ūüóĄÔłŹ En Caracas de 8 a 5

CAP√ćTULO 1

Techo e vinil

Detenido en la mitad del t√ļnel, C√©sar Marino intenta evadir el peso. La se√Īora, de unos cien kilos, se hab√≠a dormido profundamente, como si la parada del Metro antes de llegar a la siguiente estaci√≥n la hubiera fulminado sobre su hombro, encapsulando su cuerpo menudo en el peque√Īo espacio del asiento que a√ļn logra ocupar,  sofoc√°ndolo con olores de condimentos y humedad. Atrapado bajo el aluvi√≥n adiposo, le cuesta mover el brazo para intentar alg√ļn codazo u otro recurso f√≠sico m√°s eficiente que sus respetuosos ‚Äú¬°se√Īora, se√Īora!, ¬°se√Īora, despi√©rtese, por favor!‚ÄĚ. Frente a √©l, en ese espacio sin distancias, un ni√Īo viaja de pie junto a su padre y se r√≠e vi√©ndolo fijamente a cinco cent√≠metros de su cara; deja escapar un eructo y luego r√≠e con m√°s fuerza.

Un peque√Īo estremecimiento del cuerpo de cien cabezas que habita el vag√≥n, anuncia la continuaci√≥n del viaje. El peso se hace mayor por la inercia justo en el momento en que Marino intenta escapar del asiento para bajarse en la estaci√≥n. Coloca su mano izquierda en la cabeza de la se√Īora para evitar que se golpee una vez que pueda levantarse, e intenta escabullirse entre el ni√Īo de enfrente y el panel que delimita el asiento. Justo en el momento en que logra escaparse seg√ļn el plan, el Metro da un peque√Īo frenazo antes de abrir sus puertas y C√©sar suelta la cabeza de la mujer para asirse a un tubo. Escucha el golpe seco contra el panel en el momento en que parte del monstruo de las cien cabezas comienza a filtrarse a trav√©s de la puerta y lo arrastra. Ahora sus movimientos est√°n gobernados por el cuerpo un√°nime que avanza hacia las escaleras hasta, finalmente, emerger en la avenida San Mart√≠n, donde se deshace en individuos silenciosos.

La estaci√≥n Artigas no es la m√°s cercana a la notar√≠a donde ha trabajado durante los √ļltimos veinticinco a√Īos, pero le gusta hacer a pie el trayecto desde ah√≠ porque creci√≥ en esas calles. Recuerda la inauguraci√≥n del Metro, los golpes r√≠tmicos que asentaban las bases de los centros comerciales enfrentados en la avenida, la emoci√≥n de verlos emerger como la promesa de una nueva vitalidad. Durante unos tres a√Īos, antes de que todo saltara en millones de vidrios rotos en medio de un sacud√≥n social, el camino de su casa al colegio, el mismo que recorre ahora, se abr√≠a paso a trav√©s de los signos de una transformaci√≥n vibrante. No puede encontrar ya ninguno de ellos; los dos centros comerciales le hacen pensar en dos colmenas resecas, en dos grandes dep√≥sitos divididos en casillas blindadas, inconexas e incoherentes, sitios arqueol√≥gicos que hablan de una ciudad impedida.


Se detiene a comprar el peri√≥dico en el quiosco frente a las l√°minas de hierro que defienden lo que alguna vez fue la formidable vitrina de la librer√≠a Br√ļjula, donde sol√≠a esperar el autob√ļs que lo llevaba a la universidad, mientras curioseaba ese pasaje a la modernidad, comics espa√Īoles, aventuras de √Āsterix, revistas actuales, modelos de barcos de guerra y autos deportivos. Nunca debi√≥ esperar m√°s de diez minutos por el autob√ļs de Gramov√©n; un colectivo que, como muchos otros, cubr√≠a largas rutas y contribu√≠a a conectar la ciudad en muchos sentidos. Si ten√≠a suerte, lograba compartir parte de la ruta con el hombre del mentol Apache, un viejo que abordaba una o dos paradas despu√©s con su espect√°culo de mercadeo callejero:


‚ÄúSe√Īoras, se√Īores, les ruego un minuto de su precioso tiempo: La casa Apache, la casa que pierde y r√≠e, ha lanzado al mercado su producto, el mentol Apache.


Mentol Apache contra el resfriado; mentol Apache, para dolores musculares u óseos; mentol Apache, para las quemaduras de sol; mentol Apache, para dolores de cabeza; para la juventud que se levanta, mentol Apache, contra barros y espinillas.


La casa Apeche, la casa que pierde y r√≠e, ha lanzado al mercado su producto, el mentol Apache, por la m√≥dica e irrisoria suma de cinco bol√≠vares. Mentol Apache, es una cajita que no estorba en ning√ļn lado.


¬ŅQui√©n dijo Mentol? ¬°La se√Īora dijo mentol! ,¬°El joven del fondo dijo mentol!, ¬°El se√Īor dijo mentol!‚ÄĚ


Ő∂Ő∂ ¬ŅQui√©n dijo que ten√≠as que venir todos los d√≠as en tacones? No, chica, puedes traer tus sandalias bajitas, lo √ļnico es que no puedes venir en blue jeans. Yo s√≠ vengo en corbata porque considero que soy la primera imagen que la persona encuentra en la notar√≠a, the first person. Que la gente sepa que est√° en un lugar serio, con gente seria, que formaliza decisiones serias. Aunque ahora que lo pienso, de repente a ti te va a tocar suplirme mientras llega alguien m√°s, porque yo estoy pr√°cticamente ido a la empresa privada; si es as√≠, de pronto ser√≠a bueno que te vinieras con tus taconcitos mientras tanto.

‚Äď ¬ŅY, bueno, disculpe mi ignorancia, pero cu√°les son sus funciones, Sr. Troncone?


‚Äď La exactitud, Carmenhemberg. Notar√≠a es exactitud y yo me ocupo de eso; de que no haya el m√°s m√≠nimo error en ning√ļn documento, del correcto procesamiento de toda la parte de lo que viene siendo sellar el documento. Dejarlo en condiciones √≥ptimas para que el abogado ponga una firmita y ya. Ellos ni ven. D√©jame presentarte a Oneida , que ser√≠a la persona cuya asistencia t√ļ vas a hacer mayormente. Y, por cierto, perdona la confianza y el trato tan aperturado, pero ¬Ņese nombre tuyo es de origentrit√≥nico?

‚Äď ¬ŅDe origen, perd√≥n?


‚Äď Trit√≥nico, t√ļ sabes, alem√°n.


‚Äď Ahhhhhhh, no, no. No es teut√≥nico, es compuesto. Mi pap√° siempre estuvo muy enamorado de mi mam√°, que se llama Carmen y la cortejaba cant√°ndole canciones de un cantante llamado Engelbert Humperdinck, entonces me puso Carmenhemberg.


‚Äď Muy bonito, muy bonito. Bueno, acomp√°√Īame. Oneida est√° en el piso de arriba.


Troncone se puso de pie, ajust√≥ su corbata de bacterias de tonos marrones y dio un par de tironcitos a sus pantalones a la altura de los muslos, para que los ruedos volvieran a cubrir sus medias deportivas blancas; los bolsillos laterales permanecieron sobresalientes, intentando acomodarse a un cuerpo al menos una talla m√°s grande, describiendo dos curvaturas abultadas a los lados de las caderas. Sali√≥ del asiento de su escritorio dando pasos laterales, que era la √ļnica manera de moverse en el angosto espacio entre su puesto de trabajo y la pared, para guiar a Carmenhemberg a la escalera de caracol. La estrechez del pantal√≥n estorbaba su ascenso, porque la improvisaci√≥n con la que hab√≠a sido construido el segundo piso del local, conllevaba unos pelda√Īos exageradamente altos e irregulares, as√≠ que Troncone los trepaba a zancadas lentas y esforzadas. 


El segundo piso hab√≠a sido improvisado sin mayor sensatez, alojaba los registros y a su archivista en un peque√Īo escritorio circundado por los muebles archivadores, como una especie de monumento megal√≠tico, donde se oficiaba gran parte de las ceremonias burocr√°ticas. All√≠ se encontraba Oneida, quien desde hac√≠a tres a√Īos ostentaba el cargo de Jefe de Fichaje; el √ļltimo eslab√≥n de una cadena de cargos que inici√≥ como Auxiliar de fichaje tres, continu√≥ como Auxiliar por dos niveles m√°s, lleg√≥ a Coordinadora de fichas y continu√≥ a Adjunto de fichaje, antes de llegar al t√≠tulo actual. Ninguna de esas denominaciones alter√≥ nunca la naturaleza del trabajo que Oneida hab√≠a venido ejecutando durante los √ļltimos doce a√Īos. Ah√≠ estaba, una vez m√°s, Oneida comenzando el d√≠a entre sus archivadores, concentrada en un intercambio de mensajes de chat, que se hab√≠an venido haciendo m√°s frecuentes e intensos de un tiempo para ac√°.

¬°Paj√ļo!, pens√≥ y apag√≥ el tel√©fono celular, justo antes de escuchar a Troncone anunciar su presencia mientras emerg√≠a por el hueco de la escalera.

Ő∂  Neeeegraaa, buenos d√≠as.


Ő∂Ő∂  ¬ŅQu√© carajo quieres, Troncone?, le grit√≥ con una ira imprecisa.


‚Äď Okey, mija ‚Äď dijo Troncone a Carmenhemberg- mejor venimos luego, esto est√°  no good.‚Äď Date una media vuelta con cuidadito para que podamos bajar.


Carmenhemberg juzgó que la maniobra era imposible, dada lo comprometida de su situación: Troncone, que lideraba el ascenso, se había detenido de pronto, y su trasero, a punto de hacer ceder las costuras del pantalón, ocupaba todo el espacio visual por sobre su cabeza; su lado derecho estaba amenazado por una pila de cajas que se recostaba del pasamanos, haciendo muy difícil asirse con seguridad; y su brazo izquierdo apenas podía extenderse para tomar el tubo central de la escalera. Además, debía girar cuidando que sus tacones no se atoraran en el piso de rejillas de la escalera.

‚Äď Dele, mija, dele, go ahead‚Äď , insisti√≥ Troncone.


Inició la vuelta muy despacio en medio de una sensación de vértigo, a pesar de que solo seis escalones la separaban del piso, y apenas se hubo movido, perdió el equilibrio, ocasionando el derrumbe de la pila de cajas.


‚Äď ¬°Co√Īo! ¬ŅQue pas√≥? ¬ŅQu√© co√Īo hiciste ahora, Troncone?- Volvi√≥ a gritar Oneida, odiando sin saber por qu√© a Troncone, cuya cabeza sobresal√≠a por el hueco de la escalera, como un hongo regordete a ras del suelo.


Ő∂ ¬°Yo nada , c√°lmate! ¬°Esta carajita mat√≥ a alguien seguro‚Ķno veo, no s√©!

Camino a la notar√≠a, C√©sar piensa en los primeros cad√°veres que hab√≠a visto en su vida: los muertos del sacud√≥n social. El primero hab√≠a sido un muchacho de unos diecinueve a√Īos, su propia edad por ese entonces. Lo vio desde la ventana de su antigua casa, a unos metros de donde est√° ahora. Vest√≠a pantalones cortos, zapatos deportivos y franela, estaba tirado en medio de un charco de sangre en el que se dibujaban huellas de resbalones y ca√≠das del tropel de gente que de seguro huy√≥ sobre √©l; ya para entonces no quedaba nada en la calle, solo los vidrios rotos, los muebles de las tiendas tirados en la v√≠a y el cad√°ver. A lo largo de todos los a√Īos posteriores, ha guardado esa imagen como la √ļnica representaci√≥n posible de aquel evento salvaje, desesperado y vil que desfigur√≥ el pa√≠s para siempre, pero sobre todo a su San Mart√≠n natal. Cuando los vidrios fueron barridos, arrastraron con ellos a la mayor√≠a de las casas de familia, de los amigos, de los cines, de las cafeter√≠as y helader√≠as . Dejaron un campo arrasado, propicio nada m√°s para la construcci√≥n de galpones industriales y comercios al mayor, dejaron gente recelosa de hacer vida en sus calles.


En San Mart√≠n todo fue reducido. Inclusive, el edificio Maracaibo, donde jam√°s una tienda ha logrado realmente prosperar, y donde hoy la notaria en la que trabaja hace vida como puede. Creci√≥ sobre las ruinas prematuras de una espl√©ndida sucursal de SEARS. Si bien, en ese entonces  Ő∂ que tambi√©n correspondi√≥ a sus a√Īos de comunista y de la convicci√≥n de estudiar derecho para dar bases justas a su revoluci√≥n Ő∂Ő∂ Sears Roebuck and Company le sirvi√≥ maravillosamente como ejemplo de los agentes de alienaci√≥n del capitalismo, tambi√©n le fue √ļtil a su padre para comprarle su primera biblioteca, donde las obras de Marx descansaron c√≥modamente en un lecho pagadero en veinticuatro cuotas no menos c√≥modas. Mientras camina por la avenida, trata de recordar cu√°ndo convino en que SEARS deb√≠a pasar a inscribirse para √©l como otra a√Īoranza de un San Mart√≠n habitable.


Por fortuna, los da√Īos en la notar√≠a no hab√≠an sido de consideraci√≥n. Como era muy temprano en la ma√Īana, la oficina estaba pr√°cticamente sola y cayeron sobre un escritorio sin usuario, tirando al piso y haciendo a√Īicos un portarretrato. 

‚Äď ¬ŅEst√°s bien? pregunt√≥ Oneida a Carmenhemberg, a√ļn muy asustada por el derrumbe. -Disculpa mi grito, no era contigo, bueno, no era con ninguno de los dos. Es que estaba resolviendo un asunto personal que me tiene muy molesta. Voy a la panader√≠a para comprarte alguito para que pases el susto. ¬ŅQu√© quieres?


‚Äď Un ag√ľita estar√≠a bien, muchas gracias.


Una vez que Oneida sali√≥ de la oficina, Troncone contin√ļo su inducci√≥n.


‚Äď Tienes que irte acostumbrado a este poco ‚Äėe locos. ¬°Y eso que no has visto a los m√°s raros, Marino y el mudo Calder√≥n! Marino es abogado de aqu√≠, pero es un nerd, un loser‚Ķ A mi me desespera. No es mala gente, pero es medio ca√≠do de la mata. Con el otro, no te vayas a asustar.


Ő∂ ¬ŅEl mudo?


‚Äď S√≠. Je, je, . Ese si es un caso, le dicen techo ‚Äėe vinil, cuando lo veas vas a saber el motivo. Tiene toda la vida aqu√≠. Bueno, ni siquiera trabaja aqu√≠ formalmente, sino que lleva y trae cosas, le damos propinas y lo ayudamos. Ese es un tipo bien raro, dicen que ni mudo es.


‚Äď ¬ŅC√≥mo que ni mudo es?


‚Äď El se puso loco de tanto estudiar, eso es lo que dicen. El estudiaba Filosof√≠a o Filolog√≠a, una de esas cosas cient√≠ficas y, en uno de esos discernimientos se qued√≥ loco. Bueno, eso lo dijo hace a√Īos un tipo que dice que lo conoci√≥ cuando era joven.


‚Äď Ah, ¬Ņno es un muchacho? Ő∂  Interrumpi√≥ Carmenhemberg.

‚Äď No chica, es tremendo viejo. Dec√≠a el tipo que un d√≠a hizo una exposici√≥n en la universidad, que el trabajo que present√≥ fue muy bueno, que lo premiaron y todo, pero que desde ese d√≠a no fue m√°s a clase y decidi√≥ no hablar m√°s. Y, la verdad, yo jam√°s lo he escuchado decir ni p√≠o, pero para m√≠ que ese carajo es mudo y ya.

Es muy c√≥mico: llega con un malet√≠n, saca una libretica y se comunica por escrito. Y si tratas de quitarle la libretica de las manos para anotarle algo, te pega un grito como de mono; tienes que anotarle mientras √©l te la sostiene. Pero como te digo, es inofensivo. Llega, hace las diligencias del d√≠a, regresa y se pone a leer alg√ļn libro raro o a escucharle los cuentos a la se√Īora Gladys, que por cierto te la tengo que presentar tambi√©n.


El ruido de un frenazo prolongado interrumpió la conversación y sobresaltó más a la muchacha, que saltó en su silla.


‚Äď Tranquila, mija, keep calm, que si no hay golpe no hay choque y si no hay grito no hay muerto. Deje los nervios.


En la calle, arrastrado de nuevo a la acera por una mano que lo tom√≥ por el cuello del saco en el momento preciso, C√©sar ve por fin al carro que casi lo mata al pasar la calle distra√≠do con sus pensamientos. Cuelga de la mano salvadora que a√ļn lo sujeta, como un mu√Īeco, tomado por un ventr√≠locuo muy extra√Īo. Un hombre de unos sesenta a√Īos, alto y muy flaco, gibado, con facciones agudas, cara de p√°jaro y lentes redondos, envuelto en un traje gris algo sucio y desvencijado. La parte superior de su cabeza rapada estaba cubierta por completo por una elipse de bet√ļn negro, cuidadosamente dibujada. El Mudo Calder√≥n ha salvado la vida de un distra√≠do C√©sar Marino.

Capítulo II

El fin del mundo.


Finalmente el teatro hab√≠a sido inaugurado. Durante su construcci√≥n, los cristales del apartamento temblaban a un ritmo que permanec√≠a en la mente y en el cuerpo incluso durante la noche, la casa se sumerg√≠a en un polvillo imbarrible, una variedad de bramidos del bestiario mec√°nico entorpec√≠a todas las conversaciones, y poco a poco, la demencia incipiente de la madre de Gladys, lograba pergue√Īar un motivo para anunciar el fin del mundo. Gladys no estaba segura de comprender bien la importancia que esa obra ten√≠a para la ciudad, como no descifraba para qu√© pod√≠an servir esas especies de periscopios enormes que se elevaban sobre ella y constitu√≠an ahora el elemento central del paisaje en su ventana; eran un espacio muy peque√Īo para albergar alg√ļn espect√°culo, inneC√©sariamente alto para ser una oficina, con ventanas orientadas hacia donde el paisaje citadino era m√°s breve. El arte es raro. 

Lo que s√≠ le resultaba muy claro era que la zona se hab√≠a hecho mucho m√°s transitada y compleja, sobre todo en la noche. El teatro Teresa Carre√Īo y el nuevo ateneo organizaban una invasi√≥n de luz y concurrencia capaz de prorrogar la agitaci√≥n del d√≠a por unas cinco horas m√°s. La gente no solo era mucho m√°s numerosa, tambi√©n m√°s variada: j√≥venes estudiantes, formales hu√©spedes del cercano Caracas Hilton, gente de teatro, se√Īoras vestidas para la noche de concierto, pintores, aficionados y consagrados de las letras, los artesanos de siempre, vecinos. Los Caobos era ahora otro punto de referencia en la vida nocturna de la optimista Caracas. 

Fucho M√°rquez hab√≠a quedado en verse con Gladys en las cercan√≠as de la Galer√≠a de Arte Nacional, a unos metros del teatro y el ateneo. Desde ah√≠, Gladys vio definirse su silueta, como si fuera un pedazo de luz que se iba separando del bullente haz del gran centro cultural: sonriente, el cabello plateado y extraordinariamente lacio, la nariz perfilada, menudo, no muy alto, quiz√° un aire a Mastroianni. Sobre √©l, un gran cartel anunciaba la pr√≥xima visita del Preservation Hall Jazz Band, a su derecha, un grafiti admonitorio: La cultura mariquea.

‚Äď Disculpa la tardanza, encontr√© a unos amigos.

‚Äď Uno de ellos te dej√≥ pintura de labio en el cuello.

‚Äď Vamos, vamos, tengo el Jeep parado por aqu√≠.


Gladys hizo la observaci√≥n de la marca de pintura como un mero gesto burocr√°tico, pues lo sab√≠a seductor y lo intu√≠a imposibilitado para la monogamia. Adem√°s, Fucho era un erudito y un sibarita cosmopolita, con una variedad de apetitos intelectuales y sensuales que ella se sab√≠a incapaz de satisfacer. Sab√≠a tambi√©n que, por alguna raz√≥n, hab√≠a decidido permanecer vinculado a ella desde hac√≠a m√°s de cuatro a√Īos, y que guardaba escrupulosamente las buenas maneras de un novio formal, con visitas a su madre incluidas. Desconoc√≠a por completo la causa por la que Fucho regresaba a puerto regularmente, y eso no le preocupaba porque jam√°s se propuso seducirlo de ninguna manera; ella simplemente hab√≠a actuado con absoluta autenticidad, desde la primera vez que lo vio. Los present√≥ su cu√Īado, que tambi√©n participaba en los grupos literarios a los que asist√≠a Fucho.


‚Äď Gladys, √©l es Fucho M√°rquez, el hombre que va a curar tu ronquera. Es otorrinolaring√≥logo.

‚Äď ¬°Ay, Dios!, atin√≥ a decir Gladys, muy poco acostumbrada al efecto de un par de copas sociales, y abrumada por el intento de atinar el significado exacto de esa especialidad, cuyo nombre le resultaba familiar solo por lo largo.

‚Äď No padece ronquera alguna, Armando- diagnostic√≥ de inmediato Fucho- tiene una voz ronquita muy hermosa. 


Ese diálogo inició una historia de citas quincenales con un programa variado de cenas, cafés, visitas a la madre de Gladys, cine y sexo; esa noche sería de cena. La inquebrantable caballerosidad de Fucho encomendaba a Gladys la escogencia del sitio, que solía circunscribirse a una opción gastronómica sencilla.


‚Äď ¬ŅA d√≥nde vamos hoy?

‚Äď ¬Ņ Te parece a la Pizza Royal?

‚Äď ¬°Caramba, nuevamente italiano!

‚Äď ¬°Ay Fucho, a mi no me gustan mucho esas cosas, y no como as√≠, exagerado, como el pato de la china de la vez aquella.

‚Äď Pekin√©s.

‚Äď Bueno, ¬Ņeso no est√° por all√° , pues? Claro, si t√ļ quieres vamos a otra parte.

‚Äď No, por favor. La Pizza Royal estar√° muy bien. Vamos, dej√© el jeep por all√°.


El trayecto desde el Teatro Teresa Carre√Īo hasta el Boulevard de Sabana Grande pod√≠a cubrirse en unos quince minutos, pero la impericia de Fucho como conductor, le obligaba a una velocidad muy baja y una extrema prudencia que lo demoraban mucho m√°s. Aunque sol√≠a permanecer callado al conducir, esa noche su silencio estaba enmarcado en una expresi√≥n muy pensativa, que produjo cierta inquietud en Gladys.

‚Äď ¬ŅTe pasa algo?

‚Äď No, en lo absoluto, para nada. Es que quiero hablarte de algunas cosas, pero sabes que no me gusta distraerme mientras manejo. Si no te importa, lo conversamos en el restaurant.

‚Äď Claro, no te distraigas, que t√ļ no eres muy ducho.

‚Äď ¬ŅPerd√≥n? ‚Äď interrog√≥ Fucho y su gestualidad se endureci√≥.

‚Äď Nada, nada, que conversamos all√°.


El Boulevard era la consecuencia superficial de la primera l√≠nea del metro de Caracas y sustitu√≠a a la antigua Calle Real de Sabana Grande. Se extend√≠a luminoso, como un drag√≥n chino, a lo largo de varias cuadras en las que se suced√≠an caf√©s, restaurantes, librer√≠as y lo mejor de las tiendas caraque√Īas. En el extremo este, se ubicaba el Centro Comercial Chaca√≠to, con el √ļnico estacionamiento de la zona lo suficientemente espacioso como para que Fucho lograra aparcar sin mayores contratiempos; desde all√≠ comenzaron la caminata hasta la Pizza Royal.


‚Äď ¬ŅC√≥mo est√° tu mam√°?

‚Äď Yo no la veo bien: se confunde mucho y ahora dice que viene el fin del mundo.

‚Äď Gladys, tienes que estar consciente de que eso no va a mejorar, por el contrario, va a ir empeorando. Lo que podemos hacer es enlentecer el proceso un poco con la medicaci√≥n que est√° tomando.

‚Äď ¬°Muy gracioso! ¬°Voy a tener que aceptar as√≠ de f√°cil que mi mam√° se va a volver loca y que no hay remedio‚Ķ¬°no, vale! ¬°Algo se podr√° hacer!

‚Äď Se le pueden dar los cuidados que necesita. ¬°Permiso! ¬°Pista! ¬°Pista! ¬°Pista!, urgi√≥ una voz gangosa desde atr√°s. Fucho y Gladys voltearon al mismo tiempo y vieron a un hombre alto, flaco y andrajoso, con los brazos estirados por completo a la altura de los hombros: era ‚Äúel avi√≥n‚ÄĚ, el loquito que regularmente atravesaba varias veces el boulevard, imitando ser una aeronave. Los caminantes se separaron por un momento y el avi√≥n continu√≥ su viaje, emitiendo un sonido parecido al ruido de una turbo h√©lice a m√°xima potencia.


‚Äď Como te dec√≠a, podemos darle todos los cuidados que necesita y, sobre todo, los que va a necesitar. Nos va a hacer falta una enfermera, o dos, porque otra la tiene que cuidar los fines de semana.

‚Äď S√≠ , o mejor tres, pero yo no tengo plata para pagar eso, Fucho.

‚Äď Por favor, d√©jame hablar. Vamos a formalizar esto, vamos a casarnos, yo puedo arreglarlo todo para que tu mam√° est√© bien cuidada. Yo quiero tu compa√Ī√≠a.


‚Äď ¬°Fucho!- grit√≥ Gladys y sinti√≥ una par√°lisis s√ļbita, un dolor antiguo que la emboscaba tras la puerta de la notar√≠a, al ver el retrato de Fucho en el piso, rodeado de vidrios rotos y semi sepultado bajo capetas.


‚Äď C√≥nchale  mi Gladys, disc√ļlpanos, fue un accidente con una caja que se cay√≥, no me dio tiempo de recoger tu retrato, se disculp√≥ Troncone. Intent√≥ acercarse a ella, que estaba arrodillada en silencio entre los cristales como si una carga que hubiese arrastrado por mucho tiempo finalmente la hubiese hecho caer resignada, incapaz ya de sentir nada. El graznido y la garra que atenaz√≥ su hombro, detuvo el paso de Troncone: el mudo Calder√≥n lo estudiaba con la actitud de un ave rapaz a punto de engullirlo, Troncone era un sapo expectante. La mirada enajenada de Calder√≥n, se seren√≥ hasta hacerse de advertencia y apart√≥ al sapo del lugar, luego el mudo se arrodill√≥ al lado de Gladys, le acarici√≥ tiernamente el cabello y comenz√≥ a ayudarle a juntar los vidrios.

‚Äď Vamos a dejar a esta gente en lo suyo, Carmenhemberg- cro√≥ Troncone. Ven para presentarte a C√©sar Marino, que acaba de llegar.


  La de C√©sar era una oficinita resignada, empotrada en un lateral del pasillo que conduc√≠a al cuarto de archivo principal, apenas capaz de alojar la silla y un peque√Īo escritorio de metal con dos torres de papel y un reloj de arena que no se hab√≠a volteado desde su d√≠a inaugural; postulaba que el tiempo era una dimensi√≥n inneC√©saria en una notar√≠a. Sol√≠a acomodarse en ella mediante una rutina de encogimientos, elongaciones y pacitos muy precisos que hab√≠a automatizado a lo largo de diez a√Īos, cuando le fue asignado este cub√≠culo provisional, pero esta vez, el temblor de sus piernas, que hab√≠an escapado por un pelo a las ruedas del cami√≥n, traicion√≥ el procedimiento y le hizo derribar los papeles. 

‚Äď ¬ŅQu√© me le pasa my doctor?- pregunt√≥ Troncone con un volumen de voz, ligeramente por sobre el que ser√≠a cort√©s, y que siempre tomaba por sorpresa a C√©sar, sobresalt√°ndolo un poco, quiz√°s atemoriz√°ndolo. ‚Äď ¬ŅEst√° nervioso hoy? Ya Oneida va a traer un cafecito para que nos calmemos, take it easy. La ma√Īana ha estado como rara. Mire, ya mi ida a la empresa privada es un hecho, esta es la muchacha que me va a sustituir, al menos por un tiempo, si no le sale el cargo: Carmenhemberg Hern√°ndez.

‚Äď Encantada Doctor.

‚Äď C√©sar por favor, C√©sar Marino, un placer, bienvenida. ¬ŅMe dijo que tenemos caf√© por aqu√≠?  

‚Äď Si es que Oneida consigue en la panader√≠a.

‚Äď ¬ŅGladys no consigui√≥ en el mercado popular del Teresa Carre√Īo? Dijo que iba a ver si consegu√≠a un medio kilo.

‚Äď No s√©, y mejor no le pregunte. Hace rato se cayeron unas cajas y le tumbaron la foto del novio, est√° de m√≠renme y no me toquen.

‚Äď ¬ŅHay un mercado en el Teresa Carre√Īo? ‚Äďpregunt√≥ Carmenhemberg.

‚Äď No son fijos, lo han puesto algunas veces, pero hacia adentro, casi no se ven, me parece que los hacen cuando hay actos del gobierno, creo que con las comunas populares y eso. No s√© muy bien como es la cosa, s√≥lo vi una foto de puestos de verduras al lado de las escaleras. Gladys dice que los han puesto un par de veces y que estaba anunciado otro para estos d√≠as.

El caf√© iba a tardar en llegar, porque Oneida no soport√≥ el impulso de encender el tel√©fono de nuevo y representar una vez m√°s la escena de su vida: decirle a ese co√Īo de su madre que hasta aqu√≠ lleg√≥ la vaina, que no me la calo m√°s, que si t√ļ crees que yo soy pendeja, que no seas pat√°n, que no me llames y ni se te ocurra aparecerte por mi trabajo, que no seas hijo de puta. Oneida no consegu√≠a hombres como Fucho M√°rquez, tan ateo √©l y todo, y aun as√≠ le hab√≠a prometido a Gladys una boda religiosa como gesto de aprecio hacia su madre. Cuando la dej√≥ en su casa y manejaba a la suya, sonre√≠a pensando en sus amigos: ¬Ņc√≥mo es la vaina?, ¬Ņque te casas? ¬ŅPor la iglesia? ¬°No me jodas! 


La cosa iba a parecerse mucho a aquella vez que fue nombrado ‚Äď como muchas otras veces- padrino de la promoci√≥n de bachilleres del √ļnico liceo de su pueblito natal y hab√≠a puesto a punto m√°s o menos el mismo discurso de siempre: un discurso ampuloso. Era mucho mejor orador que eso, pero sab√≠a que el contexto del pueblito requer√≠a enterarse de tres o cuatro palabras nuevas, de un exordio exaltado, de una conclusi√≥n moralizante; de lo contario, la gente pensar√≠a que el doctor estaba perdiendo condiciones o no se hab√≠a esmerado. Y la verdad, el discurso habr√≠a funcionado muy bien, si dos colegas suyos no hubieran estado casualmente visitando el pueblo, visto el anuncio del discurso en la plaza y asistido a este, sin notific√°rselo para no arruinar lo que promet√≠a ser una veta explotable durante meses de mamaderas de gallo, como lo fue.

√Čl mismo no logr√≥ contener la carcajada cuando, se dispon√≠a a iniciar el narratio, anunciando: ‚Äú¬°estoy hondamente preocupado por‚Ķ‚ÄĚ, y escuch√≥ el grito socarr√≥n: ‚Äú¬°Tronco e preocupaci√≥n, te la pasas en el Da Sandra!‚ÄĚ


Pero la decisi√≥n era sensata, tan sensata como sus t√≠as: Rafael Emilio, ya tienes cincuenta y cinco; necesitas a alguien que est√© contigo, pero que te cuide de verdad. No una de esas mujeres que te gustan y que son como t√ļ, una mujer que sepa ser mujer, que est√© a tu lado cuando necesites algo, que te obligue a verte con el m√©dico, que t√ļ seas m√©dico no te va a salvar de una cosa, que aunque sea pueda levantar el tel√©fono para llamarnos a nosotras o a una ambulancia.

Aunque el talento sexual de Gladys era innegable y novedoso para √©l, porque lo abrumaba por explayarse con una fuerza absoluta, sin mediaciones, sin una palabra final, que le diera la oportunidad de devolverla en los t√©rminos de galanter√≠a, ingenio o erudici√≥n en los que se sent√≠a tan c√≥modo, la decisi√≥n hab√≠a sido racional. No deb√≠a angustiarlo, pero algo de inquietud le perturbaba, por eso la medit√≥ con un trago, estuvo seguro de ella y se relaj√≥, hasta que sinti√≥ que no pod√≠a respirar. Intent√≥ ponerse de pie y llamar a un colega. No pudo. La idea de Gladys a su lado hab√≠a llegado tarde. No estuvo ah√≠ para pedirle que revisara el dolorcito intercostal que sinti√≥ operando, no pudo ella preguntarle qu√© te pasa, Fucho ni levantar oportunamente el tel√©fono para llamar a sus t√≠as o a una ambulancia.


Cuando la demencia empeora, se sabe a gritos, y la madre de Gladys gritó que el mundo se estaba acabando segundos antes de que ella recibiera la llamada que lo corroboraba. La tía le decía que Fucho estaba muerto y ella sintió por primera vez ese dolor absoluto. Se fue a cuidar lo que sería la larga agonía de su mamá, a pensar con quien dejarla y a preguntarse cuántas mujeres famosas iban a estar en el velorio y si sería prudente llorar en la funeraria.

Capítulo 3

Cuidado con la plaza Bolívar.

‚Äú¬°Cuidado con la Plaza Bol√≠var, que el que se que se para en la Plaza Bol√≠var, se queda en la Plaza Bol√≠var!‚ÄĚ El grito del jodedor caus√≥ una nube hist√©rica de palomas y comprometi√≥ la dignidad de la estatua ecuestre, pero apenas distrajo a los viejitos, que se mantuvieron escrutando sus peri√≥dicos, como si fueran capaces de leer un segundo c√≥digo, minucioso y m√°s profundo, disimulado por las l√≠neas evidentes. Quiz√°s tambi√©n sirvi√≥ para acelerar el paso de Carlos y sacarlo de ese ritmo natural que le era inevitable cuando caminaba por el centro de Caracas; una zona que lo llevaba a su ni√Īez: a paseo por casa natal de El Libertador y a su padre comentando cargas libertarias y proclamas bravuconas; a m√≠rele el tama√Īito de los pantalones, con ese tama√Īito y libert√≥ a Am√©rica completa, ¬°cualquier pelo e culo canoso!; a visita a la pi√Īater√≠a, helado y a cierre del d√≠a d√°ndole cotufas a las palomas de la plaza. La grandeza de un hombre, C√©sar, se mide de la frente para arriba; as√≠ le dijo alg√ļn jala bolas a Napole√≥n, pero ten√≠a raz√≥n, el talento lo es todo, y usted tiene talento, C√©sar, y va a ser una vergota. Entonces el viejo sacaba una botellita del bolsillo del saco, se empinaba un trago, encontraba un amigo y se sentaba para siempre en la Plaza Bol√≠var. La cita de hoy iba a ser con uno de esos amigos, m√°ndame al muchacho, Juan Bautista, que algo se le consigue para que empiece.

Algunas cuadras hacia el norte de la plaza, en El Mes√≥n de Caracas, lo esperaba el Dr. Jos√© √Āngel Hern√°ndez, un hombre enorme, parapetado tras un pescado enorme: un pargo poch√© que acababa de ser servido muy protocolarmente. En una mesa cercana a la barra, con la corbata introducida en el interior de la camisa, para evitar salpicaduras y el bot√≥n del cuello desabrochado, enfrentaba el pescado como un ballenero a su presa rendida.


Ő∂  Dr. Hern√°ndez, buenas tardes.

Ő∂ ¬°C√©sar, muchacho! ¬°Qu√© cambiado est√°s!


Hern√°ndez comenz√≥ a levantarse de su silla y la geograf√≠a del restaurant a sufrir una modificaci√≥n catacl√≠smica: la luz que proven√≠a del sal√≥n principal se derrumb√≥ a sus espaldas, mientras que las mesas y las sillas se hac√≠an diminutas. Qued√≥ parado frente a Marino, con una sonrisa que se multiplicaba tres o cuatro veces en los pliegues de su papada y los brazos abiertos, como si fuera la crucifixi√≥n de la gula, para finalmente, hacerlo encallar en un abrazo sin escapatoria posible.


‚Äď Si√©ntate, hijo. Disc√ļlpame que haya ordenado antes, pero este plato tarda y yo tengo una reuni√≥n en una hora y media. Pero esto te va a encantar, este pargo lo hacen aqu√≠ mejor que en cualquier lado, yo conozco al chef de toda la vida. Se√Īor, si es tan amable, p√≥ngale un servicio al doctor, por favor- orden√≥ suavemente al mesonero, cuidando la pronunciaci√≥n de cada palabra y deteni√©ndose en cada pausa, con una amabilidad viscosa. Te dec√≠a lo del chef, Manolo, porque en este momento estaba pensando en tu padre; ven√≠amos aqu√≠ con frecuencia y Manolo nos hablaba mucho de c√≥mo se estableci√≥ en Venezuela. Sol√≠a decir que en Caracas, por un buen tiempo, se hizo la mejor paella del mundo, porque era posible importar los mejores ingredientes, y se ten√≠a un arroz superior al de Franco en ese momento. Adicionalmente, vino mucha gente que sab√≠a cocinar muy bien: ¬°la combinaci√≥n perfecta! Pero cu√©ntame, hijo, c√≥mo est√° tu padre, casi no pude hablar con √©l cuando me llam√≥, por favor, hazle llegar mis m√°s apenadas disculpas, ¬Ņsigue en la fiscal√≠a?

‚Äď No. Le sali√≥ la jubilaci√≥n hace dos meses.

‚Äď ¬°Ah caramba! ¬ŅY le ha afectado?

‚Äď No lo creo, est√° tranquilo, sacando sus crucigramas.

‚Äď Juan Bautista es un hombre muy culto, y puedo decirte que sabe m√°s de derecho que muchos abogados. ¬°Que l√°stima que no quiso graduarse! Me dijo que t√ļ lo hab√≠as hecho con honores.

‚Äď S√≠, Cum Laude.

‚Äď ¬°Esa inteligencia es de familia! Bueno, vamos a ir al punto, para despu√©s hablar tranquilos. Te consegu√≠ una oportunidad en una notar√≠a. Eso s√≠, es para empezar ma√Īana mismo.

-Gracias, doctor, en verdad , muchas gracias. No s√© si mi pap√° le coment√≥ que yo estoy en la b√ļsqueda de algo medio tiempo, para poder hacer la maestr√≠a en derecho penal.

‚Äď Mire mijo, lo que me dijo es que usted se quiere casar. ¬ŅEs as√≠?

‚Äď S√≠.

‚Äď Entonces, lo que necesitas es una base econ√≥mica s√≥lida, y no vas a conseguir ahora un trabajo mejor que este. Como sabes, un porcentaje de lo recaudado se asigna al personal; imposible con tu experiencia actual conseguir una remuneraci√≥n mejor. Despu√©s que te salga el nombramiento, ves lo de la especializaci√≥n- sentenci√≥, y dej√≥ caer su arp√≥n sobre el lomo de Moby Dick.

‚Äď Se los trag√≥ el mar‚Ķel mar prendido en candela. Era un gringo loco que se muri√≥ salvando vidas de venezolanos. Un h√©roe, digo yo. Ese d√≠a yo no lo acompa√Ī√© porque ‚Ķ ‚Äď Troncone estuvo en silencio por unos segundos, incapaz de esquivar ileso ese rescoldo personal√≠simo del incendio de Tacoa.

‚Äď Pero ¬Ņ√©l era su pap√°?- pregunt√≥ Carmenhemberg, b√°sicamente por no saber qu√© decir frente al repentino desfallecimiento de la euforia empecinada de su interlocutor.

‚Äď No. Mi pap√° trabajaba para √©l en la Electricidad de Caracas y me llevaba mucho a su casa, le hac√≠a tambi√©n trabajos personales. Mr. Kee se encari√Ī√≥ conmigo, me empez√≥ a llevar a las pr√°cticas del grupo de rescate, que era su pasi√≥n y claro, me ense√Ī√≥ toda la parte del ingl√©s. 

‚Äď Y usted es biling√ľe‚Ķ

‚Äď Of course, I am, y precisamente es el conocimiento que me est√° permitiendo dar el salto a la empresa privada. Ese y toda la parte del manejo de la formalidad en los procedimientos. Lo que pasa es que la empresa privada es muy buena para hacer las cosas r√°pido, pero se saltan el orden de los procedimientos, que ser√≠a mi aporte. Yo voy a hacer el management de toda la parte de la mensajer√≠a, en esas empresas hay mucha informalidad; yo he ido a entregar mensajes y cuando los entregas, te ponen un sellito y ya, hacen falta formatos, recursos para documentar toda la actividad, documentar y archivar. Por cierto, me falta ense√Īarte un √°rea crucial, ven ahora antes de que abramos.


Troncone condujo a Carmenhemberg hacia el final de la notaría, donde estaba la oficinita de César, dio un golpecito en su escritorio que sabía lo sacaría de la concentración en el documento que empezaba a revisar, siguió de largo hasta la pared final del pasillo y se volvió hacia la muchacha.

Ő∂Ő∂ ¬ŅCualquiera cree que la notar√≠a acaba en este pasillo, ¬Ņverdad? Pero no; esta oficina la dise√Īaron unos locos. Mira- se√Īal√≥ a su izquierda y Carmenhemberg se percat√≥ de la de que el pasillo ten√≠a una muy estrecha continuaci√≥n tras una curva en noventa grados. Ambos tuvieron que caminar de lado los pasos neC√©sarios para atravesar la prolongaci√≥n- Este espacio se  le compr√≥ a la tienda de atr√°s durante la administraci√≥n del loco Zamora que era el notario anterior  . √Čl insist√≠a en que hac√≠a falta un cuarto de archivo principal pero la gente de la tienda de al lado no quiso vender y la opci√≥n fue comprar un pedacito de espacio a la tienda de atr√°s. Como en el medio de los dos hay unos elementos estructurales que no se pueden derribar, hay que comunicarse por este pasillito, y a alguien se le ocurri√≥ hacer esta misicurva.


‚Äď ¬°Qu√© fue lo que hicieron?

‚Äď La misicurva esta pues.

‚Äď Y ¬Ņqu√© es eso?

‚Äď Esto, una media curva.

‚Äď Semicurva, mascull√≥ Carmenhemberg.

Los tres metros oscuros y angostos recordaron a la pasante el d√≠a que descubri√≥ su claustrofobia, calada en una mir√≠ada de japoneses inamovibles e inmunes a la estrechez sin ventanas de los pasadizos interiores de la c√ļpula de la Bas√≠lica de San Pedro. Hab√≠an recorrido nueve mil setecientos veintiocho kil√≥metros para rodearla, disputarle la soga que sirve como √ļnico agarradero en la escalera en espiral, convertir el preciso equilibrio entre c√°lculo y sue√Īo de Miguel √Āngel en el metro de Tokio y convencerla de que no exist√≠a un solo cent√≠metro c√ļbico disponible de ox√≠geno. Comenzaba a reproducir aquella sensaci√≥n de opresi√≥n sobre su pecho cuando el pasillo se ensanch√≥ bruscamente ante una s√≥lida puerta de metal que, a juzgar por el esfuerzo de Troncone para abrirla, deb√≠a de ser muy pesada. Conduc√≠a a una habitaci√≥n sin ventanas, de unos treinta metros cuadrados, cuyo espacio se reduc√≠a considerablemente por los archivadores y las cajas que agotaban las paredes, pintadas de un amarillo ocre y mugroso. Una peque√Īa abertura de unos treinta cent√≠metros por lado, obturada por una rejilla met√°lica tapizada en polvo h√ļmedo y compacto, tramitaba la √ļnica circulaci√≥n de aire disponible al cerrar la puerta. Sinti√≥ que el aire viciado poco a poco la absorb√≠a, penetraba hasta sus pulmones e instalaba dentro de ella un olor entre acre y rancio, que le record√≥ cuando descubri√≥ horrorizada una colonia de chiripas en el s√≥tano de su abuela.

‚Äď Te va a costar abrir la puerta. El Dr. Zamora como que cre√≠a que esto era un banco; mand√≥ a poner esa puerta a los meses de construida la ampliaci√≥n, nadie sabe para qu√©, porque aqu√≠ s√≥lo hay papeles. Lo bueno es que no vas a tener que venir casi nunca; esto es archivo muerto.

Al otro lado de la ‚Äúmisicurva‚ÄĚ de Troncone, C√©sar observaba entrar a Oneida una vez m√°s; un ritual que hab√≠a cultivado a lo largo de doce a√Īos, como un devoto cristiano, arrobado por el poder del Esp√≠ritu Santo que el pastor proyecta sobre los fieles de la primera fila. Recordaba, como cada d√≠a, la primera vez que la vio entrar a la notar√≠a, en compa√Ī√≠a del Dr. Zamora, envuelta en un vestido rojo ajustado que prologaba todas las maledicencias de las dem√°s habitantes de los escritorios chiquitos. 

‚Äď C√©sar, lo que pude traerte fue un caf√© con leche muy clarito. No quisieron venderme leche caliente, la que tienen la est√°n usando s√≥lo para el caf√©.

‚Äď Gracias, Oneida. Un cafecito no me va a caer mal.

‚Äď Claro, t√≥matelo tranquilo. Te compr√© galletas tambi√©n.

‚Äď ¬°Oro en polvo!, ¬°Gracias!

‚Äď Me gusta verte comer galletas, pareces un carajito. ¬ŅY Troncone y la chica nueva?

‚Äď Est√°n en el archivo muerto, Troncone le est√° haciendo el tour completo. No s√© cu√°l es la necesidad de conocer personalmente el archivo muerto.

‚Äď No la hay Ő∂  dijo Oneida secamente y con una expresi√≥n de desagrado, como si en lugar de un sorbo de caf√©, hubiera tomado un l√≠quido ofensivo. Ő∂ Voy a dejarles aqu√≠ sus caf√©s, ya es hora de abrir.

Oneida camin√≥ hacia la puerta, tongoneando viejas glorias, que para C√©sar ten√≠an la frescura de siempre, de su primera entrada con el vestido rojo, de ese d√≠a en que le sonri√≥ generosamente y √©l no supo qu√© hacer; c√≥mo nunca ha podido saberlo en cada d√≠a in√ļtil para hacerse un hombre convincente, para facilitarse una salida √°gil de su escritorio y abrir la notar√≠a de una buena vez. Siempre era estar atr√°s de ella, como si la simple tarea de abrir la puerta requiriera de su asistencia inadvertida y tard√≠a. Era sonre√≠rle a nadie y acomodarse como un segundo anonimato atr√°s del anonimato de Oneida. Nunca antes hab√≠a sido escuchar los graznidos fren√©ticos de Calder√≥n en un revoloteo cegador, ni ver a Oneida hecha un mont√≥n de pelos y gritos vini√©ndosele encima, nunca hab√≠a sido ver a Gladys sentadita y gritando en su silla, ni las armas, ni las caras flacas y rabiosas, nunca fue escuchar los gritos, ¬°m√©tete, m√©tete, que te doy un tiro!, nunca fue ver venir el golpe en la frente y que todo se borrara en tonos rojizos

Capítulo IV

El misterio del cuarto amarillo.


Con el hotel Dallas se hab√≠a inaugurado, en pleno este de Caracas, un laberinto de alfombra roja, ne√≥n rosado y escaleras imprevistas, infestado de serigraf√≠as en tonos pasteles y pocos m√©ritos art√≠sticos. El sitio introduc√≠a novedades plet√≥ricas de la voluminosa est√©tica de los a√Īos ochenta, como camas que colgaban de cadenas asidas a b√≥vedas de espejos y ne√≥n, esta vez verde esmeralda, o una colecci√≥n de muebles fijos o bamboleantes, capaces de prefigurar una variedad de posturas para el placer. En el sistema de m√ļsica ambiental, Roc√≠o Durcal anunciaba su indome√Īable intenci√≥n de casarse vestida de blanco, en un contexto donde ninguno de los presentes podr√≠a honrar un compromiso como ese.

El espejo de la habitaci√≥n ciento uno abovedaba las figuras desnudas de C√©sar y Alejandra mientras comentaban los pormenores de la oferta del Doctor Hern√°ndez, que luc√≠a como la √ļnica opci√≥n capaz de hacer posible su matrimonio en el corto plazo. Los argumentos de Alejandra atravesaban el entendimiento de C√©sar como a una gelatina, porque no pod√≠a atender m√°s que al reflejo del cuerpo de su novia, redundando en la serie de espejitos de la b√≥veda; su belleza le resultaba inexplicable, para una mujer dispuesta a ser su pareja. Se sab√≠a irremediablemente retra√≠do y jam√°s hab√≠a ejecutado una aproximaci√≥n seductora; si en ese momento se acostaba una vez m√°s con Alejandra, era porque ella hab√≠a decidido besarlo, hac√≠a m√°s de un a√Īo, cuando quedaron solos en el bufete donde trabajaban como asistentes.

‚Äď ¬°Hey, loquillo! ¬ŅMe est√°s escuchando? No te quiero forzar, quiero que te sientas bien, que nos sintamos bien Ő∂ le dijo y acarici√≥ su rostro.

‚Äď Yo estoy claro, yo estoy claro, tranquila. Lo importante es casarnos. 

‚Äď Mira, vamos a ver que nos dicen las cartas. 

Alejandra se levant√≥ y camin√≥ hasta la mesita en la que hab√≠a dejado su cartera, de donde sac√≥ una bolsita de terciopelo violeta y extrajo un mazo de cartas, luego se lanz√≥ a la cama boca abajo, justo al lado de C√©sar.

‚Äď Alejandra‚Ķ¬Ņlas cartas?

Alejandra se llev√≥ el dedo √≠ndice a sus labios, orden√°ndole silencio, en el marco de la sonrisa p√≠cara que pod√≠a hacer naufragar cualquier intento de resistencia. Una esfinge sobre una rueda dorada, seguida por una comparsa, formada por un hombre a caballo, un emperador que sosten√≠a un s√≠mbolo f√°lico, y quien parec√≠a ser su consorte, daban, seg√ļn Alejandra, el dictamen definitivo: Era neC√©sario aceptar inmediatamente; hab√≠a que darle un golpe de mano al azar, seg√ļn un revoltijo de razones que involucraban la audacia, la inminente y sical√≠ptica felicidad de la pareja, la responsabilidad y el liderazgo.

C√©sar la abraz√≥ y sinti√≥ el efecto inevitable de acariciar esa piel, cuya textura y aroma rebull√≠an su sexualidad de inmediato. Alejandra no respondi√≥ a la nueva convocatoria sin antes decir: ‚Äúme molesta que no tomes en serio esto; la astrolog√≠a es una ciencia y el tarot es saber milenario‚ÄĚ. En ese momento, C√©sar no le dio mucha importancia al comentario y volvi√≥ a sumergirse en su cuerpo. Cuando abri√≥ los ojos, vio una serie de figuras imprecisas moverse como peces opacos y perezosos en aguas rojizas, de donde emerg√≠a una forma enorme y tosca que poco a poco se fue transformando en la cara de Troncone: ‚Äú aqu√≠, viene, aqu√≠ viene, est√° devolviendo en s√≠‚ÄĚ, anunci√≥ Troncone a todos en el cuarto. Se sent√≠a inmerso en un rumor indescifrable, desde el que se asomaban palabras sueltas como herido, pobrecito, Dios, perm√≠tenos, fractura, Marino, agua, inm√≥vil, am√©n; poco a poco logr√≥ centrar los ojitos saltones de Troncone en su rostro, reconocer las paredes amarillas con sus manchas de humedades movedizas y la pregunta de Oneida: ‚Äú¬Ņest√°s bien, C√©sar?

Ő∂Ő∂Ő∂  ¬ŅQu√© pas√≥?- Pregunt√≥, mientras trataba de incorporase.

‚Äď No te pares my doctor, que el co√Īazo fue precioso- le dijo Troncone mientras lo conten√≠a suavemente.

‚Äď Parece que es un asalto, respondi√≥ Gladys desde una esquina disponible entre los archivadores, sentada en una caja que le hab√≠a procurado el mudo Calder√≥n.

‚Äď No, Gladys, esto es otra cosa, aqu√≠ no hay nada que robar- respondi√≥ Oneida, cuyas piernas en posici√≥n de loto hab√≠an venido albergando la cabeza de C√©sar, desde que los hombres armados los encerraron a todos en el cuarto amarillo y lo arrojaron, incosciente y sanguinoliento, a los pies del grupo.


Troncone se puso de pie, respir√≥ profundamente, se par√≥ en el centro del cuarto con el ment√≥n ligeramente levantado y expresi√≥n severa, entonces estir√≥ sus brazos con las palmas apuntadas hacia los presentes, como si estuviese a punto de dirigir una sinfon√≠a de Mahler: 


‚Äď Se√Īores, la situaci√≥n es la siguiente: aqu√≠ han penetrado al menos dos hombres fuertemente armados, no podemos ponernos a adivinar qu√© es lo que quieren, ni podemos saberlo porque aqu√≠ no se escucha nada de lo que pasa afuera. Les voy a pedir que mantengan la calma y esperemos la intervenci√≥n de las autoridades. Esto es un centro comercial concurrido y ya deben haber tomado cartas en el asunto. Lo fundamental es no perder la composici√≥n, estar en calma‚Ķ

 Ő∂ ¬°La compostura, co√Īo! Ő∂Ő∂  grit√≥ Carmenhemberg, sentada al lado de la puerta met√°lica, con su cola de caballo completamente despeinada y con el rostro ennegrecido por el aluvi√≥n de l√°grimas y maquillaje que se le hab√≠a estado viniendo encima desde el inicio del asalto Ő∂  ¬ŅEs qu√© tu crees que va a venir SWAT o el F.B.I, gafo? ¬°Lo que va a venir es el mismo grupo de locos que ha llegado a todos los secuestros, se caen a plomo con los malandros y no queda nadie vivo en esta vaina! ¬°Nos van a joder a todos! ¬°Y habla bien, co√Īo!


Ő∂  ¬°C√≥nchale! ¬ŅPor qu√© no se quedan callados a ver si se van?- dijo Gladys con la expresi√≥n de tristeza y fastidio que era lo √ļnico que le dejaba el mundo cada vez que la embest√≠a. Desde esos p√°rpados ca√≠dos, su mirada flotante atestiguaba siempre, tambi√©n desde esquinitas perdidas en salones, los rituales esc√©nicos de su hermana, la nena Acu√Īa, su inevitable y tr√°gica compa√Ī√≠a a todas las fiestas de su juventud, unos cincuenta a√Īos atr√°s. Mucho m√°s hermosa que ella, extrovertida y de una ridiculez que la animaba a asumir cualquier protagonismo a la mano, ‚ÄúLa nena‚ÄĚ era la principal atracci√≥n de las reuniones: ‚ÄúEs que La nena es tan simp√°tica, bell√≠sima, ¬°tan animada ella!, y esos vestidos de La nena, tiene un parecido con Sarita Montiel‚Ķ¬Ņy vas a venir con La nena, no?‚ÄĚ

La preparaci√≥n para la salida se apegaba siempre al mismo guion: Gladys lista y esperando, mientras La Nena llegaba a sala y estallaba en un arranque de malcriadez porque encontraba alg√ļn detalle insatisfactorio en el vestido que su t√≠a hab√≠a bordado espl√©ndidamente, lo que ameritaba un √ļltimo arreglo angustiado por parte de la habilidosa se√Īora; luego un ‚Äú¬°mija, maqu√≠llate un poco mejor!‚ÄĚ, severamente dirigido a Gladys, y finalmente, el estruendoso recibimiento al caballero que las acompa√Īar√≠a esa noche, a quien obsesivamente advert√≠a: ‚Äú¬ŅTe dije que Gladys viene, no? T√ļ sabes que yo sin ella no voy a ning√ļn lado.


El gal√°n de turno esa vez era Otero; un joven optometrista de un metro ochenta de estatura, que resultaba sorprendente en la Caracas de 1953, ojos verdes y tez morena: un sujeto premonitorio de las tipolog√≠as que las migraciones europeas estaban por inaugurar en Venezuela. Tambi√©n todo un caballero, con el tacto neC√©sario para leer la incomodidad de Gladys e intentar hablar con ella desde su espejo retrovisor a lo largo del trayecto hacia el hotel √Āvila, aunque incapaz de sortear las interrupciones de La Nena, que empujaban la conversaci√≥n a cualquier lugar lejano de la que comenzaba a entablarse y, sobre todo, lejano a Gladys. El tema del soberbio vestido bordado en fantas√≠a, dise√Īado por una inexistente modista francesa a quien sol√≠a atribuir las creaciones de su t√≠a, gobern√≥ la tertulia con mano de hierro hasta el final del viaje: las fatigosas sesiones de prueba; el indescifrable acento de la madame, que entorpec√≠a las pruebas hasta la desesperaci√≥n; el ritual de selecci√≥n de las lentejuelas; las expectativas de Mildred Pittaluga y sus amigas por ver c√≥mo le luce puesto.


Algo de desfile en alfombra roja ten√≠a la llegada al hotel √Āvila; Wallace K. Harrinson hab√≠a dise√Īado un hotel que aprovechaba al m√°ximo el clima y la vanidad caraque√Īa. El carro hac√≠a fila a lo largo de un frondoso jard√≠n, hasta llegar a la escalinata de acceso, bordeado por faroles de sobria luz amarilla, cuyo reflejo destacaba el brillo del piso de damero de la entrada a la recepci√≥n. Unos 17 grados cent√≠grados favorec√≠an el revoloteo de chales en crochet y pedrer√≠a, en medio del olor a bosque tropical y los desmesurados fogonazos de los equipos fotogr√°ficos a trav√©s de los cuales naveg√≥ La Nena hasta alcanzar al cardumen presidido por Mildred Pittaluga, que se alistaba a entrar al sal√≥n.


El alboroto de la recepci√≥n fotogr√°fica y las loas al vestido, que ya hab√≠a sido bautizado como fantas√≠a en rosa, hicieron que La nena se olvidara un poco de Otero, quien encontr√≥ en Gladys una grata compa√Ī√≠a y en los alrededores de la piscina un ambiente m√°s calmado para la conversaci√≥n.

‚Äď Me dice tu hermana que est√°s estudiando bachillerato.

‚Äď Bueno empezando, mam√° no quer√≠a.

‚Äď Siempre es bueno, no creo que est√© re√Īido con ser una buena mujer.

‚Äď Eso dicen.

‚Äď ¬ŅY qu√© te gusta hacer?

‚Äď Esto no. Venir a estas fiestas, no.

Otero encontr√≥ en el hast√≠o de Gladys una sinceridad muy exclusiva en el contexto, y se sinti√≥ c√≥modo para hablarle de su pasi√≥n: las lentes de aumento. Coment√≥ fervorosamente c√≥mo su oficio hab√≠a sido uno de los pocos puntos de iluminaci√≥n durante la edad media, c√≥mo pr√°cticamente hab√≠a cambiado al mundo al extender la vida laboral de los artesanos y t√©cnicos, permitiendo mayores acumulaciones de experiencia; se sinti√≥ ingenioso cuando le dijo que tanto m√©rito deb√≠a conced√©rsele a la invenci√≥n de la lente de aumento como al de la imprenta, pues todos los libros necesitan lectores, y poco a poco, fue interes√°ndose tambi√©n por saber acerca de ella, que tan pacientemente hab√≠a comprendido su entusiasmo, y hasta le hab√≠a preguntado sobre algunos detalles de su profesi√≥n.


Ya Gladys ten√≠a cierto tiempo habl√°ndole sobre su inter√©s en estudiar administraci√≥n cuando, en una pausa de la orquesta, se escuch√≥ una petici√≥n secundada por varias voces masculinas: ‚Äú¬°Que cante La Nena!‚ÄĚ Entonces Fantas√≠a en rosa se hizo visible en la tarima y una voz aguda e incompetente enton√≥: ‚ÄúSireniiiiiita, tu boquita delicada, tan chiquita y tan callada, ha nacido para amaaaaar‚ÄĚ, mientras una ronda de caballeros, m√°s interesados en la lejana posibilidad de retirar Fantas√≠a en rosa del cuerpo de su portadora que en sus posibilidades l√≠ricas, discretamente ped√≠a silencio en la sala a las pocas personas ajenas de lo que amenazaba con convertirse en un recital. Entonces, la canci√≥n dio un giro inesperado hacia un crescendo s√ļbito que la int√©rprete burlaba bajando arbitrariamente varios tonos, pero que le serv√≠a para adoptar una expresi√≥n dram√°tica, como de inocencia sorprendida por la petici√≥n de un beso, tal como pod√≠a leerse en las entrel√≠neas de la letra. En este momento, que era tambi√©n el de mayor descalabro de afinaci√≥n, los dos hombres m√°s desfachatados, o quiz√°s m√°s optimistas, lanzaron sendos gritos de bravo. Estos excesos descompon√≠an a Gladys, y su conversaci√≥n con Otero le hab√≠a hecho sentir la confianza para comentarle por primera vez este desagrado a un extra√Īo, pero cuando intent√≥ hacerlo se percat√≥ de que Otero la animaba a acompa√Īarlo desde el c√≠rculo de hombres que aplaud√≠an. 


Ő∂ ¬°Call√°ndose la boca no se va a ning√ļn lado, Sra ! ¬°No se van a espantar porque nos quedemos callados, co√Īo! ¬°Son todos tarados! Ő∂  grit√≥ Carmenhembergh y comenz√≥ otro episodio de llanto sin control, el mudo Calder√≥n le lanz√≥ un graznido de advertencia y acarici√≥ la cabeza de Gladys.

‚Äď Quiero sentarme Ő∂  dijo C√©sar, quien ya pod√≠a ver con foco y escuchar con claridad.

Ő∂  ¬ŅSeguro que puedes?  Ő∂  pregunt√≥ Oneida, y fue cuando C√©sar se percat√≥ de que hab√≠a descansado su cabeza en sus piernas durante su desvanecimiento. En ese instante, se hizo consciente de la temperatura de su cuerpo y la suavidad de aquellos muslos humedecidos por el sudor e inexpugnables a los a√Īos. Tuvo una intensa sensaci√≥n de verg√ľenza porque crey√≥ que el segundo de toma de consciencia hab√≠a sido largu√≠simo, y que todos hab√≠an podido leer su pensamiento. La voz de Oneida lo trajo a la realidad.

‚Äď Los tipos entraron cuando est√°bamos abriendo la puerta, yo vi dos. No s√© si son m√°s porque entre lo r√°pido, el susto y la angustia por el golpe que te dieron, todo se me hizo muy confuso. Nos encerraron aqu√≠ y no han vuelto.

‚Äď La verdad, ni sabemos si se han ido- respondi√≥ Troncone, con la oreja pegada a la puerta met√°lica. De repente, ya robaron y se fueron.

‚Äď ¬ŅRobar qu√©, Troncone?  Ő∂ pregunt√≥ Oneida Ő∂  ¬ŅNuestros pedazos de celulares y tres computadoras viejas que hay en la notar√≠a? Esa gente entro por otra vaina.

‚Äď ¬ŅY si se est√©n escondiendo? Ő∂  dijo C√©sar mientras palpaba su herida, burdamente vendada con la bufanda de Gladys.

‚Äď ¬ŅEscondiendo de qui√©n, C√©sar?

‚Äď No s√©, Oneida, de otra banda, esos tipos viven cay√©ndose a tiros entre ellos en El Guarataro, no s√©, trajeron la plomaza hasta aqu√≠, que s√© yo.

‚Äď ¬ŅY si es de la polic√≠a?, ¬°D√≠game si es que la polic√≠a los viene persiguiendo y se metieron aqu√≠  Ő∂ se pregunt√≥ Gladys.

‚Äú¬°Co√Īo!ňģ, grit√≥ Troncone desde la puerta y se tir√≥ al suelo mientras se escuchaban una serie detonaciones secas y muy seguidas que se repitieron durante varios segundos. Cuando lleg√≥ el silencio, todos estaban tendidos en el suelo. Troncone hab√≠a rodado al otro el extremo del cuarto, Calder√≥n cubr√≠a a Gladys con su cuerpo, Oneida y C√©sar eran un solo cuerpo abrazado en el centro de la habitaci√≥n, y Carmenhemberg segu√≠a echada a un lado de la puerta, pero ahora re√≠a fren√©ticamente. 

 Ő∂ ¬°Esa vaina fue plomo! -grit√≥ Troncone.

‚Äď De bolas que fue plomo, pendejo!- contest√≥ Carmenhemberg entre carcajadas. 


El ruido de la cerradura de la puerta al iniciar su proceso de apertura pareci√≥ mil veces m√°s fuerte que el de los disparos de hac√≠a un rato, el sonido les quit√≥ el habla y los petrific√≥. Un muchacho flaco, con los ojos casi fuera de sus √≥rbitas, las fosas nasales totalmente dilatada y los dientes apretados, apareci√≥ apunt√°ndolos con una pistola, mientras su compa√Īero arrastraba a Carmenhemberg, tir√°ndola de su cola de caballo y la hac√≠a desaparecer por el pasillo. Cerraron la puerta con llaves. 

Capítulo V

El miedo es la br√ļjula.

‚ÄúLas cosas que crecen geom√©tricamente ocupan la totalidad de los espacios de un d√≠a para otro: hay una planta acu√°tica que crece el doble de su tama√Īo diariamente, termina por cubrir el lago que habita y ocasionar un desastre ecol√≥gico. El d√≠a que creemos que a√ļn contamos con la mitad del lago, es su √ļltimo d√≠a de vida.‚ÄĚ A Alejandra le encantaba usar este ejemplo en los talleres de crecimiento personal que comenz√≥ a dar cuando su inter√©s por la espiritualidad empez√≥ a crecer geom√©tricamente, a expensas de los espacios que C√©sar ocupaba en su vida: ‚ÄúG√©minis rige la mente, y la mente rige al pensamiento. Ahora estamos teniendo mucha actividad en G√©minis. Cuando unimos esto a la luna nueva, que est√° en G√©minis, y a las intenciones de luna nueva que vamos a hacer, surge el momento de preguntarse ¬ŅQu√© voy a hacer con la luna nueva en G√©minis para examinar mi mente y motivarme internamente?‚ÄĚ El grupo de estudio, arrobado por la lucidez c√≥smica de Alejandra, permanec√≠a a la expectativa de la apertura del debate. Usualmente, era inaugurado por su sonrisa, que desde hac√≠a unos tres a√Īos, se esforzaba por abundar en placidez, entendimiento, armon√≠a. Esta vez, la acompa√Ī√≥ con un gesto de su mano que apunt√≥ a uno de los asistentes: un muchacho alto, flaco, barbado que amusgaba su expresi√≥n como tratando de extraer cada detalle en las palabras de su coach astrol√≥gica.

Ő∂  Eduardo, ¬ŅQu√© nos puedes decir de tus intenciones de luna nueva?

Ő∂  Bueno Alejandra, como sueles decir t√ļ: el miedo es la br√ļjula.

Ő∂  Es verdad, el miedo puede ser como una br√ļjula: ah√≠ donde est√°n mis miedos, ah√≠ debo trabajar. ¬ŅQu√© dice tu br√ļjula?

Ő∂  Que voy a trabajar en alejarme de las personas t√≥xicas.


Eduardo contestaba enf√°tico desde el sof√° de la sala y C√©sar sent√≠a que profanaba el mausoleo de su vida sexual con Alejandra. Lo atestiguaba desde la cocina, con un caf√© en la mano, con el silencio como √ļnica opci√≥n de participaci√≥n en un mundo que ya no pod√≠a comprender. No sab√≠a en cu√°l preciso momento el sof√° hab√≠a dejado de ser la invitaci√≥n al encuentro urgente, para convertirse en la grader√≠a del foro astrol√≥gico. Intu√≠a que debi√≥ haber signos inadvertidos al principio, quiz√°s todas aquellas palabras y expresiones nuevas que se fueron introduciendo hasta que los dos llegaron a hablar idiomas muy diferentes. Constelaci√≥n familiar, carta astral, Kabbalah, aqu√≠ y ahora, insight , inteligencia emocional, coachee, Psicomagia, se atiborraron en el discurso de Alejandra, entorpeciendo cualquier posibilidad de entendimiento entre los dos. Lo peor ocurri√≥ cuando las palabras que aun compart√≠an pasaron a tener significados diferentes para cada uno. C√©sar se percat√≥ del desastre un domingo a la hora del almuerzo.


La ma√Īana del domingo sol√≠a embargarlo en una sensaci√≥n optimista y reconfortante, sobre todo porque era el preludio a un almuerzo distendido que penetraba la tarde y le conced√≠a una peque√Īa dosis de irrealidad, amablemente administrada por los pousse-caf√©s. La selecci√≥n del lugar sol√≠a ser la coda de un encuentro sexual tan brioso y creativo como el ocio dominguero lo propiciaba. Adem√°s, gracias a las generosas bonificaciones que en ese entonces recib√≠a por su gesti√≥n en la notar√≠a, la escogencia pod√≠a realizarse sin que el dinero fuera una variable a tomar en cuenta, la decisi√≥n era causada enteramente por el antojo, la curiosidad o la nostalgia, y esa ma√Īana el antojo se inclin√≥ por el chivo en coco de la Cervecer√≠a R√≠o Chico.


Parapetado al fondo de las Galer√≠as Valencia de Chacao, el restaurant hab√≠a soportado muchos cambios. Inclusive, su aviso luminoso hab√≠a escapado milagrosamente al furor transformador del gobernador Diego Arria, quien en los a√Īos setenta intent√≥ constituirse en una suerte de Bar√≥n Haussmann caraque√Īo con m√°s empuje que buen gusto. En su af√°n modernizador, sepult√≥ en concreto alguna parte de la memoria de la ciudad y arras√≥ con la inmensa mayor√≠a de los avisos luminosos, bastiones de la vitalidad de la noche de Caracas No obstante, por alguna raz√≥n, las dos jarras desbordantes de la Cervecer√≠a R√≠o Chico a√ļn anunciaban tozudamente el negocio y cantaban a la idoneidad de la temperatura de las cervezas que hab√≠a servido durante d√©cadas.


C√©sar ven√≠a pensando en las dominicanas de la cocina, cuyas ejecuciones ser√≠an tan benem√©ritas en Madrid o Montecristi como en la exigente Caracas de los a√Īos noventa. Un chivito en coco ven√≠a rond√°ndole desde que salieron de la casa; lo acompa√Ī√≥ mientras condujo su Corsa  Ő∂ a√ļn con los pl√°sticos protectores desplegados en un asiento trasero que jam√°s hab√≠a sido utilizado  Ő∂  le hizo m√°s llevadera la faena de conseguir d√≥nde estacionarlo, y le ayud√≥ a decidir r√°pidamente los tragos y las tapas preparatorias. √Čl pidi√≥ un g√ľisqui en las rocas, unos pimientos fritos, unos boquerones a la vinagreta, una cesta de pan con ajo, pregunt√≥ a Alejandra qu√© quer√≠a pedir, y ella pidi√≥ perd√≥n. 

‚Äď ¬ŅQu√© te perdone qu√©, amor?

 Ő∂  Ya tenemos casi tres a√Īos juntos, yo necesito tu perd√≥n.

 Ő∂  Pero, ¬Ņqu√© pas√≥?

 Ő∂  Han pasado dos a√Īos de convivencia, dos personas y sus desencuentros naturales, dos egos. Supongo que alguna cosa desagradable has visto en m√≠, eso es inevitable. Entonces, pido la generosidad de tu perd√≥n en lo que creas que sea pertinente.

 Ő∂  ¬ŅMe quieres confesar algo?

 Ő∂  ¬ŅC√≥mo puedes ser tan b√°sico? ¬°No seas tan elemental! Has vivido dos a√Īos conmigo, yo soy humana, tengo un lado oscuro, seguramente te lo he mostrado y quiero que me perdones.

 Ő∂   Pero si yo me siento bien contigo, yo no tengo nada que perdonarte.

 Ő∂   C√©sar, lo √ļnico que no podr√≠a perdonarte es que despu√©s de este tiempo no tengas la valent√≠a de reconocer que hay cosas por las que debes perdonarme.


C√©sar, no encontr√≥ nada que perdonar y Alejandra no encontr√≥ nada de qu√© hablar. Un chivito en coco cumplidor pero muy silencioso le hizo saber a C√©sar, en medio de un olor a aceite bien curtido en frituras y de salteados de mar y tierra, que su relaci√≥n hab√≠a sido tomada por alguna confluencia astral o por ciertas prevenciones cr√≠pticas a las que jam√°s lograr√≠a acceder[1] 

 Ő∂ ¬°Somos rehenes, no hay duda!  Ő∂  dijo Oneida, en tono de resignaci√≥n.

 Ő∂ ¬ŅAy, caramba, por qu√© lo dice?  Ő∂  le pregunt√≥ Gladys, casi recrimin√°ndole su conclusi√≥n.

 Ő∂ Se√Īora Gladys, los disparos‚Ķa alguien le estaban disparando, y luego sacan as√≠ a Carmenhemberg‚ĶQuer√≠an mostrarla a la polic√≠a.

  Ő∂  Despu√©s no ha habido m√°s disparos- razon√≥ C√©sar  Ő∂  Deben de estar negociando.

 Ő∂   ¬°Co√Īo, C√©sar¬° En algo ten√≠a raz√≥n Carmenhemberg, all√≠ afuera no debe de estar SWAT, all√° est√° la Guardia Nacional o la Polic√≠a Nacional Bolivariana y van a arreglar esto como arreglan todo. Estos malandros nos van a matar antes que los maten a ellos, si no es la polic√≠a la que nos mata en el tiroteo.

Gladys intent√≥ ponerse en pie tan r√°pido como pod√≠a y trabajosamente lo logr√≥, impulsada por la rabia, el √ļnico afecto que pod√≠a construir cuando enfrentaba sostenidamente la frustraci√≥n. ‚Äú¬°No todos los polic√≠as son como ustedes dicen, yo he conocido polic√≠as muy buenos!‚ÄĚ Record√≥ a un andino, seguramente tachirense, de unos cuarenta a√Īos, sentado en la sala de su casa con los antebrazos descansando en sus piernas y ligeramente inclinado hacia ella, esperando pacientemente su versi√≥n de lo ocurrido; record√≥ a su vecina de toda la vida d√°ndole una infusi√≥n de tilo; record√≥ los llamados de su madre desde su cuarto de inv√°lida, record√≥ a dos vecinas m√°s, ‚Äútranquila Gladys, nosotras la estamos atendiendo, t√ļ tranquila‚ÄĚ; record√≥ una sensaci√≥n de vac√≠o en el est√≥mago y un aturdimiento general, sus vecinas, sus vecinas habl√°ndole al hombre, ‚Äúyo la o√≠ gritar y despu√©s el golpe‚ÄĚ, su madre que no paraba de llamar, gritaba su nombre como siempre, ‚Äúvi pasar una sombra por la ventana, muy r√°pido‚ÄĚ, ‚ÄúAy, mi amor, ¬Ņy si te tomas uno de los tranquilizantes de tu mami?‚ÄĚ; record√≥ la expresi√≥n serena del andino, su tono suave: ‚Äúimagino c√≥mo se siente, pero quisiera que me contara lo que pas√≥.‚ÄĚ Gladys record√≥ tambi√©n que el carill√≥n de pared de la sala anunci√≥ in√ļtilmente las dos de la tarde.


La voz del detective fue como un hilo que la condujo de nuevo a la realidad. Se reconoci√≥ en los espacios de su casa, abarrotada de gente, con su cu√Īado que acababa de llegar de Valencia parado en mitad del comedor, con sus vecinas de toda la vida tratando de encontrar los medicamentos de su madre, con el polic√≠a judicial sentado en el sof√° y dos agentes m√°s en el balc√≥n, pero era su casa, estaba posegura. Tambi√©n pod√≠a organizar los hechos con m√°s claridad con la visita semanal de La Nena: ‚ÄúGladys , tienes este cuarto lleno de polvo, eso le hace da√Īo a mam√°. Con esa lentitud tuya no se puede. No, ni√Īa , yo no tengo est√≥mago para limpiar esa escara, t√ļ eres la que sabe de eso. Dile que se calme, que me vuelve loca con esos gritos! ¬°Pero c√°mbiale esa s√°bana! ¬ŅD√≥nde est√° el Gerdex? Yo lo busco. Si vamos a esperar que t√ļ vayas no se termina nunca.‚ÄĚ Y el Gerdex estaba en el armarito del balc√≥n, y hac√≠a falta montarse en el banquito para alcanzarlo, y La Nena llam√≥ a gritos, pero los gritos de la demencia son m√°s obstinados, m√°s urgentes que cualquiera, no dejan lugar para otros gritos.


 Ő∂ Yo no sent√≠ nada, yo estaba atendiendo a mam√°. Ella grita todo el tiempo, y cu√°ndo se le hace el aseo, grita m√°s. La Nena fue a buscar el antis√©ptico para la escara, y despu√©s la vecina empez√≥ a tocar el timbre‚Ķ fue cuando me dijeron. Yo no s√©, no s√© qu√© pas√≥‚Ķmi hermana‚Ķ

  Ő∂ Entiendo, se√Īora Gladys- dijo el P.T.J.- Todo indica que perdi√≥ el equilibrio y cay√≥, con la mala suerte que fue hacia la baranda, que es muy baja. Hay muchos tr√°mites que hacer, por las circunstancias del deceso. No se preocupe, su cu√Īado puede hacerlo solo. ¬ŅUsted tiene quien la acompa√Īe hoy?

 Ő∂Ő∂  Se√Īora Gladys, los polic√≠as ya no son como los que usted conoci√≥ Ő∂  dijo Oneida. Lo que debe de estar afuera es la misma gente de las O.L.P. Mi mam√° es de la Cota Mil, se√Īora Gladys, esa gente entra sin importarle nada, no importa si eres malandro o no, ellos disparan. Simplemente entran y disparan.


Una mota de polvo corr√≠a por las rejillas del extractor como una pelota de pinball  casi ingr√°vida, se enredaba temblorosa con la costra de polvo del peque√Īo enrejado, se liberaba y volv√≠a a tramarse con la mugre de la rejilla. Apenas un chorrito de aire pod√≠a salir por la toma. El aumento de la temperatura y de la humedad espoleaba el olor producido por la colonia de chiripas tras las cajas de cart√≥n; hac√≠a. Al calor grotesco y repugnante a la humedad. C√©sar nunca hab√≠a observado en detalle la decadencia del amarillo de las paredes; no solo eran las manchas de humedad, la pintura se hab√≠a degradado, adquiriendo una opacidad que resaltaba m√°s el sucio, se hac√≠a una con el color de las carpetas de manila que hab√≠an ido a envejecer sobre los archivadores y parec√≠an escamas de la pared. ‚ÄúHace calor‚ÄĚ, dijo sin darse cuenta.

‚Äď A ese extractor no le hacen mantenimiento desde que se fue el loco Zamora- respondi√≥ Troncone  Ő∂  pero de calor no nos vamos a morir, Don‚Äôt worry.

  Ő∂  ¬°Carajo, pero alguna vaina tenemos que hacer! 

 Ő∂  Y ¬Ņqu√© vamos a hacer, C√©sar? ‚Äď respondi√≥ Oneida- ¬ŅVamos a forzar la puerta esa y vamos a enfrentar a los tipos con las manos?

‚Äď Yo no s√© ustedes  Ő∂  advirti√≥ Troncone- pero yo, no me voy a dejar matar.

 Ő∂  ¬ŅY si trancamos la puerta con los archivadores?  Ő∂ pregunt√≥ Oneida mientras intentaba inclinar un poco uno de los muebles para calcular su peso. La maniobra resalt√≥ los m√ļsculos de sus piernas y desencaden√≥ toda la firmeza de sus gl√ļteos contra el vestido ajustado. C√©sar se reproch√≥ profundamente el haberse abstra√≠do de las circunstancias para entregarse, como todos los d√≠as laborables, a la ext√°tica observaci√≥n de Oneida ¬ŅCu√°ntos a√Īos hab√≠an pasado desde el primer d√≠a? ¬ŅPor qu√© jam√°s hab√≠a reunido el valor para decirle nada? ¬ŅAlejandra? No, hac√≠a tiempo que Alejandra no contaba. Era √©l. Era el p√°nico que embargaba a las palabras adecuadas y las pon√≠a en fuga cuando ella estaba cerca. Se vio sorprendido por su mirada cuando Oneida termin√≥ la maniobra y volte√≥ hacia √©l, se sinti√≥ descubierto y avergonzado. ‚ÄúEso puede que los demore un poco en entrar la puerta, pero no los va a detenerňģ balbuce√≥, para tratar de verse natural.


 Ő∂  Es mejor eso que nada, C√©sar Ő∂  respondi√≥ Oneida.

 Ő∂  Ella tiene raz√≥n my doctor, si no puede empujar por el co√Īazo, al menos ayude quitando las carpetas de la parte de arriba, hay que mover esto sin hacer bulla, ay√ļdame Calder√≥nŐ∂ dijo Troncone, mientras se desabrochaba los pu√Īos de la camisa.


Troncone y el mudo Calderón tomaron el primer archivador desde la base para llevarlo hasta la puerta. Era un mueble metálico pesado, capaz de hacer un escándalo al menor golpe contra otra pieza de metal, por lo que el traslado era lento y trabajoso. Durante el breve recorrido la gaveta superior casi se sale y va a dar al suelo, pero Oneida fue muy rápida y saltó sobre ella a tiempo de evitar el ruido, de forma que estaban los tres sosteniendo el archivador cuando escucharon el disparo, fue uno solo, aislado. Todos pensaron nuevamente en Carmenhemberg.

Capítulo VII

Con memoria alfanumérica.

¬°Az√ļ√ļ√ļ√ļ√ļ√ļ√ļ√ļ√ļ√ļ√ļ√ļ√ļ√ļ√ļ√ļ√ļ√ļcar!, grit√≥ Celia Cruz desde las profundidades del Sony.¬°Ya funciona! ¬°B√°jale el volumen, que nos van a escuchar! ¬°Esos carajos no pueden o√≠rnos! ¬°Se apag√≥! ¬°Kimbarakimbarakirakinbamba, Kimbarakimbarakirakinbamba! ¬°Hay que buscar noticias! ¬°Dejen trabajar a Troncone! ¬°Se volvi√≥ a apagar! ¬°Kimbara! ¬°Revivi√≥!

‚ÄúShut up! ¬°Yo s√© hacer mi vaina, carajo!ňģ Grit√≥ Troncone, confiado, perito, primer lugar en su curso de electr√≥nica, amigo traidor de Salkran. Luego sac√≥ una goma de mascar de su boca y, parsimoniosamente, rode√≥ con ellas dos cables que deb√≠an permanecer aislados. ‚ÄúEst√° listo‚ÄĚ. 

‚Äú¬ŅQuedar√° alguna emisora que d√© noticias?‚ÄĚ Se pregunt√≥ a s√≠ misma Oneida en voz alta, y Troncone comenz√≥ a acariciar algunas piezas del Sony, que ya le obedec√≠a ciegamente, hasta que la se√Īal de Radio Rumbos lleg√≥ al radio y llev√≥ al cuarto amarillo el franco reclamo de una voz varonil y contundente a una mujer: ‚Äú¬°asesina, asesina, bandolera, sinverg√ľenza, mala espina, traicionera!ňģ ‚ÄúEra una voz del carajo, chico, una aproximaci√≥n √ļnica. No era la voz correcta, ni el estilo equilibrado de Felipe Pirela, que parece una vaina sacada del clasicismo. Tampoco la cosa aterciopelada de Jos√© Luis Rodr√≠guez. Este carajo, se paraba a cantar y era a sentar de culo a todo el mundo. Una vaina potente, un torrente de metal l√≠quido y, co√Īo, un estilo que no se hab√≠a visto nunca.‚ÄĚ

‚Äď S√≠, yo me acuerdo, German Fernando, Renny lo presentaba a veces  Ő∂  suscribi√≥ el Dr. Garrido desde la barra- era un carajo arrecho. Ő∂  El Dr. Garrido hab√≠a sido compa√Īero de estudios del Loco Zamora e impart√≠a clases de Derecho Romano en la Universidad Santa Mar√≠a. Con su calva de monje, cejas gruesas y arqueadas, nariz alargada, profundos surcos nasogenianos y sus ojos grandes y saltones, ten√≠a cierto aire a los personajes que la televisi√≥n y el cine nos han hecho imaginar como doctos romanos. Era tambi√©n la √ļnica voz dentro del castillo que pod√≠a suscribir o contrariar las opiniones de Zamora, quien imperaba en la mesa central de aquel alc√°zar con muralla frontal, dos torres y un ca√Ī√≥n de hojalata  apuntando hacia el este por entre las almenas, como esperando una invasi√≥n filibustera que, en lugar de tomar el camino de los espa√Īoles, iba a venirse derechito por la autopista Francisco Fajardo, ansiosa de saquear las cavas de la Cervecer√≠a El Torre√≥n; ese formidable baluarte kitsch enclavado en la Avenida P√°ez de El Para√≠so.

‚Äď √Čl tambi√©n compon√≠a, y se las ingeniaba para conseguir unos arreglos muy buenos, futuristas de bolas.

‚Äď Yo no lo conoc√≠a ‚Äď dijo la joven Oneida, sentada a la derecha de Zamora, incrustada en el grupo de conversadores usuales, bastante mayores que ella, en su mayor√≠a abogados graduados; una condici√≥n que luc√≠a como un obelisco desde su posici√≥n de estudiante de primer a√Īo de Derecho.

‚Äď Casi nadie, amor  Ő∂  le respondi√≥ Zamora, frunciendo el ce√Īo mientras sonre√≠a, adquiriendo la expresi√≥n del demonio que se hab√≠a hecho de su alma desde hac√≠a un par de meses Ő∂  El tipo ten√≠a problemas de comportamiento, quiz√°s problemas mentales. Tuvo una juventud disoluta y , ya como artista, al parecer era impredecible. Por eso, se disip√≥ de la escena, al igual que su trabajo. ¬°Nada m√°s Alfredo Churi√≥n y los due√Īos de esta vaina pueden tener una cinta de ese carajo! Garrido, dile ah√≠ al chamo que lo ponga otra vez.

‚Äď Mauricio, ¬°vu√©lvemelo a poneeeeeeeeeeeeeee√©! ‚Äď brome√≥ Garrido e hizo desaparecer su trago de un tir√≥n, como si se tratase de un gesto aleg√≥rico a Germ√°n Fernando.

Desde un rinc√≥n de la barra, otro de los asiduos a El Torre√≥n, qui√©n hab√≠a escogido el sitio como lugar para abstraerse diariamente en un crucigrama eterno, y que por alguna extra√Īa raz√≥n encontraba en esas conversaciones escandalosas un acicate a su concentraci√≥n, pregunt√≥: ‚ÄúDr. Zamora, ¬ŅCu√°l es la capital de But√°n?‚ÄĚ

‚Äď ¬ŅNo es Timb√ļ la vaina?

  Ő∂ S√≠, Timb√ļ es‚Ķcinco letras.

  Ő∂ ¬ŅC√≥mo sabes t√ļ esa mierda, co√Īo? Ő∂  Pregunt√≥ Oneida impresionada.

‚Äď Mi amor, t√ļ est√°s aqu√≠ sentada con el grupo de expertos en guevonadas in√ļtiles m√°s arrecho de este pa√≠s. Por cierto, se me olvidaba. ‚Äď el loco Zamora sac√≥ de su malet√≠n una cajita y la puso frente a Oneida ‚ÄúFeliz cumplea√Īos, negra‚ÄĚ.  ‚Äú¬°Na guevon√°!‚ÄĚ, dijo con una sonrisota Garrido, mientras Oneida sacaba un tel√©fono celular negro, de unos 12 cent√≠metros de alto por cinco de ancho, con una pantalla m√°s alta que las comunes, dotada adem√°s de una facultad √ļnica: la capacidad de albergar textos. 

‚Äď ¬ŅEse es el Elite? -pregunt√≥ el muchacho del crucigrama.

‚Äď El mismito- Respondi√≥ Zamora y se explay√≥ en un canto a la elegante pieza tecnol√≥gica, para la fecha no solo √ļnica con teclado alfanum√©rico, sino adem√°s singular en su capacidad para vibrar al recibir una llamada y reconocer el nombre de quien llama, siempre que est√© registrado en el novedoso directorio. ‚ÄúUn aparatico hermoso y avanzado. Si te lo metes en un bolsillo no se nota. Voy a programar mi n√ļmero en el bot√≥n uno, lo pisas, negra y ah√≠ me tendr√°s‚ÄĚ. Le dijo a Oneida mientras le daba muy cerca de la oreja un beso ya demasiado embriagado, salivoso y torpe como para ser grato.

El Elite despach√≥ satisfactoriamente sus atributos de calidad durante todo un a√Īo: elegancia, discreci√≥n, capacidad para propiciar oportunidades de ufanarse. Todas, excepto garantizar la promesa de disponibilidad jurada sobre el n√ļmero uno del teclado alfanum√©rico. Particularmente aquella ma√Īana en la que Zamora no hab√≠a llegado faltando dos minutos para la intervenci√≥n, en la que contest√≥ solo despu√©s de m√°s de una hora de insistir y respondi√≥ en una clave no descifrable para su esposa, pero cruelmente locuaz para Oneida: ‚ÄúNo, Garrido, no voy a poder ir, tengo una complicaci√≥n aqu√≠ en casa. Pero vayan comiendo ustedes, que yo voy a hacer todo lo posible por acercarme en la tardecita‚ÄĚ.

‚Äď ¬ŅVa a venir su acompa√Īante, ya estamos sobre la hora?

‚Äď No , no vendr√°.

‚Äď ¬ŅSuspendemos, entonces. Es un procedimiento fuerte, no debe salir sola.

‚Äď Dele doctor, que yo resuelvo. Deme un minutico para ver si puedo pedirle a una amiga que venga.

Pim, pom, pom. Las tres notas en la marimbita del locutor trajeron Oneida a la realidad. ‚ÄúLa zona ha sido acordonada por la polic√≠a y no hay tr√°nsito a la altura de la intersecci√≥n de la San Mart√≠n y la Santander.‚ÄĚ Pim, pim ‚Äď interrumpi√≥ la marimbita Ő∂  ‚ÄúUnidades de la polic√≠a cient√≠fica se dirigen hacia la zona. Seguiremos informando‚ÄĚ. Pim, pom, pom. ‚ÄúContinuamos con nuestro programa especial: una hora ininterrumpida con Lila Morillo, celebrando sus sesenta y un a√Īos de vida art√≠stica‚ÄĚ

-¬°Co√Īo de la madre! ¬°C√≥mo si no estuvi√©ramos lo suficientemente jodidos, una hora con Lila Morillo! ¬ŅVamos a estar una hora sin noticias de este peo por esa vaina?

‚Äď Calma, Oneida Ő∂  dijo C√©sar. Yo creo que hay buenas noticias. Por alguna raz√≥n al menos la cosa ya es noticia, quiz√°s por eso  la polic√≠a se ande con m√°s cuidado y esto no termine en mataz√≥n. Vamos a terminar de mover los archivos para dificultarles la entrada.

‚Äď ¬°Los archivos un co√Īo, C√©sar! T√ļ mismo le explicaste a Troncone que eso es una pendejada, igualito pueden dispararnos. Y con sa√Īa, porque van a estar arrechos por la paja de haberlos puesto. ¬°Ya estoy harta de cruzarme de brazos a ver qu√© pasa! ¬°No le voy a confiar mi vida a una vaina que desde el principio sabemos que va a fallar! Miren, esos malandros son unos cocosecos, unos pendejos que est√°n m√°s cagados que nosotros: nos dejaron aqu√≠, sin amarrarnos, sin revisarnos bien, en completa libertad para hacer cualquier cosa para defendernos. ¬ŅY nosotros no vamos a hacer nada? ¬°No me jodas!. Lo √ļnico que nos mantiene presos es una puerta cerrada y la incertidumbre de saber qu√© est√° pasando del otro lado. ¬°De verdad, podemos inventar cualquier vaina!

‚Äď ¬°Lo que es el no saber, caramba!- lament√≥ la se√Īora Gladys- Uno ni siquiera sabe cu√°ntos son los ladrones.

‚Äď Yo vi dos- Respondi√≥ Oneida categ√≥rica Ő∂  Uno me empuj√≥ y el otro le dio el cachazo en la cabeza a C√©sar. Son dos carajos. Tenemos que encontrar la manera de enfrentar a solo dos carajos.

‚Äď Y podemos hacerlo uno por uno- dijo C√©sar.

‚Äď ¬ŅC√≥mo as√≠, my doctor?

‚Äď Esa puerta es nuestras Term√≥pilas.

‚Äď ¬ŅC√≥mo? No se ponga con vainas latinas de Derecho, que no estamos para eso Ő∂  reclam√≥ Troncone.

‚Äď El pasillo es muy angosto y solo pueden pasar uno atr√°s de otro. Por unos segundos, justo antes de llegar a la puerta se tienen que poner uno atr√°s de otro. Para nosotros eso es m√°s ventajoso que tener que enfrentar dos tipos en distintos lugares. Adem√°s, si jodemos al primero muy r√°pido, tenemos el factor sorpresa a nuestro favor con el segundo.

 Ő∂  Aj√° doctor, ¬Ņy con qu√© los vamos a enfrentar?

‚Äď Mira, Troncone- dijo Oneida, se√Īalando a una caja que hab√≠a quedado descubierta durante la b√ļsqueda del radio.

Capítulo VIII

¡Qué fuerte, hijoerdiblo!

C√©sar estaba poni√©ndole hielo a su trago cuando entendi√≥ que su casa y √©l no eran opuestos; eran cosas simplemente ajenas la una a la otra, incapaces de definirse siquiera a partir de la negaci√≥n. Ya casi pon√≠a a punto su g√ľisqui, cuando la t√≠a Medarda interrumpi√≥ la sesi√≥n astrol√≥gica de Alejandra para referirse a ciertas cosas sobre Mercurio y sus alineaciones. El asunto no habr√≠a tenido mayor relevancia de no haber sido porque la se√Īora estaba por cumplir seis a√Īos de muerta y realiz√≥ su intervenci√≥n a trav√©s del cuerpo de Alejandra, dej√°ndola tiesa en posici√≥n de loto, con las pupilas en blanco y hablando con una vocecita de ni√Īita superdotada, esclarecid√≠sima y con absoluta paz interior. El trance fue repentino, un latigazo que interrumpi√≥ el discurso y la voz de Alejandra y que dej√≥ a todos en silencio, dilucidando si la l√≠der del grupo de astrolog√≠a y crecimiento estaba ensayando un aleccionador recurso de comunicaci√≥n, si estaban frente a una manifestaci√≥n paranormal, o si alg√ļn tumor prefrontal finalmente se hac√≠a escuchar. Solo C√©sar parec√≠a imp√°vido ante el fen√≥meno, sin apartarse del fondo de la cocina, moviendo el hielo de su g√ľisqui con el dedo √≠ndice. Pod√≠a intuir que el cerebro de su esposa no padec√≠a ninguna alteraci√≥n estructural, y dudaba de que se tratase de una manifestaci√≥n de la t√≠a Medarda, porque la buena mujer no hab√≠a tenido nunca la m√°s m√≠nima idea sobre astrolog√≠a; su voz no era la de una ni√Īita superdotada, esclarecid√≠sima y con absoluta paz interior, sino m√°s bien cavernosa y √°spera, debido a los a√Īos dedicados a la lectura del tabaco; y por √ļltimo, Medarda no pertenec√≠a a la parte espa√Īola de la familia de Alejandra, sino a la de El Tirano, por lo que dif√≠cilmente habr√≠a advertido ‚Äúen Mercurio retr√≥grado eviten tomar decisiones importantes aunque sea sobre cosas que les molen‚ÄĚ. 

‚Äú¬°Alejandra es materia!ňģ dictamin√≥ el pupilo Eduardo, quien hab√≠a acompa√Īado a su mentora en aquellos d√≠as de primeros intereses por trascender la astrolog√≠a para comenzar a investigar lo que denominaban el universo transpersonal, y que la t√≠a Merdada llanamente habr√≠a llamado vainas de brujos. Mientras Eduardo ped√≠a calma al grupo y preguntaba a la t√≠a si quer√≠a dejar un mensaje a su sobrina antes de partir, C√©sar decidi√≥ tomar una caminata.

En el inicio de los a√Īos 90, Parque Central ya no era el magn√≠fico complejo que se lleg√≥ a considerar ‚Äúel desarrollo urbano m√°s importante de Am√©rica Latina‚ÄĚ y que prefigur√≥ el auge petrolero, los ingenios gigantes de la industria pesada, la arrogancia petrodiplom√°tica, las saltadas de chacos, la obesidad del Estado, el g√ľisqui nuestro de cada d√≠a d√°noslo hoy, el azote de Somoza, la proliferaci√≥n del empleo improductivo, las plagiarias chaquetas a cuadros de Jimmy Carter y la proyecci√≥n de Caracas como referencia de la actividad cultural en el continente. Algunas interrupciones u omisiones en servicios que no deben desfallecer en un coloso como ese, hac√≠an prever el inicio del colapso, pero nadie pareci√≥ preocuparse demasiado; todav√≠a era un sitio vital, vibrante, m√ļltiple. En todo caso, a C√©sar le parec√≠a una feliz decisi√≥n haber comprado el apartamento all√≠; antes del aluvi√≥n esot√©rico el lugar hab√≠a sido un parque recreacional para Alejandra y √©l. Si bien en ciertos momentos les hab√≠a tocado evitar o ayudar a un indigente, o presentir fallidamente un asalto en alguno de sus meandros, tambi√©n hab√≠an disfrutado de privilegios como el cine, que no pocas veces exhib√≠a buenas pel√≠culas de autor; de los espacios del Museo Sof√≠a √ćmber y de la academia de danza donde Alejandra ‚Äúse redescubri√≥ desde su cuerpo‚ÄĚ (quiz√°s as√≠ haya empezado todo el asunto que hoy lo agobia). Hab√≠an invertido decenas de horas de curiosidad en el Museo Audiovisual, el Museo del Teclado y hasta una que otra en el Museo de Los Ni√Īos. Tambi√©n pudieron hacer buen uso de un Babel gastron√≥mico, en el que conviv√≠an bandejas paisas con risotos, pulpos a la gallega con tumbaranchos marabinos, vieiras al pernod con club houses. El pasillo subterr√°neo de Parque Central era un mosaico de casi todos los semblantes de la Caraque√Īeidad. Ahora, esa misma diversidad abrumadora era una puerta de escape, un lugar para caminar mientras la t√≠a Medarda, o Medarda, la t√≠a esa con reciente pasaporte transpersonal de la Comunidad Econ√≥mica Europea, dejaba un mensaje y se iba, la muy hijaerdiablo, gamberra.

El caf√© Catuche ser√≠a la trinchera desde la que resistir√≠a esa noche. Se sent√≠a un poco Humprey Bogart cada vez que iba solo. Le gustaba escuchar a Jes√ļs, el pianista, desde la barra; un se√Īor inici√°ndose en la vejez, que afrontaba con una entereza dign√≠sima su irremediable pase a la m√ļsica ambiental, ese espacio de int√©rpretes invisibles y aplausos muy ocasionales, m√°s cercanos a los buenos modales que al regocijo o a la admiraci√≥n. Sin duda, se trataba de un pianista eficiente y con ruinosos destellos de buen talento en los temas venezolanos. ‚ÄúAl maestro Aldemaro Romero le encantaban mis variaciones sobre Esta noche me voy a emborrachar con mi mujer‚ÄĚ , sol√≠a comentar cada vez que conversaba con C√©sar. Era una pieza obligatoria en su repertorio diario, la √ļnica que cantaba‚Ķpara angustia de Luis Asprino, el due√Īo del local. Porque los buenos trances que Jes√ļs llegaba a alcanzar en el piano, no ten√≠an ning√ļn equivalente en el terreno vocal. Su canto era un rumor sordo que ocasionalmente estallaba en agudos destemplados: ‚Äúqui√©n es usteeeeeeeeeeeeed, con mi mujeeeeeeeeeeeeeer, y cant√©e√©√©√©√©√©√©√©, de esas que yo me s√©√©√©√©√©√©√©√©‚ÄĚ. Como previsi√≥n sistem√°tica, al terminar la canci√≥n, Asprino ‚Äď que era un bonach√≥n- se acercaba al piano, le daba una c√°lida palmadita en el hombro y le dec√≠a, ‚Äúes tocandito, Jes√ļs, es tocandito‚ÄĚ.

‚Äď ¬ŅT√ļ por aqu√≠ un lunes en la noche, C√©sar?- Le dijo Asprino ganoso de conversaci√≥n  mientras le serv√≠a un trago.


‚Äď S√≠, una t√≠a de mi esposa que vino de visita. Las dej√© solas para que conversaran- En ese momento, Jes√ļs comenz√≥ a cantar el tema de Aldemaro Romero y C√©sar Marino tuvo la certeza de que nunca m√°s habr√≠a una noche en la que se fuese a emborrachar con su mujer. Ő∂ Luis, d√©jame aqu√≠ la botella.

‚Äď ¬ŅQu√© vamos a hacer con unas botellas?

‚Äď Estas son botellas de productos de limpieza- respondi√≥ Oneida mientras revisaba la caja que acababa de se√Īalar a C√©sar- Esto es cloro, se lo echamos en los ojos  y los cegamos.

La falda media rota del vestido de Ondeida -agachada junto a la caja- volv√≠a ce√Īirse al muslo y actuaba como un cilicio en la consciencia de C√©sar, era un momento de vida o muerte y no de fantas√≠as rijosas. Se pregunt√≥ si su bisabuelo Carlos, que seg√ļn su mam√° hab√≠a combatido en casi todos los bandos de casi todas las guerras civiles y levantamientos que vivi√≥, habr√≠a pensado antes de cargar en las nalgas de la negra que tom√≥ por esposa casi el mismo d√≠a que desembarc√≥ en Cuman√°, quiz√°s con unos 300 a√Īos de retraso, pero con el √°nimo de hacer fortuna intacto, as√≠ fuera a sangre y fuego. √Čl, por su parte, hab√≠a pensado recurrentemente en Oneida, casi desde el d√≠a de su llegada: ¬ŅC√≥mo iba a habitar esa muchacha de sonrisa franca y ojos miel tan vivaces en el tr√°fago repetido que constitu√≠a y limitaba inapelablemente la vida del funcionario? Parec√≠a estar entusiasmada por el hecho del tener la vida por delante. ¬ŅVendr√≠a solo por un tiempo, movida por los indiscutibles beneficios econ√≥micos de la legal repartici√≥n de buena parte de lo recaudado entre los miembros de la notar√≠a? ¬ŅLa idea mortuoria de forjarse una jubilaci√≥n estar√≠a en su mente? Sin dudar, era un trabajo de estudiante y ya, alguna hija de un amigo del Dr. Zamora a quien este le hab√≠a conseguido una oportunidad para pagar sus estudios nocturnos, por algo la orientaba tan diligentemente.

La contemplaci√≥n provoca ideas y el ego se resiste a dejarlas libres por el mundo. La mayor√≠a de las hip√≥tesis de C√©sar sobre los comportamientos de Oneida terminaban pegoteadas a la temblorosa conclusi√≥n de que alg√ļn atractivo encerraba √©l para la joven, y daban acceso a un ej√©rcito invasor de preguntas insilenciables que continua y aut√≥nomamente se formulaban en su consciencia, como si estuviese condenado de por vida a reproducir el final de un cap√≠tulo de radionovela: ‚Äú¬Ņpor qu√© siempre me lleva caf√© tan amablemente; ¬Ņpor qu√© se esmera tanto en arreglarse? no puede ser para Troncone; ¬ŅEn verdad est√° tan interesada en su carrera? Pareciera que las preguntas sobre Derecho son una excusa para hablarme‚ÄĚ. Eran los d√≠as de gloria con Alejandra cuando estas dudas empezaron a asentarse en su mente, quiz√°s por ello lo hicieran de manera tan inadvertida y pudieron manejar tan sutilmente y con absoluto anonimato decisiones como la compra de una corbata o un perfume nuevo. Con la aparici√≥n de la t√≠a Medarda, el brillo de Oneida en la mente de C√©sar estall√≥ cegadoramente, se transform√≥ en entusiasmo matutino, en afeitetadas rigurosas y compras de dulcitos muy agradecidos por los caf√©s, en fantas√≠as masturbatorias. Pero tambi√©n se transform√≥ en torpeza, en dificultad para acercarse, en mudez.

 Ő∂  H√°blame C√©sar, co√Īo!
 Ő∂  No s√©‚Ķun balde con cloro, parece muy poca cosa.
‚Äď ¬°Es mejor que ese poco de archivos in√ļtiles!
‚Äď Bueno, ya va- razon√≥ C√©sar- Pongamos las ideas en orden. ¬ŅQu√© tenemos? Coincido contigo en que los tipos son unos improvisados y que nos han dado muchas ventajas. Por otra parte, tenemos que lograr alguna forma de sorpresa. ¬ŅAlguien tiene alguna idea.

Todos quedaron en silencio . ‚ÄúAy mo√Īongo, ay mo√Īongo, que contenta yo as√≠ me lo pongo‚ÄĚ, confes√≥, en volumen muy bajo, Lila Morillo, antes que Troncone silenciara por completo al Sony.

 ‚ÄúHacer parecer cercano lo distante y distante lo cercano, dice Sun Tzu‚ÄĚ coment√≥ C√©sar.  ‚ÄúEllos lo que pueden esperar es que intentemos evitar que abran la puerta, como efectivamente hemos estado pensando. Entonces abr√°mosla con fuerza.ňģ


Tres cuadras median entre la estaci√≥n Artigas y la torre Maracaibo, y eran m√°s que suficientes para que la entereza de cualquier decisi√≥n de abordar francamente a Oneida se desvanecieran en montones de dudas que se multiplicaban geom√©tricamente hasta cegar por completo la mente de C√©sar y devolverlo al ‚Äúbuenos d√≠as Oneida, gracias por el caf√©‚ÄĚ. Hab√≠a tramado para √©l mismo un argumento reconfortante, seg√ļn el cual, a su inhibici√≥n se asociaba un efecto de presencia sutil que poco a poco ir√≠a sumiendo a Oneida en el sopor de un amor progresivo e inevitable; era una estrategia de largo aliento, que por cierto ya hab√≠a consumido un par de a√Īos. 


En una noche en el Caf√© Catuche, su amigo Asprino, hombre a quien la barra le hab√≠a forjado una aguda capacidad diagn√≥stica sobre asuntos de la vida, le dio su dictamen: ‚Äúde esa muchacha t√ļ ya eres un amigo profesional‚ÄĚ . Su prognosis no fue menos grave, ‚Äúo haces una vaina que la sorprenda y que rompa por completo el acomodo de las piezas con las que has venido jugando o te jodiste.‚ÄĚ Por eso ese d√≠a llevaba en el bolsillo una virgencita confeccionada en tres tipos de oro y esmeradamente envuelta para regalo. Hab√≠a visto a diversas patronas acaloradas entre los senos de Oneida, y a su juicio, esta, que hab√≠a comprado el fin de semana las superaba en belleza y elegancia a todas. Se hab√≠a acicalado debidamente para la entrega y la declaraci√≥n: corte de cabello juvenil, guayabera de lino azul aguamarina, pantal√≥n beige y mocacines Rossi.


Las primeras horas del d√≠a fueron decepcionantes: el caf√© lleg√≥ y fue agradecido con un caramelito; el ‚Äúest√°s muy lindo hoy, C√©sar‚ÄĚ, fue correspondido con un gracias timid√≠simo y con un repliegue aterrorizado, y la envoltura de la virgencita se malogr√≥ con el sudor de la mano de C√©sar, que la sujetaba en su bolsillo como se sujeta a una navaja oculta ante la inminencia de una pelea que, en el fondo, desea evitarse a toda costa. Pero no iba a haber un d√≠a m√°s de justificaci√≥n frente a Asprino; no hab√≠a aprovechado los acercamientos de Oneida y era neC√©sario irla a buscar, aunque se molestara inicialmente, como cada vez que alguien tocaba la puerta del cuarto amarillo para interrumpir su trabajo. La decisi√≥n lo conturb√≥, por lo que se llev√≥ varias magulladuras al tratar de escapar de su escritorito, ignor√≥ el llamado de la se√Īora Gladys, que seguramente involucraba una larga consulta, avanz√≥ decididamente por el pasillo y entreabri√≥ lentamente la puerta. En ese momento decidi√≥ retroceder en silencio; habr√≠a sido inoportuno interrumpir al Dr. Zamora, que embest√≠a el escritorio con los pantalones abajo, y con los elegantes tobillos de Oneida en sus hombros.

Capítulo IX

Death and taxes.

El Saba American Bar era una extensi√≥n de la caja tor√°cica de James Kee. Sus risotadas resonaban en toda la hidra de perfumes melosos, aromas de tabaco y olores de desinfectantes, arrinconando a la m√ļsica y correteando a las conversaciones de los otros clientes, que deb√≠an conformarse con la compa√Ī√≠a de las chicas menos demandadas. Las muchachas V.I.P se concentraban en que el musi√ļ siguiera carcajeando, bebiendo litros de guisqui, obsequiando sidra a precio de Dom P√©rignon y repartiendo propinas. Sus brazos abarcaban toda la extensi√≥n del sof√° semicircular que ocupaba y recib√≠an palmaditas reprobatorias de √Āmbar y Kristal, quienes nunca hab√≠an escuchado rugidos de felicidad como esos, que solo pod√≠an caber en ese tejano de dos metros quince. Kee nunca pag√≥ por sexo, se dec√≠a que despu√©s de cada farra, regresaba solo al local a la hora del cierre y se iba con dos o tres chicas que deseaban entregarse al placer autojustificado y gratuito con aquel tipo desenfrenado que hab√≠a contra√≠do las furiosas fiebres hedonistas del tr√≥pico. Pagaba por beber, por obsequiar diversi√≥n a sus amigos, y recientemente hab√≠a pagado por una concurrida iniciaci√≥n sexual para Roger Troncone, pero sobre todo, pagaba por escuchar las historias de Olga, quien sol√≠a ser llamada de su retiro cada vez que Mr. Kee anunciaba visita. Por alguna raz√≥n, Olga hab√≠a descifrado el conjuro de la risa de Kee, y por eso el gringo se aseguraba siempre de encontrarla en el lugar.

‚Äď ¬°Co√Īo, James, si te sigues riendo no puedo terminar de contar la vaina!‚ÄĒ dijo Olga, la pr√≥stila de mayor trayectoria del local‚ÄĒ  Era colombiano, nos contact√≥ a trav√©s de un cliente que ten√≠a negocios en Valledupar. Lo arrecho es que ni pinta de √°rabe ten√≠a, parec√≠a un tipo cualquiera. En Caricuao das una patada y te salen veinte igualitos. Y d√≠game yo, con esta pinta de Pastore√Īa, era una de las esposas, supuestamente la favorita. Ten√≠a que estar siempre atr√°s de √©l, pero no deb√≠a hablar con nadie- Kee vomit√≥ otra carcajada y luego pregunt√≥ entre lagrimas y con la respiraci√≥n entrecortada: ‚Äú¬ŅY de que pa√≠s √°rabe se supon√≠a que eras?‚ÄĚ.

‚Äď Yo no conozco esa vaina, musi√ļ, que co√Īo voy a saber. Yo iba calladita con mi velo y mi trapero Ő∂  El lugar volv√≠√≥ a temblar con la risotada de Kee-¬°Fuck!

El joven Troncone no encontraba mayor gracia en el asunto, su concepto de odalisca, que fue el t√©rmino que us√≥ Olga, era el de una mujer √°rabe bien buena, como las presentaban algunas viejas pel√≠culas de los a√Īos cuarenta y cincuenta en la televisi√≥n local, y Olga debi√≥ de haber estado buena. Tampoco ve√≠a nada extraordinario en que un colombiano, fingiendo ser un jeque √°rabe, hubiese estafado a media √©lite econ√≥mica venezolana, b√°sicamente porque el ven√≠a de un mundo donde las moscas pod√≠an mutar a hormigas, un hombre mono peleaba contra las momias del √Āvila y su excompa√Īero de bachillerato, Carlo Giusto hab√≠a logrado aprobar ya varias materias de Ingenier√≠a en una Universidad privada con m√°s prontuario que reputaci√≥n.

‚Äď Nos reunimos en Aruba, donde el tipo nos dio las instrucciones. Nunca nos dijo su nombre, se present√≥ como El jeque. Fue muy amable y nos dio la mitad del dinero prometido, pero tambi√©n nos dijo que si abr√≠amos la boca, sus amigos -dos gorilas inmensos que jam√°s dijeron una

palabra  Ő∂  nos lo iban a quitar y que adem√°s lo √≠bamos a lamentar. Agarramos el avi√≥n privado y aterrizamos en Maiquet√≠a. Yo no s√© c√≥mo co√Īo hizo ese carajo, pero nos estaba esperando un funcionario de la Canciller√≠a. ‚Äú¬°De la Canciller√≠a! ¬°Es como si fuera el Departamento de Estado, Roger!‚ÄĚ dijo Kee como preludio a otra carcajada. Tan familiar se le hac√≠a ya el muchacho, que inconscientemente juzgaba que su afecto le hab√≠a implantado algo de sus propias formas de entender la realidad y algo de su propia historia. Para Kee, Roger deb√≠a de entender lo que era el Departamento de Estado, como entend√≠a lo que eran las panquecas con las que desayunaban antes de ir a las reuniones del grupo de rescate. ‚ÄúPasamos sin peo ‚ÄĒcontinu√≥ Olga‚ÄĒ y llegamos al Hilton. El Jeque ya hab√≠a entusiasmado al due√Īo de unas minas de Guayana y el tipo le hab√≠a regalado unos frascos llenos de pepitas de oro. ¬°Comienza a ese loco a repartir pepitas de oro de propina! Bueno, la locura. Toda Caracas quer√≠a conocer al jeque.

-¬ŅPero era oro real, Olga? ‚Äď pregunt√≥ Kee.

‚Äď De bolas que era real, esas pepitas fueron a parar a cada escritorio importante de la ciudad, era una prueba de que El jeque no estaba hablando paja. Junto con las pepitas lleg√≥ la noticia de que El jeque quer√≠a invertir m√°s de 200 millones de d√≥lares, y todo el mundo vio una oportunidad de negocios. Con el otro frasco el pana organiz√≥ una rumba arrech√≠sima en el Hilton. El fue de traje y corbata, pero nosotras fuimos atr√°s de √©l, vestidas de princesitas √°rabes- Nuevamente la vida de Kee limpi√≥ de conversaciones el ambiente. ‚ÄúPero, ¬°c√≥mo van a pensar en un harem como el de pel√≠culas! ¬Ņnadie sospech√≥ nada?‚ÄĚ

‚Äď Bueno, hubo un momento en el que s√≠ nos asustamos, porque se present√≥ un se√Īor gordo, que parece que s√≠ sab√≠a de Arabia por la cosa petrolera y le empez√≥ a preguntar sobre familias √°rabes. Por primera vez vi al colombiano inc√≥modo. Entonces a la turca, que le dec√≠an as√≠ porque hac√≠a danza del vientre, se le ocurri√≥ ponerse a bailar frente al se√Īor, y el colombiano hizo como si estaba embebido con el baile. El que hac√≠a de asistente del jeque aprovech√≥ para presentarle al gordo un g√ľisqui car√≠simo que tra√≠a en un malet√≠n y pidi√≥ para servirlo. Ah√≠ se fue la conversaci√≥n por otro lado y El jeque se fue a la pista a bailar salsa. De ah√≠ en adelante todo fue f√°cil y r√°pido. Los empresarios le llenaron la habitaci√≥n de maletines con dinero para arrancar los negocios. El √ļltimo d√≠a se fue de compras y pas√≥ cheques sin fondos por relojes, trajes a la medida que se los hicieron en horas y cuanta vaina quiso. A la ma√Īana siguiente no quedaba rastro del Jeque, maletines  ni nosotras. Yo pas√© dos a√Īos en Colombia viviendo como una reina y despu√©s me devolv√≠ tranquilaza.

‚Äď ¬ŅLa polic√≠a nos los busc√≥.

‚Äď Caracas crey√≥ porque quiso creer y olvid√≥ porque quiso olvidar. ¬ŅQui√©n co√Īo iba a denunciar nada? ¬ŅQui√©n quer√≠a reconocer p√ļblicamente que hab√≠a sido tan bolsa, gringo?

‚Äď ¬°Este pa√≠s es maravilloso, Roger¬° ¬°What a country!  ¬°Olga, nos acab√≥ el g√ľisqui, pide otra que estamos celebrando por Roger otra vez!

Olga hizo una se√Īa al mesonero mientras miraba con picard√≠a a Roger: ‚Äú No me digas que quedaste fallo de la vez pasada, pr√≠ncipe‚ÄĚ, le dijo a Roger, y el comentario fue como una orden para √Āmbar y Kristal, que serpentearon de los brazos de Mr. Kee a los predios de Roger Troncone. √Āmbar era una negra de la costa colombiana, de cuerpo firme, y vol√ļmenes generosos, distribuidos en proporciones perfectas. Hab√≠a sido la maestra de ceremonia de la iniciaci√≥n del muchacho; bail√≥ desnuda frente a √©l mientras dirig√≠a a dos chicas m√°s -muy j√≥venes- en el proceso inici√°tico. La propia Olga hab√≠a seleccionado a las jovencitas: con relativamente poco tiempo, pero no inexpertas: que no destilaran mucha sapiencia, ni dejaran ver el desgano de las m√°s curtidas o la incomodidad de las novatas. Nada que inhibiera al protegido de James Kee: ‚Äút√ļ me le vas a bailar y supervisas que me traten bien al carajito‚ÄĚ, instruy√≥ a √Āmbar en su momento. Kristal, era tambi√©n voluptuosa, pero peque√Īita, rubia improvisada sobre piel cobre de Naiguat√°, y con unos deseos de facturaci√≥n inmediata que desafinaban un poco en el concierto de Olga. Puso sus labios en la oreja de Roger para susurrarle de una manera que terminaba siendo m√°s asm√°tica que sexy, ‚Äúpapi, yo no estuve en esa fiesta tuya, ¬ŅC√≥mo te gusta? A m√≠ me gusta arriba‚ÄĚ.

-No, no, muchachas, no. Nos tomamos dos rondas m√°s y nos vamos. Precisamente la celebraci√≥n es porque Roger entra en el grupo de rescate ya en serio y ma√Īana tiene que estar fresco, no me lo van a debilitar- dijo Kee antes de re√≠r de nuevo. 

‚Äď ¬ŅHas seguido con eso James? -pregunt√≥ Olga socarronamente- Dios no quiera, pero te vas a venir dando co√Īazo en esa vaina, gringo loco.

‚Äď Death and taxes, dear.

‚Äď Yo me le echo encima al primero. My doctor is right:  la misicurva del pasillo es muy estrecha y tienen que venir de uno en uno. Si neutralizamos al primero y lo mantenemos en el medio, el otro va a tener dificultades para disparar porque podr√≠a darle al compa√Īero. Es cosa de aprovechar la sorpresa, como dice el doctor. Aqu√≠ hay cosas con las que podemos hacer un arma: un pedazo de metal de los archivos, el palo de la escoba de las cosas de limpieza que encontramos‚ĶYo me le tiro encima al tipo para tratar de agarrar el arma y el doctor lo golpea con algo. Entre los dos le podemos quitar la pistola.

Oneida no pod√≠a reconocer a Troncone, lo sab√≠a disparatado y con afanes de protagonismos que terminaban resultando graciosos, tanto como su Ingl√©s envanescente o su Espa√Īol de uso privado. Jam√°s hab√≠a visto en √©l tanta determinaci√≥n ni esa mirada a la que no parec√≠a posible presentarle alguna oposici√≥n. ‚Äď Troncone, no seas loco, te van a matar.

‚Äď Death and taxes, honey!

Capítulo X

Sirenita.

¬ęY a estos ahora les dio por estar vivos, Calder√≥n. ¬ŅCu√°ndo nos mataron, Calder√≥n? ¬ŅCuando nos quitaron el bono, quiz√°s? No, yo creo que antes. Bueno, a m√≠ mucho antes, Calder√≥n, t√ļ ya sabes. Me da cosa contigo, t√ļ est√°s vivo, Calder√≥n. T√ļ no tienes nada que ver con papeles ni con sellos, que siempre son el mismo papel y el mismo sello. T√ļ tienes que ver con las cosas de los vivos, mudo: con el caf√©, con traer cachitos, con buscarnos cosas que vienen del mundo de verdad, cosas que pasan de verdad. Yo quiero que t√ļ salgas de esta y que te vayas. Vete mudo, que aqu√≠ no se sale realmente vivo. A menos, claro, que te agarren cobrando comisiones para ti solito, como a Troncone. Nadie te mete preso por eso, ni siquiera te despiden formalmente, porque lo que pasa aqu√≠ no le importa a nadie; te amenazan para que renuncies‚Ķ y yo creo que con eso te salvan.


Ya a m√≠ me toca morirme de verdad verdad, Calder√≥n, ya es necesario‚Ķya quiero, mudo. Yo nunca digo la fecha de mi cumplea√Īos. Soy como mi mam√°, que celebraba solo el d√≠a de su santo para no cumplir a√Īos, y ma√Īana es el d√≠a de mi santo: Santa Engracia. ¬°Gladys Engracia, qu√© ri√Īones, Calder√≥n! Llevo ya setenta d√≠as de San Engracia, setenta a√Īos, ¬Ņque vienen siendo como cu√°ntos?, ¬Ņcu√°ntos a√Īos suman los d√≠as de los que me acuerdo? ¬ŅQuince? ¬ŅDe qu√© te acuerdas t√ļ Calder√≥n? Uno no se acuerda de casi nada. Justamente ayer me encontr√© con Irama, mi compa√Īera del liceo; ¬°me cont√≥ tantas cosas que no recordaba! Uno conf√≠a la mayor parte de la vida al recuerdo de los dem√°s. A veces te los encuentras, te echan el cuento y te devuelven un poquito de tu vida, casi nuevecito, listo para que lo empieces a recordar. Mam√° empez√≥ disimulando que no se acordaba de algunas cosas: una receta, ir a hacer la compra de los lunes, lavar la ropa. La pobre, no quer√≠a que yo me diera cuenta. Se retocaba el peinado y el maquillaje desde despu√©s de almuerzo para esperarme arreglada, me dec√≠an mis vecinas. Imagino que ya no sab√≠a a cu√°l hora llegaba yo, que la siempre. La tarde se le hizo una sola cosa, una sola cosa indivisible y borrosa despu√©s del mediod√≠a. 

Se fue perdiendo poco a poco al principio, pero despu√©s fue muy r√°pido. Yo empezaba a rezar cuando me bajaba en Bellas Artes; me daba miedo llegar; la luz al final de las escaleras del metro me asustaba. Ella se pon√≠a peor en la tardecita y en la noche. Mi hermana pagaba a la muchacha que me la cuidaba hasta las cuatro, pero de ah√≠ en adelante era yo solita, sin comer, sin descansar‚Ķy sin dormir, cuando le daba por gritar en la noche. ¬ŅT√ļ sabes a quien le agradezco yo? Al general L√°zaro C√°rdenas. Yo no s√© qui√©n es ni qu√© hizo, pero hab√≠a una estatua de √©l frente a la casa. Aparec√≠a con una guayabera frente a un mes√≥n, y los muchachos le pon√≠an botellas de ron vac√≠as y vasos, como si fuera un borrachito. Eso me hac√≠a re√≠r antes de llegar al apartamento. Bueno, le agradezco a √©l y al otro se√Īor‚Ķno recuerdo el nombre, la estatua era de la cabeza nada m√°s. La placa dec√≠a: distinguido polemista mexicano, y las venas del cuello estaban prensad√≠simas. Yo pensaba que eso era de tanto polemizar y tambi√©n me daba risa. Pero la polemista, era mi hermana, Calder√≥n. Como ella pagaba las tres lochas que cobraba la muchacha que cuidaba a mam√° mientras yo estaba aqu√≠, pensaba que eso le daba derecho a criticarlo todo. Y pagaba era eso nada m√°s. Medicinas, comida, su ropita de cama, las s√°banas‚Ķtodo lo dem√°s era yo. Para ese entonces ten√≠amos el bono, pero t√ļ sabes que a m√≠ no me tocaba mucho, bueno, no lo suficiente para esos gastos.


Yo te quiero decir algo, Calder√≥n. Yo nunca he sido curera como La Nena o como mi mam√°. Dej√© de ir a la iglesia cuando se muri√≥ Fucho, no es que reniegue, es que dej√© de ir a cualquier lado. Mudo, yo me voy a morir hoy porque me voy a atravesar en esa puerta para darle chance a los muchachos de que agarren una pistola. No me mires con esa cara, mudo, y mucho menos quieras detenerme. Si me quieres, como yo creo que me quieres, no me vayas a detener y te vas a salvar t√ļ, porque yo no quiero llorar a m√°s nadie. Lo que s√≠ quiero mudo, es que me confieses. Como te digo, no creo en curas, mi confesi√≥n es con Dios, pero uno necesita soportar una mirada humana mientras dice sus pecados. La verg√ľenza no es decirlos frente a Dios, que ya los sabe, es decirlos frente a alguien. Y t√ļ me vas a escuchar, Calder√≥n, me vas a escuchar porque me quieres mucho. Yo s√≠ escuch√©, mudo. Con los enfermos con demencia pasa lo que con los muchachitos; uno conoce los gritos. Sabes si gritan porque algo les duele, o si es hambre o sed, o si gritan por gritar, porque ya se les olvid√≥ hablar y lo que les queda es el grito. Entonces, cuando sabes que es eso, que est√°n gritando por gritar, ya no escuchas el grito, es como si no estuviera. Mam√° estaba gritando como gritaba cada vez que la ba√Īaba en la cama y le hac√≠a la cura, ¬Ņc√≥mo me iban a distraer esos gritos que me sab√≠a de memoria?


La Nena, lleg√≥ como siempre llegaba: repartiendo besos y agarroncitos cari√Īosos a las vecinas. Esas pendejas le daban un parte de la salud de mam√°, como si ella fuera la que la atendiera. Ella aprovechaba el momento para hacer drama, para decir que le dol√≠a much√≠simo poder venir nada m√°s una sola vez a la semana, pero que no pod√≠a dejar de atender a su esposo, ese bolsa que no sabe hablar de otra cosa sino de lentes y letricas en la pared. Y las muy pazguatas dec√≠an ‚Äú¬°claro, claro‚ÄĚ. Entonces remataba, ‚ÄúClarita son mis ojos aqu√≠. Desde lo de Fucho, Gladys ya no es la misma, la pobre‚ÄĚ, como si la muchacha que ayudaba -con toda su buena intenci√≥n y paciencia, lo reconozco- iba a preocuparse m√°s por mam√° que yo. ‚Äú¬°Gladys, Gladys!‚ÄĚ, la o√≠, la escuch√© perfectamente claro y fui a ver. El banquillo hab√≠a quedado recostado de la baranda del balc√≥n y ella todav√≠a llegaba a pararse un poco sobre √©l, estaba agarrada a la puerta de botiquincito donde guardaba el Gerdex. Me qued√© parada frente a ella, no se mov√≠a, ni gritaba ya. Sab√≠a que el botiqu√≠n estaba por despegarse de la pared, que cualquier movimiento se lo terminaba de traer‚Ķ‚ÄĚGradys, ayuda‚ÄĚ, dec√≠a bajito. No se ve√≠an tan arrogante y diva como cuando se sub√≠a a las mesas a cantar Sirenita. En sus ojos hab√≠a una mezcla de miedo, incredulidad y rabia. Creo que por primera vez fui capaz de sostenerle la mirada. El primer tornillo se sali√≥ de la pared poco a poco, como en dos movimientos, creo que ah√≠ hasta dej√≥ de respirar. Los otros tres se vinieron juntos. Sent√≠ el golpe en la acera y me devolv√≠ al cuarto a terminar de ba√Īar a mam√°, Calder√≥n.¬Ľ


 Ő∂ ¬°Calder√≥n tiene que ayudarnos, se√Īora Gladys! ‚Äď dijo Oneida interrumpiendo una discusi√≥n que no hab√≠a logrado arrojar un plan. Solo estaba claro que Troncone no iba a ceder en la idea de abalanzarse sobre el primer asaltante y que  Ő∂Ő∂ pasara lo que pasara Ő∂   C√©sar saltar√≠a sobre su pistola e intentar√≠a quit√°rsela. Para ello ser√≠a neC√©sario que alguien abriera la puerta de golpe cuando escucharan que se acercaban a ella.- Se√Īora Gladys, necesitamos que Calder√≥n abra la puerta con toda su fuerza y que luego tambi√©n golpee al hombre antes de que pueda reaccionar contra Troncone y C√©sar. Si atacan los tres, el de atr√°s seguro va a retroceder con la sorpresa y quiz√°s podamos usar el arma.

‚Äď Tienes que darle con esto, Calder√≥n. Duro en la cabeza, con toda tu fuerza- complement√≥ Troncone mientras le ense√Īaba al mudo la pata rodada de la silla que hab√≠an desarmado hac√≠a un rato.


El mudo se qued√≥ petrificado, con los brazos estirados y las palmas abiertas empujando al aire, como si la sola idea de ejercer esa violencia le resultara intolerable. Se fue al otro extremo de la habitaci√≥n, negando con la cabeza y susurrando una serie de peque√Īos graznidos. 


Entonces, la se√Īora Gladys se puso de pie sin ayuda, atraves√≥ tambi√©n el cuarto amarillo, con su caminar, que era un mecanismo fr√°gil e irregular a punto de desmoronarse, se detuvo frente al mudo, acarici√≥ su mejilla con toda la ternura de la que era capaz y le dijo con dulzura: ‚ÄúTienes que matarlo, Calder√≥n‚ÄĚ.

Capítulo XI

Adiós, gringo.

El Castillo de los Mendoza vino a la mente del capit√°n Adolfo Antol√≠n y no pudo evitar sonre√≠r con nostalgia. Ese hab√≠a sido el √ļltimo paseo de la mano de su padre en Espa√Īa, d√≠as antes de que viniera a encargarse de la tasca que hab√≠a hecho millonario a su abuelo en este pa√≠s de tanqueros, apetitos solvent√≠simos y compa√Īeritos de clase que le dec√≠an el gallego, sin que √©l -madrile√Īo, como toda su familia- pudiese explicarse el porqu√©. Algo de irremediablemente burlona (y culpable, porque ya Antol√≠n se sent√≠a m√°s venezolano que Madrile√Īo y definitivamente much√≠simo m√°s que gallego) ten√≠a tambi√©n su sonrisa, porque la imagen de la fortaleza que hab√≠a evocado a la de los Mendoza, era poco menos que imposible: un alc√°zar colosal y confuso, de dimensiones a las que ni Felipe V se hab√≠a aventurado por estas latitudes en el mejor de sus √°nimos. Alg√ļn hombre de fortuna, de los tan frecuentes por estos lados, tuvo la visi√≥n de incrustar una gran tajada de medioevo en un risco en Las Salinas, quiz√°s para vivir en √©l, quiz√°s para alguna iniciativa tur√≠stica rocambolesca. En todo caso, la construcci√≥n hab√≠a nacido en el abandono, seg√ļn se dice porque todos los ingenieros, excepto el constructor, se percataron del lo inconveniente del risco para la mole y se le neg√≥ el permiso de habitabilidad. ‚ÄúUn castillo tembleque, no joda. Las paredes de un castillo son hechas para la sangre y el fuego,‚ÄĚ -pens√≥ Antol√≠n- ‚ÄúLas de este parece que fueron hechas para el mal gusto y el delirio. El Castillo de Las Salinas no va a ver corte, ni sangre, ni fuego‚ÄĚ, ironiz√≥ para s√≠ y se dispuso a las maniobras de atraque de su tanquero, el Murach√≠, en el muelle de la planta hidroel√©ctrica de Tacoa. Deb√≠a trasegar 15.000 litros de combustible para que Tacoa siguiera haciendo funcionar la fren√©tica vitalidad de Caracas.

‚Äď Yo cre√≠ que te ibach a ir para el incendio  Ő∂ dijo Carlo Giusto.


‚Äď Iba -respondi√≥ Roger Troncone Ő∂  Pero Mr. Kee me dijo que no. Que me quedara contigo celebrado que pasaste el semestre. Es la primera vez que no lo acompa√Īo desde que estoy en el grupo de rescate. Habl√© por radio con √©l hace un rato. Me dice que estuvo feo, muchos trabajadores murieron y hay muchos m√°s heridos. Ellos no han hecho mucho, fueron en lancha previendo que hubiera heridos en el agua, pero no ha habido ninguno.


‚Äď ¬°Hey, James, ya deber√≠amos ir a ayudar a la costa, el agua est√° limpia!


‚Äď No, Emilio, nos pidieron que estuvi√©ramos aqu√≠ y aqu√≠ nos quedamos. Demos otra vuelta. Algo me dice que esto no se va a acabar a√ļn.


‚Äď Te promet√≠ que cuando pasara el semestre lo √≠bamoch a celebrar con par de Club House  de pollo. Lo prometido ech deuda.


‚Äď Me dice Mr. Kee que los de aqu√≠ son los mejores. Ese s√≠ sabe de s√°nduches.

James Kee hab√≠a llenado los recuerdos de Roger de momentos agradables. Antes de que las simpat√≠as del gringo se volcaran sobre √©l, lugares como la fuente de soda Glacial, en la urbanizaci√≥n Las Fuentes, hab√≠a sido otra vitrina inexpugnable de El Para√≠so. En su primera visita, los mesoneros llegaron a apostar a qui√©n ganar√≠a la batalla entre el hambre asombrada de Roger y la gula refocilante de Kee. La mayor√≠a daba al catire como ganador porque quiz√°s hab√≠a sido el comensal m√°s grande y rubicundo que hab√≠an tenido jam√°s, y esa condici√≥n ex√≥tica fue muy atractiva para las apuestas. El David de La Vega los desbanc√≥ cuando despu√©s de una raci√≥n de teque√Īos, un Club House, un s√°nduche de pollo fr√≠o y tres merengadas, coment√≥: ‚Äúhace falta como un hela√≠to‚ÄĚ. ‚ÄúFuck you!‚ÄĚ se rindi√≥ Kee y lanz√≥ una de sus risotadas.

‚Äď ¬°Qu√© raro ech  Mr. Kee. Con todo ese dinero y arriechg√°ndoche en grupoch de rechcate!


‚Äď Es que tendr√≠as que estar en esa vaina para saber lo que se siente. Yo tengo que agradecerle muchas cosas a Mr. Kee: Me sac√≥ de ese sue√Īo loco de ser dibujante famoso, me pag√≥ un oficio, me dio trabajo haciendo mantenimiento a los equipos del grupo de rescate‚Ķhasta me pag√≥ una org√≠a para celebrar mis 18 a√Īos‚ĶPero lo que m√°s le agradezco es que me convenciera para meterme en el grupo de rescate. Tienes que vivir la adrenalina que se siente cuando te arriesgas para salvar a alguien.


‚Äď Echo no va conmigo. Yo pacho.

‚Äď Yo cre√≠a que tampoco conmigo. Pero es que sientes que t√ļ vales la pena. Cuando encuentras a alguien herido en El √Āvila o cuando llegas a un accidente y la gente te visualiza como si fueras un √°ngel‚Ķ Entonces yo recuerdo a todos los pendejos de bachillerato que se met√≠an con nosotros y les digo: ¬°yo estoy haciendo esto, yo estoy salvando a alguien, bolsas! 

‚Äď‚Äú¬°Mierda! ¬ŅQu√© fue esa vaina?‚ÄĚ, grit√≥ Emilio tras la explosi√≥n. Sinti√≥ una sombra fugaz sobre su cabeza y vio c√≥mo un enorme objeto circular ca√≠a en el agua muchos metros al norte de la posici√≥n de la lancha.

‚Äď Explot√≥ otro tanque- dijo hier√°tico Kee, observando petrificado la bola de fuego al lado del castillo de Las Salinas y un r√≠o de petr√≥leo en llamas que comenzaba a avanzar hacia las casas de la colina pr√≥xima a los tanques.

‚Äď No te voy a decir que no me da miedo. ¬°D√≠game la primera que me lanc√© en bungee! O m√°s bien que me laz√≥. √Čl dec√≠a que vencer esos miedos era vital para el entrenamiento. Me puse el arn√©s y me par√© en el borde del puente. Entonces Kee se puso frente a m√≠ y me pregunt√≥: ‚ÄúHonestly , est√°s decidido a lanzarte? Aunque yo sent√≠a un gran comprometimiento  hacia √©l, quise serle sincero. ‚ÄúNo, Mr. Kee tengo miedo y no me quiero lanzar. No voy a hacerlo. ‚ÄúEst√° bien Roger, como t√ļ digas, me contest√≥. Entonces el loco ese grit√≥  ‚Äúdeath a taxes‚ÄĚ y me meti√≥ un empuj√≥n.

-¬°M√≥ntense, r√°pido!  Ő∂  urgi√≥ Kee a la gente en la orilla de playa que intentaba escapar del r√≠o de fuego que se les ven√≠a encima y no dejaba m√°s salida que el mar. Subieron en tropel y su n√ļmero comenz√≥ a hacerse excesivo para las posibilidades del bote, pero el gigante Kee desaloj√≥ a varios a empujones y manotazos y se hizo a la mar   Ő∂ Vuelvo por ustedes  Ő∂  prometi√≥ a los que hab√≠a tenido que dejar.

‚Äď Todo pas√≥ muy r√°pido, Carlo. Ves los √°rboles y el monte como una sola mancha verde a los lados y sientes un vac√≠o muy arrecho. Despu√©s como que hay un tranquilizamiento  y todo se hace m√°s lento, lo ves much√≠simo m√°s lento y te sientes seguro. Tienes la sensaci√≥n de que sabes lo que est√°s haciendo y act√ļas con seguridad. Esa misma sensaci√≥n la tienes en los momentos peligrosos de un rescate. Ese gringo sabe su vaina. Hay que pasar por ah√≠ para tener esa sensaci√≥n que ya no te abandona m√°s nunca cuando la necesitas.

‚Äď ¬°Ya no podemos volver, James, el fuego tom√≥ el agua de la costa! ¬°No podemos pasar!

‚Äď ¬°Esa gente se va morir quemada, tenemos que volver!

‚Äď Te veo como cherio, Roger. ¬°Co√Īo, estamoch chelebrando, y en tu lugar favorito!

‚Äď Co√Īo vale, no te lo tomes a mal. Despu√©s de lo que hemos pasado juntos t√ļ y yo, claro que me tengo que alegrar con que pases otro semestre. Nadie daba medio por nosotros, de bolas que quiero celebrar. Lo que pasa es que yo quiero estar con Kee si me necesita. Le debo mucho al viejo. Lo del incendio de Tacoa es m√°s serio de lo que se dijo al principio.

-¬°Co√Īo, Kee, que no podemos hacer nada!  ¬°Nos vamos a quemar si intentamos pasar esas llamas, maldito loco!

‚Äď Death and taxes!‚Äď grit√≥ James Kee, empujando a Emilio fuera del bote en aguas seguras; le tir√≥ un flotador y puso la proa hacia las llamas a todo lo que daba la lancha.

‚Äď Yo habr√≠a querido estar ah√≠, Carlo.

Capítulo XII

Obscuridad.

‚Äď ¬°Co√Īo, se fue la luz, seguro que va a entrar la polic√≠a, mosca! ‚Äď se alarm√≥ Roger Troncone.


‚Äď ¬°Ay Roger, que van a entrar ni que nada! Eso es un apag√≥n, como los apagones de todos los d√≠as en esta vaina. ¬ŅEn qu√© pa√≠s vives t√ļ?


‚Äď Bueno, Oneida, sea o no sea. Igual hay que tomar posiciones. ¬°Las mujeres al fondo!


‚Äď Roger, hoy te he tomado cari√Īo que jode, pero asum√°moslo: nosotros no tenemos un plan.

Tenemos una montonera contra unos malandros, pero ¬Ņsabes qu√©?, yo me uno a la montonera. Si t√ļ te quieres lanzar primero y meterle el pecho al plomo, ese es tu peo, pero a m√≠ nadie me va a mandar al fondo ni va evitar que me lance a buscar esa pistola. De paso, yo debo de ser la √ļnica que sabe disparar en esta vaina.

Nadie respondió nada a Oneida y el silencio le dio la razón, al tiempo que también organizó naturalmente las acciones: Calderón se paró junto a la puerta, Troncone frente a ella y César a un lado. Todos medio alumbrados por la llama de una vela que Gladys había encontrado en una gaveta con sus respectivos fósforos.

‚Äď Te vas a cansar C√©sar, la polic√≠a no va a asaltar esto como en las pel√≠culas, vamos a sentarnos, igual te va a dar tiempo a pararte si oyen venir a los malandros.- Sugiri√≥ Oneida y ambos se sentaron a un lado de la puerta. Ő∂  C√©sar, yo no creo que esto funcione, pero como te dije no me voy a dejar joder sin hacer nada. A Troncone seguramente lo van a matar, pero el tipo no va a poder apuntar r√°pido otra vez, si es que Roger en verdad logra tir√°rsele encima. Conc√©ntrate en agarrar esa pistola. ¬ŅSabes disparar?


‚Äď Un amigo abogado me llevaba al pol√≠gono. S√© lo b√°sico con un revolver y una pistola. ¬ŅY eso que t√ļ sabes disparar ?


‚ÄďEl pendejo del novio m√≠o, que siempre me pone a hacer eso en su hacienda. Es militar. Ya no est√°s sangrando- dijo Oneida, mientras en medio de la oscuridad casi total tocaba suavemente el rostro de C√©sar en busca de sangre fresca.

‚Äď Tuvo que haber sido un privilegio.


‚Äď ¬ŅQu√© cosa, C√©sar?


‚Äď Para Zamora y este novio tuyo‚Ķlevantarse contigo, comer juntos, poner el cepillo al lado del tuyo, acariciarte el cabello mientras ves la televisi√≥n.


‚Äď ¬°Ay, C√©sar, tan bello! Ja, ja, ja, ja, ja. ¬°Qu√© privilegio un carajo!  ¬°Una guachafita es lo que ha sido! ¬°Un pase y s√≠rvase con una pendeja disponible! ¬°D√≠game ese hijo de puta de Zamora! Ese co√Īo de madre me pre√Ī√≥.  Lo de co√Īo de madre no es por haberme pre√Īado, eso es algo que puede pasar. Es por c√≥mo se port√≥. Decid√≠ abortar, y √©l  claro que estuvo de acuerdo. Me busc√≥ m√©dico, cl√≠nica, toda vaina. Y el d√≠a del aborto le sali√≥ un almuerzo con la esposa y me dej√≥ sola en el consultorio, tuve que llamar a una amiga. ¬ŅY sabes qu√© fue lo peor? Qu√© la cosa se complic√≥ y tuvieron que hacerme una histerectom√≠a. ¬ŅMe visit√≥ Zamora? No. el se√Īor pens√≥ que, no s√©, que le iba a pedir unos reales por mi √ļtero. Lo mand√© para el carajo, C√©sar. Me fui del apartamento que me ten√≠a y dej√© los estudios que me pagaba. Segu√≠ en el trabajo porque √©l se fue justo por esos d√≠as. Esa vaina vaina me jodi√≥ mucho C√©sar; yo no soy Susanita la de Mafalda, lo m√°s seguro es que habr√≠a decidido no tener chamos. Co√Īo, pero me habr√≠a gustado poder tomar la decisi√≥n. La cosa me peg√≥ mucho, me desencant√© de todo.  Desde ese momento, he hecho la misma pendejada: Oneida, la que no sabe qu√© es llamar un novio despu√©s de las cinco de la tarde o un fin de semana.


‚Äď ¬ŅY tu novio actual?


‚Äď El peor. Casad√≠simo con una gorda que no deja ni por el carajo. Hombre no se divorcia, y militar menos. A menos que seas una carajita; si eres una carajita y el hombre est√° entre los 40 y los 55 s√≠ le da una locura y se divorcia. Carajita s√≠ divorcia, C√©sar, ¬Ņpero vieja? ¬°Qu√© va! El tipo es General, metido de frente con el gobierno. Lo conoc√≠ de chama, estaba yo en bachillerato y era cadete de primer a√Īo. ¬ŅT√ļ te acuerdas, C√©sar de la Kika Tasca? En sus primeras salidas de la escuela de guardias fuimos para all√°. Hab√≠a un muchacho que hab√≠a empezado como mesonero, luego le dieron la oportunidad para cantar. Entonces cuando daban las 10 de la noche, se retiraba de las mesas, se pon√≠a un smoking,  bajaba por las escales catando una vaina como de Sinatra y segu√≠a cantando cosas parecidas. Despu√©s tuvo un gran cambio, se dej√≥ crecer el pelo hasta los hombros, se lo ti√Ī√≥ de amarillo y cambi√≥ el smoking por unas licras. Empez√≥ a hacer un show de rumba y canciones bailables. Durante la funci√≥n bromeaba con el p√ļblico. Como ve√≠a a Humberto  Ő∂ as√≠ se llama mi general Ő∂  muy enamorado de m√≠, comenz√≥ a decir, ‚Äúhay pasi√≥n, hay pasi√≥n en esa mesa. Con una muchacha as√≠, no se va a volver loco el cadete‚ÄĚ. Bueno, Humberto se puso furioso, casi se le va encima. Se par√≥ porque le record√© que le pod√≠an meter un arresto. El gesto me pareci√≥ bonito, sent√≠ que me estaba protegiendo. La cosa fue que despu√©s me enamor√© de Zamora y lo dej√© de ver.


‚Äď Pero ahora est√°s con Humberto.


‚Äď S√≠ C√©sar, pero es la misma vaina de siempre, lo reencontr√© casado, con la gorda enorme, y no la va a dejar. A reuniones sociales, va con la gorda; a restaurantes, va con la gorda; a Miraflores, va con la gorda; eventos fuera del pa√≠s, con la gorda. Conmigo va al hotel, como ha sido siempre, y a la hacienda. Yo creo que la gorda ni sabe que la tiene. El carajo tiene un mont√≥n de propiedades, esa debe pasar indvertida para la mujer. Ya yo me cans√© de esto, C√©sar, de aceptarlo todo sin hacer un co√Īo. Hoy mismo cambio eso, aunque sea en el √ļltimo acto de mi vida. Si llego a agarrar esa pistola, te garantizo que hasta con ese poquito de luz de la vela, me quiebro al malandro. De verdad, soy buena con las armas. Los hombres son una mierda. Pero t√ļ no, C√©sar; eres un hombre bueno, y lo que me dijiste, es la cosa m√°s linda que me han dicho en la vida.

Sintió de nuevo la mano de Oneida en su rostro, pero esta vez no verificaba su herida, sino que acariciaba su mejilla. La luz de la vela bailó en sus facciones, cada vez más cercanas al rostro de César, quien también se acercó disponiéndose al beso.

‚Äď ¬°P√°rense, p√°rense que se oye algo,  ah√≠ vienen! ‚Äď Dijo Troncone con una voz baja pero azorada que frustr√≥ el acercamiento.  Ő∂  ¬°Calder√≥n, agarra la manilla de la puerta. En cuanto sientas que la abrieron con la llave, la halas con todas tu fuerzas!

Gladys alz√≥ la vela lo m√°s erguida y altivamente que pudo, como una versi√≥n destartalada de la Estatua de la Libertad. Troncone salt√≥ a la vanguardia y puso a C√©sar atr√°s de √©l. El mudo tom√≥ la manilla y su rostro se contrajo en una expresi√≥n de furia hasta entonces desconocida para sus compa√Īeros. Sinti√≥ una especie de calor sofocante que deb√≠a vomitar para que no consumiera; la adrenalina lo hab√≠a cegado, disponiendo a su cuerpo adem√°s para una formidable respuesta f√≠sica. No esper√≥ sentir el giro de la llave en la cerradura, pens√≥ que su excitaci√≥n no le permitir√≠a percatarse de √©l. Tir√≥ de la puerta con toda su fuerza, exacerbada por la circunstancia, y el pestillo revent√≥ la pared de yeso en la que se incrustaba. La sensaci√≥n de percepci√≥n enlentecida que Roger Troncone hab√≠a tenido por √ļltima vez hac√≠a m√°s de 20 a√Īos, cuando una muchacha lo vio llegar como un √°ngel a la puerta de su carro a punto de despe√Īarse, volvi√≥ a √©l. El r√°pido movimiento de la puerta que Calder√≥n pr√°cticamente hab√≠a arrancado de la pared, pas√≥ frente a sus ojos como una demorada secuencia de fotogramas. No pudo, no obstante, descifrar las siluetas huesudas viniendo por el pasillo. Solo vio obscuridad, una profunda obscuridad apenas interrumpida por cuatro haces de luz roja. Sinti√≥ que un objeto met√°lico pas√≥ entre sus piernas.

Capítulo XIII

Ma√Īana ser√° otro d√≠a.

El tiempo se enreda inexorablemente en las paredes del restaurante Le Cordon Bleu, rebota y se arremolina en los meandros del damasco rojo de la tela que las tapiza, hasta que los filamentos del laberinto penetran en los mecanismos que le permiten discurrir y los inutiliza. La mayor parte de √©l no entra en la trampa; contin√ļa afuera, en los alrededores, con su funcionamiento normal, atestiguando la extinci√≥n de la arquitectura caraque√Īa que lo circunda. Al norte, moles inviables reci√©n construidas la parasitan, pontificando un concepto de urbanismo retorcido y populista que mortifica a sus habitantes y a quienes las rodean. Al sur, la Plaza Venezuela recae recursivamente en la aridez, y la Universidad Central se extingue poco a poco. En los tres salones del restaurante, afrancesados y decadentes, la supresi√≥n temporal facilita ignorar todo cuanto pasa m√°s all√°: a√ļn vive en ellos una cocina casera, abundante y sabrosa, que se sirve fundamentalmente al mediod√≠a. En la noche, la gastronom√≠a da lugar a jornadas cerveceras juveniles. ‚ÄúPidan el hervido, aqu√≠ todo es bueno, pero pidan el hervido para que vean. Si lo hacen no vayan a ordenar m√°s nada, que eso es una comida completa‚ÄĚ, recomendaba enf√°ticamente el Dr. Zamora, ‚Äúclaro que al que quiera la especialidad, que es el cord√≥n bleu, no le va a ir nada mal.‚ÄĚ

Zamora no era rechazado por nadie en la notar√≠a, salvo por C√©sar y Oneida, que ten√≠an razones personal√≠simas. Su excentricidades resultaban divertidas y su esp√≠ritu fiestero animoso; era normal que llevara a beber y picar a algunos compa√Īeros con bastante frecuencia. No obstante, jam√°s hab√≠a invitado a todo el equipo a almorzar, ni siquiera hab√≠a compartido tragos m√°s all√° de las fronteras de la urbanizaci√≥n El Para√≠so. Resultaba raro que los hubiera convocado a todos un s√°bado al mediod√≠a, tan lejos de la zona que usualmente frecuentaban. 

Los hervidos constaban de tres platos para cada comensal: carne, verduras y caldo, por lo que su aglomeraci√≥n en la mesa y los tragos que los acompa√Īaban suger√≠an un fest√≠n. A pesar de ello, el ambiente era muy tenso. Una vez que una ronda de caf√©s y sambucas concluy√≥ la comilona, Zamora se recost√≥ en su silla y se acarici√≥ su calva occipital con la mano derecha mientras ve√≠a el Techo de cielo raso m√°s o menos desvencijado. Se cre√≥ un silencio absoluto ante el temor de la posible confirmaci√≥n de un temible rumor. ‚ÄúLos invit√© porque quiero comunicarles algo: nos jodimos todos.‚ÄĚ Una sensaci√≥n g√©lida se pase√≥ por la mesa. ‚ÄúDe ahora en adelante el dinero recolectado por nuestros servicios ir√° al gobierno central sin que ning√ļn porcentaje se reparta entre nosotros. Como saben, eso nos deja con un sueldo miserable y nada m√°s. Es decir, acabamos de pasar de ser los funcionarios mejor remunerados de la administraci√≥n p√ļblica a unos de los peores. Yo no voy a trabajar por tres centavos. El lunes recojo mis cosas y pongo mi renuncia. les recomiendo que vean opciones‚ÄĚ. Despu√©s de ese estallido, C√©sar no pudo o√≠r m√°s. El cuarto amarillo se ilumin√≥ con el fogonazo que acompa√Ī√≥ la explosi√≥n, y la imagen de la puerta abierta se grab√≥ en sus ojos durante varios segundos impidi√©ndole ver alguna otra cosa. Luego sinti√≥ la fuerza que lo acostaba boca abajo en el suelo y le llevaba las manos a la espalda.

Cuando una media hora despu√©s, dej√≥ de o√≠r el zumbido, pudo escuchar el final del parte que el l√≠der de lo que sin duda era un comando de √©lite de la Guardia Nacional, le daba al hombre que se les hab√≠a presentado como el general Humberto Miranda Luque: ‚Äú‚Ķse negoci√≥ para que salieran con la reh√©n y fue posible neutralizarlos afuera. Me disculpa, mi general, fue necesario usar la granada aturdidora porque no pod√≠amos estar seguros de que no hubiera un tercer sujeto con los rehenes‚ÄĚ. ‚ÄúSin novedad, capit√°n. Muy profesional la acci√≥n‚ÄĚ, respondi√≥ el general, mientras pasaba su brazo por sobre los hombros de una Oneida llorosa, que lo ve√≠a con la misma mirada de enamoramiento que la hab√≠a acompa√Īado y perdido toda su vida. Sent√≥ a Oneida en una silla cercana, busc√≥ en su bolsillo el papel donde hab√≠a anotado el nombre de la reh√©n que los secuestradores hab√≠an intentado usar como garant√≠a para dirigirse al carro que se les hab√≠a ofrecido en la negociaci√≥n, y se dirigi√≥ a los dem√°s: ‚ÄúMe complace informarle que la se√Īorita‚ĶCar‚Ķmenhen‚Ķberg, est√° completamente ilesa. Fue llevada a una cl√≠nica porque el proceso de neutralizar a los secuestradores se dio mientras la estaban usando como escudo. Comprender√°n que eso es una situaci√≥n muy estresante y que es necesario que reciba atenci√≥n m√©dica para sus nervios y, bueno, para un chequeo de rigor. Pero est√° bien, est√° perfecta.‚ÄĚ

Roger Troncone, sentado al lado de su escritorio, con los antebrazos reposando sobre sus muslos y la cabeza abatida hacia adelante, escuchaba la información sin levantar la mirada del piso.

‚Äď ¬ŅEst√°s bien, Roger? Ő∂  pregunt√≥ C√©sar.

‚Äď  S√≠ ‚Äď Contest√≥ sin mover la mirada del suelo Ő∂  ¬ŅQu√© hora es?

‚Äď Las cinco.

‚Äď Mira t√ļ, la hora de salida‚Ķ¬°qu√© bolas! Ő∂  dijo, mir√≥ por un instante a C√©sar con una sonrisa resignada, y volvi√≥ a bajar la cabeza para ocultar sus l√°grimas.

‚ÄúAfortunadamente, tuvimos una informaci√≥n temprana de la situaci√≥n irregular  Ő∂ continu√≥ Miranda Luque Ő∂  y llegamos antes que la polic√≠a decidiera tomar alguna acci√≥n posterior al tiroteo inicial, que no gener√≥ bajas. En realidad, lo que pas√≥ fue que un par de malandritos se meti√≥ a robar a la panader√≠a, un polic√≠a los sorprendi√≥ y vinieron a esconderse en la notar√≠a. Si eso no se hubiera manejado bien, habr√≠a podido ser una desgracia, porque ese tipo de antisocial es un est√ļpido adicto que hace cualquier cosa sin pensar. Llegamos en el momento preciso para retirar a la polic√≠a no especializada y manejar esto con gente de primera. Todo lo que queda del procedimiento administrativo lo vamos a asumir nosotros. La idea es que no sean molestados y mantener esto bajo perfil. Habr√° que dar unas declaraciones, pero ya han pasado por mucho. Lo que vamos a hacer es que ma√Īana ustedes vienen a su trabajo como siempre y yo hago que los funcionarios vengan aqu√≠ para que se las tomen. Les voy a solicitar muy enf√°ticamente que no hablen con la prensa. Si hablan la cosa se va a complicar con mucha burocracia y averiguaciones. Lo importante es que est√©n tranquilos. Se dirigi√≥ a Carder√≥n, quien abrazaba a la se√Īora Gladys, hier√°tica y con la mirada perdida.

‚Äď Funcionario, ¬Ņesa se√Īora tiene quien la acompa√Īe a su casa? Si no tiene, nosotros le proporcionamos el transporte y todo lo que necesite, alguna pastilla que ella pueda tomar seg√ļn instrucci√≥n m√©dica‚Ķlo que ella requiera.

‚Äď √Čl es mudo general  Ő∂  Respondi√≥ C√©sar Ő∂  La se√Īora Gladys vive sola, en verdad le agradecer√≠amos mucho que la hiciera acompa√Īar.

‚Äď No hay problema. Se√Īora, la van a llevar hasta la puerta de su casa. Y si necesita que la acompa√Īen un rato all√° o que le busque algo, por favor se lo pide a los guardias nacionales.

‚Äď ¬°Ay, general! Yo le agradezco mucho, pero ¬Ņno podr√≠amos terminar con todo lo de las declaraciones ya?  Yo quiero salir de esto.

-Ya sali√≥, do√Īita, ya sali√≥. Ma√Īana o pasado, usted viene a trabajar tranquilita y eso se hace en un momentico. Relajada, que ma√Īana la vida sigue normal. Ma√Īana ser√° otro d√≠a.

‚Äď ¬°Qu√© buena vaina!  Ő∂  se lament√≥, con una voz clara y profunda, el mudo Calder√≥n.

Todos los personajes de En Caracas de 8 a 5 son producto de una ficci√≥n. 

Cualquier parecido con una persona de la vida real sería una lástima.


Punto?

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Feed de narrativa editada a seis manos (desde San Jos√© de Costa Rica, Stuttgart y Caracas), por los caraque√Īos diasporizados Luis Garmendia y Javier Miranda-Luque, y el caraque√Īo sin diasporizar (¬Ņpor ahora?) Mirco Ferri cuya idea es la de postear textos propios y de autores invitados. ¬°Bienvenido cada par de ojos lectores que se asomen a estos predios!

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