🎚️FAUSTO FLORES

I

Diego abandonó la redacción derrotado.

“No importa – se dijo. ¿Quién quiere estar en una agencia de noticias que tiene nombre de fruta?”.

Durante su entrevista de trabajo, todos corrían de un lado a otro, excitados con la noticia bomba de la tarde: un famoso cantante de reguetón, protagonizaría una película de superhéroes. “Ya no hay lugar para el periodismo musical serio” – pensó cabizbajo, mientras dejaba el edifico. El gigante de concreto y cristal, reía a sus espaldas como villano en una película de terror.

Oír un disco recién salido a la calle, ir a un concierto, entrevistar a un músico en el estudio de grabación, eso ya no era importante. Ni siquiera había discos que oír, todo se resumía a sencillos lanzados uno tras otro, en plataformas administradas por algoritmos.

Pero no todo estaba perdido, todavía existía ese lugar en la Baralt. ¿Cómo se llamaba? “Sur Siete ¡claro!” – Diego le respondió a la mujer que viajaba a su lado en el metro y que no le había preguntado nada. Iría allí por una cerveza vestida de novia y un poco de buena música. Con suerte, alguna banda tocaría esa noche. Tal vez los próximos “Sentimiento Muerto”. 

II

Una súper luna sorprendió al reportero, al salir del subsuelo de Capitolio. Diego se quedó pasmado, viéndola por unos instantes. Sentía que el satélite ejercía una extraña influencia en sus pasos. Hasta tuvo la impresión de que el conejo, dibujado por cráteres en la superficie plateada, le había sonreído.

Camino al bar tropezó con un indigente. Un borracho tirado en una esquina. El hombre balbuceaba algunas palabras. Incoherencias. El muchacho recordó que en su bolso, había una hamburguesa que tenía apenas dos mordiscos. El suculento almuerzo de ese día, quedó interrumpido cuando Diego cayó en cuenta de lo siguiente, desde Plaza Venezuela hasta el lugar de su entrevista de trabajo, había una distancia más que considerable.

Despacio, tomó la bolsa grasosa y se la acercó al vagabundo. Las luces de un carro alumbraron por un momento, el rostro sucio y arrugado. 

El reportero saltó sorprendido. Trastabilló al pisar el borde de la acera. 

Era una cara conocida. Con la linterna de su teléfono, trató de iluminarla sin dejar ciego al oscuro personaje.

– Eres Fausto Flores – Diego habló en voz muy baja, como si se tratase de un secreto.      

El hombre pareció recuperar la lucidez casi instantáneamente, reparó en el muchacho que le ofrecía algo. Una sonrisa infantil, apareció entre las barbas enmarañadas.

III

Diego ayudó a Fausto a incorporarse. Caminaron juntos hasta la entrada de Sur Siete. El reportero entró y salió al rato, con dos vasos desechables cargados de néctar divino. “No están muy frías” – comentó. Fausto hizo un gesto de conformidad y le dio el primer mordisco a su hamburguesa preparada con huevo y aguacate. “El clásico del planchero” – Diego hizo la apreciación con tono serio, convencido de que se trataba de toda una exquisitez.

Adentro y afuera, el lugar estaba atestado. Sin embargo, nadie en absoluto se interesó en el vagabundo o en el flaco, alto de afro, que lo acompañaba. Un poste destartalado, sembrado en medio del cemento, era el único testigo que parecía estar atento.

IV

– No puedo creer que esté aquí sentado frente a Fausto Flores. Tengo todos tus discos… ¡en CD y en vinil!

– ¿Te gusta el heavy metal?

– No es mi género favorito, pero… ¿quién no es fanático de “Las Monjas Alienígenas”? Mi hermano mayor fue a diez conciertos tuyos, como poco.

– ¿Cuál es tu canción favorita?

– “Las llamas del Kaliyuga”. Tengo un cassette… pirata… de un concierto, en donde tocas el solo de guitarra y luego, lo empatas con la “Tocata y fuga en re menor” de Bach. Magistral. A parte, esa voz tuya, ronca casi gutural… perfecta.

– Fausto se alegra de que pienses eso. Recuerda que tocaba a Bach, con los dientes.

A Diego le hizo gracia la respuesta. Estaba acostumbrado a las excentricidades de los músicos. Ya había hecho unas cuantas entrevistas, aunque nunca imaginó que un día estaría hablando de tú a tú, con Fausto Flores. Luego de ser aclamados incluso en Noruega, la banda se había disuelto sin dejar rastro. Existían mil teorías, ni una sola que se pudiera comprobar.

V

La noche corría a sus anchas, blasfema y bulliciosa. Diego no paraba de hablar, su admiración por las reverendas de otro planeta, era total. Flores tenía una lista inagotable de anécdotas, cada una más bizarra que la otra. Las cervezas venían por cuenta gotas, el bolsillo del reportero estaba bastante ajustado (como siempre). 

Cerca de la media noche, Diego comenzó a notar que la manía de Fausto, de hablar de sí mismo en tercera persona, lo estaba irritando y mucho. Quería terminar la conversación y largarse a su casa. 

 â€“ ¿Qué pasó? – atacó con garra periodística, como tratando de acorralar a su “invitado” en una entrevista inconveniente.

– ¿Qué pasó de qué?

– ¿Por qué no seguiste? ¿Por qué desapareciste?

– Porque llegó el momento de pagar la factura.

Una nube negra, apareció sin aviso en el cielo nocturno y borró la súper luna en segundos. Diego, tuvo la impresión de que las cuencas de los ojos de Fausto Flores, se vaciaron momentáneamente.

– ¿Cuál factura? – tragó grueso y se batió el afro con una mano.

– La que paga la gente normal, como Fausto y como tú, por éxito y fama.

Los dientes de Fausto Flores brillaron amarillentos y violáceos, bajo la luz monocromática del poste.

VI

Al día siguiente, Diego escribió un extenso artículo sobre la noche en que se encontró cara a cara, con Fausto Flores, el frontman de “Las Monjas Alienígenas”. En su momento, portales de noticias y revistas especializadas, se pelearon por la exclusividad del material. 

Desde aquel encuentro fortuito, la carrera del reportero fue en ascenso meteórico. Ahora vive en el pent house de un exclusivo edifico, al este de la ciudad.

Cantantes, actrices, influencers, hasta políticos, todos matan porque Diego los entreviste.

Él por su lado, ya está un poco muerto, no tiene alma.

Sin embargo, disfruta cada día al máximo. Todavía faltan unos cuantos años, antes de que llegue el momento de pagar su factura. Entonces, el vigilante antediluviano, el observador con el que pactó, vendrá a ocupar su cuerpo y Diego tendrá un austero retiro, junto a los ángeles caídos que esperan el día del juicio final.

FIN

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Feed de narrativa editada a seis manos (desde San José de Costa Rica, Stuttgart y Caracas), por los caraqueños diasporizados Luis Garmendia y Javier Miranda-Luque, y el caraqueño sin diasporizar (¿por ahora?) Mirco Ferri cuya idea es la de postear textos propios y de autores invitados. ¡Bienvenido cada par de ojos lectores que se asomen a estos predios!

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