ūüé§ La voz melanc√≥lica de Paul Anka

Desde peque√Īo siempre me he considerado un imitador asombroso. Me atrever√≠a hasta a decir que el mejor de todos los tiempos.

Los pericos se sentían amenazados al escucharse en mí, las cigarras y abejas seguían mis zumbidos como si me hubiera convertido en su nueva reina, los autos se orillaban pensando que era una ambulancia o patrulla que los perseguía.

Sin embargo, el √ļnico ruido que nunca pude llegar a imitar fue ese jadeo acompasado, como un murmullo que parece ser llevado por el viento, ese suspiro que cuenta historias con nombres entremezclados, de una forma casi miserable, que mi padre sol√≠a proferir tras las puertas cerradas del despacho de su secretaria.

Y oh Dios, juro que lo intenté.

Con ojos cerrados, con ojos abiertos, con la playlist de Two feet de fondo, con m√ļsica cl√°sica, sin m√ļsica. Llev√© mi investigaci√≥n a otro nivel al ingresar al mundo secreto de las pel√≠culas para adultos, que hab√≠a encontrado por accidente al husmear en una caja de mi madre, err√≥neamente se√Īalizada como ‚Äúcosturero‚ÄĚ, en el √°tico. Pero de nada hab√≠a funcionado; porque las voces de las mujeres eran demasiado agudas, como chillidos que provocaron que mis padres entraran un sinn√ļmero de veces a mi habitaci√≥n para comprobar que no me hubiera hecho da√Īo, y las voces de los hombres nunca aparec√≠an en las cintas, porque al parecer no eran lo suficientemente interesantes.

Lo hab√≠a intentado en mi habitaci√≥n, a solas, en casa de Lydia, ese viernes por la tarde en la que sus padres se hab√≠an largado a un concierto ben√©fico para ni√Īos con c√°ncer. Pero nada se hab√≠a parado, por m√°s trucos caseros que prob√°ramos, y por m√°s fuerte que hubiera intentado imitar a mi padre. De mi boca solo sali√≥ el ronroneo del cortador de c√©sped, el lloriqueo de un cachorro lastimado, el ruido de vidrio al romperse contra el suelo.

Lo peor hab√≠a sido la mirada de Lydia, que de haber podido ser escuchada hubiera sonado como la ruptura de la barrera s√≥nica, al verme as√≠, mudo y nada varonil. Me record√≥ al rostro amargo que mi madre parec√≠a tener √ļltimamente, pero que sol√≠a intensificarse cuando la abuela me preguntaba si ten√≠a novia, y despu√©s de reflexionar sobre lo que hab√≠a escuchado a Lydia decir de m√≠ en la escuela, respond√≠a que tal vez no me gustaban las chicas, despu√©s de todo. Pero quiz√° tampoco me gustaban los chicos, porque mis compa√Īeros eran un mont√≥n de cavern√≠colas, que cre√≠an que la ‚Äúhigiene personal‚ÄĚ era una forma para vender m√°s productos femeninos.

Eventualmente dej√©  de intentarlo, porque 1) con catorce a√Īos ya no se ve√≠a tan cool y 2) porque los rumores de Lydia me hab√≠an causado el nombre de ‚Äúel mimo‚ÄĚ. Cuando pasaba junto a los chicos, estos hac√≠an movimientos obscenos t√≠picos de la edad, aunque nunca los terminaban con la palma de la mano extendida, y sus risas solo intensificaban cuando me escuchaban imitar a una ametralladora.

Consecuentemente, también esos ruidos desaparecieron.

Los perros ya no me saludaban cuando pasaba junto a ellos en mi regreso de la escuela. Ya no se oían las voces de los personajes de Mario Kart, ni las opciones de sonido, mientras jugaba videojuegos con mis amigos. La voz del presentador de tele de los sábados había sido reemplazada por un silencio incómodo a la hora de contar anécdotas en la cena.

Los chicos dejaron de molestarme, porque al parecer ya no era divertido poner nervioso a alguien de quien no podían sacar reacción; ya no era divertido hacer llorar a alguien en silencio.

Y me volv√≠ tan mudo, que dej√© de hacer ruido al sorber la nariz entre l√°grima y l√°grima, que dej√© de chirriar los  cubiertos a la hora de cortar mi comida, que dej√© de escuchar el repiqueteo del agua contra la ba√Īera, que dej√© de escuchar en mis sue√Īos.

Me pasaba madrugadas enteras pregunt√°ndome si hab√≠a algo malo conmigo, si hab√≠a alguna raz√≥n para que no pudiera imitar a mi padre, para que no pudiera sentir las famosas mariposas, o el embriagante cosquilleo a la hora de llegar. Normalmente recurr√≠a a quien se hab√≠a convertido en mi fiel compa√Īero: el internet. Y √©l me acompa√Īaba en mi investigaci√≥n, que arroj√≥ las m√°s extra√Īas combinaciones de letras, que parec√≠an m√°s teor√≠as de conspiraci√≥n que trastornos. Hasta que finalmente encontr√© mi palabra, esa definici√≥n que parec√≠a calzarme. No era culpa de Lydia, ni de mis compa√Īeros, ni de los actores y actrices, ni de todos los ruidos del mundo; era m√≠a. Pero eso estaba bien.

Así que ese día salí de casa, y los ruidos me envolvieron, y todo parecía tener sentido otra vez. La escuela no sonaba tan mal, después de todo, y menos después de encarar a los demás con el orgullo plasmado en las cuerdas vocales; ya no era más un mimo.

Y encontré a una chica un par de clases mayor a mí, sobre quien también deambulaban rumores nefastos sobre ser una maricona por haber rechazado en cama al quarterback del equipo del colegio. La llamaron mojigata, snob, acartonada, monótona, falsa virgen.

A√ļn sin conocerla me le acerqu√© y le ense√Īe a imitar a las golondrinas antes de un d√≠a lluvioso, al repiqueteo televisivo cuando se perd√≠a la se√Īal y te ve√≠as obligado a socializar con tu familia, al presentador de los partidos de futbol al enterarse de un gol, a la hervidora al llegar al punto de ebullici√≥n del agua, a las palomitas explotar en el microondas, a los fuegos artificiales en el cuatro de julio. Ella me ense√Ī√≥ el taconeo de las clases de flamenco de su hermana menor, el boom ensordecedor pero adictivo de las discotecas, la voz melanc√≥lica de Paul Anka, su cantante favorito, las risas de los ni√Īos en las ferias y la tuya propia en la monta√Īa rusa m√°s alta, el crujir de las hojas mientras corres a m√°xima velocidad colina abajo.

Le ense√Ī√© todo lo que s√© y ella me ense√Ī√≥ todo lo que sabe.

Y por cada ruido y cada imitación, nos sentíamos menos solos dentro de nuestra suerte de estarlo.

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