馃崋 La misteriosa e inaudible voz del Se帽or

El malec贸n estaba sembrado de viernes por la noche: parejas abrazadas, borrachines aglomerados sobre los muros alrededor de una botella, putas viejas y baratas caminando infatigablemente. Eduardo desvi贸 sus pasos y se dirigi贸 hacia la primera de las callecitas transversales que encontr贸. Ocultos tras de un 谩rbol de mango, un par de muchachos compart铆an una lata de cerveza. Uno de ellos le sali贸 al paso y le pidi贸 un cigarrillo. 脡l lo neg贸 con un gesto de manos.

– Ven ac谩 – dijo el muchacho, mientras sacaba  una pistola. – Ag谩chate.

Lo empuj贸 hacia el 谩rbol y lo oblig贸 a ponerse en cuclillas. El otro muchacho, un mulato regordete, lo esperaba con un cuchillo en la mano:

– Dame la plata – le dijo el de la pistola.
– No te doy un carajo – les dijo Eduardo con firmeza.
– T煤 te quieres morir hoy, 驴no? – le pregunt贸 el de la pistola.
– No te voy a dar un co帽o – repiti贸 Eduardo.
– S谩cate la cartera – orden贸 el mulato.
– 驴Me vas a matar? – pregunt贸 Eduardo, retador.
– S贸lo te voy a destripar, huev贸n. S贸lo eso. Haz que me arreche y te hago comer las tripas- le respondi贸.
– 驴Por qu茅 no te callas y lo haces?
– Que me des la plata, co帽o – insisti贸 el otro, el de la pistola.
– T煤 no me est谩s oyendo, 驴verdad? Ya te dije que no te voy a dar un carajo.

El mulato del cuchillo le asest贸 una patada en la espalda que lo hizo caer al piso. El de la pistola le dio un cachazo en la cara, mientras su compa帽ero volv铆a a patearlo en las costillas.

– Te gusta eso, 驴verdad? Te gusta que te co帽aceen, 驴no? Te gusta comer mierda, 驴no?

Eduardo se cubr铆a la cabeza con los brazos, sin decir nada. El mulato le revis贸 los bolsillos y le sac贸 la cartera. El otro le quit贸 el reloj y un anillo. Mientras evaluaban el bot铆n, Eduardo les dijo:

– Mariconcito, 驴por qu茅 no me pegas el tiro? 驴Te da cague?

El de la pistola se agach贸 nuevamente y puso su cara grasienta y brillante junto al rostro de Eduardo:

– No me provoques, maldito hijo de puta, no me provoques…
– Mariquito cag贸n – repiti贸 Eduardo, convulsionado por una risita hist茅rica.

El tipo carg贸 la pistola y la estruj贸 contra la mejilla de Eduardo. El dedo le temblaba.

– Tranquilo, tranquilo – le dijo el otro -, ese pendejo lo que est谩 es borracho.

El de la pistola continuaba hundiendo su arma contra la mejilla de Eduardo. Lo 煤nico que le quedaba por hacer era apretar el gatillo.

– Se me mueve el dedito y te mueres, cabr贸n. Se te desparraman los sesos sobre la calle entera.聽 Se te abre la frente en dos. Se te saltan los ojos. Ma帽ana te comen los gusanos.
– Entonces mueve el culo, huev贸n. Mueve el culo – volvi贸 a retar Eduardo.

El de la pistola se levant贸 de un solo salto. Se puso de pie frente a Eduardo y le dio una 煤ltima patada en el est贸mago. Eduardo ya no pudo decir nada m谩s.

Los tipos se fueron en silencio. Eduardo permaneci贸 tirado en el piso un rato m谩s. Cuando se levant贸 se sinti贸 mareado. La nariz y la boca le sangraban. Se limpi贸 con la manga de la camisa. Se apoy贸 contra el 谩rbol y lo abraz贸. Entonces comenz贸 a temblar, de miedo. No pudo evitar irse en v贸mitos.

– Co帽o, viejo, as铆 no puedes estar aqu铆 – le dijo Aureliano, el barman del “Neptuno”, cuando lo vio sentado en la barra.
– S贸lo dame un ron. Seco, por favor.

Aureliano ignor贸 el pedido. Se fue a un extremo del mostrador y le hizo se帽as a una mujer que atend铆a a otra que, por su ropa, parec铆a ser una cliente. Cuando se acerc贸, le habl贸 casi al o铆do, se帽alando a Eduardo con la mirada.

Belkys camin贸 hacia 茅l:

– Ven, acomp谩帽ame – le dijo con tono autoritario.
– Co帽o, Aureliano es un huev贸n. Lo 煤nico que tiene que hacer es traerme un maldito ron y m谩s nada.
– 驴T煤 te has visto en el estado que andas?

Ten铆a el labio superior y el ojo izquierdo hinchados, las mejillas y la barbilla cubiertas de sangre reseca, el pelo y el bigote los llevaba amarillentos de tierra.

– 驴Qui茅n te hizo eso?
– Un par de mariquitos. Pero los voy a joder.
– Ven, acomp谩帽ame. S贸lo voy a ver qu茅 te hicieron.

Lo tom贸 firmemente de la mano. Eduardo se dej贸 llevar. Belkys lo arrastr贸 a trav茅s de la pista de baile, lo sumergi贸 luego por una puertecita angosta y bajita que estaba al fondo y lo ayud贸 a subir por unas escaleras oscuras. Al final se ve铆a el resplandor de la luz amarilla y mortecina del segundo nivel. Desde all铆 apenas se o铆a la m煤sica del “Neptuno”. El piso era de madera. Atravesaron un pasillo poblado por puertas a lado y lado. Algunas estaban abiertas. En su interior hab铆a otras muchachas m谩s o menos de la misma edad y del mismo tipo de Belkys: mestizas de piel canela con la cara pintorreada y los pelos alborotados, todas con faldas cort铆simas, mostrando las piernas cubiertas con medias de nylon y calzando enormes y puntiagudos tacones. Fumaban y hablaban, echadas sobre el borde de sus camas. Belkys no necesit贸 de llaves para abrir la puerta de su cuarto. Encendi贸 la luz y se separ贸 de Eduardo. Acomod贸 como pudo el desorden de su cama  e invit贸 al hombre a sentarse.

– Lo que quiero es un ron, no sentarme en ninguna cama de mierda.

Belkys lo mir贸 pacientemente, respir贸 hondo y sali贸, cerrando la puerta tras ella. La diminuta habitaci贸n ten铆a por ventana un peque帽o boquete forrado con tela met谩lica en la parte superior de la pared del fondo. Estaba tan alto que para poder ver a trav茅s de 茅l, hab铆a que encaramarse obligatoriamente en alguna silla. En la pared de enfrente hab铆a un espejito. Se levant贸 y se mir贸 en 茅l.

– 隆Mierda! – exclam贸. Se volvi贸 a sentar. Busc贸 en el bolsillo de la camisa, pero no encontr贸 su cajetilla de cigarros. Se dej贸 caer sobre la cama.

Estaba casi dormido cuando Belkys volvi贸 a aparecer. Llevaba en las manos una botella de ron medio vac铆a, una poncherita de pl谩stico llena de agua y una toalla que alguna vez debi贸 ser roja. Eduardo abri贸 sus ojos para recibirla, pero no se levant贸. Le dol铆an las costillas.

– Vamos, lev谩ntate. Aqu铆 no te puedes dormir.

Eduardo obedeci贸 mec谩nicamente. Se reincorpor贸 dolorosamente.

– Toma – le dijo mientras le entregaba la botella de ron -. No tengo vasos.

Puso la poncherita en el piso para luego humedecer una punta de la toalla. Con el extremo mojado comenz贸 a limpiarle la cara, mientras que con la parte seca iba restregando la mugre humedecida. El tratamiento era insuficiente para quitar el desastroso aspecto de Eduardo, pero al menos lo convert铆a en un desastre limpio. El ojo izquierdo parec铆a continuar hinch谩ndose cada vez m谩s. Desaboton贸 la camisa del hombre y se la quit贸. Busc贸 en un ba煤l, sac贸 una franela y se la puso.

– 驴Qu茅 te pas贸?

– Me asaltaron. Un par de mariquitos. Pero los voy a matar. No les di un co帽o. Me entraron a patadas y me lo quitaron todo, pero yo no les di nada.

– Un tiro es lo que te han podido dar, por pendejo.
– Baja y c贸mprame una caja de Lucky.
– Si vuelvo a bajar me tendr茅 que quedar.- Diles que estoy contigo. Yo pago.
– Eso no se puede.
– 驴Qu茅 pasa? 驴Acaso mi dinero no vale?
– No tienes dinero, 驴no y que te robaron todo? Adem谩s, te acostaste con Yajaira y no pagaste. Nadie se quiere acostar m谩s contigo.
– No me acost茅 con ella: me la cog铆.
– Eres un cerdo, co帽o – dijo Belkys tirando la toalla sobre la cama. Busc贸 en la gaveta de la mesita de noche y sac贸 una cajetilla de Belmont.聽 Se la puso a Eduardo sobre la cama.
– Y no le pagu茅 porque ol铆a a morcilla, a morcilla podrida con ajo y cebolla.
– Das asco, 驴sabes?
– Asco da esta vaina – dijo, se帽alando el Belmont聽 que encend铆a.

Belkys agarr贸 la cajetilla y sac贸 un cigarrillo para ella. Eduardo empin贸 la botella y bebi贸 un enorme trago. Arrug贸 la cara.

– Quiero que te quedes conmigo.

– No se puede. No tienes real y le debes la noche a Yajaira. Te aceptan en el bar porque eres cliente viejo, m谩s nada. Pero ya no te quieren aqu铆.
– 驴Qui茅n no me quiere?
– Nadie. Ni las muchachas, ni Aureliano, ni Rodolfo, ni Johnny.
– Pues, que se vayan todos al mism铆simo carajo. Me sabe a mierda.
– A nosotras tambi茅n.
– 驴No te provoca quedarte conmigo, as铆, sin que nadie se entere, tirando de verdad?

Belkis era fea. Ten铆a la cara redonda y los cachetes inflados. Su boca era amorfa, como sin limites entre sus labios y el resto del rostro, con los ojos peque帽itos como escondidos entre la gordura de sus mofletes. Cuando alguna vez la hab铆a besado, Eduardo sinti贸 que su lengua era como un m煤sculo baboso e impreciso. Le repugnaba besarla, aceptar esa babosidad sobre su cuello, sobre sus labios. Pero ten铆a lindos senos y bellas piernas. Prefer铆a besar su sexo que su boca. Porque su sexo era hermoso. Su abertura vaginal ten铆a la perfecci贸n que no ten铆an sus labios.

– Si no pagas, no me provoca mucho.
– Ven ac谩, ac茅rcate un poquito.
– Tengo que bajar. Qu茅date un rato m谩s, pero no te duermas. Te tienes que ir.
– Espera un minuto – le dijo. Se puso de pie. Busc贸 la cajetilla y sac贸 otro Belmont-. D茅jame verte solamente. Quiero ver tus piernas.
– No se puede.
– A ver. S贸lo las piernas. Casi las veo por completo, pero quiero verlas sin las medias.

Se inclin贸 frente a ella y le levant贸 la diminuta falda.

– Son lindas. Cada vez que las miro, siento que estoy mirando las piernas de una mujer, de una hembra de verdad.
– S贸lo mira.
– Voy a mirar. S贸lo mirar.
– No me toques.
– No te toco. Acaricio tus piernas. Sobre tus medias. Estoy tocando tus medias.
– Tengo que bajar.聽 All谩 abajo hay una tipa con un celular que repica cada diez minutos. El novio la busca y le pregunta que d贸nde est谩. El tipo le entr贸 a co帽azos. Ella dice que 茅l est谩 loco por ella y que fue por eso que lo hizo, pero yo no creo que un tipo que le pegue a una mujer pueda quererla. Tal vez la quiso, pero desde el momento que le pega, deja de quererla. Ella est谩 jugando con 茅l por el telefonito ese que tiene y le dice “caliente, fr铆o”, mientras el tipo se acerca o se aleja. Cuando el tipo agarra la ruta equivocada, ella le dice: “fr铆o”. Cuando retoma el camino correcto, le dice: “vas bien: tibio”. Yo le dije: “dile que est谩s con otro, que te lo est谩 metiendo, que te gusta que otro te lo meta, que te asusta y te encanta que otro te posea”. Pero ella le dice: “estoy con un se帽or muy simp谩tico que me est谩 invitando tragos y se r铆e bell铆simo”.聽 La tipa es medio tonta. No s茅 c贸mo vino a parar ac谩. Capaz que le haya dicho al novio la direcci贸n exacta del bar y est茅 d谩ndole ahora mismo la paliza de su vida.

Mientras hablaba, Eduardo hab铆a logrado quitarle las medias de nylon. Sab铆a que debajo de ellas nunca usaba pantaletas. Belkys le mostraba la desnudez de sus piernas. Eduardo recorr铆a su piel con sus manos, apenas toc谩ndola.

– Voy a olerte.

Y sin esperar su aprobaci贸n, acerc贸  su rostro a sus piernas.

– Voy a olerte toda, sin tocarte.

Y levanto a煤n m谩s su falda. El sexo de Belkys qued贸 a la vista. Eduardo pas贸 su nariz por encima de la vellosidad de su pelvis. La olfate贸 hambriento. Se aproxim贸.  Con sus manos separ贸 un poco las piernas de la mujer.  Sac贸 su lengua y la toc贸.  Ella misma se abri贸 aun un poco m谩s.  El continuaba jugando a olerla. Pero no tard贸 en hundir su cara en el monte oscuro de su sexo. La lami贸 con br铆o e impudicia. Sus manos buscaron sus senos. Intent贸 acostarla.  Ella aprovech贸 esa maniobra para separarse bruscamente de 茅l. Eduardo sinti贸 un agudo dolor en las costillas.

– D茅jame. Te dije que no tocaras. Tengo que bajar.

Se puso las medias y se acomod贸 la falda. Antes de salir, le dijo:

– P谩gale a Yajaira. Ya nadie te quiere por aqu铆.

El malec贸n estaba semidesierto. Quedaban los beodos inagotables, las putas m谩s viejas y repulsivas y alg煤n caminante trasnochado. El mar segu铆a golpeando con obstinada vehemencia el empedrado malec贸n. Eduardo se sent贸 sobre el muro y mir贸 a los pocos caminantes que a煤n poblaban su noche. De vez en cuando miraba el mar. El viento arrastraba los papeles y la basura, haci茅ndolos deambular la calle como extra帽as criaturas nocturnas.

En alg煤n lugar, en alguna habitaci贸n, en alguna cama, tal vez un par de amantes estuvieran intentando acercarse al amor a trav茅s de sus cuerpos, de sus voces, de la acrobacia de sus manos, del impredecible efecto de la confesi贸n de sus secretos, de la fragilidad de sus sonrisas, de la incansable b煤squeda de sus miradas, del in煤til intento por olvidar lo pasado.

Eduardo se levant贸 y camin贸 de nuevo hacia el callej贸n donde horas antes lo hab铆an asaltado. Le dol铆a respirar. Pens贸 que tal vez le hab铆an fracturado alg煤n hueso. No hab铆a nadie en la calle oscura. Arrib贸 sin novedad a la otra v铆a, solitaria pero bien iluminada. Anduvo por ella. Tendr铆a que caminar por lo menos una hora antes de llegar a su casa. Busc贸 un cigarrillo in煤tilmente: hab铆a olvidado la cajetilla de Belmont  en la habitaci贸n de Belkys. Un carro pas贸 a su lado. Iba muy despacio. Se detuvo pocos metros delante suyo. Era una patrulla. De su interior baj贸 un polic铆a gordo.

– Documentaci贸n, ciudadano.
– No tengo, se帽or agente. Me asaltaron
– Mu茅streme su denuncia.
– No he puesto ninguna denuncia. Me asaltaron, me fui a tomar un trago y lo 煤nico que quiero es llegar a mi casa.
– Contra la pared.
– Le estoy diciendo que me asaltaron, dos carajitos… – replic贸 Eduardo.

El polic铆a sac贸, amenazante, el rolo de su cintur贸n.

– Que te pongas contra la pared.

Eduardo obedeci贸. El pecho le dol铆a. El polic铆a palp贸 con violencia las piernas, la cintura y la espalda. Le hizo da帽o.

– Co帽o, 隆ten cuidado! – protest贸 Eduardo.
– M贸ntate en la unidad.
– 驴Para qu茅?
– 隆Que te montes te digo! Aqu铆 el que pregunta soy yo.
– A m铆 me asaltaron y me entraron a patadas. Yo soy la v铆ctima y 驴soy yo quien va preso?

De la patrulla se baj贸 el otro polic铆a, el conductor.

– M贸ntate en la unidad y en la comisar铆a haremos las averiguaciones.
– Lo que quiero es irme a mi casa. No me voy a montar en ninguna patrulla de mierda.

Con un rapid铆simo movimiento de mano, el polic铆a gordo golpe贸 con su rolo el muslo derecho de Eduardo. Se encorv贸 de dolor y perdi贸 el equilibrio, pero no cay贸 al piso. El otro polic铆a-conductor intervino:

– Sargento…
– No se meta, cabo. No se meta – advirti贸 el polic铆a gordo. Volvi贸 a golpearlo, esta vez en el brazo.
– Sargento, conozco a este hombre…

El sargento retrocedi贸 como por arte de magia. El cabo continu贸 hablando:

– Trabaja en el puerto, en aduanas. Es gerente de una agencia. Se conoce a toda la Guardia Nacional del puerto.
– Un gerente no anda como un vago caminando sin papeles por las calles, con la camisa llena de sangre y con la cara hinchada como un cochino- replic贸 el sargento.
– Ando por la calle como me da la gana, gordinfl贸n de mierda, maldito hijo de puta, grand铆simo co帽o de tu madre.

El sargento se estremeci贸 de rabia ante el insulto, pero tambi茅n se asust贸. Retrocedi贸 a煤n un paso m谩s. 驴Qui茅n demonios pod铆a atreverse a hablarle as铆, con aquella facha de maleante nocturno?

– Prepare su arma, cabo. Este hombre es peligroso.
– Yo lo conozco, sargento. Este tipo se sienta a beber cervezas con mi comandante y con el coronel de la Guardia de aduanas.

– Ret铆rese a la unidad, cabo – orden贸 el sargento.
– Cuidado con lo que hace, sargento. No se meta en problemas.

El cabo obedeci贸. El sargento guard贸 el rolo y lo sigui贸.  Cojeando por el dolor que aun le causaba en la pierna el rolazo recibido, Eduardo se encamin贸 contra el polic铆a gordo:

– Te jodiste, gordito. Est谩s bien jodido, 驴me o铆ste? Ma帽ana, a esta misma hora, te vas a morir de la ladilla pagando calabozo. Volt茅ate. M铆rame. Me llamo Eduardo Landaeta. Esc煤chalo bien. Eduardo Landaeta. No vas a tener un fin de semana libre en los pr贸ximos diez a帽os. 驴Sabes qui茅n voy a decir me  que puso la cara as铆? T煤, maric贸n, con tu rolito de mierda.

El sargento se detuvo y se volte贸 para encararlo.

-Anda, mariconcito. Saca tu pistolita. Dispara. 驴Sabes qu茅 voy a hacer mientras est茅s en el calabozo? Me voy a coger a tu mujer. Voy a acabarle en la boca. Tu mujer me lo va a mamar mientras te pudres de la ladilla en tu calabozo. Le voy a chupar las tetas y se lo voy a meter bien duro, huevonote. No me importa que sea una negra gorda, como t煤, igual me la voy a coger.

El cabo llam贸 al sargento:

– Sargento, m贸ntese. V谩monos de aqu铆.

El sargento se volte贸 nuevamente y termin贸 de llegar a la patrulla. Se mont贸 en ella y, antes de largarse, le grit贸 a Eduardo: 隆Loco de mierda!

Eduardo sinti贸 un fuerte dolor en el pecho. Apenas si pod铆a respirar. Ten铆a ganas de volver a vomitar pero no pudo. Estaba asustado. Ten铆a miedo y dolor. Se tir贸 al piso. Sinti贸 algo parecido al deseo de llorar. Se recost贸 contra la pared de la fachada de una casa y se durmi贸.

– 驴Tienes plata?

Eduardo retrocedi贸 contra la pared que le hab铆a servido de apoyo mientras dorm铆a. Frente a su cara, a menos de diez cent铆metros, ten铆a el rostro de un viejo pestilente y desdentado.

– 驴Tienes o no? – volvi贸 a preguntar el viejo.
-Nada. No tengo nada.
-Malo, eso est谩 malo. Siempre hay que llevar algo de plata. 驴Tienes algo para tomar? 驴Alg煤n cigarrito?

Eduardo no respondi贸 nada. No sab铆a si estaba despierto o si aquello era parte de una pesadilla.

-Yo s铆 tengo. Toma – el viejo sac贸 de su mugriento pantal贸n una botellita de aguardiente. Bebi贸 un enorme trago y luego se la pas贸 a Eduardo. El brebaje amargo y picante lo estremeci贸 y, de alguna manera, lo revivi贸:
– 驴Tienes cigarros? – le pregunt贸 al viejo.
– Unos cuantos.
-Dame uno.

Eduardo sinti贸 fr铆o. Le quit贸 al viejo la botella de la mano y se empin贸 otro trago largo. Su cuerpo se sacudi贸 involuntariamente.

– Tienes un problema en ese ojo, un problema bien gordo – dijo el viejo ri茅ndose como un demente.
-No. El problema creo que est谩 en las costillas. Casi no puedo respirar. Me asaltaron. Pero yo no les di nada. Me lo tuvieron que quitar a co帽azos.
-A m铆 ya no me asaltan. 驴Qui茅n me va querer asaltar a m铆? – dijo el viejo, volviendo a re铆rse enajenadamente.

El viejo recuper贸 su botella de las manos de Eduardo, se levant贸 y comenz贸 a caminar, sin despedirse. Eduardo se reincorpor贸 y lo alcanz贸.

– 隆Hey!, 驴a d贸nde vas?
-Tengo cosas qu茅 hacer.
-驴Qu茅 co帽o vas a hacer a esta hora?
-Cosas. Muchas cosas.
-Dame otro trago.
-Peque帽o. Toma. Pero yo sostengo la botella. A ti se te pega. Luego se me acaba y, 隆zuas!, todos se pierden.

Eduardo tom贸 su trago y continu贸 caminando al lado del viejo. Sin darse cuenta, se encontr贸 nuevamente en la callejuela en la que lo hab铆an asaltado. Continuaron andando hasta el malec贸n. Estaba desierto. La cercan铆a del mar pareci贸 excitar al viejo. Volvi贸 a sacar su botellita y bebi贸 un trago corto. Esta vez entreg贸 la botella a Eduardo, pero apenas si se moj贸 los labios.

Como si hubiera enloquecido de pronto, el viejo peg贸 un salto y se encaram贸 sobre el muro del malec贸n. Una vez all铆, comenz贸 a ejecutar una extra帽a danza. Luego se detuvo y concentr贸 su mirada en el negro mar.

– Es hermoso. Demasiado hermoso.  En 茅l vive la voz del Se帽or. Nadie lo sabe, ni siquiera el mismo Papa, pero de all铆 es de donde sale la voz de Dios.

El viejo sac贸 de sus bolsillos una flauta y comenz贸 a tocarla. Sus soplidos eran absolutamente inarm贸nicos, pero el sonido resultante era dulce y tranquilizador. De pronto se detuvo y ofreci贸 su flauta a Eduardo:

– 驴Quieres tocarla?
– No, no s茅 hacerlo.
– Yo tampoco. Es f谩cil. S贸lo tienes que soplar y pensar en Dios. M谩s nada.
– Dame otro trago, anda – suplic贸 Eduardo.
– Chiquito, muy chiquito, para que dure. “De lo bueno poco”, dec铆a mi madre. Y ten铆a raz贸n.
– De lo bueno, todo – objet贸 Eduardo
– Es verdad. T煤 tambi茅n tienes raz贸n.

A lo lejos apareci贸 un buque. Estaba lleno de luces, probablemente repleto de turistas. Si se te antoja, pens贸 Eduardo, pod铆as pensar que era un barco fantasma, y trastocar su alegre visi贸n en un peque帽o destello triste y melanc贸lico en medio del mar negro y tenebroso.

– 驴No te parece lindo? – pregunt贸 Eduardo al viejo.
– 驴Te refieres al Todopoderoso?
– Estoy hablando del barco. 驴Te gustan los barcos?

– 隆Jam谩s me montar铆a en un barco, se帽or! 隆Jam谩s! Oyelo bien. Soy un hombre de tierra firme. Y amo el mar porque nos esconde y nos ense帽a la voz del Se帽or. S贸lo por eso. Estoy loco. Lo s茅. Conozco a muchos que lo est谩n y no lo reconocen. Pero aunque no lo admitan ni lo sepan, ellos tienen una misi贸n. Una santa misi贸n, como la m铆a.

– 驴Y cu谩l es tu misi贸n?
– Escuchar el mar, en las noches. S贸lo as铆 Dios estar谩 seguro de que por lo menos hay un hombre que escucha su voz.
– 驴Y qu茅 te dice? – pregunt贸 Eduardo, descaradamente burl贸n.
– Su voz es un susurro y nunca s茅 realmente lo que me dice. Pero la oigo. Es suave y dulce, como un murmullo de las olas. A veces debo tomar mucho para poder escucharla, pero s茅 que 茅l entiende mis pobres debilidades.

El buque continuaba acerc谩ndose.

– Y t煤, 驴qu茅 buscas? – pregunt贸 el enajenado viejo.
– Un carajo.
– Malo, eso est谩 malo.
– 驴Quieres la verdad? Hoy quer铆a tirarme una puta o que me pegaran un tiro. S贸lo eso. Pero no consegu铆 ninguna de las dos cosas.
– No buscaste bien.

El viejo acarici贸 su botellita con avaricia. Moj贸 sus labios y la volvi贸 a ofrecer.

– Hoy tuve verdaderas ganas de tirarme a la Belkys. Nada m谩s. Es fea, pero tiene ricas piernas.
– A m铆 ya no se me para, ni siquiera en las ma帽anas. A veces Lucrecia se deja lamer. Hiede como una mona, pero me gusta chup谩rsela. No siempre, pero a hay noches en que no puedo evitarlo.
– 驴Es puta?

– No. Lucrecia est谩 loca, como yo. Pero no es puta. Ella no te cobra ni nada. Cuando le paso la lengua, ella repite: “Marcos, Marcos, Marcos…”. Todos se la pueden chupar. Y ella se deja. Pero no hace m谩s que llamar a Marcos mientras se lo haces.

El viejo volvi贸 a encumbrarse para danzar nuevamente sobre el muro del malec贸n. El buque se hab铆a acercado lo suficiente para proyectar con total claridad sus fantasmag贸ricas luces.

– 驴A d贸nde co帽o vas?
– Tengo muchas cosas que hacer. La voz del Se帽or me llama. Tiene cosas que decir y yo debo estar all铆 para escucharlas.
– 驴Me regalas un 煤ltimo cigarro?

Sin mirarlo, el viejo busc贸 en todos sus bolsillos hasta conseguir un cigarrillo deforme y con la piel arrugada.

– Toma – le dijo.

En el poco tiempo que Eduardo se detuvo para encender el cigarrillo, el viejo hab铆a ganado una distancia enorme. Caminaba realmente muy aprisa, dando enormes zancadas, como si repentinamente hubiera sido pose铆do por el demonio. Eduardo tuvo que correr para volver a alcanzarlo. Lo encontr贸 sentado en el suelo, con los ojos cerrados, murmurando palabras inaudibles que parec铆an ser parte de un rezo. Eduardo lo mir贸 durante unos segundos y lo abandon贸, comprendiendo que de alguna o de muchas maneras el viejo hab铆a retornado al coraz贸n de su chifladura.

A lo lejos lo vio dar carreritas en c铆rculo, mientras gritaba que ya era tarde. Eduardo busc贸 un banquito y se sent贸 a observar primero al loco, luego al buque que ya comenzaba a alejarse. Pens贸 que en alg煤n lugar, en alg煤n cuarto, en alguna cama, tal vez muy cerca de ellos, por lo menos un par de amantes intentaran de alguna forma acercarse al amor. Quiz谩s ese intento, sin garant铆as de triunfo, fuera suficiente para darle alg煤n sentido a la noche.

(Este relato pertenece al libro “El atador de cabos”, publicado por Monte谩vila Editores, Caracas, 1999).

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