ūüö¨ El atador de cabos

I

El catorce de febrero de 1992, d√≠a de los enamorados, apareci√≥ muerto en la habitaci√≥n 512 del motel “Gaeta” el ingeniero Enrico Bianchi. Las circunstancias eran extra√Īas: la cama tendida, apenas un par de colillas de Marlboro rojo en el cenicero, las toallas dobladas y sin uso, lo cual no daba ninguna se√Īal ni de amor ni de violencia. El cad√°ver ten√≠a un disparo en la sien derecha, pero antes de morir hab√≠a sido golpeado fuertemente en la cabeza. Probablemente estaba sin sentido a la hora de su ejecuci√≥n. Sin embargo, hab√≠a una nota escrita a m√°quina, sin ning√ļn tipo de firma, en la que supuestamente explicaba que la raz√≥n de su suicidio se deb√≠a a ciertos trastornos emocionales por los que atravesaba. El arma que le hab√≠a segado la vida, una Smith & Wesson 9 mm., hab√≠a quedado sobre el piso, al lado de la mano derecha del ingeniero. La polic√≠a, representada en este caso por el joven inspector Gerardo Villanueva, se inclinaba abiertamente por el homicidio, especialmente de tipo pasional.

Esa misma tarde Villanueva concentr√≥ su atenci√≥n entre los empleados de la empresa “Arkidise√Īos”,  compa√Ī√≠a de dise√Īo y construcci√≥n civil de la cual Bianchi hab√≠a sido socio minoritario desde hac√≠a unos cinco a√Īos. Seg√ļn el reporte telef√≥nico del motel, la √ļltima llamada de Bianchi fue a su oficina. La llamada dur√≥ casi veinte minutos. Pidi√≥ entrevistar a todas las personas que de alguna manera manten√≠an alguna relaci√≥n directa con el malogrado ingeniero. Los due√Īos le prestaron un peque√Īo pero confortable cub√≠culo para que pudiera llevar adelante sus interrogatorios sin que los empleados tuvieran que salir de la empresa. Comenz√≥ con las damas, sobre todo las m√°s j√≥venes y atractivas. Pero igual pasaron por su improvisada oficina solteras, comprometidas, casadas, divorciadas y viudas. En esta primera tanda las preguntas estaban dirigidas a indagar m√°s sobre la vida privada de las interrogadas que sobre la del propio difunto.

No fue difícil para nadie deducir que el inspector había concentrado sus esfuerzos en descubrir a una posible amante de Bianchi, y quizás en ella a su asesina.

Enrico Bianchi contaba cuarenta y tres a√Īos a la hora de su muerte. Era un hombre joven a√ļn, pero sus colegas y compa√Īeros de trabajo lo consideraban una persona tranquila, conservadora y reservada. Aparte de su disuelto matrimonio con Virginia Giannini, nadie le hab√≠a conocido nunca otra mujer. Tal vez porque simplemente hab√≠a sido un tipo muy discreto, pens√≥ Villanueva, cuyo trabajo consist√≠a, en gran medida, en no dejar enredar por las apariencias.

De todas las entrevistadas, ninguna parec√≠a ser la mujer que el inspector andaba buscando. 

Al tercer día de interrogatorios, el desaliento comenzó a apoderarse del joven y, quizás, impaciente policía. Pero fue ese mismo día cuando aparecieron dos pistas de gran interés: un testigo y una especie de cronología archivada en el disco duro de la computadora personal de Bianchi.

El testigo era Tomás Emilio Blanco, chofer de la víctima hasta hacía pocos meses. A una de las preguntas de los detectives, Tomás Emilio respondió que no sabía nada de ninguna amante que pudiera tener el doctor, que era como insistía en llamar al ingeniero Bianchi. Sus palabras no delataban nada en particular, ni siquiera había caído en contradicciones, pero Villanueva no dejó pasar por alto el hecho de que el hombre estaba nerviosísimo y declaraba siempre lo mismo, como si se hubiera aprendido un parlamento de memoria. Eso es una mina de oro para cualquier policía, sobre todo para uno recién egresado con honores de la Academia.

Villanueva intuy√≥ que Tom√°s Emilio sab√≠a o hab√≠a visto algo que no quer√≠a o que no pod√≠a revelar. Al principio el inspector fue muy amable, muy cordial: le mand√≥ a servir caf√©,  le permiti√≥ fumar, le cont√≥ incluso un par de chistes. Luego se volvi√≥ m√°s incisivo. “A ver, Emilio, nos est√°s haciendo perder tiempo, y s√≥lo t√ļ sabes por qu√©”. Le hizo una y otra vez las mismas preguntas, se las disfraz√≥, se las mostr√≥ al rev√©s, pero Tom√°s Emilio respond√≠a siempre lo mismo, sin una sola contradicci√≥n, sin la sombra de una sola mentira. Al final el inspector se volvi√≥ m√°s en√©rgico y lo amenaz√≥: “sabemos que el asesino est√° en esta empresa y sabemos que tiene un c√≥mplice, alguien que est√° involucrado por dinero, alguien a quien le pagan para que calle. Y s√© que t√ļ sabes de lo que estoy hablando”.

Tomás Emilio reaccionó de la forma que el inspector esperaba: a la defensiva. De pronto Villanueva lo invitó, con firmeza, a decir la verdad, de una sola vez, sin malos ratos para nadie. Tomás Emilio odiaba a los policías en general, pero en especial a los que tenían cara de buenas personas, como Villanueva.

Luego de un par de minutos de absoluto silencio, que fueron decisivos para que el inspector ratificara que había acertado, Tomás Emilio Blanco declaró:

– Hace como tres meses los vi juntos. Estaba por Las Mercedes y entr√© a un restaurant muy elegante para orinar. Entonces los vi, al doctor con una muchacha de la oficina. No vi nada raro en ellos, solamente que estaban comiendo. Pero el doctor se dio cuenta de que yo los hab√≠a visto (Maldita sean mis ojos que ven lo que no deben). Se levant√≥ de su asiento y me salt√≥ como un energ√ļmeno. Nunca lo hab√≠a visto as√≠, ni siquiera cuando sab√≠a que estaba verdaderamente bravo. Me tom√≥ por el brazo sin decirme nada y me arrastr√≥ hacia el bar. Me sent√≥ y √©l se qued√≥ de pie. Pidi√≥ un trago para m√≠. Entonces, lo √ļnico que me dijo fue que “la se√Īorita es una dama y usted no ha visto nada, ¬Ņme entiende?”. Le dije que s√≠ con la cabeza, ya que ten√≠a la lengua como acalambrada. Antes de irse me advirti√≥: “si dice algo, cualquier cosa, bajo cualquier circunstancia, estar√° perdido, ¬Ņme entiende?”. Volv√≠ a mover la cabeza diciendo que s√≠ mientras me beb√≠a el trago como si fuera una pepsicola. Durante una semana pens√© que me botar√≠an por andar meando donde no deb√≠a, pero no ocurri√≥ as√≠. El doctor era un hombre de palabra, y por eso cre√≠a en la palabra de los dem√°s.

Tomás Emilio parecía a punto de llorar, pero de pura rabia, de pura impotencia. Había traicionado a su jefe.

– ¬ŅC√≥mo se llama la muchacha que acompa√Īaba a Bianchi?

– Rosana, del Departamento de Dibujo- dijo, limpi√°ndose una peque√Ī√≠sima l√°grima que amenazaba con escap√°rsele de los ojos.

Antes de retirarse, a modo de consuelo, Villanueva le dijo: “lo hubi√©ramos averiguado de cualquier forma”. Tom√°s Emilio no dijo nada. Sali√≥ del cub√≠culo sin despedirse.

No fue hasta casi entrada la noche cuando Villanueva pudo ponerse a leer los escritos que Bianchi hab√≠a dejado archivados electr√≥nicamente. El hallazgo lo hab√≠a hecho uno de sus asistentes, luego de dos d√≠as y una noche de tediosa y paciente b√ļsqueda. El archivo en cuesti√≥n estaba camuflado entre cartas a petroleras y se titulaba CMRV4357.

Lo primero que se podía pensar del documento es que se trataba de un diario, pero con un poquito más de agudeza se descubría que el estilo estaba más cercano a la epístola que al diario íntimo, aunque tal vez fuera una mezcla de ambas. Sin ser un entendido en lecturas, el inspector sabía que los diarios están escritos para adentro, para que nadie los lea, con una dureza de pensamiento que a veces roza la sordidez, y por eso quieren ser herméticos. Las cartas, en cambio, están escritas hacia afuera, quieren llegar a otra persona, por eso son expresivas, aclaratorias, explicativas. El documento comenzaba así:

“S√°bado 26 de marzo de 1991.

Te hice el amor. Te bes√©, te toqu√© y te am√© en una sola primera vez, sin pre√°mbulos, todo de un solo golpe. Tanta luz en medio de tanta oscuridad, en medio de tantas sombras, en medio de tanto fastidio…

Jueves 31 de marzo 

No quiero entrar s√≥lo en tu cama, no quiero perderme entre los pliegues de tus s√°banas ni quiero penetrar s√≥lo tu cuerpo: quiero entrar en tu vida…

Viernes 29 de abril

Tu amor me duele. Estoy en el sitio donde el amor duele. Pero, ¬Ņqu√© digo? Desde cualquier sitio posible, el amor duele. Pero es un dolor que no me hace da√Īo. Est√°s aqu√≠, a mi lado, tan cerca de mi mano. Eres como un b√°lsamo que aplaca el dolor de la herida que me producen tus ojos de noches oscuras y eternas.

Viernes 1¬ļ de julio

Te amo. Quiz√°s porque jam√°s hab√≠a visto con tanta claridad a una mujer como te veo a ti. Es como si todo antes de ti no hubiera sido m√°s que un mero ensayo, una simple pr√°ctica de entrenamiento para poder reconocer alg√ļn d√≠a tu olor de mujer, tu mirada de noches oscuras, tu boca de aromas. Tanta soledad y tanto fracaso cobran sentido ahora que veo y siento y tengo tu rostro adormecido entre mis manos, como si ese fuera el objetivo de mi vida, como si hubiera nacido y crecido para romperme las rodillas en un juego de b√©isbol y enamorarme de mi maestra de sexto grado para casarme dos veces y tener tres hijas para luego escuchar el sonido de tus pasos en un pasillo de oficinas y voltear para mirar tus piernas de fuego sobre tus tacones de mujer sin saber que all√≠ me violabas y te me met√≠as en el cuerpo y en el alma sin sentirlo para luego besarte en los rincones de un estacionamiento solitario y tocar tus senos y pasar mi lengua sobre tus pezones y besarte toda de pies a cabeza para luego ba√Īarte de esperma y dormirme por primera vez en mi vida feliz. Todo para llegar a ti, √ļnicamente a ti.

Miércoles 10 de agosto

Sólo puedo calmar esa sed con el agua de tu vientre.

Y sólo puedo y quiero beberla a través de los labios de tu sexo.

Viernes 1¬ļ de octubre

Dar√≠a toda mi vida y todo lo que hay en ella por una noche, por una hora, por un minuto m√°s de tu amor”.

All√≠ terminaba el documento. Mand√≥ a imprimir una copia en papel y se recost√≥ un par de minutos sobre el sof√° del finado ingeniero. Villanueva estaba un poco decepcionado. Aquellas notas no eran m√°s que una cronolog√≠a de un amor que parec√≠a haber comenzado como una explosi√≥n de luces para terminar luego en el sitio donde todo termina: en el basurero. “Un rom√°ntico”, pens√≥ el inspector.

A una pregunta de Villanueva, uno de sus asistentes le inform√≥ que los reportes forense y de bal√≠stica a√ļn no estaban listos.

РMalditos burócratas- exclamó.

II

Eran las  ocho en punto de la ma√Īana, cuando Rosana Scannone entr√≥ a la oficina del inspector en la central de la PTJ. Era morena, de pelo ondulado y negr√≠simo hasta mitad de la espalda. En general, era una mujer menuda y de poca estatura. A primera vista, no ten√≠a el aspecto que Villanueva pensaba deb√≠a tener una amante, sobre todo una que hubiera sido capaz de mover tantas pasiones en el ingeniero. La invit√≥ a sentarse y le ofreci√≥ caf√©. Ella acept√≥, con sonrisa educada, ambos ofrecimientos. Pidi√≥ permiso para fumar. Sac√≥ de su bolso una cajetilla de Marlboro rojo, los mismos que el inspector hab√≠a hallado en la cenicera de la habitaci√≥n del hotel “Gaeta”. Pero el ingeniero tambi√©n fumaba esa marca, as√≠ que aquellas colillas del cenicero deb√≠an ser de cigarrillos que el ingeniero hab√≠a fumado mientras esperaba su hora de amor. Sin m√°s pre√°mbulos, el inspector en persona inici√≥ el interrogatorio:

– ¬ŅDesde cu√°ndo trabaja usted en “Arkidise√Īos” ? – pregunt√≥ mientras repasaba con la mirada el expediente de trabajo de Scannone.

– Desde hace tres a√Īos.

– Es dibujante, ¬Ņno?

– Dise√Īadora. Al principio comenc√© como dibujante, pero a los diez meses pas√© al Departamento de Dise√Īo- su voz era ronca y pausada, pero firme, como si hablara para no retractarse jam√°s de lo que dec√≠a. Miraba directo a los ojos, lo que le daba a su rostro una fuerza y un atractivo que no pasaron desapercibidos para el inspector. Rosana parec√≠a de esas mujeres que se hacen hermosas a partir de una segunda mirada.

– ¬ŅConoci√≥ usted en vida al ingeniero Enrico Bianchi?

– Todos en “Arkidise√Īos”  lo conoc√≠amos. Era uno de los due√Īos de la empresa.

– Tratar√© de ser m√°s preciso: ¬Ņlo conoci√≥ usted √≠ntimamente?

– ¬°¬ŅQu√© clase de pregunta es esa?!

El inspector tuvo que morderse la lengua para no pedir disculpas, ya que esa hubiera sido la peor manera de perder el control de la situación y el respeto que debía infundir sobre su testigo y subalternos.

РMe refiero a si salían juntos.

– √Čramos amigos.

– ¬ŅMuy amigos?

– ¬ŅQu√© anda usted buscando, sargento?- el inspector la interrumpi√≥ y le aclar√≥ que √©l no era sargento, sino inspector-. Hace d√≠as que usted ha montado una cacer√≠a de brujas buscando una amante de Enrico…

– ¬ŅLo llama Enrico, a secas? – la interrumpi√≥ Villanueva.

– ¬ŅC√≥mo quiere usted que llame a un hombre con el que hac√≠a el amor?

El inspector y sus ayudantes se quedaron en silencio, como petrificados. No por el hecho de que la mujer admitiera ser la amante del ingeniero asesinado, sino por la forma como lo había hecho: sin tapujo, sin rodeos y sin esfuerzos. Todos estaban desconcertados, el inspector más que ninguno. Apenas pudo atinar una pregunta, quizás la más torpe o pueril que le pasó por la mente:

– ¬ŅLo admite as√≠, sin m√°s?

– ¬ŅY de qu√© manera quiere usted que lo haga? Creo que usted ha confundido la investigaci√≥n. Se ha concentrado en buscar una amante, que ya consigui√≥, y ha descuidado todos los pasos del asesino.

– ¬ŅPor qu√© no vino a hablar conmigo desde un comienzo?

РPorque no había razón para hacerlo. Aquí lo que ha habido es un crimen y usted se ha concentrado en desenmascarar un romance. Grave error, policía.

РInspector- corrigió Villanueva, un poco fuera de sí.

– Como m√°s le convenga, inspector.

– ¬ŅHabl√≥ usted con el ingeniero antes de morir?

РSí. Me llamó por teléfono desde el motel.

– ¬ŅEstuvo usted en el motel “Gaeta” el catorce de febrero?

РSí. Nos íbamos a encontrar allí. Para eso me llamó. Pero no llegué a verlo.

– ¬ŅPor qu√©?

РPorque ya lo habían matado.

– ¬ŅC√≥mo pudo saberlo?

РLa habitación estaba rodeada de policías y de patrullas. Estacioné mi carro donde pude y los observé unos minutos. Alguien me dijo que un hombre se había suicidado. Supe que se trataba de Enrico. Pensé en bajarme y verlo, pero me pareció que ya no tenía sentido.

– ¬ŅQu√© no ten√≠a sentido?

РVerlo de nuevo. Si no lo hubieran matado, tampoco estoy segura de haber entrado a esa habitación.

– ¬ŅPor qu√©?

РHabíamos terminado hacía más de un mes. Para ambos fue una ruptura extremadamente dolorosa.

– ¬ŅLo am√≥ usted?- pregunt√≥ Villanueva, comprendiendo en el acto que aquella no era una pregunta t√©cnicamente policial.

– En realidad, no lo s√©- y por primera y √ļnica vez durante todo lo que dur√≥ el interrogatorio, Rosana Scannone baj√≥ la mirada. Villanueva percibi√≥ algo parecido al dolor en aquel gesto brev√≠simo.

– Ya la recuerdo- dijo el inspector, un poco fuera de orden-. Usted tiene un Fiat Tempra blanco, ¬Ņno?

РExacto, oficial. Es usted muy observador- el inspector prefirió ignorar el sarcasmo de la frase.

– Inspector, se√Īorita, inspector. Por favor.

– ¬°Oh!, disc√ļlpeme. Aunque me parece que se enreda usted mucho con eso de los t√≠tulos.

– Tengo subalternos aqu√≠ presentes y usted es mi testigo. Es bueno para todos respetar los rangos. Yo la llamo a usted se√Īorita y usted me llama a m√≠ inspector. Es muy simple. Pero, en fin, ¬Ņcree usted que haya habido otra mujer, alguna que se hubiera sentido desplazada o se sintiera celosa de la relaci√≥n de ustedes, alguien que el ingeniero hubiera abandonado por usted?

– ¬ŅY va a seguir con eso?

РEs sólo una pregunta.

РNo. No había otra mujer. Ni antes ni ahora. Sólo yo.

– Su ex-esposa, por ejemplo, ¬Ņno cree que se sintiera humillada en ser desplazada por una mujer m√°s joven que ella?

РMás joven y más bonita- completó Rosana, con una sonrisa pícara y coqueta en sus labios-. Pero no. Yo no desplacé a nadie. Su ex-esposa ya estaba desplazada desde hacía mucho tiempo. Eso era un asunto cancelado.

– Disculpe la pregunta, se√Īorita- dijo el inspector, quien parec√≠a haber encontrado el modo de interrogar a su testigo-, teniendo el ingeniero una casa de dos plantas con siete cuartos para √©l solo, ¬Ņpor qu√© hac√≠an el amor en moteles para parejas?

РNo hacíamos el amor en moteles para parejas. Ese día lo íbamos a hacer, pero no se pudo. Lo mataron, usted sabe.

– ¬ŅPor qu√© est√° tan segura de que fue un homicidio?

РUn hombre no se mata mientras espera a una mujer para hacer el amor. Además, todos los periódicos han publicado que recibió un golpe fortísimo en la cabeza antes de morir. Por eso estoy segura de que lo mataron.

– Disculpe nuevamente mi curiosidad, pero ¬Ņpor qu√© ese d√≠a quer√≠an hacerlo en un motel?

РDebía llegar temprano a casa. Usted sabe, soy casada.

At√≥nito, el inspector abri√≥ nuevamente el expediente de Rosana, el cual hab√≠a sido facilitado por “Arkidise√Īos”, para verificar el estado civil de la se√Īorita.

РNo se moleste. Esa información no está actualizada en mi expediente.

El inspector Gerardo Villanueva era un fumador ocasional, pero siempre nocturno, preferiblemente entre tragos y amigos. Muy pocas veces lo hac√≠a en el d√≠a, pero nunca antes del mediod√≠a. Aquella ma√Īana le pidi√≥ un cigarrillo a Rosana y fum√≥ en silencio. Despu√©s de un par de chupadas, se volte√≥ hacia ella y le pregunt√≥:

– ¬ŅSab√≠a su esposo de esta relaci√≥n entre usted y el ingeniero Bianchi?

РEs usted demasiado previsible para ser policía, inspector. Pero sí, Luciano lo sabía. Y es celoso. Pero no fue él quien mató a Enrico.

– ¬ŅPor qu√© tan segura?

– Porque Luciano no tiene, ¬Ņc√≥mo decirlo…?, el valor suficiente.

III

En la tarde el inspector recibió los reportes forenses y bancarios de Bianchi.

El informe forense ratificaba que Bianchi no hab√≠a hecho el amor el d√≠a de su muerte. Igualmente se√Īalaba que el arma asesina hab√≠a sido accionada por su propia mano. Las √ļnicas huellas del rev√≥lver eran las del ingeniero. Su mano derecha estaba impregnada por la p√≥lvora del fogonazo mortal. El golpe en su cabeza se hab√≠a producido antes de su muerte. El reporte de bal√≠stica indicaba que el arma asesina no estaba registrada y su procedencia era ilegal, es decir, hab√≠a ingresado al pa√≠s de contrabando. Tal vez el ingeniero la hab√≠a tra√≠do en alguno de sus innumerables viajes al exterior, o se la hab√≠a comprado a alg√ļn traficante de esos que venden armas peque√Īas a muy buen precio sin ning√ļn tipo de preguntas. M√°s de la mitad de las armas de la poblaci√≥n civil del pa√≠s ten√≠an ese origen, as√≠ que el dato no era, en realidad, relevante.

La tesis del suicidio cobraba fuerza a punta de evidencias. Pero entonces, ¬Ņqui√©n lo hab√≠a golpeado antes de morir?

Uno de los detectives ayudantes de Villanueva propuso la hipótesis de que había sido golpeado antes de llegar al hotel, quizás en un asalto. Sin embargo, no le habían quitado nada: llevaba todo su dinero, tarjetas de crédito, reloj, cadena de oro y anillos. Además, en el carro no había huellas de sangre. La herida se había producido en la habitación poco antes de morir, con un objeto macizo que posteriormente había sido sustraído por el asesino.

Villanueva no descartaba que lo hubieran golpeado para dejarlo sin sentido y poder así accionar el arma a través de la mano del ingeniero, de tal forma que el suicidio fuera el dictamen policial con el cual el caso quedaría cerrado para siempre. Pero se les pasó la mano y el golpe fue demasiado fuerte, demasiado evidente. Esta hipótesis no la comentó a sus ayudantes. Quería que ellos siguieran pensando.

Los reportes bancarios de las cuentas en bol√≠vares y en d√≥lares que le fueron entregados al inspector, causaron un verdadero impacto en √©l. Las sumas que all√≠ se manejaban, sobre todo en d√≥lares, eran verdaderamente impresionantes. Por pura intuici√≥n, Villanueva supuso que estas cifras no se correspond√≠an con lo que Bianchi recib√≠a por su asociaci√≥n en “Arkidise√Īos” . Entre los papeles de su patrimonio (entregados por los abogados del ingeniero despu√©s de muchas protestas y bajo fuertes presiones de encubrimiento criminal), Bianchi aparec√≠a como socio √ļnico de la empresa “Aquatic Export Corporation”  y como uno de los dos √ļnicos socios de la empresa “Air Way Express” . Compart√≠a esta sociedad con un tal Domenico Marrosu, de origen italiano, pero nacionalizado ciudadano norteamericano. Ambas empresas se dedicaban a la exportaci√≥n de frutas tropicales.

Bianchi tenía cuentas bancarias en Caracas, Maracaibo, Puerto Cabello, Nueva York, Miami, Palermo y Liorna. Gran parte de los movimientos de dinero eran a través de transferencias que iban de una cuenta a otra, con montos hasta de cinco millones de dólares. Finalmente eran descargadas en Liorna, siempre en Liorna, en cifras no mayores a los cien mil dólares diarios.

Los reportes telefónicos igualmente indicaban gran actividad internacional en las fechas en las que tenían lugar las transferencias bancarias. Villanueva solicitó información a Interpol.

Antes de visitar por primera vez la casa de Bianchi, el inspector hizo una breve parada en “Arkidise√Īos”, para entrevistarse un par de minutos con los socios. Ninguno de ellos sab√≠a ni sospechaba nada de la existencia de las otras empresas de Bianchi. A una pregunta de Villanueva, informaron que la utilidad econ√≥mica anual del ingeniero nunca hab√≠a sobrepasado los treinta millones de bol√≠vares.

IV

Villanueva lleg√≥ a la casa de Bianchi en una patrulla, acompa√Īado por tres de sus mejores hombres. Nada en aquella casa parec√≠a indicar que su due√Īo hubiera muerto. En realidad, a no ser por la sangre y los pedazos de masa encef√°lica regados en la habitaci√≥n 512 del hotel “Gaeta”, nada parec√≠a indicar que Bianchi hubiera muerto. En el fondo, nadie parec√≠a lamentar su muerte, nadie parec√≠a sufrir por su desaparici√≥n.  Ni su ex-mujer, ni sus tres hijas que vinieron desde Roma, enterraron al padre y se marcharon pr√°cticamente en el mismo avi√≥n, probablemente con mejores cosas que hacer. Ni siquiera Rosana. O mejor dicho, Rosana menos que nadie. ¬ŅQu√© clase de vida lleva un hombre para no ser llorado a la hora de su muerte?

La casa era una residencia espaciosa, acabada en obra limpia con ladrillos color ocre. El recibidor estaba forrado con una espesa alfombra  color marfil. Mentalmente, Villanueva calcul√≥ que deb√≠a costar por lo menos dos o tres a√Īos de su salario. La comisi√≥n fue recibida por una especie de ama de llaves, una mujer rolliza y de cara agradable. Por su nombre, Villanueva dedujo que tambi√©n era de origen italiano. Como parec√≠a ser la persona de mayor rango dentro de la casa, fue a ella a quien Villanueva entreg√≥ la boleta de cateo. Y fue ella quien se encarg√≥ de guiar al inspector y a sus detectives por cada rinc√≥n de la casa. A una pregunta de Villanueva, la mujer respondi√≥ que adem√°s de ella estaban la cocinera y el chofer. El inspector orden√≥ que nadie abandonar√° la residencia mientras durara el allanamiento.

En una de las paredes del sal√≥n principal colgaban tres cuadros de formato medio. Villanueva crey√≥ reconocer en uno de ellos a un Jacobo Borges. Frente a esa pared, hab√≠a un peque√Īo bar de madera caoba oscura y cuatro butacas forradas en piel. Al fondo de la pared del bar estaban colgadas unas fotograf√≠as, casi todas en blanco y negro. Villanueva no las pudo reconocer, pero eran fotos de Nueva York tomadas por Andreas Feininger y una fotograf√≠a de la escritora Carson McCullers hecha por Cartier-Bresson. La colecci√≥n conclu√≠a con una muestra de Paolo Roversi, tres fotograf√≠as de mujeres semidesnudas con rostros hermosos, pero tristes y deprimidos.

En general, Villanueva sinti√≥ que la casa emanaba un aire de tristeza, fastidio y soledad. Parec√≠a ser el refugio de un cazador fallido, de un hombre que lo hab√≠a intentado todo y no hab√≠a encontrado nada. Cuando Villanueva se pesc√≥ a s√≠ mismo con estos pensamientos, no pudo menos que sonre√≠r para sus adentros: aquella era la casa de un triunfador, de un hombre de √©xito que hab√≠a logrado todo cuanto se hab√≠a propuesto en su vida. Sin embargo, Villanueva sent√≠a que eso s√≥lo era la superficie, la fr√°gil c√°scara de una realidad agria y desoladora. Aquella casa parec√≠a un monumento al fracaso, a la b√ļsqueda sin encuentro. Parec√≠a el mapa de una ruta equivocada e irreversible. Nada all√≠ parec√≠a ser personal, sino el producto de un gusto exquisito y costoso, pero hambriento, insatisfecho, inconcluso. En esa casa, la casa de un apasionado, parec√≠a no haber espacio para la pasi√≥n. Al contrario, todo parec√≠a producto de un orden fr√≠o y calculado. Pens√≥ en Bianchi como un hombre equivocado.

Al revisar la biblioteca de Bianchi, el inspector encontr√≥ novelas de Sallinger, Carson McCullers, Leonardo Siascia, Truman Capote. Hab√≠a una antolog√≠a de Ungaretti, la √ļnica obra po√©tica en aquellos anaqueles. El resto eran ediciones lujosas de cl√°sicos de la literatura universal, novelas y teatro del siglo de oro espa√Īol y algunos autores rusos. Poca literatura venezolana y casi nada de literatura latinoamericana, salvo un librito de cuentos de Garc√≠a M√°rquez y las obras completas de Roa Bastos. Sobre el escritorio encontr√≥ una edici√≥n de bolsillo de Los hermanos Karamazov, de Dostoievsky. La hoje√≥ descuidadamente, pero le llam√≥ la atenci√≥n una frase marcada con resaltado amarillo:

“Dar√≠a toda mi vida, y todo cuanto hay en ella, por una noche, por una hora, por un minuto m√°s de tu amor”.

Ya sabía que esa frase que había visto en el diario-carta de Bianchi la había leído antes, pero no había logrado recordar dónde.

Durante sus a√Īos de estudio en la Academia tuvo oportunidad de leer gran parte de la obra de Dostoievsky. Eran lecturas obligatorias en el curso que dictaba el instructor Alfredo Marcano, un viejo ex-polic√≠a que dedicaba sus a√Īos de retiro a la ense√Īanza criminal√≠stica. Era uno de los instructores con mayor prestigio dentro de la Academia, a pesar de que sus ense√Īanzas eran verdaderamente poco ortodoxas. Esto le costaba, junto a la admiraci√≥n de los verdaderos grandes polic√≠as, la burla de muchos de sus colegas y de la gran parte de sus alumnos, quienes estaban m√°s interesados en las artes marciales, las clases de tiro o c√≥mo presentar un informe breve y contundente que permitiera el cierre definitivo de un caso. Esa parec√≠a ser la obsesi√≥n de gran parte de sus compa√Īeros de estudio: cerrar casos. El viejo Marcano hab√≠a estudiado Ingenier√≠a en su lejana juventud, pero antes de culminar el tercer a√Īo de la carrera se cambi√≥ para la facultad de Humanidades de la Universidad de Bogot√° para estudiar Filosof√≠a y Letras. Al culminar sus estudios emigr√≥ hacia Nueva York, sin saber muy bien qu√© hab√≠a ido a buscar all√°. Casi por accidente se hizo polic√≠a de la Gran Ciudad. Comprendi√≥ que aquello era su vida. Fue agente secreto, uno de los poqu√≠simos latinos que tuvo acceso al FBI. Pas√≥ luego a Interpol y finalmente (“la tierra llama”, dec√≠a Marcano) ingres√≥ al Cuerpo T√©cnico de Polic√≠a Judicial de Venezuela. En clase le dec√≠a a sus estudiantes que en el crimen se un√≠an la pasi√≥n y el c√°lculo de la mente humana. Ese es el campo de batalla de un polic√≠a. Y para poder entrar en √©l, el polic√≠a debe ser un apasionado y un analista nato. El polic√≠a no es un justiciero, es un perseguidor tenaz y anal√≠tico, un investigador del alma humana. Les mando a leer Crimen y Castigo. Hablaron casi durante todo el semestre sobre la novela. Adicionalmente, como lecturas de apoyo, tuvieron que leer Los hermanos Karamazov y Los demonios, todas de Dostoievsky. Marcano dec√≠a que era el escritor con la mente criminal m√°s perfecta que jam√°s hubiera dado la literatura. Aunque parec√≠a un literato, Marcano era un polic√≠a ciento por ciento, el mejor que Villanueva hubiera conocido jam√°s.

Cuando Villanueva cayó en cuenta de que llevaba más de diez minutos revisando la biblioteca de Bianchi y rememorando a su antiguo profesor, tuvo que admitirse a sí mismo que él, el jefe de la investigación y el líder del allanamiento, no sabía a ciencia cierta qué estaba buscando.

Abri√≥ con cierto desgano un peque√Īo armario en el que encontr√≥ algunos objetos deportivos: palos de golf, una bola de bowling, un par de raquetas de tenis, un par de cachuchas y un gorro playero para cubrirse del sol. Con cierto desgano tom√≥ en sus manos la bola de bowling. Intent√≥ introducir sus dedos en ella, pero no pudo. Poniendo un poco m√°s de atenci√≥n en lo que hac√≠a, lo intent√≥ con la mano izquierda y lo logr√≥. Devolvi√≥ la bola a su lugar y cerr√≥ el armario.

En una repisa encontró una hermosa colección de pistolas Beretta, las preferidas para cualquier italiano.

Cuando se topó con la computadora personal de Bianchi sobre el escritorio principal de la biblioteca, la encendió sin pensarlo dos veces. Tardó casi una hora en encontrar el archivo que buscaba: CMVR4357. El comienzo era idéntico al que sus hombres habían encontrado en la oficina, pero este llegaba hasta el 30 de enero de 1992, es decir, dos semanas antes de su muerte.

“Viernes 25 de noviembre

Nunca cre√≠ posible que pudieras hacerme da√Īo. Y sin embargo, me lo est√°s haciendo. No es el da√Īo en s√≠ mismo lo que me destroza, sino el hecho de que ese dolor tan lacerante y penetrante que me quema hasta los huesos, me llega justamente de ti. T√ļ, que eras como un b√°lsamo para mis heridas, te conviertes ahora en la herida.

Jueves 8 de diciembre

¬ŅEn qu√© nos equivocamos? Tuvimos en nuestras manos un regalo de la vida. Lo tuvimos todo y lo perdimos todo. Te ped√≠, te rogu√©, te advert√≠ que no ten√≠as derecho a dudar, ni siquiera por un segundo, de que lo que nos estaba ocurriendo era lo m√°s real de nuestras vidas. La ficci√≥n, lo falso era lo otro, lo de afuera, lo que respiraba m√°s all√° de nuestras pieles. Lo nuestro era lo real, pero no pudiste o no quisiste creerlo. Le tuviste miedo al amor. Le tuviste miedo a ser feliz porque no sab√≠as d√≥nde se apoyaba esa felicidad, no sab√≠as donde estaban las bases, las columnas, las vigas de hierro que la sosten√≠an. Estaban en tu coraz√≥n, y por eso no las pod√≠as ver. Entonces cometiste el error de interrogar al amor, y el amor se burl√≥ de ti. Te dio pistas falsas, respuestas falsas, premisas falsas. S√≥lo ten√≠as que creerlo y vivirlo. Lo dif√≠cil estaba hecho. Porque el amor es una pregunta, una inc√≥gnita, un enigma m√°gico y venenoso, pero nunca una respuesta. Como la muerte, el amor no quiere ser elegido. El es quien levanta su dedo devastador y te elige. Ahora ambos, t√ļ y yo, inventaremos amores que no existen y perderemos horas, d√≠as, meses y a√Īos tratando de creer en ellos. De ahora en adelante comenzar√°s a buscar lo que acabas de perder. Y la perdida te ser√° eterna, peque√Īa m√≠a: esa ser√° nuestra maldici√≥n. Temiste equivocarte (no quiero equivocarme de nuevo, me dijiste), y lo √ļnico que hiciste fue equivocarte. Porque esta vez el error era temer. Me cerraste tu vida y no te lo perdono. No te lo perdono, peque√Īa m√≠a.

Jueves 21 de diciembre

Cuando ella me lo dijo sent√≠, en medio de mi sorpresa, un gran regocijo: “entr√© en ti, a pesar de ti, a pesar de tu muralla logr√© penetrar en tu cuerpo y anclarme en √©l, permanecer en ti, oculto y misterioso, bebiendo de tu sangre, creciendo tenazmente en tu vientre”.

Estaba tan atónito que no logré percatarme de que ella ya lo había matado cuando me dijo que vivía.

Esta noche, de pie en una esquina, acarici√°ndola como un adolescente, s√≥lo quise protegerla de todo, hasta del hijo min√ļsculo que lat√≠a agonizante en sus entra√Īas.

El inspector not√≥ que este √ļltimo fragmento no ten√≠a el estilo epistolar de los anteriores. Este fragmento estaba escrito para s√≠ mismo, como si fuera el trozo de un diario, como una nota destinada a no ser entregada a nadie. Esta apreciaci√≥n se confirmaba por el hecho de que el siguiente fragmento, fechado el mismo d√≠a, volv√≠a a adquirir el car√°cter epistolar de todos los anteriores:

Jueves 21 de diciembre

Hoy ser√° tu noche negra, y me execraste de ella. Te acabo de dejar en medio de esta noche, comprendiendo que tal vez te pierda en ella para siempre.

Siento que agonizo. Sospecho que saldré de tu vida con la sangre mortecina que esta noche emanará de tu vientre

Viernes 30 de enero

Nunca he tocado a una mujer como te he tocado a ti. Y nunca un hombre te ha tocado como  lo he hecho yo. Porque yo no he tocado en ti a una mujer. He tocado en ti a la vida, al amor, a la muerte, al dolor, a la felicidad y a la tristeza. No eres para m√≠ una mujer: eres un mundo, un universo, un todo en el que mi vida – mi desordenada vida, mi vida rompecabezas, mi vida disuelta y rota en pedazos- se unifica y cobra sentido al abrigar tu rostro en mi mano.

Siempre me dije a m√≠ mismo: Ahora o nunca. Creo entender, a mis a√Īos, que dej√© de vivir muchas cosas que estaban en el “despu√©s”. No quiero que t√ļ seas una de ellas. Pero todo tiene un l√≠mite, peque√Īa m√≠a y, por desgracia nunca sabemos donde est√° trazada la frontera entre la espera y el olvido.

Lunes 2 de febrero

Quise entrar en tu vida y eso fue, justamente, lo que menos pude…

All√≠ terminaba el diario-carta. Villanueva comenz√≥ a pasearse por pensamientos que ciertamente no eran policiales: ¬Ņqu√© es el amor, qu√© la pasi√≥n, qu√© la muerte? ¬ŅAcaso la muerte hab√≠a sido la √ļnica salida posible para Bianchi? ¬ŅQu√© quer√≠a ese hombre de esa mujer? ¬ŅO quiz√° era simplemente eso: que la amaba, que la quer√≠a? Parec√≠a que hab√≠a enloquecido por aquella mujer delgadita y de bien talladas piernas, por aquella mujer de labios gruesos pero de ninguna forma hermosos, por aquella mujer que en ning√ļn momento hab√≠a dejado traslucir un poco de dolor por el amante muerto. Era como si a trav√©s de esa mujer, Rosana Scannone, Enrico Bianchi hubiera descubierto una visi√≥n maravillosa y devastadora de lo humano. En ese momento fue interrumpido por el ama de llaves:

– Tiene una llamada del se√Īor Miguelangelo Pirelli. Usted dir√°.

Villanueva se levantó dispuesto a seguirla y atender la llamada. Adivinando sus intenciones, la mujer le indicó que podía tomar el teléfono del escritorio, justo al lado de la computadora. Villanueva agradeció la sugerencia. La mujer cerró la puerta detrás de ella, pero el inspector no escuchó que sus pasos se alejaran.

РInspector Villanueva, a sus órdenes.

Pirelli era uno de los socios de “Arkidise√Īos”.

– De acuerdo. En el “Carlson”. En una hora me parece bien.

Durante todo el trayecto que separaba la casa de Bianchi del bar “el “Carlson”, Villanueva no pudo quitarse de la cabeza la idea de que el ingeniero hab√≠a estado metido hasta el cuello en negocios sucios. No pod√≠a precisar a√ļn si como financista de operaciones relacionadas con drogas, con lavado de dinero o con contrabando. De lo que s√≠ estaba seguro es de que era dinero sucio. ¬ŅPor qu√© mantener sus empresas ocultas, si eran las que le produc√≠an el grueso de su fortuna? ¬ŅPor qu√© tantas cuentas bancarias, por qu√© tantas transferencias, como si intentara despistar a alguien, evitar alg√ļn tipo de control? ¬ŅPor qu√© tantos cargos y descargos sistem√°ticos? ¬ŅSe habr√≠a burlado de sus aliados y ellos, en represalia, lo hab√≠an ejecutado? ¬ŅO simplemente se hab√≠a suicidado a consecuencia de un romance dif√≠cil? ¬ŅDe donde le sali√≥ tanta pasi√≥n a un hombre con una vida tan aparentemente tranquila y aburrida? Aunque en realidad, ¬Ņqui√©n pod√≠a decir que conoc√≠a verdaderamente a Enrico Bianchi, ingeniero de profesi√≥n, involucrado hasta el tu√©tano en negocios ilegales, amante empedernido de una mujer en apariencia fr√≠a y distante, asesinado de un balazo en un motel para parejas? De lo √ļnico que estaba seguro era de esto √ļltimo: que hab√≠a sido asesinado, pero no ten√≠a pruebas, ni pistas, s√≥lo indicios. Aun el golpe en la cabeza, no era m√°s que un indicio. Sab√≠a que al informar a sus superiores sobre la existencia de las empresas fantasmas y las cuentas millonarias en d√≥lares, le quitar√≠an el caso en un santiam√©n y se los dar√≠an a los de Narc√≥ticos, que tienen m√°s poder, m√°s influencias, m√°s privilegios y m√°s presupuestos que el Departamento de Homicidios. Narc√≥ticos era casi un departamento de Inteligencia, mientras que Homicidios era una unidad de persecuci√≥n. “Los sabuesos”, as√≠ llamaban el resto del cuerpo policial a los de Homicidios. Sab√≠a que apenas presentara su informe preliminar, le quitar√≠an el caso. As√≠ que, lo que ten√≠a que averiguar, tendr√≠a que hacerlo ya, en las pr√≥ximas horas.

“El Carlson”  era un peque√Īo bar ubicado en una elegante zona de la avenida Francisco de Miranda, a la altura de Chacao. Quedaba en la planta baja de un edificio semicircular con arquitectura perezjimenista  de los a√Īos cincuenta. Frente a la puerta de entrada hab√≠a una fuente de aspecto triste y solitario, tal vez por la falta de iluminaci√≥n. Villanueva se percat√≥ de que estaba de mal humor.

Al Villanueva entrar al bar, Pirelli se puso de pie para llamar su atención y estrechar su mano apenas estuvo a su alcance. Se sentaron. Miguelangelo comentó que el lugar era visitado principalmente por gente de publicidad, cine y televisión:

РSin embargo, no es un sitio farandulero. Aquí viene la crema: productores, guionistas, directores e inversionistas. O tipos como yo, que tenemos la oficina cerca. Somos una especie de parroquianos de categoría.

Villanueva toleraba perfectamente a los ricachones muertos, asesinados, suicidados o desaparecidos. Pero no los toleraba vivos. Miguelangelo llam√≥ al mesonero y orden√≥ un whisky para Villanueva. 

– No tomo whisky, se√Īor. Tr√°igame un cubalibre con mucho hielo y lim√≥n- objet√≥ Villanueva secamente. Le molestaba la gente que pensaba que lo mejor que se puede ofrecer en la vida es un whisky.

РBianchi era uno de los suyos: sabía apreciar el buen ron. Me alegra descubrir que la persona que tiene a su cargo descubrir la verdad sobre su muerte prefiera el ron al whisky. Para mí el ron es una bebida apasionada, salvaje, cargada de deseos inmediatos. El whisky, en cambio, es tan moderado.

– Usted quiere decirme algo, ¬Ņno es as√≠?- cort√≥ el inspector, tratando de ir directamente al grano.

РSí. Tengo algo que decirle.

– Lo escucho.

– Enrico era mi amigo, un verdadero amigo. Lo conoc√≠a hace much√≠simos a√Īos, desde antes de casarse con Virginia. Su muerte me ha impresionado mucho. Bueno, creo que lo correcto ser√≠a decir que me ha dolido mucho.

Sin saber muy bien por qué lo hacía, Villanueva comentó:

– ¬°Vaya! Es la primera persona que me confiesa dolor por esta muerte.

– ¬ŅPor qu√© dice eso? Todos en la oficina est√°n muy consternados por la muerte de Enrico.

– Pero nadie lo ha expresado. Fue eso lo que quise decir. No me tome a mal.

РEsta tarde le mentí Рprosiguió Miguelangelo -. Sí sabía de las empresas de Enrico.

– ¬ŅPor qu√© lo hizo?

РPor respeto a su decisión de mantenerlas en secreto. Cuando usted se marchó, me pareció que ese secreto ya no tenía vigencia estando él muerto. Consulté con mis abogados y ellos opinaron que lo más saludable para todos era decir la verdad.

– ¬ŅQu√© m√°s sabe?

– No mucho. Me enter√© de estas empresas, muy exitosas seg√ļn √©l, hace apenas un par de semanas, porque el mismo Enrico me lo coment√≥ de forma absolutamente voluntaria, contando siempre con mi discreci√≥n.

– ¬ŅQu√© le dijo exactamente?

– Ten√≠a problemas con una de ellas. Me cont√≥ que dos meses atr√°s se hab√≠a perdido un cargamento de mangos. Se pudrieron todos. No serv√≠an ni para conservas. Me dijo que como √©l despachaba contra pagos previamente cancelados, el dinero de este embarque estaba ya en su cuenta antes de que saliera de La Guaira. El alegaba que al momento de estropearse los mangos, ya eran propiedad del cliente y responsabilidad de la empresa transportista. El cliente, por su parte, argumentaba que los mangos ya estaban infectados con una extra√Īa bacteria que los hab√≠a podrido a pesar de que se guardaron todas las normas de conservaci√≥n por parte de la transportista, exigiendo de esa forma la devoluci√≥n de la totalidad del dinero. Al introducirse el t√©rmino “infecci√≥n bacteriana”, la aseguradora podr√≠a tomar un largo e interminable camino de investigaciones bioqu√≠micas antes de llegar a una decisi√≥n. Pero en el mejor de los casos, la aseguradora no reconocer√≠a nunca m√°s del cincuenta por ciento del valor total de la mercanc√≠a.

– ¬ŅPor qu√© le cont√≥ todo esto?

– Estaba amenazado de muerte.

Pirelli aprovechó la cercanía del mesonero para pedir una nueva ronda de tragos.

РSus clientes eran sicilianos Рcontinuó -, y había mucho dinero de por medio. Como ya supondrá, esa es una fórmula explosiva.

– ¬ŅConoce el nombre o los nombres de estos clientes?

– No, nunca me los dijo.

– ¬ŅConoce usted personalmente le sede de estas empresas?

РNo. Sólo sé de ellas lo que me contó Enrico hace un par de semanas. Lo hizo quizás porque temía que lo asesinaran.

– ¬ŅEstuvo usted presente en alg√ļn procedimiento o en alguna actividad relacionada con estas exportaciones?

– No, nunca. Ya le dije lo que sab√≠a. ¬ŅPor qu√© me hace estas preguntas?

– Porque me temo que estas empresas lo eran s√≥lo en apariencia. Sus oficinas en Caracas est√°n ubicadas en un edificio de mala muerte en el centro de la ciudad. El personal que maneja estas exitosas empresas, como las calific√≥ el ingeniero Bianchi, se limita a un contador, un asistente contable y una secretaria-recepcionista.  Seg√ļn los libros, la actividad es m√≠nima y espor√°dica. Y entre los papeles no hay nada relativo al embarque de mangos del que usted me habla. Me temo que su amigo le minti√≥. Al menos en parte. O usted me miente a m√≠.

– ¬ŅPor qu√© √©l iba a hacer algo como eso?

– ¬ŅY por qu√© iba a decirle Bianchi toda la verdad? En lo que me cuenta, creo que hay algo de cierto: dinero, mucho dinero y sicilianos. Pero no me creo la historia de los mangos. Tal vez s√≠ hubo un embarque, pero no de mangos. Tal vez la carga se perdi√≥, pero no a causa de extra√Īas bacterias, sino por agentes de aduana o por la polic√≠a antidrogas.

La expresión del rostro de Pirelli se volvió cadavérica. Se tomó el resto de su whisky de un solo trago.

– ¬ŅEs cierto lo que me dice?

РEstamos trabajando en eso. No le puedo decir más. Aun así, su información ha sido muy valiosa Рdijo Villanueva, dando por terminada la entrevista.

– Espere, espere un momento. A√ļn no he terminado.

Villanueva volvió al asiento del que apenas si había logrado levantarse.

РLo que realmente quiero contarle no es esto. Como le digo, Enrico era mi amigo. Conocía muchas cosas de él, cosas que pudieran explicar su muerte o su suicidio. Usted será el encargado de descifrarlo. Pero en lo personal opinó que Enrico se suicidó.

Villanueva se dispuso a escucharlo atentamente, pero antes de proseguir, Miguelangelo pidió un par de tragos más.

– S√© que descubri√≥ que la se√Īora Scannone y Enrico fueron amantes.

РAsí es. Es parte del sumario secreto de esta investigación. Creo que he subestimado a la comunidad italiana en este proceso.

– Quiz√°s m√°s de lo que se imagina.

Los tragos llegaron y Pirelli bebió un gran sorbo de su whisky. Villanueva apenas tocó el suyo.

– ¬ŅQu√© sabe usted que yo no sepa a√ļn?

– Intimidades. M√°s nada. Hace meses, en esta misma mesa, Enrico me coment√≥ que estaba saliendo con una chica de la oficina. Me sorprend√≠ gratamente cuando me confes√≥ que se trataba de Rosana Scannone. Tal vez sabe que yo soy el jefe directo de Rosana en la oficina. La impresi√≥n que ten√≠a de ella era la de una joven muy despierta y muy talentosa, en ese orden. Me pareci√≥ que esas cualidades le har√≠an bien a Enrico. Pero una cosa son las apariencias y otra la verdad. Aunque parec√≠a muy segura y muy aplomada, Rosana result√≥ ser un mar de incertidumbres, al menos en lo referente a su vida afectiva. Al comienzo, seg√ļn Enrico, todo fue maravilloso entre ellos. Pero de pronto, apenas a los tres meses de haberse iniciado la relaci√≥n, ella quiso terminar. Hab√≠a cosas que no le cuadraban con su vida. Enrico se negaba toda posibilidad de cancelar la relaci√≥n. Personalmente, pienso que Enrico ha debido dejarla ir cuando ella quiso hacerlo, pero √©l insist√≠a como un adolescente enamorado. Jam√°s lo hab√≠a visto as√≠ por ninguna mujer, ni siquiera por Virginia, la madre de sus hijas. En esta misma mesa me dijo en m√°s de una oportunidad: “no la quiero perder, no la puedo perder”. Era como si con ella se agotaran todas sus posibilidades de amor. No lo s√©. Era como si estuviera inmerso en una especie de locura. Y ella tambi√©n: quer√≠a terminar, pero apenas se ve√≠an era como si los ojos se les inyectaran de semen y de fluidos vaginales. Perd√≥neme la expresi√≥n, pero es lo que me parece haber visto. Estaban como locos. Pero eran dos locuras distintas.

– ¬ŅQu√© ocurri√≥ entre ellos?

– No lo s√©. Nadie lo sabe. Tal vez ni siquiera ellos lo sepan. Ella nunca hizo nada por cuidar, por cultivar la relaci√≥n. Era Enrico quien hac√≠a todo. Ella parec√≠a esforzarse s√≥lo por terminar aquel romance. Pero era como si no pudiera, como si estuviera embriagada por la locura de Enrico. Creo que pudieron haber sido muy felices, y sin embargo no s√≥lo no lo fueron, sino que se hicieron mucho da√Īo. Ver√°, cuando comienzan a salir, Rosana apenas ten√≠a un par de meses separada de su esposo, un tal Luciano Pavetti. El tipo nunca dej√≥ de perseguirla, aun sabiendo que se acostaba con Enrico. Al final, pero solamente al final, Enrico pareci√≥ comprender que no hay hombre en el mundo que persiga con tal tenacidad a una mujer si no es alentado por ella de alguna forma. Creo que Rosana no estaba preparada para que esta relaci√≥n ocurriera en su vida. Ten√≠a demasiado miedo de amar…

РY el amor es un juego de valientes Рinterrumpió Villanueva, sin entender realmente por qué lo hacía, y rompiendo el sagrado principio policial de no interrumpir jamás a un declarante. Miguelangelo lo miró con asombro:

РVeo que es usted un detective sensible al amor. Eso me gusta. Tal vez así pueda dar con la verdad. Si es así, espero que sepa explicárnosla.

Miguelangelo Pirelli buscó en sus bolsillos su pipa y un sobrecito con picadura. La encendió, la aspiró con gusto y comentó:

РCreo que lo que los separó fue la presencia de Luciano. Pero Luciano estaba allí presente porque Rosana lo permitía, lo invitaba de alguna o de todas las formas posibles. Rosana es una mujer muy fuerte, muy aplomada, pero no se atrevió a amar a Enrico. Así veo yo las cosas. De los dos, Enrico fue quien salió perdiendo: ella fue más fuerte que él. Pero no le dé mucha importancia a este detalle, a este alarde de fortaleza. De los dos, Enrico fue el más valiente. Y recuerde que en la vida las cosas no son de quien puede, sino de quien se atreve. Pienso que Enrico se atrevió hasta el punto de terminar con un balazo en la cabeza. Ella, aun pudiendo, no hizo nada. Se limitó a ser testigo de su propia historia de amor.

– ¬ŅC√≥mo termin√≥ todo entre ellos? – pregunt√≥ Villanueva, un poco fastidiado.

– Lo que le voy a decir es una confidencia. S√© que a usted puedo hac√©rsela: al final ella qued√≥ embarazada. Cuando se lo confes√≥ a Enrico, ya hab√≠a tomado los medicamentos que le producir√≠an el aborto. El quiso apoyarla a√ļn en este trance, pero ella no lo dej√≥. All√≠ termin√≥ todo. Fue un final muy triste y muy duro.

РY cree que eso lo llevó al suicidio.

– Absolutamente.

V

Antes de llegar a su casa, el inspector se detuvo a cenar en una pollera. Pidi√≥ una cerveza y trat√≥ de no pensar en nada. Intent√≥ concentrarse en el bautizo de uno de sus sobrinos, pautado para el pr√≥ximo fin de semana; intent√≥ distribuir mentalmente su paga quincenal para poder sobrevivir a la reparaci√≥n de los frenos de su chevette; trat√≥ de pensar en qu√© momento de la semana podr√≠a llevar su ropa a la tintorer√≠a, pero no lo logr√≥: ten√≠a a Enrico y a Rosana clavados entre ceja y ceja. Con cierto mal humor, se dio cuenta de que la luz de ne√≥n de la pollera le hac√≠a da√Īo en los ojos. Sin pensarlo m√°s, se levant√≥ para hacer una llamada telef√≥nica.

– ¬ŅSe√Īorita Scannone? Buenas noches. Es el inspector Villanueva. Disculpe la hora, pero necesito hablar nuevamente con usted.  No, no en la comisar√≠a. Me gustar√≠a hacerlo hoy, ahora mismo, si no le importa. No se trata de una entrevista oficial. Simplemente necesito conocer un par de cosas. Muy bien, en su casa en veinte minutos.

El inspector Gerardo Villanueva acept√≥ el ron en las rocas que le ofreci√≥ como alternativa Rosana Scannone. Era ron cubano, de los mejores del mundo. Tal vez el que tomaba Enrico cuando la visitaba. El apartamento era de regular tama√Īo (no m√°s de cien metros cuadrados), muy c√°lido y acogedor, con las paredes forradas en fotograf√≠as, casi todas en blanco y negro. Se sentaron el uno frente al otro, como si se dispusieran de entrada a la confidencia. Villanueva inici√≥ la entrevista:

РEsta visita no es oficial. No incluiré nada de lo que me diga como parte de mi informe.

– No lo comprendo ni entiendo esta visita suya, inspector, pero me muero de la curiosidad. Adem√°s, me tiene asombrada el mont√≥n de horas que usted trabaja al d√≠a. Pero a ver, d√≠game: ¬Ņqu√© es lo que quiere saber?

РEn realidad no lo sé. Vea usted: el trabajo policial suele ser algunas veces muy sucio, muy asqueroso. No respetamos nada: invadimos la intimidad de las personas, desmantelamos sus secretos, hurgamos en la basura, en la ropa sucia de las víctimas, en sus escritos. Muchas veces sacamos a la luz secretos o inclinaciones de una persona que nadie las sospechaba de ellas antes de haber sido asesinadas. A veces llegamos a conocer mejor a una persona después de muerta que sus mismos parientes cuando esa persona vivía. Le digo esto para que entienda las razones por las que he tenido que leer una especie de correspondencia que el ingeniero Bianchi mantenía con usted. Nunca la menciona, pero es obvio que es usted la persona a quien le escribía.

– Usted no deja de sorprenderme, inspector. Esta ma√Īana me trata como a una callejera al preguntarme casi literalmente si hab√≠a fornicado con Enrico, y ahora viene con un tacto digno de Scotland Yard a confesarme que ha le√≠do los escritos de mi amante. S√≠, tiene usted raz√≥n: esas cartas eran para m√≠. Hay muchas m√°s, escritas a mano, frases escritas en servilletas, en cajas de f√≥sforos. Enrico ten√≠a una gran necesidad de escribirme cosas, como para que ambos las comprendi√©ramos mejor, para aclararlas y definirlas con la precisi√≥n que el verbo hablado no siempre nos permite.

– Creo que era un rom√°ntico.

РNo, inspector. No se equivoque: era un apasionado. Y usted tiene que aprender la diferencia que hay entre un romántico y un apasionado si quiere andar por la vida resolviendo crímenes y homicidios.

– ¬ŅLo am√≥ usted?

РEs la segunda vez en el día que me hace la misma pregunta. Sé que no tengo que responderle, inspector, pero sí, me temo que lo amé. Y mucho. Pero no supe reconocerlo. Lo que más temía en el mundo era amarlo de la manera como el decía amarme: desde el dolor, desde la pasión, desde la locura. Pero el miedo me llegó tarde: ya lo amaba cuando temí amarle. Y la conciencia de ese amor me llegó aun más tarde, quizás cuando ya estaba muerto.

– Si lo amaba, ¬Ņpor qu√© volvi√≥ con Luciano?

– Luciano es estable, √©l siempre estar√° conmigo pase lo que pase. Enrico no. Enrico demanda cosas, requer√≠a de cosas. Quer√≠a amar y quer√≠a ser amado. Luciano, en cambio, estar√° conmigo a pesar de todo. S√© que √©l me perdonar√° cualquier cosa que yo haga. Podr√© llegar hasta despreciarlo y √©l igual seguir√° a mi lado. S√≠, ya s√© lo que est√° pensando, que es una posici√≥n muy c√≥moda y ru√≠n de mi parte. Y tiene toda la raz√≥n. Pero no soporto el dolor. Luciano me ama, pero no puede hacerme da√Īo. No puede hacerle da√Īo a nadie. En cambio Enrico me hacia da√Īo con su sola respiraci√≥n, porque lo amaba. Su voz, su cuerpo, sus palabras, sus escritos: todo en √©l me era necesario. No s√© c√≥mo √©l pod√≠a vivir con tanta carga de amor. A m√≠ me horrorizaba tanto amor. Entonces Luciano me era vital: era como un salvavidas en medio de una tormenta en altamar. Luciano estar√≠a siempre cerca para socorrerme. Por eso jam√°s lo pude espantar de mi vida.

– ¬ŅCree que Enrico se haya suicidado por usted?

РNo creo que esa sea una pregunta decente, policía.

Rosana se levantó y colocó un poco más de Cynar en su vaso.

– ¬ŅC√≥mo termin√≥ todo entre ustedes?

– Creo que usted lo sabe, ya que ha le√≠do las cartas de Enrico. Pero si quiere mi versi√≥n, se lo puedo contar: descubr√≠ que estaba embarazada, lo que me gener√≥ una presi√≥n que no pude resistir. Creo que nunca he tenido una noticia tan desagradable como la de ese embarazo. No deseo ni√Īos en mi vida, as√≠ de simple. Soy una mujer t√©cnicamente est√©ril: no puedo quedar embarazada a menos que me someta a un tratamiento largo y penoso. Jam√°s en todos mis a√Īos de actividad sexual he tomado ni hecho nada para evitar quedar encinta. Ese embarazo no debi√≥ ocurrir, as√≠ de simple. Apenas me enter√©, decid√≠ interrumpirlo. Y con √©l, con el aborto, terminar definitivamente con Enrico. Creo que √©l no comprendi√≥ nada. Yo misma a veces no entiendo lo que hice, pero lo hice y punto. El d√≠a que decid√≠ volver con mi esposo, llam√© a Enrico por tel√©fono y le dije “te amo”. Y era cierto. 

Ambos guardaron silencio durante unos segundos. De pronto ella exclamó:

РPermítame mostrarle algo.

Rosana se levantó casi de un salto de la butaca en la que estaba sentada. Entró a un cuarto y reapareció con una cajita forrada en terciopelo azul. Volvió a su asiento, abrió la cajita y, después de buscar durante unos segundos entre un montón de papeles, le entrego a Villanueva un trozo de papel:

– Aqu√≠ est√°. Tome. Fue la √ļltima nota que me escribi√≥ – dijo Rosana, como quien muestra un trofeo de guerra.

Era la primera vez que el inspector veía la letra viva del ingeniero Enrico Bianchi. No era una letra bonita, pero era clara y muy legible, como de alguien que ha trabajado mucho tiempo en dibujos técnicos. Parecía más la letra de un arquitecto que la de un ingeniero. Le llamó la atención, además, la rectitud de la caligrafía, como si se tratara de una persona zurda. La nota decía:

“Y si t√ļ no pudiste amarme, entonces d√©jame solo, como si hubiera muerto, como si jam√°s hubiera existido, como si yo hubiera sido s√≥lo parte de un sue√Īo del que quisiste despertar. S√≥lo eso.

Ahora nuestra maldici√≥n ser√° habernos perdido despu√©s de habernos encontrado”.

El tipo insistía en escribir como un personaje dostoievskiano, pensó Villanueva.

Cuando sali√≥ del apartamento de Rosana, el inspector sinti√≥  unos intensos deseos de fumar. “Si sigo en este caso, voy a terminar con un nuevo vicio”, pens√≥ Villanueva. Se detuvo en una luncher√≠a y pidi√≥ una caja de Marlboro rojo. “Fue metaf√≥rico este aborto: una mujer f√≠sica y afectivamente est√©ril es penetrada por el amor de un hombre al punto que logra sembrarla. Ella no resiste y lo expulsa, de su vientre y de su vida”.

Camino a su casa pens√≥ de nuevo en la maldici√≥n amorosa de la nota. Realmente Rosana deb√≠a ser una mujer muy fuerte o muy cobarde para resistirse a la tenacidad de ese hombre. O tal vez fuera fuerte y cobarde al mismo tiempo. Repas√≥ en su memoria la caligraf√≠a del ingeniero, hasta que de pronto cay√≥ en cuenta de un detalle tan simple y trivial que lo hab√≠a dejado pasar por alto dos veces en el d√≠a. Record√≥ la bola de bowling de Bianchi y su torpeza para no reconocer una bola dise√Īada para un zurdo. La letra tan derechita, sin ning√ļn tipo de inclinaci√≥n, era la t√≠pica letra de un zurdo. En ese momento sinti√≥ que su cabeza estallaba en un torbellino de ideas: el cuerpo de Bianchi en la habitaci√≥n 512 del hotel “Gaeta”, la sangre coagulada bajo su cabeza, sus ojos abiertos ante el espanto de la muerte (o del amor, pens√≥ Villanueva, porque sus ojos apagados y vidriosos segu√≠an siendo ojos de amor), el olor a or√≠n y a v√≠sceras que emanaba el cad√°ver, la pistola al lado de la mano derecha del ingeniero.

Tuvo que intentarlo tres veces antes de conseguir un tel√©fono p√ļblico que funcionara. Llam√≥ a Rosana. Lo confirm√≥: Enrico Bianchi era zurdo. Y un zurdo jam√°s se suicida con la mano derecha, igual que a un diestro no se le ocurre suicidarse con la mano izquierda. Adem√°s, un italiano amante de las Berettas, no se suicidar√≠a jam√°s con una Smith & Wesson. Hab√≠a sido asesinado. Era un homicidio.

VI

Gerardo Villanueva retard√≥ hasta donde le fue posible la entrega de su informe preliminar sobre la muerte de Enrico Bianchi, pero aun as√≠ no pudo retener por mucho tiempo el caso en sus manos. No contaba con los recursos para llevar adelante la investigaci√≥n: no podr√≠a viajar a Nueva York e inspeccionar personalmente las oficinas de “Aquatic  Export Corporation”  y “Air Way Express”.  La comunicaci√≥n con Interpol de Estados Unidos deb√≠a hacerla √ļnicamente a trav√©s de faxes que tardaban horas en ser transmitidos ya que la maldita Xerox no funcionaba nunca cuando deb√≠a. Y cuando le respond√≠an, alguna secretaria analfabeta tomaba el fax y lo pon√≠a en el primer escritorio que se le ocurr√≠a, pero nunca, ni por error, en el suyo, lo que lo condenaba a pasarse horas buscando en todos los escritorios las respuestas a sus faxes. Informes solicitados por esta v√≠a a Interpol rese√Īaban que Domenico Marrosu, el socio italo-americano de Bianchi, hab√≠a sido asesinado dos d√≠as despu√©s que el ingeniero, en circunstancias que la polic√≠a de Nueva York continuaba investigando. Tal como lo temi√≥ Villanueva, el caso de Bianchi paso a manos de la gente de Narc√≥ticos.

En su informe preliminar Villanueva expon√≠a todos los indicios que hab√≠a encontrado para que la investigaci√≥n prosiguiera por la v√≠a del homicidio. Sin embargo, √©l sab√≠a que Enrico Bianchi se hab√≠a suicidado no por su propia mano, sino pidiendo una peque√Īa ayuda a sus vengativos enemigos. T√©cnicamente aquella muerte era un crimen, pero en t√©rminos m√°s humanos (Villanueva ten√≠a cierta reticencia a utilizar la expresi√≥n “en t√©rminos m√°s po√©ticos”), Enrico Bianchi se hab√≠a suicidado. No dejaba de sorprenderle el hecho de que hubiera estado investigando una muerte por amor. Lament√≥ mucho no poder colocar eso en su informe.

Esa noche, al salir de las oficinas de la PTJ, tom√≥ un tel√©fono p√ļblico y llam√≥ a Alfredo Marcano, su antiguo profesor en la Academia. La noche a√ļn era joven y faltaban algunos cabos por atar.

(Este relato pertenece al libro “El atador de cabos”, publicado por Monte√°vila Editores, Caracas, 1999).

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Feed de narrativa editada a seis manos (desde San Jos√© de Costa Rica, Stuttgart y Caracas), por los caraque√Īos diasporizados Luis Garmendia y Javier Miranda-Luque, y el caraque√Īo sin diasporizar (¬Ņpor ahora?) Mirco Ferri cuya idea es la de postear textos propios y de autores invitados. ¬°Bienvenido cada par de ojos lectores que se asomen a estos predios!

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