ūüí§ Sue√Īo sin teque√Īo, rubia ni brazo.

                                                                                     Este relato fue  develándose durante una conversación con Javier Miranda-Luque, quien gentilmente me permitió escribirlo y me obsequió el título.

 

 

 

¬† ¬† ¬† ¬†Sue√Īo sin teque√Īo, rubia ni brazo.

 

Mis sue√Īos sol√≠an aterrorizarme antes de que los convirtiera en un dispositivo de juegos. Lo logr√© tempranamente, pero no sin sufrimiento. Durante mi ni√Īez, cuando a√ļn era incapaz de gobernarlos, solo tomaban la forma de la pesadilla. Acorralado en el desvelo, me aferraba a la vigilia , temeroso de la multitud de horrores que sab√≠a se agolpaban en sus l√≠mites, entremezcl√°ndose en semblantes imposibles y despiadados. La ca√≠da de mis defensas era siempre precedida por una respiraci√≥n m√°s profunda que casi causaba un ronquido, un ruido cavernoso que pod√≠a escuchar mientras descend√≠a al sue√Īo, incapaz de hacer nada para despabilar. El inicio era reiterativo: una especie de sistema de grutas giraba en torno a m√≠ y se iba deteniendo poco a poco como una ruleta, hasta ponerme en frente una cueva de la multitud¬† que hab√≠a estado orbitando en mi entorno. Entraba a ella resignado (sab√≠a por experiencia que si me quedaba inm√≥vil en el sitio, una monstruosidad saldr√≠a de cada una de la mir√≠ada de cavernas¬† para atacarme) y afrontaba el angustiante destino de mi sue√Īo. A veces, cuando hu√≠a de la forma que me persegu√≠a, ca√≠a por un agujero que me llevaba a otra gruta, a¬† a otra trama y a otro espanto.¬† Hubo noches en las que padec√≠ m√°s de veinte cuevas.

 

Cuando mi mam√° hubo agotado una variedad de infusiones calmantes, un par de medallitas que se hab√≠an granjeado en la familia fama de protectoras, algunos rezos infantiles y¬† los ensalmes de do√Īa Leticia Querales, fui a parar al consultorio del Dr. Vincenzo Angelucci. Lo hab√≠a recomendado una amiga de pap√°, una soci√≥loga que era considerada por mi familia como la m√°xima autoridad profesional para casi cualquier cosa cuya soluci√≥n fuera m√°s all√° de una infusi√≥n o de do√Īa Leticia.¬† Alguna informaci√≥n le dio al Dr. Angcelucci antes de la cita, incluyendo que consideraba la densidad de mis sue√Īos un signo de genialidad infantil, por lo que el Psic√≥logo desde el principio me vio m√°s como un objeto curioso que como a alguien angustiado.

 

_ ¬ŅPor qu√© quisiste venir?- pregunt√≥, mientras jugueteaba con un bol√≠grafo.

_ Tengo miedo.

_ ¬ŅY quieres que te psicoanalice?

_ No sé que es eso.

_ Bueno, vamos a comenzar por aquí.

 

Angelucci¬† abri√≥ una cajita blanca y¬† sac√≥ un grupo de l√°minas, puso la primera frente a m√≠ y me pregunt√≥ ‚Äú¬Ņqu√© podr√≠a ser esto?‚ÄĚ.¬† Se trataba de una imagen sim√©trica indefinida, m√°s ancha en su parte superior, y eso fue exactamente lo que le dije. ‚Äú¬ŅY qu√© le parece que podr√≠a ser?‚ÄĚ, replic√≥ y no dijo una palabra m√°s, desencadenando un silencio agotador que termin√≥ por obligarme a ir m√°s all√° de mi descripci√≥n. ‚ÄúEs un animal aterciopelado en vuelo‚Ķquiz√°s tambi√©n un hombre con sobretodo, pero solo en la parte del medio‚ÄĚ, dije y puse la l√°mina boca abajo con un gesto contundente para indicar que no iba a decir nada m√°s. Me entreg√≥ una segunda cartulina, y fue cuando ocurri√≥: una parte roja en el lado inferior de esta segunda mancha comenz√≥ a moverse como una llama. Se me antoj√≥ que las figuras negras a los lados eran dos cavern√≠colas que acababan de descubrir el fuego, convert√≠ cada forma imprecisa en un objeto claro que ven√≠a a enriquecer la escena prehist√≥rica, obediente por completo a mi capricho.¬† El cuadro de los hombres primitivos dio paso a la visi√≥n de una c√°psula espacial con su tablero de mando absolutamente detallado, luego a un episodio intrauterino y a decenas de cosas m√°s. Ve√≠a las l√°minas con avidez y ensamblaba decorados perfectos para acciones variadas y minuciosamente tramadas. Angelucci intentaba detenerme: ‚ÄúEst√° bien, pasemos a la siguiente‚ÄĚ, pero yo no le obedec√≠a. No s√© cu√°nto dur√≥ esa consulta, pero recuerdo que pap√° me levant√≥ muy temprano para ir y que salimos¬† de ella en la noche, atravesando una cl√≠nica vac√≠a por completo.

 

No tengo m√°s recuerdos sobre el resto de mis consultas con el psic√≥logo, no fueron importantes para m√≠. No pod√≠an serlo frente al descubrimiento fundamental que hab√≠a hecho vali√©ndome de las manchas: hab√≠a aprendido a moldear la pasta de las que est√°n hechas las fantasmagor√≠as. Us√© mi nueva habilidad transformadora desde la primera noche y durante mucho m√°s de mil y una. Cuando hube llegado a mi juventud, hab√≠a logrado dominar por completo el curso y el contexto de mis sue√Īos. La galer√≠a de cuevas fue demolida y, paulatinamente, constru√≠ en sus terrenos una especie de estudio cinematogr√°fico de posibilidades infinitas. Hab√≠a sets que me encantaba frecuentar: un bar de fachada en madera verde y grandes ventanales;¬† a una cuadra de ah√≠ una plaza con un gazebo rodeado de sauces llorones, muy propicio para conversar con amigos que ya hab√≠an muerto; una playa mediterr√°nea ambientada en los a√Īos cincuenta. Sab√≠a c√≥mo llegar exactamente a cada una de ellas a trav√©s del los amables senderos con los que logr√© sustituir el sistema de grutas.

 

Una vez que pude garantizar que mi sue√Īos siempre ocurrir√≠an en un ambiente grato, capaz de mantener a raya cualquier evento desagradable del que pudiera valerse la pesadilla para entrar a mis dominios, me concentr√© en controlar por completo los guiones de mis aventuras. Reproduje en mis ficciones on√≠ricas el mismo camino que hab√≠a seguido como lector: comenc√© por el g√©nero policial. En la playa mediterr√°nea resolv√≠ de 20 maneras diferentes el asesinato de Arlena Marshall;¬† los callejones de Whitechapell no lograron esconder a Jack el destripador ninguna de las veces que lo persegu√≠; Moriarty jam√°s pudo esquivar mi gancho de derecha; acarici√© La piedra lunar siempre que quise. Poco a poco fui incorporando otros g√©neros. En el bar de barra de roble pulido y fachada de madera verde ejerc√≠ la comedia con repartos estelares: Bob Hope, Peter Seller, Don Rickles, Benny Hill. En el gazebo gan√© discusiones a Borges¬† y Virginia Woolf. Constru√≠ una calle de Tombstone donde bat√≠ en duelo a Lee Van Cleef.

 

El √ļnico g√©nero que no logr√© dominar fue el er√≥tico: mis compa√Īeras sol√≠an desdibujarse¬† en los primeros contactos, los hoteles nunca ten√≠an habitaciones disponibles, los esposos celosos contrariaban los encuentros y me obligaban a¬† ser prudente y despertar.¬† Decid√≠ poner de lado el asunto de los sue√Īos lujuriosos y concentrarme en el resto hasta perfeccionarlos con un m√°ximo nivel de refinamiento. Pronto, sus inicios estuvieron enmarcados en magn√≠ficos planos secuencias capaces de hacer ver a Welles como un aficionado, y¬† cr√©ditos que anunciaban la participaci√≥n de estrellas como Isabelle Adjani, Klauss Kinsky, Charles Vanel, Clint Eastwood o Catherine Deneuve. La lucidez de estos sue√Īos hac√≠a que fueran pr√°cticamente indiferenciables de la vigilia. Solo mi condici√≥n de so√Īador omnisciente y plenipotenciario permit√≠a que pudiera discriminar entre ambos mundos. ¬ŅHab√≠a realmente una frontera?

 

Llegu√© a la conclusi√≥n de que yo era mucho mejor autor de mis sue√Īos que de mis d√≠as y que ser√≠a maravilloso si pudiera llevar algo de ese universo a mi aburrida vigilia. En una de las discusiones en el gazebo, Borges me hab√≠a comentado que sol√≠a esconder objetos on√≠ricos en ubicaciones que coincid√≠an en los dos mundos: la gaveta de un escritorio so√Īado y presente tambi√©n en el cuarto del so√Īador, por ejemplo, as√≠ que decid√≠ probar con un objeto suyo. Fui a visitarlo a su despacho en la Biblioteca Nacional, el cual dise√Ī√© siguiendo rigurosamente todos los detalles de las fotos que hab√≠a visto hasta entonces. Comenz√≥ una disertaci√≥n sobre Lugones, y yo aprovech√© para tomar un libro del escritorio y me concentr√© por completo en √©l, a fin de cuentas podr√≠a yo causar la misma charla cuando quisiera. Era un libro peque√Īo, no m√°s de 100 p√°ginas, forrado en cuero verde. Me esforc√© cuanto pude por retener todas sus propiedades: textura, peso, olor. Cuando consider√© que las hab√≠a asimilado por completo, me provoqu√© el despertar. Abr√≠ los ojos y pude ver mis manos en la misma posici√≥n en la que sosten√≠an el libro, pero hab√≠an fracasado en traerlo consigo.¬†

 

Durante semanas, hice ensayos similares con objetos m√°s peque√Īos: una bala arrebatada a Wyatt Earp, un pa√Īuelo de √Čdith Piaf, un peque√Īo pu√Īal obsequiado por Lope de Aguirre, un portaobjetos de Robert Koch. No tuve √©xito. Pens√© entonces que el origen de mi error era la extravagancia. Muy probablemente tratar de transportar un objeto m√°s com√ļn, que pudiera¬† encontrar f√°cilmente a su especie en el mundo de la vigilia, podr√≠a facilitar las cosas.¬† Comenc√© a experimentar con ellos. Por esos d√≠as apareci√≥ la rubia.

 

No hab√≠a previsto la participaci√≥n de la muchacha en ninguno de mis sue√Īos, tampoco la hab√≠a dise√Īado (salvo las excepciones obligatorias de una Moroe o una Johansson, la rubias nunca me han parecido interesantes), pero comenz√≥ a aparecer en todos los sue√Īos en los que intentaba mis experimentos de transportaci√≥n. Al principio era una figurante casi inadvertida, luego se acerc√≥ mucho m√°s.¬†

 

Habl√© con ella por primera vez en mi recreaci√≥n del bar del Hotel Overlook, versi√≥n Kubrick. Lloyd, hier√°tico, observaba c√≥mo hac√≠a una pelotita con la servilleta del trago que acababa de servirme. Ten√≠a la intenci√≥n de beber el Jack Daniels y despertarme aferrado a la servilleta cuando se sent√≥ a mi lado y me acerc√≥ el plato de teque√Īos que – apeg√°ndose estrictamente al capricho de mi dise√Īo- Lloyd serv√≠a a todos los clientes. ‚ÄúDeber√≠as probar con uno de estos‚ÄĚ, dijo para mi asombro.¬†

 

La sorpresa por esa presencia aut√≥noma me despert√≥ de inmediato. Estaba sobresaltado y sudoroso. Enjugu√©¬† el sudor de la frente con mi mano derecha y sucedi√≥ el descubrimiento: el olor del teque√Īo hab√≠a quedado en ella. No hab√≠a rastros del pasapalo en la cama, pero definitivamente¬† mi mano ol√≠a a masa y queso.

 

Pas√© el d√≠a debati√©ndome sobre si deb√≠a incluir en mi sue√Īo de esa noche a la rubia o simplemente esperar a que volviera a aparecer, como lo hab√≠a estado haciendo. Opt√© por lo segundo, pero me pareci√≥ que volver a so√Īar con el bar del Overlook podr√≠a propiciar su presencia. As√≠ lo hice y, efectivamente, ella me esperaba y retom√≥ la cita donde la hab√≠amos dejado. Result√≥ ser una mujer fascinante,¬† tanto que a los pocos minutos de la pl√°tica olvid√© por completo mi inter√©s en la transportaci√≥n interuniversal. √ölrica, que seg√ļn me dijo era su nombre, me hab√≠a descifrado tan bien como yo¬† hab√≠a logrado comprender los mecanismos del sue√Īo. Conoc√≠a cada uno de mis intereses, mis motivaciones¬† y mis perplejidades. Las us√≥ para cautivarme. Renunci√© sin darme cuenta a mis resistencias al sue√Īo er√≥tico, el √ļnico que no hab√≠a logrado reglar con precisi√≥n, y comenzamos a besarnos en la barra. Se puso de pie y me llev√≥ de la mano fuera del bar. Tomamos el ascensor y me condujo a trav√©s de un pasillo de habitaciones. Yo pod√≠a anticipar que los patrones de mis ingobernables sue√Īos rijosos¬† se repetir√≠an: ninguna puerta se abrir√≠a, las habitaciones estar√≠an desprovistas de muebles adecuados¬† para el encuentro sexual, los pisos se ondular√≠an y nos har√≠an perder el equilibrio o el ritmo en cualquier posici√≥n amatoria. No tendr√≠amos sexo. Pero no, la puerta de una habitaci√≥n perfectamente amoblada y pl√°cida se abri√≥ amablemente. Sent√≠ un cambio en la textura de su mano que sosten√≠a a la m√≠a: se hizo √°spera, gruesa. La solt√©, di unos pasos atr√°s y¬† vi su rostro; era una mancha de tinta¬† con claroscuros y partes coloreadas que se mov√≠an continuamente¬† y explotaban cuando chocaban entre s√≠ dando lugar a nuevas tonalidades y sombras. De sus ojos brotaron dos chorros de tinta, que en una cascada de negros y grises cubri√≥ todo su cuerpo. Observ√© la figura chorreante y me di cuenta de que le faltaba un brazo. La sensaci√≥n asfixiante de la pesadilla volvi√≥ a m√≠, acompa√Īada de la certidumbre de que un evento de un horror incalculable estaba a punto de ocurrir, entonces despert√©. Otra vez estaba sudoroso en mi cama. Sent√≠ el l√≠quido que mojaba mi pierna y vi un brazo impregnado en tinta a su lado.

 

 

 

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