Los triunviros las prefieren rubias.

Los triunviros las prefieren rubias.



La entrevista ocurrió hace cuatro años en el restaurant Tun Wong, en el segundo piso del centro comercial Macaracuay, en Caracas; un pequeño local muy decadente, aunque con cocina más que aceptable y unos cubalibres desenfrenados. Rafael Arellano es un abogado obeso, de cabello gris, también  voluminoso, caminar lerdo  y una voz poderosa con la que, en un acto único, dio un saludo general y pidió un whisky con agua. También es el único descendiente del escolta que acompañó esa tarde de 1949 al Teniente Coronel Pérez Jiménez 

– Disculpa la demora, Tibisay, hoy se complicó la vaina en la notaría. Ya te estás tomando algo ¿una coca cola?

– Un cubalibre.

– ¡Cuidado con eso bichos! Fan Kee llena esos vasos hasta el tope de ron y les pone un chorrito de cocacola nada más.

– ¡Ya me di cuenta!

– Si bien ya ella estaba teniendo éxito como modelo y había aparecido en varias películas, todavía no era la superestrella en la que se convirtió- inició así la conversación, como si jamás se hubiera interrumpido nuestra última llamada telefónica- Así que, según mi papá, no era tan complicado hacerla pasar por el aeropuerto sin llamar la atención. Casi siempre lo enviaban a él a buscarla para que Marilyn entrara al país muy rápidamente.

– ¿Fue Pérez Jiménez quien la conoció primero?

– Sí, claro. Fue a través de un amigo, un fotógrafo aventurero que al parecer la había convencido para hacer un álbum en las playas venezolanas. Le pidió a P.J. apoyo para que le facilitara las cosas. El álbum nunca se hizo, pero de esos contactos salieron muchas invitaciones a conocer playas venezolanas, algunas de acceso verdaderamente exclusivo. Pero a Delgado Chalbaud lo conoció fue en la casa de Caraballeda.

– ¿La casa de Caraballeda?

– Sí, una mansión preciosa, diseñada por Villanueva, más allá de los terrenos donde después harían Los Corales. Estaba bien escondida, era para eventos muy privados, ya la junta estaba gobernando y Delgado Chalbaud era el presidente. Los amigos íntimos estaban celebrando su cumpleaños que estaba por venir, sin esposas ni gente de cumplimiento.

– ¿Una bacanal?

– No, ellos eran bastante conservadores en sus cosas. Había mujeres y sexo, claro, pero dentro de todo era algo más discreto que las cosas que se ven hoy en día. De repente se desaparecían y volvían  al rato. Generalmente se sentaban en una barra que daba a un patio con un jardín selvático y una piscina de azulejos aguamarina. Papá vio a Marilyn Monroe por primera vez cuando salía de esa piscina. Siempre he pensado en una imagen que prefiguraba su último papel. ¿Sabes que fue una película inacabada con unas escenas encantadoras en una piscina?

– Sí, he estado investigando. ¿Me dices que ahí la vio también Delgado Chalbaud por primera vez?

– Sí, emergiendo en la orilla cercana al bar. Papá me decía que fue como si el encuentro de las miradas hubiera producido un relámpago en la casa. P.J. y él caminaron hacia la piscina. La imagen de los dos caminando juntos siempre provocaba una gracia que nadie se atrevía a manifestar ni por el carajo: Delgado Chalbaud, alto, elegante, delgado, de movimientos aplomados…y P.J. bueno, los gordos nunca hemos sido elegantes: caminamos con prisas de pingüino o muy lentamente, cada paso es un pequeño pero poco discreto esfuerzo por mantener el balance, la ropa nos exagera…Era ver a Laurel y Hardy o a Abbot y Costello. El propio P.J. lo presentó: “el presidente Delgado Chalbaud”

– ¿Y el enganche fue inmediato?

¡Inmediato! Él la invitó a la barra y fueron los tres. pero P.J. era una sombra, un honguito del jardín selvático. En esos casos, nadie más se acercaba al lugar donde conversaban. Bueno, Llovera Paéz nada más, pero él no fue ese día. Todo se supo fue por el negro Plaza.

– ¿El negro Plaza?

-Sí, El negro Plaza era un maestre mayor simpatiquísimo y dicharachero que le sacaba carcajadas hasta al circunspectísimo Delgado Chalbaud. Como era el único cuya presencia no parecía incomodar en absoluto a ninguno de los del triunvirato, le entregaban el bar. Allí se hacía invisible, se materializaba cuando le pedían un trago o andaban de ánimos para chancear con él. Ese día permaneció completamente invisible.

– Pero, ¿por qué fue el Problema?

– La muchacha leía mucho, de hecho, le había dicho a P.J. que quería estudiar letras y él había ofrecido pagarle la universidad. Delgado Chalbaud era un hombre muy culto también. Por alguna razón empezaron a hablar de cuentos policiales, creo que fue porque olvidó donde había dejado su cartera y Delgado Chalbaud lo dedujo. El negro Plaza nunca lograba echar esta parte del cuento con precisión, porque qué iba a leer ese faramallero, pero al parecer ella dijo algo así como que los grandes detectives de la historia siempre tenían un asistente medio tonto que tenía la misión de resaltar el genio deductivo del protagonista (el negro había estudiado con los gringos y hablaba bien el inglés). Los dos se rieron con picardía y P.J. se agarró la vaina para él. Parece que ahí comenzó a molestarse. Luego vino la torta de cumpleaños de Delgado Chalbaud. Fue la primera vez que Marilyn le cantó el Happy Birthday a un presidente, y según papá, lo hizo mucho mejor que con J.F.K. De ahí en adelante, P.J. fue ignorado por completo en la conversación.

– Ahí explotó, supongo.

– No, jamás llegó a explotar, los andinos se controlan. Pero no dijo una palabra más y se quedó campaneando su güisqui. Quizás fue para romper el hielo que minutos después le preguntó a Delgado Chalbaud, que estaba tomando martinis, que si quería otro güisqui. Ellos no le prestaron atención y se levantaron para ir al jardín, entonces ella volteó y en un español escabroso trató de hacer un chiste a P.J. “los caballeros toman martinis”, dijo y le sonrió con picardía. Esa vaina lo sacó de sí. Le hizo un gesto a mi papá y se fueron al carro. Fue llegando a Caracas cuando dijo la cosa: “¡lo voy a joder!

– Ok. ¿Y fue eso todo lo que dijo

– Sí, fue todo. Yo creo que pensó en voz alta sin darse cuenta, porque siguió el viaje como si nada. La verdad es que meses después, cuando ya había pasado el secuestro, a papá lo mandaron a una embajada, y de ahí en adelante fuimos de embajada en embajada por gran parte de Europa y en condiciones privilegiadas, hasta que llegó Larrazabal. Quizás él nunca estuvo seguro de si había dicho eso en voz alta y nos dio esa vida diplomática dorada como una retribución tácita a la discreción de mi viejo.

No saqué nada más de la entrevista, básicamente porque Rafael no tenía nada más que contar. Tampoco he encontrado otra fuente, ni un solo dato que pueda dar fe de la versión, más allá de la vívida emoción con la que Rafael Arellano relató los hechos. Si después de estos cuatro años le he permitido a Javier Miranda-Luque que publique la entrevista, ha sido solo por su insistencia y el gran cariño que le tengo. De todo esto solo tengo la certeza de que el Tung Wong, a pesar de su aspecto, prepara el mejor curry de Caracas. Al menos hasta el año 2017, fecha de esta conversación.

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Feed de narrativa editada a seis manos (desde San José de Costa Rica, Stuttgart y Caracas), por los caraqueños diasporizados Luis Garmendia y Javier Miranda-Luque, y el caraqueño sin diasporizar (¿por ahora?) Mirco Ferri cuya idea es la de postear textos propios y de autores invitados. ¡Bienvenido cada par de ojos lectores que se asomen a estos predios!

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