ūüĖäÔłŹ MICROS DE HIERRO

Ella entra a la habitación, cierra la puerta y se desnuda. Se sienta en la mecedora y revisa su celular. Al rato, se sonríe y saluda con la mano. Es curiosa la rutina que hemos establecido, desde que me mudé a la casa del frente y la espío por la ventana.

La casa, que no existe m√°s, es el recipiente ya intangible de los recuerdos que conservo con ella. Ambas desaparecieron, pero, inevitablemente, siguen a mi lado; implacables, severas. Inolvidables.

Nadie se asoma ya por esa ventana. Ni siquiera ella. Tanto que me mostró, y no hablo de desnudeces al descuido. No. Me interesaba su intimidad, su lenta disposición al orden y la limpieza. Los movimientos mínimos.

La casa, vacía, habitada solo por mí y por los recuerdos que ella dejó diseminados por todos sus rincones, con su desorden habitual, me cobija y me atormenta, a la vez.

Esa noche, la casa estaba sola. Sab√≠a c√ļal era la ventana m√°s fr√°gil, la del truco para abrirla. Al cobijo de la oscuridad, la viol√©, y, ya en su interior, me dirig√≠ a uno de los cuartos. Mi cuarto, el de la infancia.

Ella leía las cartas. De noche, junto a la ventana, se acomodaba en la poltrona y sacaba de una caja metálica sobres, al azar, que contenían confesiones, declaraciones de amor, amenazas, de desconocidos para desconocidos. Las robaba de los buzones de sus vecinos.

El ni√Īo, solo en la casa, se aburr√≠a. Su mejor amigo, m√°s pudiente, hab√≠a salido de viaje, en avi√≥n. √Čl tambi√©n quer√≠a volar. Busc√≥ en los armarios algo que se lo permitiera, y fabric√≥ un par de alas. Nadie tuvo la precauci√≥n de cerrar bien la ventana.

Camino a casa, luego de una jornada dura y larga. La noche comienza a suplantar el atardecer, y se va encendiendo el alumbrado p√ļblico, proyectando mi sombra sobre las aceras. No tengo prisa. Nadie me espera ya; ella se marchaba hoy.

Como en una canci√≥n de Los Beatles, ella entr√≥ por la ventana del ba√Īo. Lo que hizo, ya dentro de la casa, pertenece m√°s a una canci√≥n de Black Sabbath.

Ella no solo me echó. Botó la casa por la ventana: todas mis pertenencias ofrecían un curioso espectáculo, regadas armoniosamente sobre el jardincito de entrada del edificio.

Ella no tiene brazos, sino tent√°culos. De noche, me envuelven y se me pegan al cuerpo con sus peque√Īas ventosas, hasta que la luz del amanecer penetra por la ventana. Entonces, se aleja presurosa, reptando, hacia el charco que es su casa. Despierto.

Ella llega a su casa tarde, en la noche. Yo estoy siempre allí para atenderla. A veces se tarda un poco más, y siento palpitaciones hasta que veo las luces de su carro parpadear, como lo acordamos. Entonces, salgo de la caseta y le abro la barrera. Está a salvo.

Roc√≠o con estudiada parsimonia el vinagre bals√°mico sobre la ensalada. Nunca antes lo hab√≠a utilizado, pero le√≠ que su sabor se impone sobre los dem√°s. La escucho caminar hacia el comedor; ser√° su √ļltima comida, y yo alcanzar√©, por fin, mi libertad.

El ministro sin cartera se sent√≠a m√°s in√ļtil que un d√≠a de playa sin sol. Sab√≠a que le hab√≠an dado el cargo como recompensa, pero sentarse todos los d√≠as frente a su port√°til, para jugar infinitas manos de solitario, lo llenaba de verg√ľenza. Salvo cuando ganaba.

A la panadera no le gusta correr, as√≠ que se levanta antes que el sol. Pone a sonar un fado trist√≠simo, capaz de inducirle el llanto. Luego, amasa. Una par de horas despu√©s, hornea. Y dispone su producto en una cesta, bajo un letrero que reza “pan de l√°grima”.

La mano da para todo. Sirve para acariciar, para golpear, para modelar el barro, para empu√Īar un arma. Para secar un llanto. Tus manos eran vers√°tiles; me hicieron ver el para√≠so y descender al infierno, a veces al mismo tiempo. Nunca olvidar√© tus manos.

Utilizo colores para afianzar emociones. Mi bol√≠grafo de tinta roja lo destino para historias criminales. El verde, para escenas buc√≥licas. T√ļ tienes asignado el que considero m√°s acorde para mis sentimientos hacia ti: el negro.

Escribes en bol√≠grafo sobre la hoja pentagramada. Soy analfabeta en esto de la m√ļsica. Esos s√≠mbolos son como arcanos. Pero, al verte traducirlos sobre el teclado, los siento. El mar, el sonido de las olas, el viento, est√°n all√≠. En esas notas incomprensibles.

Aporreabas el teclado con rabia, como si lo detestaras. Ser ni√Īo prodigio te destin√≥ a eso, a no salir de esas cuatro paredes, para practicar hasta el cansancio. El d√≠a siguiente debutabas. T√ļ decidiste otra cosa. Con los dedos fracturados, ser√≠a imposible.

En la cartera guardaba el √ļltimo recuerdo tangible que le quedaba de ella. El dibujo de una clave de sol, imagen del √ļnico v√≠nculo existente entre ambos: el amor por la m√ļsica. Casi nunca lo miraba, pero saberlo all√≠ le proporcionaba seguridad; era su amuleto.

Tenía dos pasiones: la simetría, y, por extensión, los palíndromos. Pasaba todo el tiempo con su bolígrafo, combinado letras al azar. La silla verde de su escritorio ya reproducía su anatomía. Un día, entendió que su vida se leía igual en ambas direcciones.

El s√≠ndrome del impostor se junt√≥ con el temor a la hoja en blanco. El bol√≠grafo se resist√≠a a dejar alg√ļn trazo sobre el inmaculado papel. Nervioso sobre la silla, fumaba un cigarrillo tras otro. Desde el espejo le lleg√≥ una mirada de recriminaci√≥n.

Nunca pudo escribir nada coherente, en tiempos de papel y bolígrafo. Las ideas estaban allí, pero no lograba plasmarlas. Todo cambió al adquirir una computadora. Con en teclado podía expresarse sin tropiezos. Las paredes del cuarto vieron nacer su primera novela.

El ya oto√Īal casanova, que sol√≠a mandar perfumadas esquelas de amor escritas con su costoso bol√≠grafo, tuvo que adaptarse a los tiempos y recurrir al teclado. Tinder es ahora su coto de caza, aunque el espejo le diga que lleg√≥ la hora del retiro.

Sentado en la silla de la barber√≠a, me miro en el espejo que tengo al frente, y no me reconozco. El barbero ya tiene cogida por el mango la navaja de afeitar. Comienza el ritual de espuma y lociones, que me dar√° un aspecto civilizado tras dos a√Īos de encierro.

Comenzó a borronear con su bolígrafo lo que le sugería el espejo. Sobre el papel iba apareciendo una imagen, al principio difusa, que poco a poco fue definiéndose. Cuando terminó, pegó el papel en una de las paredes. Otro magnífico monstruo para la colección.

Para tu hijo, treparse a esa mata de mango y consumir sus deliciosos frutos, montado en una de sus ramas, era el entretenimiento favorito, unos a√Īos atr√°s. Hoy se resguarda bajo su sombra, en la silla de ruedas. T√ļ lo miras, conteniendo una l√°grima.

Lo llevaron en su silla de ruedas hasta la orilla de la playa. All√≠, podr√≠a contemplar -posiblemente por √ļltima vez- el mar. Pidi√≥ un bol√≠grafo y una hoja de papel. El poeta moribundo iba a escribir sus versos finales.

Ensayaba su coqueteo frente al espejo. Tal vez hab√≠a exagerado con la sombra verde. Titube√≥, pero decidi√≥ no corregirla. Se sent√≠a exuberante. T√ļ la aguardabas, molesto por la demora. Verla pintorreada as√≠, como un payaso, aceler√≥ tu decisi√≥n.

Instal√© una aplicaci√≥n fabulosa en mi tel√©fono. Ya no necesito el teclado, ni hablar. Ahora, el celular capta mis pensamientos. Pero debo ser cuidadoso, poner paredes de por medio. Si t√ļ recibes una llamada en medio de la noche, puede ser un sue√Īo m√≠o.

Mi asistente personal no es Siri, ni Alexa, sino Roc√≠o. Habla con acento andaluz, y me pone a correr por las ma√Īanas. Es implacable; no le importa que el sol raje las piedras o est√© cayendo un diluvio. “¬°Anda, holgaz√°n, que la panza te cuelga!” exclama, iracunda.

La silla verde desentonaba con el resto del mobiliario, tan t√ļ, tan de tu estilo. Te gustaban las cosas dispares, combinar objetos que parec√≠an incompatibles. Como nosotros. Mi pasi√≥n por la simetr√≠a fue el detonante de nuestra relaci√≥n. ¬ŅHice mal al destrozarla?

El teclado de mi vieja Olivetti verde era caprichoso. Se negaba a funcionar cuando no le gustaba lo que estaba tecleando. Era mi principal crítico. Pasaba horas sentado en mi silla, tratando de complacerlo. Con mi computador eso no pasa. Ahora no tengo filtro.

T√ļ te pierdes en un mar de contradicciones, levantando paredes donde hab√≠a puentes. Pero yo soy h√°bil escalando.

El pizzero amasa con la sapiencia de tres generaciones. T√ļ sabes que las mejores pizzas las hacen all√≠, entre esas paredes adornadas con motivos italianos. Es tu casa. La silla ya no te contiene, y piensas que, tal vez, deber√≠as limitar las visitas al restor√°n.

La cercan√≠a del mar tiene el inconveniente del salitre. Se lo come todo. Hasta el espejo est√° corro√≠do; ya casi no refleja. Para lo que te sirve, por otra parte. ¬ŅPara qu√© vas a querer verte? T√ļ ya no le importas a nadie, incluy√©ndote. Vejetas en tu √ļltimo refugio.

Las desnudas paredes de la celda ten√≠an como √ļnico adorno un peque√Īo espejo. Tu distracci√≥n era mirarte en √©l. Constatar los estragos del tiempo en tus facciones. T√ļ fuiste hermosa un tiempo, sin embargo. Antes de que te encerraran aqu√≠.

Y, si de f√°bulas se trata, ¬Ņt√ļ conoces la del espejo que se tornaba verde cuando alguien dec√≠a la verdad y rojo cuando ment√≠a? El mentiroso lo parti√≥ en mil pedazos, pero lo √ļnico que logr√≥ fue multiplicar por mil al detector de mentiras.

Trep√© las m√°s altas paredes para llegar a tu lado, pero t√ļ estabas muy ocupada admir√°ndote ante el espejo.

En su reino, situado en el fondo del mar, Neptuno abolió el espejo. Solo él tenía uno, de mango dorado. No quería que los peces, ya dispersos por naturaleza, se distrajeran.

Encontraste un viejo espejo en el √°tico. Hab√≠a sido de tus abuelos. Ya el borde estaba verde, comido el azogue original. T√ļ comenzaste a fantasear con ese objeto; en una enso√Īaci√≥n, viste aparecer en √©l im√°genes del pasado. O, tal vez, no estabas so√Īando.

Las paredes verde oliva de aquel cuarto, sumergido en penumbras, me oprim√≠an. Me castigaban encerr√°ndome en √©l. El ambiente t√©trico me sum√≠a en un denso abatimiento. Mi √ļnica distracci√≥n era el espejo. Miraba mi reflejo en √©l, tratando de entender.

Cambié el azul celeste por el marrón café, pero, en mi descargo, puedo jurar que nunca había visto unos ojos como aquellos. Lo lamento, catira, pero el amanecer me encontró al lado de ella.

Tras abandonar el escenario, te despojaste de tu vestido azul, y, desnuda, te pusiste frente al ventilador, procurando secar el copioso sudor que goteaba por tu cuerpo. Ese calor pegajoso se había adherido a tu piel. El amanecer se anunciaba desde la ventana.

El río azul, el café en la rudimentaria mesa, el olor a guayaba, el teléfono olvidado en casa. Dios mío, qué aburrimiento en este monte.

En el simp√°tico pueblecito de La Mesa, en las monta√Īas trujillanas, le sirvieron un excelente caf√©. Por supuesto, no perdi√≥ la ocasi√≥n de inmortalizar el momento con una “selfie” tomada con su tel√©fono. El “influencer” no pod√≠a defraudar a sus seguidores.

Todo es verde, aquí. Desde las hojas de los tupidos árboles hasta las quietas aguas del lago. Me espejo en ellas, en un momento de sosiego, antes de continuar la marcha hacia mi destino final, el ancho mar. Última frontera a alcanzar en este largo viaje solitario.

El mar, en esas latitudes, era verde. Nada que ver con el azul caribe de su infancia. Fr√≠o, helado, a√ļn en verano. Una triste tarde, con el mango de su cuchillo, escribi√≥ algo sobre la gris arena de la playa. Antes de que la ola lo borrara, pod√≠a leerse “casa”.

Siempre quise saber c√≥mo era la vida tras el espejo. Mi gemelo habitaba all√≠, y ten√≠a mucha curiosidad. Pero nunca pude traspasar las paredes transparentes. Un d√≠a, harto, arroj√© la silla contra √©l. Fue in√ļtil. Mis gemelos se multiplicaron, esparcidos por el piso.

Marianella y Marisela eran gemelas id√©nticas. No necesitaban espejo. Adem√°s, inseparables, hasta que lleg√≥ la edad de los enamoramientos. T√ļ sembraste la discordia; no supiste decidirte por una, y lograste lo que parec√≠a imposible: levantar paredes entre ellas.

Hilario y Alirio se odiaban. Tal vez por la asonancia de sus nombres, se profesaron antipatía desde el primer día. Pero, en el fondo, eran espejo el uno del otro. El encuentro final fue dentro de las paredes del colegio. El cuchillo entró hasta el mango.

¬ŅDebo llamarla por tel√©fono? Estoy muy tentado, pero el ventilador de mesa, terco, sigue dici√©ndome “no”.

Era de la vieja escuela. Privilegiaba la hoja sobre el tel√©fono. Sol√≠a escribir elegantes cartas, en papel azul, que enviaba a pol√≠ticos, amigos, familiares y amantes. Fue el √ļltimo cliente que le qued√≥ al Instituto Postal.

-¬ŅQu√© dice el libreto? -Te mueres al amanecer, envenenado con el caf√©. -¬ŅY t√ļ? -Quedo parapl√©jico, al caerme de la mesa por la ventana. -Maldito escritor.

Soy el ojo azul que todo lo ve, todo lo analiza, y todo lo anota. No juzgo, no río, no lloro. En la hoja quedan los apuntes, para la posteridad. Soy el ojo azul.

Calor. Calor denso, h√ļmedo, asfixiante. No hay ventilador que lo disipe, ni agua fresca que lo apacig√ľe. Me dicen que el caf√© humeante puede enga√Īarlo, pero es una vil mentira. Igual, lo tomo. Para estar tan caliente adentro como afuera.

La tienda que acaba de abrir en el vecindario es muy novedosa. Despachan a domicilio, con un simple llamado por tel√©fono, desde el amanecer hasta la noche. Ofrecen “latte”, “latte vanilla”, “frapucchino”, “mocacchino”. L√°stima que no vendan caf√©.

Un √ļltimo caf√© juntos, luego la ceremonia del borrado de los rec√≠procos contactos en el tel√©fono, un apret√≥n de manos, y la despedida. El ventilador vol√≥ la hoja de papel que no me atrev√≠ a darte. O fui yo quien la tir√≥ al cesto. No lo recuerdo bien.

Anunciaron los resultados. El premio hab√≠a sido declarado desierto por decisi√≥n un√°nime: ning√ļn concursante supo hallar la relaci√≥n metaf√≠sica entre los t√©rminos amanecer, hoja, caf√©, mesa, tel√©fono, guayaba, ventilador, azul y r√≠o.

No me fue bien en el taller de cuentos. No tuve problemas con el caf√©, la mesa, el amanecer y el ventilador. Pero no supe d√≥nde poner el tel√©fono, cu√°ndo escribir en la hoja, qu√© pintar de azul, ni qui√©n tirar al r√≠o. Para colmo, ning√ļn personaje quiso la guayaba.

La conoc√≠ en R√≠o de Janeiro. Yo, un turista aturdido al amanecer. Ella, una pretendida “garota” a la pesca de incautos. Su min√ļsculo bikini azul fue el anzuelo, que piqu√© al instante. No hace falta decir que nos devor√≥: a m√≠, y al contenido de mi cartera.

Ten√≠a todas las intenciones de tirar tu pa√Īuelo al r√≠o, al amanecer, para mirarlo c√≥mo se hund√≠a. Pero Julio Iglesias me par√≥ all√≠, amenazando con una demanda por plagio. Tuve que borrar el microcuento; no ten√≠a otra opci√≥n sobre la mesa.

Borges hablaba sobre lo abominable del espejo. Lo entiendo; ver mi figura reflejada me repugna. Ya no tengo espejo; en la pared verde hay un rect√°ngulo un poco m√°s oscuro que el resto, huella imperceptible del paso de ese objeto despreciable por mi vida.

La paredes del laberinto eran altas. Para complicarlo más, había un espejo en cada esquina, lo que multiplicaba las posibilidades. Te guiabas -intentabas guiarte- por el sonido del mar, pero en realidad te perdías cada vez más. El minotauro aguardaba.

Se desvelaba por las razones más inverosímiles. El amanecer lo sorprendió sentado frente a la mesa del estudio, tratando de averiguar en su teléfono qué demonios había querido decir Borges con aquello de la unánime noche

El inmenso jard√≠n ten√≠a un sendero que se divid√≠a. Uno de los segmentos transitaba entre matas de caf√© y √°rboles de guayaba. El otro, pasaba al lado de un r√≠o de escaso caudal. Sab√≠a que en alg√ļn lugar se interceptaban, pero se perdi√≥ en el laberinto.

Ten√≠a un solo orgullo: su biblioteca. Carente de otro tipo de fortunas, se consideraba millonario. Desde el amanecer hasta el ocaso, se ocupaba de ordenar y limpiar los estantes. En la noche, colocaba sobre la mesa alg√ļn libro, y, caf√© mediante, se sumerg√≠a.

No era escritor. Más bien, grafómano. Antes del primer café, solía haber llenado la hoja con lo que se le ocurría. Había acumulado la respetable cantidad de 500 cuartillas con ese método. Pero esa caligrafía, en tinta azul, la entendía solo él. Nadie la leería.

Los cascos de guayaba que ofrec√≠a aquel restaurante parec√≠an pertenecer a una c√°psula del tiempo. Comerlos signific√≥ transportarse a la infancia, sentado a la mesa de alg√ļn comedor de hotel, tras haber pasado la ma√Īana chapoteando en un mar incre√≠blemente azul.

Despertó antes del amanecer, pero la ocasión lo ameritaba. Sobre la mesa de noche estaban los pases de cortesía. Llamó por teléfono a su mejor amiga, y le comunicó la noticia. Debían apurarse para llegar temprano al canal. Iba a ser un sábado sensacional.

No se perdía ni un solo amanecer. Había programado su teléfono para que comenzara a grabar todos los días a las 5:30. Cuando se levantaba, hacia las 9:30, disfrutaba el primer café viendo el espectáculo de la salida del sol, por los lados de Petare.

Se había ganado la lotería. En la hoja de resultados supo lo que le tocó en suerte: iba a se ejecutado al amanecer, y su cuerpo sería arrojado al río. Eso de vivir en la imaginación de un escribidor poco original era un incordio.

Bajó al río de la sabiduría para abrevar de la sapiencia de los grandes. Pero ni que se lo bebiera completo iba a alcanzar el genio de sus ídolos. Se tuvo que conformar con redactar inofensivos avisos de prensa, sentado en la mesa de un café de mala muerte.

Salvador dibujó sobre la hoja el boceto de una guayaba derritiéndose encima del auricular de un teléfono. Luego inició otro, con un ventilador sobre cuyas aspas giraba un Cristo. los desechó. Cada vez le costaba más encontrar motivos para sus obras.

“No llegar√° a amanecer”. Esa frase resonaba en su mente. No sab√≠a qu√© hac√≠a flotando en esa balsa sobre un r√≠o color azul petr√≥leo, ni por qu√© ten√≠a una moneda dentro de la boca. Lo entendi√≥ cuando, al detenerse la embarcaci√≥n, vio al perro de tres cabezas.

Había llegado la hora de poner las verdades sobre la mesa. Tocaba revisar la accidentada y caótica hoja de ruta; compararla con la teórica, tan racional y ponderada. Debía darse prisa: la luz azul comenzaba a aparecer.

El barquero estaba harto de navegar en ese r√≠o, y de las quejas recurrentes de sus pasajeros, as√≠ que redact√≥ en una hoja su renuncia, y se larg√≥. Ahora disfruta del azul tropical en su pe√Īero. Hace viajes tur√≠sticos a Mochima. Caronte hall√≥ su vocaci√≥n.

Soy inocente. Porque no lo hice, pero tambi√©n en la otra acepci√≥n del t√©rmino. Me entramparon. Lo juro, oficial. El tel√©fono no es m√≠o. Cuando la llamada, yo estaba limpiando una mesa en el caf√© donde trabajo. ¬ŅPuede apagar el ventilador? Me aturde.

Tras tus anteojos verde botella contemplas el mundo, juzgando, desde la silla del Gran Caf√©. Sus cristales son espejo que refleja lo que ocurre a tu alrededor: escenas mundanas que a ratos te divierten, a ratos te escandalizan. En la mesa, se enfr√≠a tu “espresso”.

Hace poco, encontraste la caricatura que te hicieron en el Franco’s. M√°s eficaz que una fotograf√≠a: los trazos a bol√≠grafo, implacables, te mostraban tal cual eras entonces, a pesar de las exageraciones. Un espejo. T√ļ pensaste en quemarla, pero no te atreviste.

Con tu elegante bol√≠grafo, firmabas las facturas que te presentaban los camareros sin inmutarte. Todos te fiaban. Eras el rey de la noche; tus fotos adornaban las paredes de los restaurantes. Hoy te ahogas en deudas, pero t√ļ piensas que nadie te quitar√° lo bailado.

Sentado en su mesa habitual del Gran Caf√©, Papill√≥n so√Īaba con cocos entre azules: el azul del mar, y el del cielo. Al rato, sali√≥ de su sopor, y volvi√≥ a la tarea interrumpida. La hoja recoger√≠a otra haza√Īa (¬Ņreal, imaginaria?) ocurrida en la isla del Diablo.

El ventilador espantaba las moscas sobre la mesa, pero siempre volv√≠an. T√ļ mirabas, embelesada, su evolucionar met√≥dico, su precisi√≥n al repetir el mismo comportamiento, tras cada barrido del aparato. Despabilaste cuando, desde alguna mesa, pidieron caf√©.

Paseaba ligera por la Calle Real, con su breve top guayaba y su minifalda azul. Se par√≥ frente a C√°rnaby, donde est√° el tel√©fono p√ļblico. Cay√≥ como desmayada. La gente se arremolin√≥. Me baj√© el pasamonta√Īas, saqu√© la Uzi del morral, y entr√© a la agencia del banco.

Sentada en una mesa del Papagayo, lo aguardabas. No se distingu√≠a por la puntualidad, pero esta vez se hab√≠a pasado cuatro pueblos. Pediste otro caf√© para matar el tiempo. Ese d√≠a no lo ver√≠as. Ni ning√ļn otro. Yac√≠a en el fondo de r√≠o, abaleado en la emboscada.

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Feed de narrativa editada a seis manos (desde San Jos√© de Costa Rica, Stuttgart y Caracas), por los caraque√Īos diasporizados Luis Garmendia y Javier Miranda-Luque, y el caraque√Īo sin diasporizar (¬Ņpor ahora?) Mirco Ferri cuya idea es la de postear textos propios y de autores invitados. ¬°Bienvenido cada par de ojos lectores que se asomen a estos predios!

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