LA IMPORTANCIA DE SABER BAILAR SALSA

“Una discusión había

entre gente bailadora

sobre cuál era el mejor

de los ritmos que hay ahora”

Orquesta Aragón, El baile del suavito 

“Hoy te dedico

mis mejores pregones”

Héctor Lavoe, El cantante

¿Eras de los que en las fiestas y en las discotecas se quedaban sentados, con caras de bolsa, cuando comenzaba a sonar salsa? Tal vez sea un mísero consuelo, pero no estabas solo. Formabas parte, tal vez sin saberlo, de una cofradía: la de los genéticamente impedidos para producir y controlar los movimientos requeridos en el arte de bailar ritmos tropicales.

Yo era uno de ellos. Desde las primeras fiestecitas en el colegio, cuando se escogía alguno de los salones para transformarlo en pista de baile, arrimando los pupitres contra la pared, lo supe. Podía superar con cierta soltura los sets de música pop y los lentos, que de paso eran la oportunidad para tomar entre los brazos a la muchacha por la que uno suspiraba, sin que fuera visto como inapropiado; pero, en lo que sonaban los acordes iniciales, por lo general producidos por la sección de vientos, de un tema de salsa, sabía que había llegado mi “time out”, el momento de abandonar la pista e irme a sentar en alguno de los pupitres, en el sitio más oscuro del salón, para paliar un poco mi vergüenza. Desde allí, miraba con envidia a los compañeros que dominaban el arte de bailar esa música, que se movían con soltura y gracia al son del son. 

De nada me valía conocerme al dedillo toda la estructura de la música, saber el momento exacto en el que iba a sonar un instrumento determinado, de recitar de memoria el montuno. A la hora de traducir ese conocimiento en movimiento, me quedaba paralizado. No lograba convertir el sonido en los pasos, los requiebres, los gestos requeridos. 

Así fui transitando por adolescencia, resignado a calentar la silla cuando en realidad quería encender la pista de baile con los pasos que tenía en la mente, pero mi cuerpo se negaba a producir. Mientras tanto, a medida que iba avanzando en edad, surgían nuevas ocasiones que me forzaban a evidenciar mi carencia. Ya no eran fiestecitas improvisadas, sino salidas a locales en los cuales imperaban los ritmos tropicales, como el célebre Hipocampo, situado en el Centro Comercial Chacaíto,  en donde hacía estragos, y no lo digo como un elogio,  la orquesta de Renato Salani, que arreglaba las canciones latinas como lo puede hacer un italiano; sin embargo, a pesar de lo poco ortodoxas que resultaban sus versiones, se había convertido en un protagonista importante de la noche caraqueña de los 70.

 Mientras tocara boleros, o merengues, hacía lo posible por sacar alguna muchacha a bailar; pero, si comenzaba a sonar algún tema de salsa, tenía que abandonar a mi pareja con cualquier pretexto, y emprender una retirada vergonzosa. En una de esas huídas, cuando, después de Mujer Divina, un bolero que me permitió un acercamiento del tercer tipo hacia la mujer que me quitaba el sueño en ese tiempo, la orquesta atacó con fuerza inusitada Aguanilé,  tuve una conversación casual con un amigo un par de años mayor que yo. Tras servirme un trago de whisky de la botella que engalanaba la mesa, me preguntó por qué había dejado a la muchacha en medio de la pista, y, después de darle algunas vueltas, le confesé mi incapacidad. Recuerdo su respuesta como si me la acabara de decir: “Ay, carajito. Si no sabes bailar salsa, las jevas van a pensar que eres mala cama”. Eso me sacudió. Debía aprender a como diera lugar. Si quería conquistar la posición horizontal, tenía que dominar primero la vertical.

La primera tarea era conseguir a alguien, preferiblemente una muchacha, que me enseñara a soltar la osamenta. Pero impensable pedírselo a alguna amiga. Tanto mi amor propio, como la posibilidad de una negativa, o peor, una burla, me lo impedían. Necesitaba contactar con alguien alejado de mi círculo. La ocasión se me presentó con la hermana mayor de un conocido, que trabajaba como mesonero en el restaurant de la familia de un amigo mío, en Los Teques. Una noche que no tenía nada mejor que hacer, ella accedió a acompañarnos a los tres, que cojeábamos de la misma pata, a un local situado en alguno de los vericuetos de las vías que comunican la Panamericana con los pequeños centros poblados que crecen dentro de las zonas boscosas vecinas; un antro, sumido en la oscuridad, pero que presumía de ofrecer la mejor selección musical en el género latino de la zona. Allí, previa adquisición de un servicio de ron, fuimos tomando turnos con ella. Se demostró como una instructora llena de paciencia, al principio; pero, luego de haber trasegado media botella, comenzó a perderla. “Eres más tieso que un estatua, mijito. Parece que te hubieran metido un palo de escoba por debajo. Si no aprendes a relajarte, nunca vas a poder bailar como se debe. Deja que te lleve el ritmo, y, por amor a Dios, no te mires los pies”. En realidad, tenía razón. Estaba todo tenso, como un robot. Pero, mal que bien, tras varios intentos frustrantes, aprendí los pasos básicos que me tal vez me permitirían aventurarme en la pista, en algún momento.

Con las incipientes habilidades adquiridas en esas clases improvisadas, me envalentoné, y decidí probar suerte en ese terreno. Pero, antes, traté de profundizar mis conocimientos en el género, para lo cual adquirí el célebre Libro de la Salsa, de César Miguel Rondón, y toda la discografía esencial sugerida en él, que conseguí sin mucho esfuerzo en mis discotiendas preferidas de Sabana Grande. Pronto tuve una discreta colección de elepés de los intérpretes más importantes del género,  comenzando con Héctor Lavoe y Rubén Blades, ambos bajo la tutela de Willie Colón. Me armé también de material audiovisual, en particular una copia en betamax de la película Nuestra Cosa Latina, de comienzos de los 70, con las Estrellas de Fania. En ella, vi las inusuales coreografías que montaban los participantes en aquel memorable concierto en el Cheetah Club, en lo que fue la presentación oficial de ese movimiento musical, con raíces en el Caribe, pero empaquetado en la forma que hoy conocemos como Salsa en la ciudad de Nueva York, el crisol que fusionó todos los ritmos latinos y lo hizo adueñarse de una identidad propia. 

Me había vuelto una especie de erudito en el tema, y mis conversaciones solían girar sobre él, al punto de que mis amigos se burlaban de mí, poniéndome apodos alusivos al género. No niego que comenzaba a volverse una obsesión. Tal vez, lo lejana que resultaba para mí la atmósfera que encierra esa expresión musical, y lo inalcanzable que todavía me parecía, me atraía de una forma muy poderosa. 

Había llegado el momento de pasar de la teoría a la práctica. Pero tenía un impedimento: en mi grupo de amistades, a nadie le interesaba gran cosa lo que se había convertido mi nueva afición. Me encontraba solo en ese aspecto, y las únicas oportunidades que tenía para practicarla eran las fiestas a las que asistía de vez en cuando. Y en las discotecas que frecuentaba, era rarísimo que pusieran ritmos diferentes al disco music, el sonido del momento, que arrasaba en esos ambientes. Muy de vez en cuando soltaban un set de música latina, pero la ausencia de parejas que se entusiasmaran con él hacía que el dj lo abortara enseguida. Era evidente que tenía que buscar en otro lado.

Comencé a frecuentar algunos locales diseminados por la ciudad, que ofrecían toques en vivo de agrupaciones del patio. Fue mi primera aproximación real al mundo de la salsa, un mundo sumido en un ambiente a veces festivo, a veces turbio, pero siempre frenético. No me importaba lo lejana o peligrosa que fuera la zona. Cuando le ponía el ojo, y el oído, a alguna banda, la perseguía por toda Caracas. Así fue como conocí los lugares más disparatados y alejados de mis predios habituales. Mi leal Ford Corcel me llevó a arrabales que no tenía idea de que existiesen. Pasé algunos sustos, no lo voy a negar. La salsa brava se cocinaba en los barrios más marginales, y, si se quería consumir, era inevitable correr riesgos. 

A todas estas, se estarán preguntando si por fin logré mi sueño de bailar salsa con toda propiedad. La verdad es que, en esas primeras incursiones en el mundo de la música cabilla, nunca me atreví a sacar a bailar a ninguna de las mujeres que frecuentaban esos lugares. Mi instinto de supervivencia, y también el miedo al ridículo, eran más fuertes que mis deseos de bailarín. Por lo general, ellas estaban acompañadas, y las pocas que vi solas eran las parejas de algún músico. Me limitaba a sentarme en alguna mesa, o en la barra, y pedir un trago de ron seco, mientras escuchaba la música, y evaluaba cada interpretación. Estaba acumulando conocimientos, y podía diferenciar una actuación mediocre de una por encima del promedio. Sabía cuando algún músico estaba pasando por una buena racha, o cuando estaba flojo. Sobre todo, tenía instinto para detectar a las estrellas en ascenso. Comencé a tomar notas, y me di cuenta de que esa era una actividad que me gustaba. . A todas estas, el motivo principal por el que me había acercado a la salsa había casi salido de mi sistema. Ahora, me interesaba la música por sí misma, no por el afán de bailar o las posibilidades que podía brindarme con las mujeres. Cuando afiné el estilo, me armé de valor, me acerqué a la redacción de un periódico de mediana circulación, y ofrecí mis servicios como reportero especializado en salsa, presentando como aval las notas que había escrito hasta ese momento. Tras un par de semanas de espera, recibí respuesta: estaría a prueba durante un mes, y, dependiendo de la acogida que tuvieran mis artículos, evaluarían darme una asignación fija.

Todavía estaba estudiando en la universidad, en los años intermedios de una carrera tan aburrida como la contaduría, que elegí por tener habilidad con los números, y también por flojera de indagar más allá. Pero la perspectiva de dedicarme a tiempo completo a algo que en verdad me apasionaba me fue alejando cada vez más de los estudios formales, que descuidaba sin ninguna consideración. Cuando no estaba en algún local escuchando las novedades, aprovechaba para profundizar mis conocimientos en el área. Terminé desertando contaduría, y pedí reválida para comunicación social, que era más afín a mi nueva ocupación

Pasado el mes de prueba, el redactor jefe del periódico me ofreció un empleo fijo. La paga era mísera, pero tenía una asignación de viáticos que me permitía moverme por toda la ciudad y frecuentar los locales que quisiera. No podía pedir nada mejor, en ese momento.

Estaba comenzando a hacerme un nombre en el ambiente. Ya era una figura habitual en esos círculos, y mis artículos semanales eran leídos tanto por el público como por los músicos. Eso me trajo muchos amigos, pero, como no era complaciente cuando algo no me gustaba, también algunos enemigos. Una noche, en uno de esos locales, no recuerdo si en Casalta o Lomas de Urdaneta, un trombonista al que había criticado por su pobre interpretación, a la que definí “lastimosa como el lamento de un becerro destetado”, tal vez de manera demasiado severa, me arrinconó y me amenazó con una navaja. Por suerte, uno de sus compañeros en el grupo se dio cuenta, y me lo sacó de encima. Entiendo el enojo de ese músico, pero así era mi estilo: irreverente, y muchas veces hiriente. 

Ese hecho me sirvió como una llamada de atención, así que, en adelante, sin dejar la actitud crítica, decidí bajar un poco el tono en lo que a la adjetivación se refiere. No me convenía generar enemistades innecesarias con la gente del entorno en donde desenvolvía mi vida profesional, que tenía límites borrosos con la social. Me había vuelto bohemio por necesidad: mis horarios eran noctámbulos, mi alimentación, desordenada, y mi ingesta alcohólica, en continuo aumento. Comenzaba a tener problemas de sobrepeso, y me gané con toda justicia el sobrenombre de “el gordo”. 

Fue por esos tiempos cuando me enredé con Luzmila, la exmujer de un conocido timbalero que alternaba entre bandas de salsa y de jazz. No sé cómo pudo fijarse en mí, tan distinto tanto en temperamento como en apariencia a su antigua pareja, pero sucedió. Ya para ese momento me había establecido, logrando la independencia del hogar de mis padres, y había alquilado un apartamento por los lados de Las Delicias, muy cerca de lo que más adelante sería el templo de la salsa, en Caracas: el célebre “El maní es así”, o “El maní”, a secas, como terminó siendo llamado por su clientela. Tras un par de meses de tira y encoge, formalizamos esa relación, y se vino a vivir conmigo. Luzmila, además de ser una morena candelosa y chispeante, tenía una cualidad que sería de mucha utilidad en mi carrera: conocía a todo el mundo en el ambiente, y me abrió algunas puertas que no había podido traspasar por mis medios. Gracias a ella, pude lograr algunas entrevistas a personajes poco accesibles a la prensa, que me ayudaron a consolidarme como la voz más autorizada de la movida salsera caraqueña.

A pesar de mis horarios desordenados, pude, a trompicones, culminar mis estudios en comunicación social en la mención de periodismo, y de paso conseguir el certificado de locutor, que me permitió el siguiente paso: tener mi propio programa de radio en una emisora importante del país, con cobertura nacional. Sin falsa modestia, ese hecho me puso en el mapa. La emisora, arraigada en el gusto de las clases más populares, las principales consumidoras de ese medio, era la que tenía mayor rating, y mi programa poco a poco fue consolidándose como uno de los más escuchados de su parrilla.   

Ya habían pasado los tiempos de peregrinación por los recovecos de la ciudad. De alguna manera, me aburguesé, y me limitaba a asistir al programa de radio, que se producía en el centro de la ciudad, a hacer relaciones públicas que atrajeran anunciantes,  y a ir ciertas noches a El Maní, cuando tocaba alguna orquesta importante. Llegaba con mi ya imponente figura, que pasaba de los cien kilos, con un sombrero de panamá y una de mis guayaberas, de las pocas prendas que se prestaban para cubrir mi voluminosa humanidad, tomado del brazo de Luzmila, indiferentes al corrillo que se agolpaba en la puerta esperando que se abriera un cupo. Los porteros, al vernos, se decían entre ellos: “¡allí viene el gordo con Luzmi!” y se apresuraban a permitirnos la entrada. Teníamos una mesa reservada, siempre. Y no era de gratis, claro. Los dueños del local sabían la importancia de mantenerme contento, y de buen humor, y para eso recurrían a lo mejor de su bar. Noches memorables, algunas. Como cuando Eddie y Charly Palmieri dieron una cátedra en la que hubo de todo, desde salsa hasta jazz latino, metiendo en la mezcla algo de Bach, como solo los genios de su talento pueden hacerlo. O aquella que, después de una actuación extraordinaria de una orquesta que hacía versiones de la Aragón,  cuyo nombre se me escapa, ya cerrado el local, decidimos seguir la juerga en mi apartamento, y el flautista nos acompañó, por toda la Solano, tocando su instrumento el estribillo de “El paso de Encarnación”. 

Mientras tanto, mi mundo estaba a punto de cambiar. La salsa, tal y como la conocía, comenzaba a agotarse como fenómeno de masas. No fue un proceso abrupto, pero sí continuo. Un lento declive, con algunos estertores de resurrección como la mal llamada salsa erótica. Al parecer, la gente comenzaba a cansarse del formato, y se interesó en otros sonidos. El merengue comenzaba a pisar fuerte, y el termómetro de ello eran los programas maratónicos de TV, que cada vez más proponían a estrellas de ese género, y las figuras salseras, que tanto habían aparecido en sus pantallas durante la década que estaba por terminar, fueron menguando sus apariciones hasta desaparecer. Esas eran malas, terribles noticias para mí, que de esa afición nacida en la juventud había obtenido el sustento en mi etapa adulta. 

No obstante, aún me faltaban algunos cartuchos por quemar. Aunque ya hacía tiempo que mi columna en prensa había dejado de salir, mi programa de radio, a pesar de que ya no tenía los números rutilantes de rating  que había podido presumir tiempo atrás, todavía conservaba una fanaticada fiel, y los anunciantes mantenían su confianza. Fui uno de los últimos reductos que le quedaron al movimiento salsero en el país, y lo defendí de la mejor manera que pude, tratando de informarme sobre todo lo que pasaba en el mundo con respecto a ese tema, las nuevas agrupaciones, las nuevas grabaciones. Y los conciertos. 

Una mañana estaba tomando un café con media docena de dulcitos surtidos en la Rosita, esperando que saliera el pan gallego del horno, cuando vi que se me acercaba un conocido empresario de espectáculos que conocía gracias a Luzmila. Le convidé un marrón, para charlar un rato mientras aguardaba, y de paso enterarme de las novedades.

“¿Épale, gordo, como está la vaina?” “Llevandola, tú sabes. Poco a poco, pero p’alante.” “Coño, tremenda casualidad que te haya encontrado zampándote ese poco ‘e dulce, con razón estás así. Cuídate, mano, que con la salud no se juega. Mira, estoy cocinando una vaina que va a ser arrechísima. Un concierto de salsa en El Poliedro, como los de antes. Ya tengo firmado al Gran Combo, y estoy trabajando un par de nombres grandes más. Pero para ese día necesito a un presentador ranqueado, alguien que se sepa su vaina. ¿Tú le echarías bolas?” 

Aunque me halagó la oferta, de entrada tuve el impulso de rechazarla, porque no era mi línea de trabajo, pero lo pensé mejor y vi que era una oportunidad interesante. Lo conversé con Luzmila, quien me aconsejó no dejarla pasar. Así que, un par de semanas después, estaba firmando con la promotora de ese evento, que prometía ser multitudinario. 

No es fácil describir la energía que se siente en un espectáculo así. Hay que vivirlo para poder entenderlo. Y estar sobre la tarima, al lado de esa galería de músicos de primer orden, fue una de las mejores experiencias de mi vida en lo que tuvo que ver con mi oficio. Estábamos ante un llenazo como no había visto antes en ese tipo de conciertos. La olla, a reventar de público ansioso de bailar los temas de aquel trabuco que acumulaba unas tres décadas de trayectoria.

Todo estaba marchando a la perfección, y el entusiasmo no hacía sino incrementarse en los asistentes. Tanto así que, cuando la orquesta arrancó una versión endemoniada de “No hay cama pá tanta gente”, tuve el repentino impulso de agarrar por la cintura a Luzmila, que estuvo a mi lado todo el tiempo, y poner en práctica aquellos pasos que había aprendido en la adolescencia, en la taguarita de los altos mirandinos. Luzmila me miró como si fuera un marciano, pues nunca antes había intentado bailar con ella, que, sí,  era una fiera en la pista, pero lo tomó con humor, y trató de amoldarse a mis titubeantes directrices. Ha debido ser un espectáculo aparte, aquella figura estilizada en contraposición a la enormidad de mi cuerpo. A mediados de la canción, Luzmila me dijo al oído: “Gordo, esta vaina no está funcionado. Déjame llevarte, haz lo que hago yo”, y no pude hacer más nada sino aceptar. Comenzó a subir las revoluciones, a aumentar el ritmo, hasta alcanzar una velocidad frenética, por lo menos para mí. Estaba sorprendido de mí mismo, y de cierta manera orgulloso, cuando de repente sentí un dolor agudísimo en medio del pecho, y colapsé. 

Mi estilo de vida estaba al acecho, y pasó factura cuando consideró que había llegado el momento. Esa fue la conclusión a la que llegué, luego de que pasara la crisis en la sala de urgencias de la Santiago de León. Había sufrido un infarto al miocardio, que por puro azar no acabó con mi vida. Cuando recobré el conocimiento, estaba en una cama clínica, conectado a unas máquinas con una serie de electrodos y sondas que monitoreaban mis signos vitales y me proporcionaban los medicamentos destinados a estabilizarme. Al poco rato llegó Luzmila, a la que dejaron pasar por su insistencia. Estaba ojerosa, y con todo el aspecto de haber llorado. “¡Gordo, casi te mato!” “No, mi vida. Tú no tienes culpa de nada. Si no era allí, hubiese sido en cualquier otro lado. Viendo televisión en la casa. Soy una bomba de tiempo”. 

Ya pasada la emergencia, me puse en las manos de un cardiólogo que, tras revisar mis exámenes de laboratorio y hacerme una entrevista pormenorizada, me dijo que podía considerarme afortunado al no haber muerto en esa ocasión. Si quería conservar mi vida, era imprescindible que tomara una serie de medidas de manera inmediata. En primer lugar, tenía que eliminar el sobrepeso, lo que se traducía en un cambio drástico en mis costumbres.  Dieta estricta, muchísima moderación en la ingesta de licor, y una rutina diaria de ejercicios. Tras una etapa de negación, y gracias a la vigilancia de Luzmila, tomé el carril de la vida sana. Y descubrí que no era nada que estuviera fuera de mi alcance. Sobre todo, comencé a disfrutar las caminatas diarias en el Parque del Este, al filo de la madrugada, cuando el sol apenas despuntaba. Descubrí la maravilla del despertar de la fauna alada que pernocta allí: una algarabía de trinos jubilosos, como saludando al amanecer, seguida por vuelos que despegan desde los árboles y surcan el cielo sin dirección fija, erráticos, tan solo por el placer de hacerlo. Una sinfonía improvisada, primitiva, pero llena de matices, que me emocionaba: tal vez, la primera forma musical que conoció el hombre.

A mediados del año siguiente, ya estaba caminado cinco kilómetros diarios, dos vueltas por la “raya blanca”, y a un ritmo que iba en aumento. El ejercicio y la dieta me hicieron bajar bastante peso. Todavía estaba lejos del ideal, pero iba encaminado a conseguirlo. También modifiqué mis hábitos; dejé casi por completo la nocturnidad. Aprendí a disfrutar el día, dejando que las noches fueran para el descanso y el sueño. En cuanto a la actividad laboral, la amoldé a mi nuevo estilo de vida. Me impuse un horario razonable, pero estricto, y delegué las relaciones públicas en Luzmila, que ya era, además de mi compañera, mi mano derecha. Eso también le daba a ella algo de respiro, luego de ese año terrible en la que fue mi enfermera. 

Todo parecía volver a encaminarse, hasta que llegó el 29 de julio. Ese fue, parafraseando a Don McLean y su canción American Pie, el día que la salsa murió, por lo menos para mí: el día del fallecimiento de Héctor Lavoe. El jibarito de Ponce, el hombre que respiraba debajo del agua, el rey de la salsa, abandonó este mundo en su propia ley, víctima de los abusos de su entorno, y de la mala suerte, que inmortalizó en una de sus más recordadas canciones. Y yo no pude seguir. Tal vez, porque me espejé de alguna manera en él; tal vez, porque la tristeza me pudo. Lo cierto es que entré en un luto cerrado, y tomé la determinación de cerrar el ciclo.

Ya para este momento, la salsa es un recuerdo algo lejano, como el fantasma de un viejo amor. A veces, en la barra del Juan Sebastián, las raras ocasiones que en un acto de autoindulgencia me dejo caer por allí, y me tomo el par de whiskies que me permito muy de vez en cuando, escucho el set de salsa, que se alterna con el jazz, y lo siento como el reencuentro con una amistad del pasado, que la vida se encargó de desplazar; alguien por quien existe cierto afecto, pero ya no hay casi nada en común, salvo, quizás, la nostalgia por los tiempos idos. Luzmila, que lo sabe, se levanta con discreción de su taburete, y se va hacia la pista, en donde, con toda seguridad, la estará esperando algún amigo, y bailará con él. Pero para mí.

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