🍸 Y Bebieron Felices Para Siempre

1

Al igual que los perros, he agarrado la costumbre de orinar las paredes de los apartamentos donde vivo (“cardo ni oruga cultivo”, rimaba el vate Martí), marcando mi territorio con ese hedor amarillento que varía en concordancia con los líquidos que he ingerido: la cerveza negra tiñe las canas de mis micciones y produce una espuma densa en sus meandros; el whisky escocés 12 años desencadena en mi organismo una catarsis diurética con tonos bastante neutros; el ron edulcora mi orina con un bouquet dulzón que empalaga hasta los pigmentos de las paredes y/o el pegamento del papel tapiz; la ginebra londinense me perfuma en su trayecto bucoestomacal y estoy convencido de que ésta es la única bebida que no llego a orinar, sino que la sudo, dada la metabolización tan rápida que de ella hace mi cuerpo. Agua nunca bebo, salvo el remanente derretido de las toneladas de hielo que desbordan todos mis tragos. Menos el café guayoyo y casi sin azúcar que consumo por litros a diario. La gente dice que yo le agrego una porción tan esmirriada de azúcar al café que parece más bien que lo estuviera “salando” y es que no entienden que lo único que yo pretendo es establecer una frontera equidistante entre el mínimo dulzor admisible y el máximo amargor grato al paladar.

También disfruto meándome las paredes de los moteles que frecuento. Uno distinto cada vez, pues me he prometido a mí mismo escribir -robándole el título a Sam Shepard- unas CRÓNICAS DE MOTEL que sirvan como guía funcional para parejas en busca de distracción sexual, exentas de miradas recriminadoras y sobresaltos. Intentaría clasificar, por ejemplo, a estos tiraderos tomando en cuenta su discrecionalidad, ubicación, la rapidez del room service (con énfasis particular en la disponibilidad de bebidas etílicas, hielo, preservativos y lubricante, cigarrillos, toallas limpias y mullidas en los baños), aire acondicionado o ventilador, televisor con variedad de películas pornográficas, tarifas (relación precio/calidad), etcétera. En vez de las estrellas habituales asignadas a los hoteles o los tenedores que otorga la prestigiosa Guía Michelin, yo calificaría a estos hospedajes de semen con una, dos o tres “erecciones”, dependiendo de si son apenas unos autocines con cama donde ya eyaculas, ya te vas o si verdaderamente te apetece demorarte en sus entrañas.

Cuando nos mudamos a la Torre Aco, en la primera oportunidad que dispuse, oriné mi oficina trazando una circunferencia perfecta. De esta forma, nadie me arrebataría jamás mi cargo de Director Creativo Asociado en INTERGLOBAL ADVERTISING.

2

En la iglesia san Pedro de Los Chaguaramos —una simpática versión reducida de la basílica vaticana— se casa mi madre de punta en blanco, aún cuando ya me lleva a mí, su único hijo, como pasajero. Tres meses atrás, mi padre le había regalado la primera edición de los CIEN SONETOS DE AMOR de Neruda, libro que le pareció mucho más apropiado que los otros que había preseleccionado en la librería Suma de Sabana Grande: LOS PEQUEÑOS SERES de Salvador Garmendia, ANIMAL DE COSTUMBRE de Sánchez Peláez y EL TAMBOR DE HOJALATA de Günter Grass.

La fiesta postnupcial se celebró en una tasca de La Candelaria, rociada por escasos litros de Old Parr y por un brevísimo brindis de buen Rioja en honor a los recién casados. Resulta admirable la capacidad camaleónica del ser humano para mimetizarse con el entorno que los acoge. Apenas un par de años antes mi padre jamás había probado el whisky en su Jaén natal y mi madre no se había alejado demasiado de la madrileña calle de La SaL (sí, es un palíndromo de los que me persiguen y obsesionan).

Yo decido nacer (porque es uno mismo quién selecciona en qué momento asomarse desde la escotilla vaginal a este mundo y “desuterizarse” y no es otro que uno —en un ejercicio inicial de libre albedrío y mismidad— quien elige a sus progenitores) justamente el día en que fallece Albert Camus. Décadas después descubro semejante casualidad y me compro todos sus libros, que apenas (h)ojeo, para incrustárseme en el cerebro la imagen del actor Marcelo Mastroianni encarnando EL EXTRANJERO.

Así estrené un año y toda una década musicalizada, entre muchísimos otros, por Bob Dylan y coreografiada por el terremoto que sacude a Caracas en 1967 y también, con mayor sutileza, por Maurice Bejart.

De la sala colectiva de parturientas en el Clínico de la UCV, aterrizo en el apartamento que mis padres habían alquilado en el edificio Llaeco de la calle Codazzi, una construcción imponente en forma de letra “L”, flanqueada por esbeltos chaguaramos que le dan nombre a la urbanización. Esta edificación, junto a otras en Caracas, pertenece a una empresa inmobiliaria cuyos dueños son dirigentes del partido socialcristiano COPEI. Un vástago de esta familia pletórica de “Enriques” se dedicará al faranduleo radial, popularizando un latiguillo que perifoneará hasta el asco en sus emisiones hertzianas: “mis más queridos amigos”, haciendo sospechar que incluso la demagogia más rancia se hereda.

3

Hice mi preescolar y primaria en un colegio parroquial adosado a la iglesia san Pedro, manejado por unas monjas españolas de sangre liviana que nos inculcaban una caligrafía de legibilidad impecable. Apartando la misa semanal y las sesiones deportivas, yo lograba sobrellevar bastante bien los deberes escolares, dejándome tiempo libre para entretenerme con la televisión vespertina en blanco, negro y su paupérrima escala de grises, donde constituíamos la audiencia cautiva de las teleseries gringas dobladas en México, con alguna que otra excepción manufacturada en Japón.

Siempre envidié a quienes estudiaban durante el turno de la tarde en la escuela municipal que quedaba a un par de cuadras de mi casa. Me los imaginaba acostándose tarde y durmiendo buena parte de la mañana, mientras yo cabeceaba ante el pizarrón repleto de números o fechas que no me motivaban para nada.

Lo mío eran las palabras. Jugar con ellas. Separarlas en sílabas. Viviseccionarlas a ellas y no a las pobres ranas. Cada vez que había que redactar algo, allí era yo quien sobresalía. Me encantaba notar cómo la mayoría de mis compañeros (y alguno que otro maestro) dudaba al intentar colocar una palabra tras otra para formar una frase coherente que no resultara incompleta o redundante.

Fue en esos momentos de tedio escolar que yo intuí que podría vivir de la palabra. Recuerdo una promoción que tenían las estaciones de gasolina Shell en la que llenando el tanque te obsequiaban “una taza de doble asa”. Me dije a mí mismo que aquello que en ese entonces mentaban “propaganda” debía ser tan sencillo como rimar tonterías fáciles de recordar para que la gente más ignorante pudiese alojarlas dentro del vacío de sus cabezas y repetirlas. No sé, algo así como las letras de las canciones que reiteraban una y otra vez dos o tres frases simples.

Se me ocurrió aplicar mi teoría en clase de Castellano y escribí en la pizarra la frase: “Compré una taza de doble asa para Peraza”. Automáticamente, Nelson Peraza se convirtió en objeto de burla para el salón de clase y hasta la maestra se obligó a borrar una terca sonrisa de su rostro irregular. Mi muestra de ingenió me valió un puñetazo en el estómago que me hizo vomitar el Toddy caliente que había desayunado donde naufragaban un par de trocitos de pan manchados de mantequilla.

La lección aprendida consistió en un mandamiento que aplico a cal y canto: “no te mofarás de gente más fuerte que tú” (a menos que logres ponerte a buen resguardo). Y aquí debo hacer la consideración de que casi todo el mundo suele ser físicamente más fuerte que yo o les importa muchísimo menos el dolor o tienen mayor tolerancia al respecto y han decidido ejercer temerariamente la valentía, mientras que yo soy un cobarde previsivo de esos que protagonizan las cuñas de seguros y se escudan en múltiples y sucesivas pólizas que nos indemnizarán de cualquier imprevisto. Si al menos yo rezara podría invocar —textualmente— al tal “ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día” en el que obviamente no creo y a cuyo servicio no estoy suscrito.

4

En sexto grado participamos con el colegio en un programa de concursos que transmitía Radio Caracas Televisión. Lo conducía Oscar Martínez y la institución educativa ganadora se llevaba una considerable dotación en implementos deportivos (una vez más, un bate o una pelota resultaban más tentadores que cualquier enciclopedia, diccionario, biblioteca, mapamundi, microscopio o adminículo científico). Yo no figuraba en el panel de los “cráneos”, aunque me encargaron escribir las consignas que los alumnos debíamos corear para aupar a nuestros representantes desanimando al competidor.

Como en casi toda campaña comunicacional, mis slogans resultaron mejores que el conocimiento exhibido por mis compañeros de clase y perdimos el botín deportivo ante una institución pública ubicada en la periferia de la ciudad. Este recuerdo emergerá sonriente cada vez que mis clientes electorales ganen sus curules y yo obtenga una prórroga de mi contrato profesional hasta las siguientes votaciones. Parafraseando al gurú McLuhan, canturreo un jingle desafinado que pugna por definirme: “democracy is my business”.

5

Mis padres estaban afiliados al “Círculo de lectores”, ingeniosa estrategia mercadotécnica que te entregaba en tu casa los libros que cada quien seleccionaba de un vistoso catálogo impreso a full color. Esto nos garantizaba una provisión de tres libros trimestrales. Así que nuestra bibliotequita doméstica crecía al ritmo de una docena de títulos al año, pagaderos en cómodas cuotas consecutivas. Ello era el “Avon llama” de la lectura que nos permitía maquillar un poco nuestras neuronas con el lipstick de textos ligeros, casi digestivos, recomendables para rumiar ideas plácidas.

Mediante un sistema similar mis padres invirtieron en la enciclopedia Monitor de Salvat y sucesivos diccionarios de uso corriente del idioma. Las enciclopedias ilustradas de arte fueron adquiridas a través de fascículos semanales que venían con el periódico y que nos evitaban las onerosas, aunque deseadas, visitas al Louvre o —más fervientemente— al Prado.

Del Museo de Bellas Artes en Caracas, mis padres y yo hubiésemos podido ofrecer eficientes visitas guiadas. Luego vinieron la Galería de Arte Nacional y el Museo de Arte Contemporáneo.

6

Mi padre monta su primer negocio el día en que el webón de Ernestico Hemingway decide suicidarse dándose caza a sí mismo, disparándole a las avestruces y rinocerontes que habitaban su cabeza. Deduzco que los defensores de los animales respiraron aliviados así sea por un rato, tanto como los toros de lidia o el pez aguja de la olla caribeña. Hasta las robustas y desencajadas nietas de Hemingway llegó su delirio de autoexterminio anclado en la hache. Eso y el gesto ampuloso, la bulla bilingüe, la bravuconada del viejo mareado en el océano de ron habanero y el oleaje de hierbabuena.

Escatológicamente pragmático, mi viejo inauguró una venta al mayor y detal de papel higiénico y servilletas. “Se come y se caga, salvo error u omisión”, bromeaba recalcitrantemente mi padre en sus escasísimos aforismos blindados que, de alguna forma oscura, me remiten a Cioran. Esta afirmación no es gratuita: el viejo bautizó el negocio como PAPELES EFÍMEROS, S.R.L. El enclave familiar abría al público de martes a sábado, 50 semanas al año. “Nuestras vacaciones anuales superan con creces los 100 días”, gustaba ufanarse el fundador de este comercio que “al igual que la Real Academia de la Lengua, limpia orificios que pronuncian y otros impronunciables”.

7

—¡Vaya comemierdas esos gringos que pagan fortunas por pinturitas de sopas enlatadas y refrescos!

René es el único amigo cubano que tiene mi padre. Los demás son todos españoles, como él mismo, a excepción de un par de gochos de San Cristóbal, los hermanos Mora, con quienes juega baraja la noche eterna de los sábados, con la excusa madrugadora de irse a desayunar caldo de papas y pastelitos andinos a una fonda escondida entre las estrecheces de La Pastora.

—¿Y saben cómo se llama el pintor ese? –prosigue René su soliloquio mientras ambos Mora y mi padre se escudan tras los reyes y bastos de sus naipes.

René no espera respuesta y espeta: “se llama Warhol, Andy Warhol, el rubiecito pálido esmirriado que le vende sus estampitas gigantes a los gringos comemierdas”.

8

El clan maldito de los Kennedy asesina a Norma Jean, alias Marylin Monroe, y mi padre abre un segundo negocio, pero esta vez en el este de la ciudad, bajo la denominación comercial sugerida por René de PAPELIMPIA, C.A. Ahora los cuatro reyes de la baraja son socios.

Un año más tarde, muere abaleado JFK en Dallas y René hilvana discursos sobre el karma y los complots universales mientras los cuatro jugadores sabatinos masacran botellas de Johnnie Walker etiqueta negra.

9

Mi progenitora delira con la película “El silencio”, del sueco Ingmar Bergman, que proyecta la Cinemateca Nacional. Muere Benny Moré y René viste de luto por todo un año, soportando las burlas de mi padre y la reprobación silenciosa de los Mora. A mis incipientes 3 años de edad, yo voy absorbiendo las peculiaridades de estos personajes que coprotagonizan la narración, sin poder calibrar los efectos secundarios.

10

Mi madre me celebra con una torta de chocolate mis primerísimos cuatro años. Yo reacciono enclaustrándome debajo de la mesa del comedor, con el mantel como telón o cobija de kevlar, rehusándome a que me canten cumpleaños, apagar las velas o compartir la torta que “es mía”.

Gracias a los votos de los hermanos Mora, el adeco Raúl Leoni gana las elecciones presidenciales en una Venezuela pre-saudita y naif, adormilada, que baila en tempo de vals vienés que no es, totalmente despreocupada del ská de acá que resonará fuera de las páginas de esta ficción fragmentaria.

11

Precoz que pretendo ser, desafío a dios diciéndole que, si existe, derrumbe la escuela donde me aburro, me hastío, languidezco.

Jamás obtengo respuesta.

12

En una entrevista publicada en la revista PUBLICIDAD Y MERCADEO, me desafían a que redacte mi propio epitafio. De inmediato escribo: “Siempre en otro lugar”.

13

No sé por qué me ha dado por recordar a cierto escritor venezolano que afirma que sus personajes nacen muertos, con fecha de expiración, y que él los enferma y los hace padecer para intensificar argumentalmente sus textos.

Confío en que este gran carajo jamás escriba sobre mí ni le dé mi nombre a ninguno de sus personajes.

14

Cuando le preguntan a René cómo se fue de Cuba, él dice que salió de La Habana “con una batidora Hamilton Beach insertada en el culo, cual motor fuera de borda y así llegué hasta Mayami”.

—Desde entonces le cogí tirria a los electrodomésticos, muchacho.

15

Muere ese hijo de puta gallego, adoptado por un matrimonio gringo, conocido como Walt Disney. Mi madre y René celebran el deceso del villano, ignorando que la fábrica de fábulas funestas funciona febrilmente per fécula feculorum: carbohidratos y triglicéridos alimentan la funeraria de cerebros ahogándose en formol.

Embriagado por la mezcla fulminante de alcohol y conatos de utopía, Rene se remonta a su infancia y entona -en una voz lejanísima- una melodía que le cantaba su nana:

Mi padre ronca. Yo escucho desde mi cuarto, conmovido por este viaje en el tiempo que pilotea un adulto metamorfoseado en niño.

16

¿Quién se hubiese atrevido a profetizar que la madrileña de mi madre se iba a alistar en la banda del Sargento Pimienta? Fueron cuatro británicos de Liverpool, mentados “los bítels”, quienes produjeron el milagro. Mi madre chapuceaba un inglés jubiloso de jotas y zetas que la llevaron a inscribirse en cursos sabatinos del CVA para tratar de entender a aquellos hijos de la Gran Bretaña que la rejuvenecían a fuerza de estribillos pegajosos y reiterativos: “chi láfviu, ye, ye, ye, chi láfviu, ye, ye, ye” o el impagable “ol yu nid is lof”.

Muchos años después, en callado honor a mi madre, logro venderle a un fabricante de bluejeans un jingle que versionaba el hit beatlémano LUCY IN THE SKY WITH DIAMONDS —sin alusiones lisérgicas— para marketizar sus pantalones apretadísimos que fungían de camisas de fuerza para los pubis femeninos en feedback textil. Este spot publicitario coincidió con el CONCIERTO PARA BANGLADESH y masificó una expresión que encontró eco en la juventud para referirse a cualquiera que usara jeans ajustados: “mira cómo come pantalón esa carajita Bangladesh”. Y así se llegó a hablar de los “bollos Bangladesh, cucharas Bangladesh, totonas Bangladesh, papos Bangladesh” que estaban “muertos de hambre” y por ello se “tragaban” el jean, ropa íntima mediante.

17

Con el riesgo asumido de que esta narración degenere en crónica funeraria, debo relatar que cuando muere el Che Guevara, René contrata a una agencia de festejos y arma una de las rumbas más memorables que recuerde la avenida Victoria. Ni EL BONCHE que escribió Renato Rodríguez, ni LA FIESTA INOLVIDABLE protagonizada por Peter Sellers y ni siquiera la gala nupcial orquestada por los Cisneros para casar a alguno de sus herederos en Caracas dio tanto de qué hablar a los vecinos de la también denominada avenida Presidente Medina. El 92,63% de los invitados eran cubanos.

Plagiándome en la memoria no la celebración “post-Che” de René, aunque sí el film festivo popularizado por Peter Sellers, encaro el lanzamiento publicitario de la soda y aguakina Schweppes en el mercado regional con una celebración que acontecía en la piscina del hotel Tamanaco, sin elefantes, pero con los invitados ataviados de gala dentro del agua, bajo el slogan de “Haz de todo momento un evento con Schweppes”.

El follow-up de la campaña mostraba fiestas de cualquier índole que sucedían en paisajes edénicos, vuelos transoceánicos o ascensores, reiterando el lema publicitario: “Schweppeando con Schweppes”. De esta manera, la denominación comercial del producto se vuelve verbo y, más aún, gerundio.

18

¿No escribí ya que los Kennedy son una familia maldita? El día en que matan a Robert Ka a mis padres les aprueban el crédito hipotecario a 20 años del apartamento de 72 metros cuadrados del LLaeco. Por esas mismas fechas, en ese camposanto enorme que es Estados Unidos, hacen tiro al blanco en Martin Luther King y disparan la frase de “I have a dream”, inmortalizándola en discursos de toda índole, en cómoda concordancia con casi cualquier situación. En mi recuento de difuntos de ese entonces también figura el poeta español León Felipe, el mejor traductor de Whitman al castellano (y que se joda Borges).

Ya mis padres se han nacionalizado y pueden votar. Fieles a su tradición de no apostar al ganador resulta electo presidente el copeyano Rafael Caldera. Para que no se sienta tan solo en su mandato, los gringos escogen al Dick Nixon como semejante.

El allanamiento a la UCV, ubicada a escasos cien metros de nuestro apartamento, nos permite disfrutar el bouquet característico de las bombas lacrimógenas, llanto iniciático al que nos iremos acostumbrando. Desde entonces jamás faltaron en mi casa los pañuelos de algodón humedecidos en agua y vinagre para mitigar el efecto de aquellos olores a cebolla podrida y humeante.

Cuando finalmente traducen EL PADRINO al español y lo ponen en venta en Venezuela, mis padres se pelean por el libro de Mario Puzzo, imponiéndose un horario de lectura diurno para ella y nocturno para él. Mi madre, lectora voraz, concluye la novela un par de semanas antes que mi padre y amenaza con irle develando detalles e inclusive el final. Años después iré con mi viejo al estreno de la película hecha por Coppola en la pantalla panorámica del cine Canaima. Mi madre siempre se ha negado a ver las versiones fílmicas de las obras literarias que ha disfrutado, pues argumenta que nadie le va a (im)poner rostro a los personajes que ella ya se ha imaginado.

19

¿Más difuntos para el recuerdo? Ho-Chi-Minh fallece por sobredosis de arroz y Boris Karloff se muere de miedo a no conseguir ningún otro rol de monstruo que deambule por las oscuras salas de cine.

La primera caminata lunar es vista en Venezuela, en expresivo blanco y negro, a través de Radio Caracas Televisión, narrada en nuestro idioma por la morsa catódica, alias Oscar Yánez.

—Eso es una soberana mentira, caballero –gritaba René desde la puerta de la cocina de nuestro apartamento mientras preparaba una olla de congrí –eso es una película made in Hollywood que los gringos se han montado para hacerle creer al mundo entero que se adelantaron a los rusos, ya ustedes lo verán, el tiempo me dará la razón.

—Sí, René, y la historia te absolverá –lo aguijoneaba mi padre enarbolando la frase pronunciada por Fidel.

—Déjenme escuchar la tele –terciaba mi madre, sirviendo otra ronda de tragos: whisky en las rocas para los socios, jerez Fino La Ina para ella y Frescolita para mí: “frescolízate, papá: fres, fres, fres-colita; me gusta fres, es más coli, glu, glu, glu, glu, glu, glu, glu”.

20

Las tardes del domingo siempre han sido familiares. Así como otros van a misa, nosotros tres salimos juntos a sitios cercanos. Lo más distante que hemos llegado es a la heladería Castellino en Caraballeda, cuyos banana-boats nos sabían mucho mejores que los de la caraqueña Crema Paraíso. Aunque generalmente nos circunscribíamos al área metropolitana, alguna vez nos aventuramos hasta la Colonia Tovar, siempre usando transporte público, ya que mi padre se negaba tenazmente a aprender a manejar o adquirir un carro. Y como este tipo de valores o prejuicios se heredan, yo mismo jamás me he sacado la licencia de conducir, ni he tenido carro, diciéndome a mí mismo —y a quienes insisten en preguntarme— que de esta forma me evito las molestias de buscar estacionamiento, preocuparme por el vehículo e incurrir en gastos de reparaciones, seguro automovilístico y otros engorrosos etcéteras. Para eso existen los taxis y yo dispongo de un presupuesto asignado a tal efecto.

Al teleférico subíamos con regularidad. Ante la molesta insistencia de mis padres intenté patinar sobre hielo sin poder mantenerme en pie ni siquiera un metro. Las pocas ocasiones en que funcionaba, bajamos hasta La Guaira en el funicular que llegaba hasta la estación de El Cojo. Allí coincidimos con la filmación de una película norteamericana esteralizada por Robert Vaughn, un actor de tercera categoría que encarnaba el personaje de “mister Solo” en la serie televisiva THE MAN FROM UNCLE, que se tradujo al español como “El hombre de Cipol”.

Luego nos dio por frecuentar el novísimo Centro Comercial Chacaíto, donde locales como el Drugstore, Carnaby, el Papagayo, el Ovni, Le Club, Hipocampo, la galería de arte Sans Souci, la librería Lectura y los cinemas 1, 2 y 3 marcarán una época de placentero consumismo saudita, con dólares a Bs. 4,30 y quince pesetas por cada bolívar. Y nosotros sin conciencia de estar viviendo en aquella tierra de gracia, uno sin (m)Alicia en el país de las maravillas. Fue en el Drugstore donde vi por primera vez las salchichas de medio metro que les disputé golosamente a mis padres o el metro de cerveza que mis progenitores no alcanzaron a consumir del todo, divertidos con sus bigotes de espuma de cebada.

21

Pocas cosas me hacen viajar en la máquina del tiempo como cuando preparo esa mezcolanza anti-gourmet (receta materna) que contiene un queso crema Philadelphia de Kraft, una lata grande de Diablitos —o pasta de hígado— mayonesa, ketchup, unas lágrimas oscuras de rimel chorreado de salsa inglesa y perejil deshidratado, en proporciones dosificadas al ojo por ciento. Untada sobre galletas de soda, arepas fritas o pan tostado y acompañadas de Cocacola que nos ayuda a tragar ese engrudo que hubiese hecho colapsar el portentoso sistema digestivo de Elvis Presley, acostumbrado como estaba a los sándwiches de mantequilla de maní con jalea de ciruela y cambur frito rebanado.

22

Electo Carlos Andrés Pérez en su primer periodo presidencial. Mis padres han votado por alguien más. El acné me cruza la cara como una maldición y recién ahora que comienzo a afeitarme debo esmerarme en evitar que la “doblehojilla que pasa y repasa” roce los granos, haciendo erupcionar su lava de pus sanguinolento. Clearasil conmigo, igual que con toda mi generación, aunque sin resultados satisfactorios para los consumidores.

Mi madre se escandaliza con el PORTERO DE NOCHE protagonizado por Charlotte Rampling y Dirk Bogard, dirigidos ambos por Liliana Cavani. Película a la que aún no tengo acceso por mi edad y que atesoraré posteriormente, de manera fetichesca, en formato betamax.

23

El primero de los dos únicos decesos que he visto celebrar a mi padre ha sido el de Carrero Blanco a manos de la ETA, con una paella encargada a la tasca de La Candelaria donde festejaron su boda y la extremaunción de toda una caja de whisky a cargo de los hermanos Mora, René, algunos compatriotas de mis viejos y las consabidas esposas de cada quien.

Mi madre se reservó su cuota de resentimiento para la muerte de Picasso:

—Púdrete, puñetero cabrón hijo de puta, maltratador de mujeres y mezquino –alzaba ella su copa de oporto colorado, brindando con la brisa que peinaba los chaguaramos alopécicos de la esquina.

Jackson Pollock y mi madre compartían, en singular sintonía, su odio elevado al cubo por el macho ibérico cubista.

24

Concluyo sin consecuencias tercer año de bachillerato. Me toca decidirme y opto por estudiar Humanidades. Eso significa cambiarme de liceo, pero no importa. Las mudanzas serán lo mío. Conllevan aire fresco. Además no me calo física, química ni biología. Yo no pienso ser científico. No me sirven. No me interesan. Ni aunque me vaya a estudiar psicología. Prefiero el latín y el griego. Hasta el francés, pues. Roa Bastos publica “Yo el supremo”. Título cojonudo, insuperable, que adopto para mí en secreto sumarial. El libro es un ladrillo, ilegible, pero el título vale cada puto bolívar que pagué en la librería.

El muerto, esta vez, es Charles Lindberg, quien se extingue sin saber qué fue de su hijo.

—¡Vaya putada! –exclama mi padre, asomado a las páginas abiertas, de par en par, de la prensa dominical.

25

En la “progre” revista SIC, editada por el Centro Gumilla, publico mi primera crítica cinematográfica, escrita a cuatro manos con Carmelo Vilda, jesuita que me da clases. Gano el concurso literario del colegio san Ignacio. El premio consiste en el consabido diploma, una medalla que empeñaré años más tarde y la obra completa de Cortázar, a quien veo con frecuencia en el bulevar de Sabana Grande, vitrina bohemia de mi ciudad. No me cabe eso de sumar letras con números, así que raspo matemáticas y me rehúso a pagarle clases particulares onerosísimas al hijoputa del profesor. La consecuencia es obvia: no logro pasar el examen de reparación y, gracias al contacto de una amiga de mi madre, obtengo cupo en el Liceo De Aplicación, ubicado en lo que solía ser el antiguo hipódromo de El Paraíso, frente al Instituto Pedagógico de Caracas.

A coñazo limpio, matan a Pasolini en Italia. Muere, “por la gracia de dios”, tras cuarenta años agónicos, Francisco Franco. Algarabía ibérica. Júbilo universal. Se cocina a fuego lento el destape, pero en olla de presión. Tremebundo y churrigueresco. La fiesta es grande en mi casa y en los domicilios de los vecinos españoles. Y en las tascas de La Candelaria. Y en la Hermandad Gallega. Y en el Club Catalán. Y en el Hogar Canario. Y en la Casa de Asturias. Y los murcianos llegaron ya y llegaron bailando chachachá. Y se incrementa exponencialmente el consumo de orujo, de anís, de rioja, de cava, de tempranillo. Mi madre agota las reservas de jerez Tío Pepe. Mi padre y René —criollizados a punta de escocés on the rocks, please— contribuyen a consolidar el sitial de honor que ostenta la pequeñezuela Venecia como mayor consumidor per cápita de whisky urbi et orbi. Es entonces que yo me estreno con la birra que publicita, textualmente, que “cada región tiene su nombre, pero en todas la cerveza se llama POLAR”. Después se sucederá el ron en versión (Cuba)libre, el vodka, la ginebra, el single malt, el brandy, todas las anteriores.

Algún día mi padre me reclamará sorprendido que mi sangre ibérica se ha diluido en demasía, sin vestigio alguno del gusto por el vino, los toros, el fútbol o el flamenco. Sobreviven en mí -eso sí- eñes, jotas, zetas y un excesivo uso de los acentos.

26

Me dejo de afeitar. La enredadera capilar de mi barba va cubriendo el acné que se anquilosa en mi rostro. Curso quinto año en el Liceo de Aplicación. Hay cuatro hembras para cada varón. Tres horribles, una buenísima. Justicia divina, diría yo. Dios existe y empieza a manifestárseme. Dirijo un periódico semanal de pared, PAREDÓN, donde fustigo al cuerpo docente con humor cáustico. Temeraria, Soraya traza unas caricaturas feroces. Luisfer y yo nos apropiamos del dinero de la prograduación. Llegamos en taxi al liceo. El se compra una Fender Stratocaster. Yo una Olimpus OM-10 electrónica, con prioridad de apertura del diafragma sobre la obturación. El lente es un peorro 50 mm, pero en breve lo complementaré con un zoom Vivitar 80-200 de óptica prodigiosa. Ya verán. Le compramos los exámenes trimestrales al bedel que maneja el multígrafo. Los revendemos discretamente a las carajitas que nos pagan con sexo rápido y vertical en las antiguas gradas del hipódromo. Sementales y yegüitas usamos contraseñas en latín. “A domino malo”, inquirimos. ”In loca deserta fugit”, nos responden. José Balza me publica un cuento en NÍTIDO, revista editada por la dirección de cultura de la UCV.

27

Secuestran en Caracas a William Niehous, gerente general de una transnacional fabricante de vidrio. Al hombre lo liberan cuatro años más tarde en un estado físico deplorable. Parece el náufrago que demandó judicialmente a García Márquez. Tú sabes, “tú eres mi creador, pero no te lo mamo”, escribió Mary Shelley en FRANKENSTEIN. A la larga, nuestros personajes nos alcanzan. Y piden explicaciones. Y pasan factura. Y cobran. Con intereses. Benditos sean. Amén.

28

Conozco a Raquel. Me regala el CANTO A MÍ MISMO de Whitman. Walt, ella y yo conjugamos triángulos equiláteros, isósceles y escalenos. Qué sé yo. Nos morboseamos mutuamente recorriendo el Museo de Bellas Artes; nos desatamos en el Parque Los Caobos, espiados por las estatuas impertérritas de Narváez; asistimos al teatro Alberto de Paz y Mateos para ver la obra de Jodorowski, EL JUEGO QUE TODOS JUGAMOS (donde debuta, divinísimamente deseable, una Alicia Plaza que dispara incómodas erecciones dentro de la camisa de fuerza de mi bluejean). Woody Allen nos vuelve mierda con ANNIE HALL.

29

Ya soy mayor de edad. Sea lo que sea que eso signifique e implique. Con mi título de bachiller en la mano, me inscribo en el registro electoral permanente y obtengo el certificado de locutor de la república de Venezuela, junto a Corina Castro, futura videojocketa de videoclips (“música para tus ojos”, rebuznarán). Estudio comunicación social en la Universidad Central. Asesorado por Vasco Szinetar, compro mi primer y único laboratorio de revelado fotográfico en blanco y negro. Revelar en sí es una ladilla. Lo interesante es reencuadrar cuando amplías. Y la autonomía que te brinda tener tu propio equipo. Y la intimidad para experimentar. Sofía Imber publica regularmente mis artículos en las páginas culturales de EL UNIVERSAL. Para que no me jodan en la escuela de periodismo, bajo el pseudónimo de Federico Nestal, difundo una crítica demoledora contra el libro de Alexis Márquez Rodríguez, LA COMUNICACIÓN IMPRESA, impuesto como texto obligatorio en los primeros años de la carrera. “Manual vasto y basto, obvio, banal, predecible, prescindible”, escribo. El catedrático putea por saber quién es el cabrón que lo cuestiona de esa manera. Ningún alumno se atrevería. Sospecha de uno que otro colega que le disputa su cátedra.

30

Muere Elvis por sobredosis de Presley: “one for the money, two for the show, three for all togheter and fuck and roll…”

31

Otra receta que me catapulta en el tiempo: tortilla “iberozolana o venezñola” de tajadas a punto de putrefacción (precisamente cuando los plátanos maduros se han ennegrecido en el paso previo a la momificación) con petit pois y queso crema —o, en su defecto, queso paisa o palmita o guayanés o de mano o blanco duro rayado o camembert o de cabra o mozarella o, incluso, manchego—. Este plato ocasiona eventuales flatulencias: concierto atonal de vientos para esfínteres sin orquesta ni partituras en tierra ardiente del tambor.

32

Una vez que el bolsillo del venezolano empieza a devaluarse, los whiskys paupérrimos inundan las licorerías del país y sus hígados malcriados por el añejamiento. Lanzo al mercado creole LAICEPS SPECIAL, un palíndromo irlandés de 4 años de apurada maduración (embotellado en Charallave) cuya degustación resulta poco menos que un acto de pederastia etílica. El ratón dominical incrementa las ventas de analgésicos, jugo de tomate y alka seltzers (para potenciar el efecto de este antídoto ratonil, recomiendo diluir el par de tabletas efervescentes directamente en medio vaso de jugo de tomate: ¡vaya experiencia alucinante ver aquel minivolcán rojo erupcionando!).

Esta campaña admirable, emulando a los cigarrillos, exagera en piel, playa y promesas de sexo. Va de paraísos perdidos e incautos: adanes adosados a sus serpientes en pos de (j)evas.

El volcán de tomate seltzer me remonta a un episodio de porno-asco que coprotagonicé con una partenaire entusiasta del body art primigenio en un motel peculiarmente mezquino en sus instalaciones y provisiones. Así que decidí vengarme del musiú hostelero que arriesgaba el placer ajeno con su pichirrez ostentosa y pinté las paredes —usando mi falo encapsulado en un condón— con abundante sangre menstrual. De allí en adelante, bauticé ese cuartucho “Suite Nosferatu”. Conservo fotos polaroids que testimonian nuestra hazaña. Semanas después, una pareja amiga pidió expresamente esa misma habitación para comprobar el agravio, pero ya habían redecorado nuestra “cueva de Altamira” con una mano de pintura de aceite que reflectaba malamente los bombillos de cuarenta vatios.

33

Por supuesto que hay un precio a pagar por esto de vivir cogiendo taxis: el ignorante ignora que ignora (y yo debo asentir con minúsculos monosílabos ante sus peroratas entre semáforos). Aquí los taxistas no son británicos, sino conductores inéditos de programas de opinión. Acaricio la utopía de choferes mudos como opción laboral y propuesta filantrópica de este trópico delirante.

34

Participo en un taller de creación literaria, mención poesía, dictado por Luis Alberto Crespo bajo la tutela del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos. A fin de año tengo un libro: CARAQUÉÑESIS. Audiciono para un programa matutino en Radio Trece. Madrugo de lunes a viernes, entre seis y diez de la mañana. Denomino a mi espacio DESCONCIERTO. Para la identificación musical uso un cuerno de caza ritual interpretado por el jazzista musulmán Yuseef Lateef. Voy ganando oyentes. Extiendo el programa hasta el sábado, cuando incorporo “la única agenda radial para el tiempo libre del caraqueño”.

Mis padres vuelven a perder las elecciones presidenciales y yo -asuntos de familia- me sumo a ellos: LUIS HERRERA ARREGLA ESTO (slogan propagandístico creado por el estratega cubano Joaquín Pérez Rodríguez, próximo viceministro de Información y Turismo, y Luis Alberto Machado, futuro ministro de neglicencia, quien enseñará a tocar violín a los indios pemones). Muere Guillermo Meneses. Que yo sepa, la mano sigue junto al muro.

35

Publico crónicas semanales y fotografías en el Cuerpo E de EL NACIONAL, codirigido por Luis Alberto Crespo y Pablo Antillano, con diseño del artista plástico Víctor Hugo Irazábal. Me otorgan la columna fija DÓNDE Y CUÁNDO, suerte de guía culturosa para el fin de semana, en un tono absolutamente desenfadado. . A Diego Arria le agrada el caradurismo de mis artículos y me contrata en EL DIARIO DE CARACAS. Mi jefe es el argentino Daniel Divinsky, otrora editor de Mafalda. Me instalo en las páginas culturales y publico a diario. Mis vecinos de tinta son María Eugenia Díaz, Rodolfo Schmidt, Manuel Felipe Sierra, Edgar Larrazábal, Javier Conde, Sebastián de la Nuez, Mercedes Martínez, Marisol Decarli, Elizabeth Baralt.

—Solamente en un país de analfabetos orgánicos puede pasar que un actor de cine gane las elecciones y además con nombre de payaso –matiza René la sobremesa.

—Claro, porque René Rodríguez suena más a presidente que Ronaldo Reagan –dice mi padre con su puñetera manía de españolizar hasta los nombres propios.

36

Impaciente que soy, yo mismo pago la edición de mi poemario CARAQUÉÑESIS. 80 páginas. 1/16 de pliego. Tapa y contratapa con solapa a 3 colores. 400 ejemplares. La portada es una foto de la ciudad que yo mismo he tomado. Me mudo a Radiodifusora Venezuela. Tiene un estilo que oscila entre lo juvenil universitario y el adúltero contemporáneo. Me identifico como “autor de radio de autor con patente de perifoneador número 7736”: Mi programa va de lunes a viernes, entre cinco y siete de la tarde. Le doy el mismo título que mi columna dominical: DIARIO DE UN OCIOSO. Mi patrocinante es la tienda de mi madre, PASARELA BOUTIQUE (“el epicentro de la moda en Caracas”). El jingle —mix de bostezos sintetizados con piano, flauta y bajo interpretados por los hermanos Pedro y Antonio Naranjo— me lo obsequia el compositor cubano anclado en Venezuela, Rolando Barba, amigo heredado de René.

Es asesinado John Lennon y le dedico toda una semana en la radio, con sucesivos programas especiales sobre su vida y obra, Yoko Ono, su rivalidad con McCartney, perfiles de Ringo y George. La historia paralela de los Stones. La pipa de Rómulo Betancourt deja de humear.

37

Convenzo a mi padre de fundar Editorial publicArte. Sin empleados, se trata de un negocio 100% familiar. Alquilamos un pequeño local en el centro comercial Bello Campo. Me invento una revista de circulación trimestral. En consonancia con la denominación comercial de la empresa, la titulo ideArte. El enunciado subordinado reza, textualmente: arte / cine / espectáculos / literatura / tendencias. Salimos al mercado en abril. En formato tabloide. Portada y contraportada en cartulina bristol 200 gramos, impresa en amarillo, negro y rojo. 32 páginas interiores en rojo y negro, extrapolando la escala de grises. Desplegado central coleccionable contentivo de un portafolio fotográfico en blanco y negro. El diseño gráfico es de Juan Queralt, un artista plástico prestado permanentemente a la publicidad. La diagramación (que prioriza la legibilidad confortable como valor absoluto), composicón y corrección de textos corre a cargo de SERVI-LIBROS, la empresa de los eficientes Tabaré Güerere y Estela Aganchul. El cuerpo de colaboradores habituales está conformado por Omar Mesones, Violeta Rojo, Publio Mondejar, Vasco Szinetar, Pascual Estrada, Gregorio Bonmatí, Tomás Onaindia, Roseline Paelinck, Guido Pascarelli, Giovanna Mérola, Ednodio Quintero, Sergio Ruiz. Financiamos por completo el primer número. Pretendiendo que tenemos patrocinantes, publicamos cuartos de página (en posición impar alto derecho) de anuncios gratuitos a Pasarela Boutique; Papeles Efímeros, Papelimpia, Diario de un ocioso; Radiodifusora Venezuela; Banco del Libro; Cinemateca Nacional; Biblioteca Ayacucho; Monteávila Editores; Librería Uno; Librería Lectura; Cine Prensa; Korda Films y el Restaurant Floridita (donde, a partir del segundo número, estableceremos un convenio de intercambio: congri, tamales y mojitos truequeados por propaganda). En el tercer número la mitad de la publicidad es pagada.

Después de uno de los pantagruélicos almuerzos en el restaurant cubano que nos patrocina, paseando en el carro de René, nos acercamos a criticar el monumento funerario que acaban de construir en Caracas y que la ya la gente ha bautizado con el mote de EL CUBO NEGRO.

—¿Pero a quién carajo se le habrá ocurrido hacer un edificio de vidrio oscuro? ¡Caballeros, esto es un mojón negro cagado al lado de La Carlota y del CCCT!

38

Una editorial es para editar y no sólo una revista, argumenta mi padre. Logra un convenio con el Ministerio de Educación para imprimir cartillas infantiles y textos escolares. Ello nos permite ir recuperando la inversión, a pesar del coñazo propinado por Luis Herrera, aquel viernes negro, con el control de cambio y una devaluación monetaria del 300%. En noviembre, como parte de la Programación Bolivariana Bicentenaria auspiciada por el CONAC, estreno mi obra teatral KONG-CIERTO, en el antiguo CINE SAN PEDRO de Los Chaguaramos. Allí, junto a una trouppe de amigos, dirijo, produzco y actúo. La obra permanece tres fines de semana en cartelera.

39

Número monográfico de 84 páginas dedicado a Orwell. El libro escrito en el 48. La película de Michael Radford estrenada muy a propósito 36 años después, donde actúa por última vez Richard Burton (o donde, por primera vez, actúa: cuestión de óptica). Utopías y anti-utopías. Moro, Stirner, Thoureau, los anarquistas, Skinner, las comunas hippies, el cuerpo liberado, Isaac J. Pardo y su inspirado estudio FUEGOS BAJO EL AGUA. El listado de patrocinantes regulares de ideArte incluye a la Fundación Cultural Consolidado, la Corporación Venezolana de Guayana, VIASA, Air France, Iberia, British Caledonian, Corpoven, la FM Cultural de Caracas, La Boite del Hotel Tamanaco, Harry’s Bar, las Direcciones de Cultura de la UCV, ULA, LUZ, el Museo de Arte Contemporáneo, la Galería de Arte Nacional, Lagoven, el Concejo Municipal del Distrito Federal, el Banco Industrial de Venezuela, Electricidad de Caracas, la Biblioteca del Banco Central de Venezuela, la Cámara de Diputados del Congreso Nacional, Maraven, licores y cigarrillos. Dejo el periódico. Continúo con la radio.

Nueva debacle electoral en mi familia: el doctor Jaime Lusinchi le toma el pulso a Venezuela. No acierta el diagnóstico. Muere Víctor Valera Mora y yo lo homenajeo, leyendo a viva voz sus poemas, en mi programa de radio.

40

Junto a la Asociación Venezolana de Críticos Cinematográficos (siglas curiosamente compartidas con la más boyante Asociación Venezolana de Criadores de Cerdos), ideArte promueve la Semana de la Crítica, evento anual que alienta al público a apreciar films extremos que no se atreve a exhibir el circuito comercial: Calígula, Cruising, Los 120 días de Sodoma, Les Valseuses, Inserts, La última mujer, La gran comilona, Dillinger ha muerto, El imperio de los sentidos, A la deriva.

41

Centenario de la invención de Cocacola. La mía congelándose en hielo, con marejada de ron, llovizna de gin, lágrimas de amargo de Angostura y una rodaja de limón. Muere Desi Arnaz, ex-esposo de Lucy, la pelirroja teñida que lo coñaceaba tenazmente, aunque René se encabrone negándolo.

42

Es una hazaña fatigosa perdurar con una revista cultural durante cinco años. Edición especial aniversario de 124 páginas que coincide con una nueva devaluación del bolívar. Afortunadamente, mi padre administra la editorial igual que Margaret Thatcher mangonea en Gran Bretaña. A pesar de su nombre ferozmente foráneo, Solveig Hoogesteijn estrena una de las pocas películas venezolanas taquilleras: MACU, LA MUJER DEL POLICÍA, escandalosa y de buena factura y con una escenita deliciosa de la protagonista walkirizando sexualmente a su potro. Conmovido por la belleza formal y la intensidad anecdótica de LA OVEJA NEGRA, entrevisto a Román Chalbaud en mi programa de radio. Muere el tipo duro del cine francés, narizón además, Lino Ventura. Organizo un miniciclo de sus películas en betamax, bebiendo coñac, en mi apartamentico alquilado de Chacao.

43

Es la primera vez que mi padre habla de regresar a España. Carlos Andrés Pérez reelecto para un segundo mandato.

44

Ruth se muda a mi apartamento. Un par de años atrás nos conocimos en la piscina del MACUTO SHERATON. La culpa fue de ese hipertrago, denominado LA BOMBA, que combina en su copa de medio litro olas de ron blanco, vodka, ginebra, limón soda Chinotto y el témpano de hielo que escoñetó al Titanic. Era tan mayúscula nuestra intoxicación etílica que yo aún ignoro cómo superamos los sin cuenta (sic) metros planos que separaban nuestras tumbonas de la cabaña anexa a la piscina.

El segundo round en el SHERATON naufragado en “Caraballeda de la costa, Caraballeda de la mar” fue durante la convención nacional de marketing del refresco líder en Venezuela y Filipinas. Un evento llamado pomposamente PEPSI 200, LA CONQUISTA DEL HOMBRE 2000, que pretendía significar que, en el siglo XXI, el consumidor creole estaría preparado para tragarse doscientos litros de cola negra carbonatada al año o, al menos, eran sus proyecciones de mercado. Ruth era una de las ejecutivas de la agencia publicitaria que había organizado el evento e insistía que esa era la ocasión adecuada para presentarme a la plana mayor de los pepsicoleros, con la idea de ingeniarnos nuevas formas de patrocinio burbujeante para mi publicación culturosa.

Sin bombas etílicas de por medio, sino abrigado —entre tanto aire acondicionado— por un soberbio single malt que no me atreví a mancillar con hielo, le propuse al gerente general de PEPSICOVEN un desarrollo comunicacional para el “brand” que podría abarcar una década. Como en una mala película hollywoodense (o como en la novela DESNUDO EN CARACAS, escrita por Fausto Masó), el mandamás refresquero me impone como Director Creativo Asociado de INTERGLOBAL ADVERTISING, con dedicación exclusiva a su cuenta y el compromiso de no abandonar la balsa de ideArte.

45

Bertrand Russell se burla de mí. El ocio ya no es mi negocio. Renuncio radicalmente a la radio una semana después del caracazo, cuando me asomo como espectador desde los ventanales que se alzan sobre la convulsionada avenida Lecuna, frente al teatro Nacional, en la sede de Radiodifusora. Ese mismo mediodía, Ruth y yo regresábamos del SHERATON, donde nos habíamos regalado un fin de semana. El país se empecina en permanecer sordo ante las señales de alarma. Cae el muro de Berlín. Se subastan sus pedazos. Los japoneses adquieren el Rockefeller Center.

—Ya nada parece ser lo que era –refunfuña René, apaciguado por la cómplice de mi madre.

Muere la esplendorosa villana fea de Hollywood, Bette Davis.

46

Me caso con Ruth. La luna de miel es en New York. Nos hospedamos frente al mismísimo Lincoln Center, en el Empire Hotel. Desayunamos en Denny’s, almorzamos slices de pizza en Broadway, cenamos justo abajo del hotel, en O’Neals. Vemos “Cats”, “Oh Calcuta”, “Madame Saigón” y “Rocky Horror Picture Show”. Compramos en Macy’s. Recorremos el barrio chino, el Village y Central Park. Nos carcajeamos en las sexshops. Nos negamos a visitar la estatua de la libertad.

47

Son diez años los que cumple ideArte y lo celebramos con una edición especial aniversario de 196 páginas: el recuento cultural de la década. Decido que es la última e imprimimos el doble de la circulación habitual. Total, se ha convertido en una revista de culto y difícilmente acumularemos ejemplares. FORD MOTORS DE VENEZUELA nos felicita con un aviso propuesto por nosotros que ocupa, excepcionalmente, la contraportada externa e interna, doble y desplegada: “Celebramos, a todo motor, 10 años de una publicación FORDmidable”. Esta pieza gana el premio ANDA. La campaña “tiempo libre, tiempo Oster” se extiende a lo largo de diez cintillos sucesivos en páginas impares. La separata fotográfica que nos caracteriza desde el primer número, impresa este vez en glasé 200, recrea, año por año, los eventos memorables. PEPSI LIGERA es la única bebida que se sirve en la megafiesta que tiene lugar en el Hotel Humboldt.

48

La vida me sucede en ráfagas estroboscópicas. Me desvinculo por completo de la actividad editorial. Nace mi hija Lorena. Mi padre, viéndose abuelo, vende las acciones de sus tres negocios, mientras recita al yerno de Marx: “seamos perezosos en todo, menos en amar y en ser perezosos”.

49

Una vez más, volvemos a perder las elecciones. Caldera reincide en la presidencia y los venezolanos en la insensat(h)ez. Cabreados por tanta desidia, los caraqueños por adopción desisten hasta del Avila. Los hermanos Mora bostezan en su San Cristóbal natal. Cagándose de frío por culpa del aire acondicionado, René maneja su Cadillac blanco allá en Mayami, balsa automotriz que no supera las noventa millas náuticas.

50

Vivimos en Madrid. Heredé de mis padres la ciudadanía española y este apartamento. Me entretengo escribiendo un texto humorístico que titulo HORTERA Y GASSET. Desde el atril del balcón oteo los tejados. Con el dedo índice como batuta dirijo, a mis espaldas, la Sinfonía de los Salmos de Stravinsky. Algún día Lorena la bailará. Ruth y yo en primera fila. Con mi Pentax y, firmemente adosado a ella, el lente Tamron 28-300, presto a individualizar el movimiento en fases secuenciales sobre un lienzo de 1600 ASA. Pienso que un ambicioso programa dancístico contemplaría abrir con EL MANDARÍN MARAVILLOSO de Bartok, proseguir con el DIVERTIMENTO de Ibert y cerrar, tras el intermedio, con PARADE de Satie. Para otras opciones consultar cartelera.

(Caracas, 2009)

Agregar un comentario

Síguenos en:


Feed de narrativa editada a seis manos (desde San José de Costa Rica, Stuttgart y Caracas), por los caraqueños diasporizados Luis Garmendia y Javier Miranda-Luque, y el caraqueño sin diasporizar (¿por ahora?) Mirco Ferri cuya idea es la de postear textos propios y de autores invitados. ¡Bienvenido cada par de ojos lectores que se asomen a estos predios!

Los artículos más visitados: