馃殨 Como en una novela de Kafka

6:45 de la tarde, la hora perfecta para comenzar la cacer铆a. Sobre todo cuando amenaza lluvia, la ciudad est谩 vuelta un caos y el metro es incapaz de transportar a tanta gente junta, tratando de llegar a lo que sea que llamen hogar. En esos casos es sumamente f谩cil encontrar a la v铆ctima adecuada, indefensa y literalmente loca de ganas de ser cazada. Por lo general se ponen de acuerdo unas 2 o 3, para compartir el gasto. Pero los cazadores furtivos saben escoger bien a su presa, y tienen la virtud esencial en ese trabajo: la paciencia. Se dedican a merodear el coto de caza, pasando lentamente cerca de las aceras, insinu谩ndosele a las potenciales v铆ctimas que sopesan sus posibilidades; a medida que se va haciendo m谩s tarde, van disminuyendo las personas en la calle, y en proporci贸n inversa va creciendo la angustia de las que quedan. Ese es el momento de quiebre, all铆 fatalmente abordar谩n el veh铆culo, para la que pudiera ser su 煤ltima carrera.

El cazador de nuestro cuento estaba siguiendo el manual de procedimientos descrito arriba, pero no hab铆a tenido suerte a煤n. El digital marcaba en el tablero las 8:05; ya era tarde como para que alguna 聽damisela en apuros necesitase sus servicios de transporte. Estaba ya resignado a abandonar el sitio, cuando, a la orilla de la acera, una mujer vestida como lo hubiera hecho una ejecutiva (falda negra, a media pierna, blusa blanca y blazer negro tambi茅n, con un portafolios en la mano) le hiciera la se帽al de costumbre. Sin que mediara un instante, orill贸 el veh铆culo, baj贸 el vidrio y le inquiri贸 a la dama:

-Buenas noches, 驴hacia d贸nde se dirige la se帽ora?

-Voy a El Manzanal, calle 13 con avenida 4…

-Caramba, eso es bastante lejos… le va a costar caro.

-Caro, 驴cu谩nto?

聽Le dijo la cifra: ni muy baja como para hacerla sospechar, ni muy alta como para que desechara la oferta.

-Est谩 bien, pero sin trucos. Nada de tomar atajos extra帽os, nada de paradas imprevistas. Me lleva derechito a donde le dije.

-Faltaba m谩s, se帽ora. Si duda de m铆, es preferible que espere otro taxi.

-No, s贸lo quer铆a dejar las cosas claras desde el principio.

El cazador pens贸 que, dada la ubicaci贸n de la residencia de la dama, en un lugar bastante apartado y solitario, no iba a ser necesario ning煤n subterfugio, y le replic贸:

-Se har谩 como usted diga; uno busca atajos para llegar m谩s r谩pido, pero el cliente manda.

La dama subi贸 al asiento trasero del veh铆culo (un carro bastante reciente, aromatizado con ambientador de pino, que le record贸 a un desinfectante que utilizaban en su casa, cuando ni帽a). El chofer le pregunt贸:

-驴Quiere que encienda el aire acondicionado, o tiene fr铆o?

-Puede encenderlo, as铆 no escuchamos los ruidos de la calle.

-驴Le gusta alguna estaci贸n de radio, o alg煤n tipo de m煤sica?

-No tengo ninguna preferencia en particular, escoja usted.

El hombre encendi贸 el reproductor, y sintoniz贸 una estaci贸n de m煤sica cl谩sica, suponiendo que le iba a agradar a su pasajera. Enfil贸 el autom贸vil hacia la autopista, cuando los primeros goterones empezaron a salpicar el parabrisas del veh铆culo, al tiempo que sonaba un fuerte trueno.

-隆Vaya, como que tendremos tormenta!

-S铆, que fastidio. Ahora la cola va a ser infernal.

-Es as铆, sobre todo hacia d贸nde va usted. La autopista se va a convertir en un estacionamiento.

-Creo que tiene raz贸n, por esta vez vamos a tomar ese atajo que usted seguramente sabe.

Esas palabras le sonaron a gloria al hombre: coronar铆a la acci贸n antes de lo previsto.

-Usted va a ver qu茅 maravilla de atajo conozco, va a llegar en un santiam茅n.

El conductor se acerc贸 a la primera salida de la autopista a la que tuvo acceso, y tom贸 por una estrecha callejuela, que llevaba a la carretera vieja. Se la conoc铆a de memoria; cada vericueto, cada callej贸n, cada barriada hab铆an sido visitados por 茅l en su ya a帽ejo oficio.

-No tenga miedo. Esta carretera es bastante sola pero es sana, la gente que vive por aqu铆 es decente.

-驴En serio? Nunca me hab铆a metido por esta v铆a.

-Va paralela a la autopista, s贸lo que por la monta帽a, por eso parece que es otro lado.

-Espero que no se trate de un truco, se帽or…-聽empez贸 a decir la mujer, con la voz entrecortada.

-No se ponga nerviosa, se帽orita, que la voy a llevar sana y salva a su residencia…- dec铆a, mientras avistaba un recodo en la v铆a sumergido en la m谩s absoluta obscuridad. Con la mano derecha busc贸 el rev贸lver, disimulado bajo una chaqueta, al tiempo que deten铆a bruscamente el carro.

Pero ocurri贸 algo no previsto: sinti贸 sobre la nuca el contacto de un objeto met谩lico, fr铆o. Y la voz de la mujer que le dec铆a:

-Qu茅date quieto, cabr贸n, o te vuelo la cabeza. 隆Levanta las manos y no intentes nada, si no quieres que te deje pegado aqu铆!

Una oleada de rabia le recorri贸 el cuerpo, y en un instante sopes贸 sus posibilidades. En una fracci贸n de segundo decidi贸 hacerle frente a la mujer, pero el sonido del gatillo, arm谩ndose, lo disuadi贸 de hacerlo. Trat贸 de utilizar la psicolog铆a:

-Pero bueno, se帽orita, 驴que se figura? Fren茅 porque hab铆a un hueco…

-驴Y t煤 qu茅 te figuras, so pendejo? Te estoy atracando, as铆 que te me vas bajando del carro. No lo apagues, y no intentes nada, si aprecias tu miserable vida.

El hombre baj贸 del carro, y la mujer tambi茅n, siempre apunt谩ndolo a la cabeza. La lluvia hab铆a dejado de ser una amenaza para convertirse en una fr铆a realidad.

-Ahora, desn煤date.

-驴C贸mo?

-Me escuchaste, 隆desn煤date! – replic贸, al tiempo que soltaba un balazo que le pas贸 rozando el cuerpo. -No estoy jugando.

El hombre obedeci贸 la orden, tirando la ropa a un lado.

-Mete la ropa en el carro.

Lo hizo, y pregunt贸:

-驴Ahora qu茅?

-Ahora corre lo m谩s que puedas, g眉ev贸n. Cuento cinco y llevo tres.

Al notar que titubeaba, la mujer hizo sonar de nuevo su arma, que funcion贸 como se帽al de partida para los cien metros planos. El hombre corri贸, desnudo como estaba, por la carretera, en sentido聽contrario al que ven铆an transitando. La mujer se le qued贸 viendo, divertida, un rato: las blancuzcas nalgas se le 聽iluminaban con los rel谩mpagos. Cuando lo perdi贸 de vista, abord贸 el carro y se fue, mientras sintonizaba en la radio una estaci贸n de salsa brava. 鈥淐omo en una novela de Kafka / el borracho dobl贸 por el callej贸n鈥, soltaron las cornetas Pioneer el coro encabezado por Rub茅n Blades, mientras el carro retomaba el camino hacia las luces de la ciudad.

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