īo, E ‚ÄĒdijo Cecilia, un poco asustada‚ÄĒ. ¬ŅPor qu√© no me dices para qu√© los quieres?

Nuestro h√©roe sab√≠a que no explicar la situaci√≥n iba a retrasar m√°s el operativo de b√ļsqueda de su pene. Cecilia probablemente se pondr√≠a reacia a decirle d√≥nde estaban los planos y quiz√°s hasta lo corriera de la casa. √Čl no quer√≠a perder la compostura, mucho menos volverse loco con amenazas ni obligarla con un cuchillo. Pero tambi√©n estaba al tanto de que, si acced√≠a a contarle la historia, de igual manera iba a perder mucho tiempo. Ella primero no entender√≠a y luego √©l tendr√≠a que bajarse los pantalones para demostrar la urgencia de su situaci√≥n.

Por eso Ernesto decidió cortar por lo sano. Se desabrochó el cinturón negro, se bajó el pantalón azul marino y se subió la camisa beige. Al mismo tiempo, cerró los ojos.

‚ÄĒ¬°Mierda, mierda, mierda! ‚ÄĒgrit√≥ Cecilia como una loca. Su voz era el p√°nico puro.

Ernesto abri√≥ los ojos. Cecilia daba vueltas en peque√Īos c√≠rculos, muy r√°pido, y se tapaba los ojos con las manos. Susurraba ¬ęMierda¬Ľ muy bajo, repetidas veces. Nuestro h√©roe quiso decirle que no era ¬ęMierda¬Ľ sino ¬ęPene¬Ľ, o en realidad ausencia de pene. ¬ęPenecefalismo¬Ľ, mejor dicho.

‚ÄĒFue esta ma√Īana ‚ÄĒsusurr√≥ Ernesto calmado‚ÄĒ. Fui a orinar y cay√≥ en el v√°ter. Por accidente baj√© la palanca y ahora debe estar en las cloacas. Tengo que recuperarlo, s√© que puedo, pero necesito los planos de tu mam√°. Por favor, dime d√≥nde est√°n.

Cecilia no pudo hablar, pero se√Īal√≥ una habitaci√≥n con puerta de madera y manilla de acero cromado mientras continuaba con los ojos cerrados. Ernesto entr√≥ r√°pido a la habitaci√≥n y la examin√≥. Era una oficina con escritorio, computadora y archivador. Ten√≠a un t√≠tulo de Ingeniero Civil enmarcado en una pared y un peque√Īo estante con libros acad√©micos. La otra pared estaba forrada de fotos de construcciones emblem√°ticas como el Empire State, el Canal de Panam√° y una panor√°mica nocturna de Tokyo, ordenadas con el mal gusto de agencia de viajes. Justo bajo la panor√°mica vio lo que buscaba: los cilindros con los planos de todas las obras de la se√Īora Joana.

Nuestro h√©roe corri√≥ desesperado a los cilindros y comenz√≥ a ver las etiquetas. Muchos eran de casas particulares de cuando la inmigraci√≥n petrolera, pavimentaci√≥n de calles y ornamentaci√≥n municipal. El m√°s grande era el dise√Īo de una plaza que supuso nunca se lleg√≥ a concretar porque no la conoc√≠a. Eran en total veintitr√©s cilindros, pero ninguno ten√≠a como t√≠tulo algo parecido a ¬ęSistema de aguas residuales¬Ľ. Ernesto trat√≥ de calmarse y los revis√≥ uno a uno, otra vez. De nuevo. Entr√≥ en crisis.

No conceb√≠a una vida sin su pene. Sin √©l, nunca iba a poder amar a una mujer, morir√≠a virgen y solo, seguramente joven. Ernesto no quer√≠a eso. Hab√≠a imaginado tanto. Y despedirse de todos esos sue√Īos le dol√≠a en el est√≥mago, en el coraz√≥n. Lo ahogaba. Ten√≠a ganas de golpear algo, de maldecir. Debi√≥ haber orinado en la ducha como siempre hac√≠a, no debi√≥ haber sido tan idiota y bajar la palanca del v√°ter. Era injusto que le pasar√° esto a √©l. No le hab√≠a hecho nada malo a nadie. En el colegio nunca delat√≥ a quienes hac√≠an trampa en los ex√°menes. Siempre lavaba los platos todas las noches antes de dormir. Cuando pod√≠a, telefoneaba a su abuela para preguntarle si necesitaba llevarle algo del mercado. Quiz√°s lo √ļnico malo hab√≠a sido masturbarse tantas veces. Siendo honestos, al principio pens√≥ que tocarse era un acto indecente. Para el p√ļber Ernesto no estaba bien mirar con lujuria a Cecilia. Pero luego so√Īaba con ella y era peor. Despertaba con el interior mojado casi todas las ma√Īanas y ten√≠a que lavar los interiores y limpiarse. Lavaba los interiores porque le daba verg√ľenza que su madre los viera mojados. Por eso decidi√≥ masturbarse con frecuencia, dos jaladas al d√≠a en promedio. Y lo disfrutaba, claro est√°. ¬ŅSe le pudo haber ca√≠do el pene por pajearse tantas veces? ¬ŅSer√≠a la √ļnica persona del mundo que se masturbaba tanto? Ahora se sent√≠a culpable y un escalofr√≠o se apoderaba de sus pulmones, de sus manos y piernas. Temblaba como si estuviera desnudo en la Patagonia.

Encontr√≥ fuerzas para sacar los planos de los cilindros. Necesitaba verificar que ninguno se hubiera traspapelado. Del fr√≠o en el est√≥mago casi le sal√≠a humo por la boca. Pens√≥ que la se√Īora Joana pudo haberse confundido e intercambiar planos. Total, equivocarse es una cosa de todos los d√≠as.

‚ÄĒNo busques m√°s ‚ÄĒinterrumpi√≥ Cecilia el frenes√≠ antiburocr√°tico de Ernesto. Nuestro h√©roe volte√≥, vio a su amiga m√°s aplomada y recompuesta‚ÄĒ. No creo que los planos de las cloacas est√©n aqu√≠. Y si estuvieran, tampoco creo que los pudieras entender.

La voz de Cecilia sonaba resolutoria, gris, como cuando un médico da una noticia de fallecimiento a los parientes en el hospital. Hasta para eso servía ella. Se veía triste, dura, sin ánimos de hablar pero con el compromiso de hacerlo. Ernesto dejó el cilindro que tenía en la mano y cayó de rodillas frente a ella. Quería llorar.

‚ÄĒPero tenemos un chance ‚ÄĒprosigui√≥ muy seria‚ÄĒ. Todas las cloacas caen en el canal D, sabes, el que est√° detr√°s del centro comercial abandonado. Podemos ir a revisar, est√° solo a unas cuadras de aqu√≠.

Cecilia hablaba en plural. Eso era lo m√°s lindo de todo. Ernesto estaba hundi√©ndose en la mierda y ella no lo dejaba solo. Le daba una opci√≥n m√°s, una casi imposible, pero al fin y al cabo una opci√≥n. Y si ella lo acompa√Īaba, √©l ir√≠a hasta el fin del mundo por lograr el objetivo. Estaba dispuesto a todo por ella.

Por supuesto, no encontraron nada. El canal D era un lugar repugnante. Era un brazo del r√≠o N que a√Īos atr√°s hab√≠an canalizado y donde decidieron verter todos los desechos del barrio de Ernesto. Ahora, la gente hab√≠a aprovechado la inmundicia del riachuelo para echar bolsas de basura, neum√°ticos, ropa vieja y algunos electrodom√©sticos oxidados. El olor a putrefacci√≥n era insoportable, a pesar de ser una zona residencial y de haber varios edificios cercanos. Era dif√≠cil distinguir el agua gris entre la basura y un extra√Īo moho verde, parecido al musgo, pero m√°s espumoso. Se notaba que no era muy profundo, porque algunas garzas estaban paradas en todo el medio de la canal y el agua apenas les superaba las pantorrillas. Ernesto estaba de pie al borde de la canal. Se tapaba la nariz con el cuello del guardacamisa y miraba confundido hacia las garzas.

‚ÄĒVoy a entrar ‚ÄĒdijo resuelto.

‚ÄĒ¬ŅQu√© vas a hacer, loco? ‚ÄĒbuf√≥ incr√©dula Cecilia.

‚ÄĒQue voy a entrar ‚ÄĒrespondi√≥ Ernesto‚ÄĒ. No tengo m√°s alternativa. Mi pene debe estar all√≠, no se ve profundo, as√≠ que voy a entrar.

‚ÄĒEst√ļpido.

‚ÄĒ¬ŅC√≥mo?

‚ÄĒQue eres un gran est√ļpido ‚ÄĒchill√≥ Cecilia‚ÄĒ. Es imposible que lo encuentres. Si entras all√≠ te vas a enfermar y ser√° peor. ¬°Te puedes morir, gafo!

Ernesto se tap√≥ los o√≠dos, comenz√≥ a respirar fuerte por la nariz, parec√≠a que iba a llorar. No quer√≠a escuchar advertencias pesimistas, s√≥lo quer√≠a recuperar su pene, porque era posible encontrarlo y no renunciar√≠a. Se quit√≥ los zapatos, el pantal√≥n y las medias. Se dej√≥ los interiores. Hab√≠a una brisa fr√≠a, a pesar del sol de las ocho de la ma√Īana. Se le puso la piel de gallina, aunque presinti√≥ que era por su tr√°gico destino en la porquer√≠a del canal D. Pero estaba decidido. Ten√≠a que ir por su pene, a cualquier precio. Y si deb√≠a morir en la basura aquella era la mejor met√°fora para el significado de su propia vida apenada. Adem√°s, era un est√ļpido suicida para Cecilia, el amor de su vida, por quien √©l har√≠a cualquier cosa. Era un est√ļpido y un loco, un gafo que no merec√≠a nada.

‚ÄĒ¬ŅY t√ļ crees que esto acaso es vida? ‚ÄĒgrit√≥ Ernesto, aturdido y demente.

Se lanz√≥ canal adentro, de un golpe, como entra un salvavidas al mar, primero dando saltos para esquivar las olas, aunque estas eran monta√Īas de basura. Tampoco se lanz√≥ al agua como un nadador ol√≠mpico, no estaba tan loco. Se detuvo en el medio de la canal y comenz√≥ a tantear con los pies, pero s√≥lo sent√≠a envases de jugo de naranja y restos de papel aluminio y servilletas. Basura y m√°s basura. Si hubiera tortugas en ese lugar seguramente ser√≠an mutantes y hasta ninjas. ¬ŅQu√© co√Īo com√≠an las garzas en aquella inmundicia?

De pronto, volte√≥ hacia donde estaba Cecilia. Ella segu√≠a all√≠, en la parte de arriba de la canal, y el sol de las ocho de la ma√Īana sal√≠a por su espalda, a contraluz, bordeando su silueta. Se ve√≠a hermosa. Ten√≠a los brazos apoyados en sus caderas y la brisa le mov√≠a el viento como un s√ļper h√©roe en un rascacielos, esperando el llamado de la polic√≠a. Mir√≥ a Ernesto a los ojos y √©l sinti√≥ que le estaba comunicando algo que √©l no entend√≠a. Entonces, ella comenz√≥ a desvestirse lentamente. Primero, desaboton√≥ la camisa beige y se baj√≥ la falda para quedar en ropa interior. Su brasier era blanco, de poli√©ster, tipo tenista. Su panty tambi√©n blanco, de seda, sin costuras. El contraste con su piel morena le daba una sensualidad pura, de modelo de pasarela en una sesi√≥n picante. Ech√≥ los hombros para atr√°s y desenganch√≥ el brasier, pero no se lo quit√≥ como en los sue√Īos de Ernesto. Dej√≥ las copas colgando en sus senos y de inmediato prosigui√≥ a bajarse las pantys. All√≠ ocurri√≥ lo inesperado: su perfecto pubis estaba depilado, limpio, pero luc√≠a una peque√Īa protuberancia, un diminuto pene que sobresal√≠a unos cent√≠metros por encima del cl√≠toris.

‚ÄĒEsto era lo que quer√≠a decirte ‚ÄĒremat√≥ Cecilia‚ÄĒ. Esta ma√Īana cuando fui a orinar me encontr√© con esto.

Ernesto sali√≥ de la canal y se abrazaron con fuerza, con tanta intensidad, que no se despegaron hasta una hora despu√©s, cuando ya estaban en la ducha del ba√Īo de Cecilia. Y all√≠, bajo el chorro de agua limpia y con mucho jab√≥n, se besaron por primera vez, apasionados, felices de ser honestos y de quererse, porque √©l la hab√≠a querido desde el primer d√≠a y ella hab√≠a aprendido a quererlo con el tiempo. Y para demostrarlo, ella lo ech√≥ contra la pared de la ducha y le abri√≥ un poco las piernas. Y entre el humo del agua tibia, Cecilia sac√≥ su lengua, acarici√≥ el orificio de la uretra de Ernesto y recorri√≥ cada mil√≠metro del cr√°ter de vello p√ļbico de su amado. Entonces, √©l agarr√≥ el cabello de su amada con fuerza, ella se aferr√≥ a las piernas de √©l y utiliz√≥ toda su boca para succionar el genital de nuestro h√©roe. √Čl grit√≥ de la emoci√≥n, extasiado y libre, satisfecho y en paz consigo mismo. Ella se levant√≥ de nuevo y volvieron a besarse, otra vez se abrazaron con fuerza hasta unir sus genitales, hasta que la protuberancia de Cecilia se mezcl√≥ con la uretra de Ernesto y la constante fricci√≥n llen√≥ de blanco espeso el pubis de ella y el volc√°n de √©l, lujuriosos y c√°ndidos, sin culpas ni ansiedades.

‚ÄĒMe declaro Ernes-f√≠lica ‚ÄĒle susurr√≥ ella, bajo el agua tibia de la regadera.

A las dos de la tarde, ambos fueron los primeros del colegio sentados en sus pupitres para presentar la Prueba de Aptitud Acad√©mica. Esta vez nuestro h√©roe no sinti√≥ ni una pizca de presi√≥n por inscribir medicina como primera alternativa. Puso Licenciatura en M√ļsica y cada n√ļmero de p√°gina lo enmarc√≥ con una flor azul, como si los p√©talos fueran un c√≠rculo infinito de ondas senoidales.

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Feed de narrativa editada a seis manos (desde San Jos√© de Costa Rica, Stuttgart y Caracas), por los caraque√Īos diasporizados Luis Garmendia y Javier Miranda-Luque, y el caraque√Īo sin diasporizar (¬Ņpor ahora?) Mirco Ferri cuya idea es la de postear textos propios y de autores invitados. ¬°Bienvenido cada par de ojos lectores que se asomen a estos predios!

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