🧙 El aprendiz de brujo

I

Llevábamos varias semanas sin vernos, y lo cierto es que encontré a Raoul muy desmejorado: había perdido muchísimo peso, tenía la piel estragada, los pómulos salientes y en sus ojos un brillo febril. Su antes templada voz de barítono sonaba ahora cavernosa y hueca, como si tuviera la boca llena de algodón en rama; también parecía sufrir de una extraña rigidez que le trababa los movimientos. En suma, provocaba la triste impresión de encontrarse afectado por alguna enfermedad mortal. Decir que me alarmé es poco, aunque procuré disimularlo lo mejor que supe.

—Rebeca me dejó. Y por supuesto, se llevó a los niños con ella —me soltó como una bomba, sin esperar siquiera a que terminara de sentarme.

Parecía estar al borde de las lágrimas.

No sé si mencioné ya que Raoul era poeta. O más bien, que se sentía poeta, pues debido a su inconstancia jamás logró que la crítica lo tomara en serio, aunque para ser justos, a punto estuvo. Su colección de himnos en prosa Trova por los abrojos del alma obtuvo algunas reseñas laudatorias y un mediano éxito de ventas, en su momento eclipsado por el abrumador de la novela de denuncia social Más miserias, de Ives Pitanguy. A partir de allí no volvió a levantar cabeza, y ya pasados los cuarenta años veía con amargura que sus posibilidades de consolidarse como vate laureado se desmoronaban. En cierta oportunidad me confesó que nada lo torturaba tanto como la perspectiva de que, reducido a una existencia banal y cotidiana, luego de su muerte no dejara tras de sí nada que justificara su recuerdo.

Ahora, por supuesto, el naufragio de su matrimonio no podía menos que acabar de descolocarlo.

—¡Dios! —le respondí, conmovido—. ¿Y eso?

—Ella dice que ya no soy el mismo y que no soporta como he cambiado. ¡Hasta ha llegado a gritarme que le doy miedo! ¡Que me teme! ¿Puedes creerlo? —sollozó, con voz estragada.

La verdad, no me sorprendió, aunque hubiera esperado más bien oír que su mujer se había largado harta de sus continuos líos de faldas, en los que Raoul gastaba su tiempo y su para nada desdeñable fortuna, heredada de un abuelo, cuando no imploraba en vano los favores de las musas.

II

Tardé bastante en unir todos los puntos y comprender que aquella pesadilla se había iniciado, en realidad, unos tres meses antes, siendo yo uno de los actores involucrados. Un viernes, temprano por la mañana, Raoul me había telefoneado. Tenía que ir al centro, y como era típico en él, no tenía ni idea de cómo llegar: necesitaba con urgencia alguien que lo llevara.

—¿Al centro? —le respondí, contrariado—. La verdad, estoy bastante ocupado. ¿Y se puede saber para qué? ¿No tienes a nadie más con quien ir?

También era muy propio de su savoir faire el abusar sin consideración del tiempo de sus amigos. Una de las varias razones por las que tenía pocos.

—Te lo pido a ti. Te prometo que será una aventura interesante.

Me negué en redondo en meter mi automóvil por las callejuelas, callejas y callejones del centro, y lo convencí de que fuéramos en el metro. Lo vi mirar boquiabierto los muros cochambrosos rayoneados de grafitis, los puestos de libros y de fritangas, los mendigos variopintos y los perros flacos que destripaban bolsas de basura. Al menos en dos oportunidades tuve que advertirle que mantuviera el celular soterrado en lo más profundo del bolsillo, si es que en verdad le interesaba conservarlo.

La dirección que a la que íbamos quedaba cerca de Puente Nuevo. Cuando llegamos al lugar, me sorprendió el cartel de la puerta vidriera. Leí:

Profesor Etienne René Gaillard

Sorbonne Université

Ocultista – Parasicólogo – Mentalista – Metasíquico

Como soy de la vieja escuela, eché de menos la segunda pe de parapsicólogo. En cuanto a lo de “metasíquico”, no tengo problemas en confesar mi ignorancia acerca de la naturaleza de semejante ciencia.

—¿Y esto? —le pregunté.

—Me han dado excelentes referencias sobre el profesor. Me lo recomendó con toda su alma una amiga muy querida.

Si Raoul ya había optado por apelar al ocultismo, decir que estaba desesperado se quedaría corto.

Empujamos la puerta y nos encontramos en una suerte de mínima antesala que apestaba a incienso de bergamota, atestada de pirámides, cuarzos, atrapasueños, exvotos, talismanes, campanas, sahumerios y figuras de Lord Ganesha y de la Corte Malandra. En ese momento no había nadie esperando; atendía una secretaria que era algo así como una chica de calendario, de rostro anodino, pero tetas inmensas, de esas que cortan la respiración con solo mirarlas. Por lo visto, toda su atención se concentraba en retocarse el esmalte de las uñas y ni levantó los ojos al escuchar la campañilla que anunció nuestro ingreso.

—¡Ejem! —carraspeó Raoul, tras dudar un poco—. Disculpe, señorita. Tengo cita con el profesor a las…

Por toda respuesta, nos señaló con el pincelito unas sillas de mimbre apoyadas contra la pared opuesta, bajo un gran cartel que promocionaba un viaje iniciático a las ruinas de Nan Madol.

Nos sentamos y esperamos.

—Y bien, ¿qué carajo se supone que estamos haciendo aquí? —le susurré al cabo de un rato, incapaz de apartar la vista del escote de la damisela.

—He decidido darle un vuelco copernicano a mi vida. La fría razón ha impedido que mi estro poético fructifique, y voy a dar el primer paso para ponerle remedio a eso.

Aquello me sonó tan estúpido que no supe cómo replicarle.

Por fortuna, no tuvimos que aguardar mucho. El profesor Gaillard resultó ser un hombrecillo más bien joven, corto de estatura y trajeado de negro estricto, de cabello oscuro y lacio peinado hacia atrás, barbita en candado bien recortada, cejas hirsutas y mirada penetrante tras unos quevedos de utilería. Para ser francés, me lucía atezado en exceso, y su acento, un tanto forzado. Lo cierto es que este me sonaba más a alemán que a francés. Su despacho resultó menos pintoresco que la antesala, aunque tampoco cabía deplorar allí escasez alguna de cortinajes negros, pentáculos y efigies de Baphomet. Sobre el inmenso escritorio de caoba pulida destacaban un brasero de bronce en el que ardían unos carbones aromáticos y un grueso tomo encuadernado en lo que simulaba ser piel humana, lunares y pelos incluidos.

Los tres tomamos asiento. Sin una palabra, el profesor entrelazó los dedos saturados de anillos de piedras semipreciosas, frunció poderosamente el entrecejo, y clavó en mí su mirada escrutadora e insondable durante cinco largos minutos.

Al cabo de estos, declaró por fin, con voz impostada:

—Percibo, muy claramente, que usted es Raoul Mendizabieta…

—¡Ejem! —carraspeó el aludido, receloso, al tiempo que yo soltaba una carcajada.

—¿Qué? ¿Cómo? —se tambaleó Gaillard—. ¡Por supuesto! ¡Si es clarísimo que Raoul Mendizabieta es usted! Pero la perturbación de su espíritu se expande, trasmite e infecta por simpatía a aquellos que están a su alrededor, aún a los mas infames…

—¿Infames? —mascullé, sin decidir si debía o no sentirme insultado.

—¡Pero claro que debe ser así! —aprobó Raoul.

—Veo en su aura, en verdad —continuó el profesor, ya rehecho y tomando impulso—, la grandeza de su alma, aficionada a la belleza y a la verdad, una grandeza que quiere revelarse y perdurar, pero que aún no ha encontrado el camino para dejar huella. Sobre todo, eso, desea perdurar más allá de…

—¡Eso es cierto! —exclamó de nuevo Raoul, con los ojos como platos.

—La suya es un aura muy pura, en verdad áurea y dorada, casi cristalina, pero ensuciada y obliterada por el malquerer y la maledicencia de la gente que está a su alrededor —prosiguió el charlatán, imperturbable y torrencial.

—¡Así es! —confirmó, extático, el aludido.

—Pero ¿esto va en serio? —intervine, sin preocuparme por sonar grosero.

Gaillard me miró otra vez, y yo sostuve su mirada.

—Noto una desagradable actitud escéptica en usted, amigo —me retó.

—Pues entérese de que yo no soy amigo suyo. Por cierto, ¿usted es profesor de verdad? ¿Profesor de qué? ¿Y desde cuando en la Sorbona dan clases de prestidigitación? ¿De qué parte de Francia me dice que viene?

—De lo único que estoy seguro, es de que usted un impertinente —se ofuscó.

—¿Sí? ¿Y lo vio en mi aura? Por cierto, ¿a qué hora comienza a echarnos las cartas?

El profesor destrenzó con parsimonia los dedos y se echó para atrás en su sillón. Esta vez, eludió dirigirse a mí.

—Señor Mendizabieta, es bien sabido que las vibraciones negativas coartan y cohíben los fenómenos psíquicos, ya de por sí muy delicados. Ignoro, de verdad, si podré continuar adelante con esto, pues no parece que este siendo tomado con la seriedad debida.

Raoul me miró con expresión de reproche.

—Adrián, gracias por acompañarme, pero no es necesario que me esperes. Ya sé cómo irme, y no tienes por qué perder más tiempo aquí.

Como quiera que fuera, aquel charlatán se había dado maña para embobar a mi amigo, ya de por sí bastante crédulo.

Salí de aquel lugar hecho un basilisco.

III

Irritado por el desplante, una vez que regresé a la oficina decidí investigar más sobre el tal profesor Gaillard. Encontré muchos sitios en internet que lo mencionaban: todos coincidían unánimes en considerarlo “un operador poderoso”, aunque no llegue a aclararme muy bien sobre que querían decir con eso. Tarde algo más en darme cuenta de que ninguna de aquellas referencias era reciente: la que más, era de unos cinco o seis años atrás. Las imágenes de Gaillard que las acompañaban ponían difícil que fuera la misma persona, pues mostraban a un caballero muy alto, canoso y espiritado, con pinta de empleado de funeraria. Solo coincidía con el nuestro en el candado, el peinado y los quevedos.

Deduje que la “amiga” que le había recomendado a aquel embaucador a Raoul no podía ser otra que Noelia, una de sus antiguas novias, muy aficionada a las locuras New Age. La llamé.

Se alegró de oírme y pareció muy interesada cuando le pregunte por Gaillard, al que describió (¡otra vez!), como “un operador poderoso”. Estaba justo a punto de preguntarle qué significaba eso, cuando cometí el error fatal de mencionar a Raoul. Sin transición, comenzó a insultarlo, luego a insultarme, y acabó por tirar el auricular del teléfono.

Como quedaba claro que Noelia no me iba a ser de ayuda, volví a Google, y al final di con una información inquietante, que al principio pasé por alto por venir de un pequeño diario de la cordillera peruana: hacía cuatro años, un tal profesor Etienne Gaillard había sido encontrado muerto en su habitación de un hotelito de Vilcabamba. En la foto que acompañaba al artículo aparecía el ayudante del profesor, un hombrecillo con un sospechoso parecido a nuestro Gaillard, pero sin barba (ni quevedos). Sin duda, eso sería suficiente para desengañar a Raoul: era claro que había caído en manos de alguien que no solo era un charlatán, sino también impostor y quizás hasta asesino.

Decir que se negó a escucharme es poco: a la tercera llamada ya ni me contestaba el teléfono. A la cuarta me hizo decir, por intermedio de su esposa, que no lo molestara más.

IV

Ya había dejado este incidente en el olvido, arrinconado junto a otras muchas boutades, groserías y niñerías de mi buen amigo, cuando semanas más tarde en el identificador de llamadas del celular apareció de nuevo su nombre. Lo dejé repicar hasta que la llamada se cortó, y esperé para contestarle hasta el tercer intento.

Me costó reconocer su voz, que como ya dije, se había vuelto hueca y átona. Había respondido con el firme propósito de mandarlo a la mierda, pero lo oí tan consternado que sentí lástima por él.

Quedamos en vernos la tarde del día siguiente para tomarnos un café. Me lo encontré en el penoso estado que ya he mencionado, y empezó por narrarme lacrimosamente lo del abandono de su esposa, aunque luego le escuche con estupor que no era eso con exactitud lo que lo tenía mal.

—Tú tienes que ayudarme a encontrarlo —me dijo—. No cuento con nadie más…

¿Encontrar? ¿A quién?

—¿Cómo que a quién? ¡A Gaillard, claro!

¡Dios!

—¿Ese embaucador? ¿Pero es que tú no escarmientas? ¿Para qué lo quieres?

De la larga, divagante y estrafalaria disquisición que siguió, colegí que Gaillard había logrado sin mucho esfuerzo convencer a Raoul para someterse a una “curación psíquica” para limpiar sus chakras y abrirle el tercer ojo: toda una serie de “sesiones”, por las cuales le cobró una suma de dinero con abundancia de ceros. Cada una de ellas incluía un bebedizo con sabor a rayos, aspersiones, incantaciones, pollos degollados, plegarias, fumigaciones y amuletos, en un sótano con hachones y cortinas negras, y en las que la secretaria de las tetazas hacía de acólita golpeando desnuda un atabal. Antes de iniciar cada sesión, Gaillard siempre consultaba durante largo rato un grueso volumen de tapas negras que parecía no comprender del todo; hacia el final, Raoul también notó con creciente alarma que en cada oportunidad el “profesor” daba la impresión de estar más nervioso, como si algo estuviera saliendo muy mal. Ya en su casa, Raoul en persona debía completar el “tratamiento”, entonando durante dos horas cada noche un extraño guirigay que hacia aullar a los perros del vecindario, y chamuscando en un pebetero un incienso que olía a nuez moscada junto con unas sales color violeta. Tras la séptima sesión, Gaillard y su asistente se esfumaron, como tragados por la tierra, y la tienda se convirtió de un día para otro en expendio de aves beneficiadas y pienso para animales.

Miré su rostro exangüe y demacrado, y sentí vergüenza ajena de imaginarlo en semejante trance.

—No sé qué me hicieron, hermano, ¡pero mírame como me he puesto! — lloriqueó—. Necesito que ese hijo de puta aparezca, y termine o arregle lo que empezó. ¡Te lo juro!

Quedaba aclarada la razón por la que Rebeca había huido: era evidente que Raoul se había vuelto loco. Eso, o era un completo crédulo cretino. O quizás las dos cosas a la vez.

—Pues ya te oí y ahora tú me vas a escuchar —le contesté, intransigente—. Primero, vamos a dejar las fantasías: lo que ocurrió es que caíste en manos de un estafador. Ese tipo no era el verdadero Gaillard, aunque dudo que eso te importe. Para quitarte dinero, no tuvo escrúpulos en envenenarte con quién sabe qué potingue nocivo. No vas a perder el tiempo buscándolo: eso lo dejaremos después para la policía. Ahora lo que necesitas con urgencia es atención médica. De preferencia, hospitalizarte. Hoy mismo. ¡Ya! Por fortuna, conozco a un internista excelente, el doctor Lombroso, que…

No me dejó terminar. Se puso de pie con dificultad y me gritó:

—¡Tú no entiendes una mierda!

V

Transcurrirían un par de semanas. La siguiente llamada que recibí no fue de Raoul, sino de Rebeca, su mujer; era la primera vez en su vida que acudía a mí, pues nunca me había tragado, y lo cierto es que la desconfianza era mutua. Su voz delataba que se encontraba en verdad asustada.

—Hace más de diez días que no sé nada de mi marido. Ya no sé qué hacer —me dijo.

“Justo el tiempo desde que hablé con él por última vez” —pensé para mí.

—Pero ¿ustedes no se habían separado?

—Sigue siendo el padre de mis hijos —me respondió con sequedad.

En resumen: me rogó que fuera a buscarlo a su apartamento y comprobara que se encontraba bien. El conserje tenía copia de las llaves, y el hombre le había asegurado que Raoul no había salido en todo ese tiempo.

Terminé por aceptar, renuente. Le aseguré que pasaría luego de salir de la oficina.

El conserje, con cordial vulgaridad, no adujo inconvenientes para entregarme las llaves, pero se puso un tanto pesado con la insistencia en acompañarme (y luego me arrepentiría de no habérselo permitido).

Era el final de la tarde y la luz rojiza del crepúsculo inundaba el apartamento. El aire se encontraba viciado y olía a incienso de nuez moscada hasta hacerse casi vomitivo; pero también olía a algo más: a polvo, a moho, a carne seca y quizás un poco a cadaverina. Al entrar, escuché lo que pareció un rezo, pronunciado en voz baja, gutural y viscosa; unas palabras que no fui capaz de descifrar, como en el pandemónium de La damnation de Faust.

—¡Raoul! ¿Estás aquí? —llamé, sintiendo un pedazo de hielo subiéndome por la espalda.

Al punto, la jaculatoria cesó.

—¡Adrián! ¿Eres tú? —oí que algo me respondía— ¡Qué alegría de oírte! Acércate, por favor…

Confieso que estuve a punto de desmayarme o de salir a la carrera: el tono de aquella voz, pero sobre todo que hubiera en ella algo reconocible, me heló la sangre. Era poco más que un hilo, y no parecía articulada por una lengua o unos labios, sino brotar directo desde el estómago o de algún agujero profundo.

—¿Dónde estás, Raoul? —y no pude evitar que los dientes me castañetearan.

—Aquí, en la butaca… Hacia tu izquierda…

El mueble al que se refería se encontraba pegado a un ángulo de la pared y de espaldas a los cortinajes plegados del ventanal, en un pozo de oscuridad que impedía discernir a su ocupante, aunque creí vislumbrar dos fugaces brillos rojizos como suspendidos en el aire. En el suelo, frente a aquel sillón, había desparramados un buen puñado de papeles escritos a mano.

—¿Sabes? —continuó aquella voz pavorosa—. Al final, la verdad es que Gaillard no me engañó. No del todo, al menos. Era un falsario, un ignorante y un impostor, pero mal que bien cumplió con lo que me había prometido: me dijo que me haría perdurar…

—No entiendo que te refieres Raoul —le respondí, reuniendo coraje—. Rebeca me llamó… Vine para ayudarte. Ahora mismo voy a llevarte al médico. ¿Recuerdas que te lo ofrecí la otra vez? Te pondrán un tratamiento para desintoxicarte de lo que te haya dado ese orate. Luego, iremos a la policía. ¿Sabes? Rebeca está muy preocupada por ti.

—¿Rebeca? ¿En serio? —Esto pareció conmoverlo—. Con todo lo que le he hecho pasar a la pobre… De todas maneras, es tarde ya.

“¿Tarde? ¿Tarde para qué?” —pensé, aterrado.

—¿No me ves, Adrián? —volvió a insistir—. Quizás sería mejor que encendieras la luz… Aunque a lo mejor preferirías no hacerlo.

Por fin me decidí a acabar con aquello. Mis dedos oprimieron el interruptor, haciendo que una luz blanquísima inundara la sala.

Vi, sentada en la butaca, la reliquia espantosa de lo que hasta hacia poco había sido mi amigo: un monigote, un despojo mínimo como un muñeco, reseco, marchito y correoso, poco más que un amasijo de huesos recubiertos por una piel que semejaba cuero. Solo en sus ojos seguía ardiendo la vida, unos ojos que me escrutaban con sorna.

* * *

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