Un cadáver flotaba en el río Chama

La residencia estudiantil donde vivía Harold, a cuadras de la Plaza el Llano, era una de las pocas que tenía teléfono; por cinco bolívares extras en el pago, Ligia, la viuda y casera de la pensión, te guardaba los recados. Cuando Harold llegó poco antes de la media noche, después de haberse pasado la tarde y parte de la noche con Mayte —una instructora de aerobics a la que le gustaba tanto leer a Byron y Keats como sus rutinas de abdominales— encontró una hoja de cuaderno con el mensaje de «se acabó el papelillo para rellenar las piñatas. Llevar urgente». Harold sabía que esto no podía significar nada bueno, así que, apenas entró a su habitación, buscó unas bolsas rellenas con los residuos del papel que varias secretarias de la universidad —muchas de ellas sus amantes— le guardaban desde los estómagos de sus perforadoras de abrir huecos. Volvió a ponerse la chaqueta que cargaba, le dio las gracias a Ligia por guardarle el recado, y  se fue para el comando. 

Mientras caminaba, recordó aquella mañana en la que por primera vez entró en la falsa piñatería El payasito Saltarín y el comisario Benavides le dio detalles de las operaciones de seguimiento y espionaje que ahí se llevaban a cabo. Al principio, aquello se le presentaba como una oportunidad inmejorable para parapetarse en lo que realmente le interesaba sin riesgo de levantar sospechas: aprender el fino arte de la elaboración de piñatas o la escritura de novelas policiacas, lo que sucediera primero. A Harold le pareció que algo bueno se le tendría que pegar andando entre aquellos rapsodas a tiempo  completo y penitentes devotos del ron Liqui Liqui, pero lo único que agarró, además de una manera cada vez más rara de hablar, fue una sarna que sólo se logró quitar luego de aplicarse mucho Caladryl. 

Había algo en el aroma de la noche que le daba la sensación de que sería larga, y eso le molestaba: tal vez por la poca neblina que había, y sin embargo hacía un frío que, a pesar de que llevaba su chaqueta cerrada hasta el último botón, lo atravesaba como una trituradora de papel Burroughs modelo 9600. Mientras caminaba hacia el comando, le preocupaba que lo que fuese que hubiera ocurrido, no le viniera a estropear el plan de verse a la mañana siguiente con el Tuerto Dávalos y que éste le revelara el lugar dónde se ocultaba el Comandante Palabra. Eso era en lo único que Harold había pensado desde su encuentro con Dávalos en su cubículo en la Facultad; saber que estaba tan cerca de tener una pista, incluso, de estar cerca del mismo Aveledo, lo hacía sentirse revitalizado, en un estado de euforia que no había sentido en mucho rato. 

Para quemar las horas que faltaban hasta su cita con El Tuerto en el viejo café Ritz, Harold había pasado a buscar a Mayte por La nueva onda, el gimnasio donde trabajaba como instructora de aerobics americanos. De ahí se fueron juntos hasta el departamento de ella que quedaba a pocas cuadras, y comenzaron a hacer el amor apenas se subieron en el antiguo ascensor del edificio. Terminaron el primer acto en el sofá del recibo. Del sofá siguieron a la ducha y de la ducha a la cama. 

A eso de las siete de la noche, Harold se despertó sin tener claro dónde se hallaba, y vio que contra su pecho descansaba uno de los senos de Mayte. Tenía cara de angustiada, y por la humedad de sus cachetes se podía deducir que hasta había llorado un poco. Se quedó tan quieto como pudo y la contempló perdida en sus pensamientos. Por una parte, no quería interrumpirla, no quería alterar en nada la silueta de su perfecta desnudez a esa hora de la tarde, y por otra, siempre le rehuía a las conversaciones que venían después del coito.

—¿En qué piensas? ¿Está todo bien? —preguntó Harold tratando de sonar cálido. 
—Sí, estoy bien –mintió Mayte– me despertó una pesadilla. No te preocupes.

Mayte, en ese instante, estaba pensando de nuevo en lo mucho que le gustaría ser la madre de un niño chino, pero esa verdad le parecía inoportuna de revelar.  

—Pero tienes cara de angustiada, debió ser una pesadilla terrible —dijo Harold mientras encendía y le ofrecía un cigarro.  
—Ahora cuéntamela, dale, para que no ocurra —siguió diciendo Harold, recurriendo a la superstición que había heredado su abuela Tulia.  
—No es una premonición, tonto —le dijo—, o sí, bueno, no sé, estoy confundida. Me desperté con susto y la cabeza comenzó a darme vueltas. ¿Y qué pasa si Mary Shelley tenía razón?
—¿Qué quieres decir? —preguntó Harold echando ceniza de cigarro sobre la mano que le quedaba libre y sintiendo de nuevo cómo lo iba invadiendo su horror vacui
—¿Qué pasa si al final todo se trata de disolver los sentidos y destruir nuestro yo en favor de una voz poética?
—Eso es absurdo, Mayte. 
—¿Absurdo? A veces te pasas de positivista, Harold, sabes que te podría aceptar cualquier cosa menos que te hagas el positivista conmigo.  
—Estás loca —respondió Harold. «Todos en esta ciudad lo están» —pensó—. En el Tractatus, Wittgenstein…

Harold no llegó a terminar la frase cuando Mayte lo paró en seco —¿Wittgenstein? ¡Me secas los ovarios cada vez que mencionas ese nombre! No entiendo cuál es tu empeño de nombrar siempre a Wittgenstein. 

Hasta ese momento, había estado en los planes de Mayte que pasaran toda la noche juntos, pero ahora dudaba de ello. Harold aprovechó de la desavenencia que acababan de tener para excusarse, aludiendo un asunto impostergable, y se fue. Era obvio que lo de Wittgenstein se lo había tomado en serio y estaba furiosa. Cuando Harold se acercó para darle un beso antes de despedirse, ella lo recibió con el cachete y no dijo nada. 


Harold llegó al comando y solo estaba Macu —Belandria lo había bautizado así por pasársela pegado al comisario como si fuese su mujer—, el secretario de Benavides. Mientras esperaba que el comisario llegara, se entretenía cosiéndole un botón que se le había desprendido de la chaqueta de gala. Harold le preguntó si sabía algo y, sin dejar de poner atención en la puntada que hacía con su aguja, Macu le respondió: «un muerto, al parecer». 

—¿Es que ahora somos de homicidios? —le preguntó Harold mientras, de espalda y apoyado en sus dos manos, se sentaba en la mesa que durante el día usaban para pegar las piñatas. Estaba impaciente. Sentía que este asunto era una pérdida de tiempo y una distracción innecesaria ante la remota posibilidad de ubicar al poeta Aveledo, pero se guardó sus opiniones.
—Yo que sé —respondió Macu encogiéndose de hombros al tiempo que remataba el botón con un nudo del tipo cabeza de turco.  

A la media hora llegó el comisario y le pidió a los dos que lo acompañaran a su oficina. Venía sudoroso y no dejaba de secarse la frente con su pañuelo. Estaba en el Italian Pub esperando que bailara la argentina cuando le avisaron que había aparecido el cuerpo de un poeta flotando en el río Chama, sin causas visibles de muerte. 

—Necesito que comiencen a investigar desde ya; o sea, más rápido que inmediatamente. Quiero respuestas. —le ordenó Benavides a Harold.
—«Más rápido que inmediatamente» significa «ahora» —superpuso Macu entusiasmado por ese «nosotros» que le permitía ungirse a sí mismo, así fuese por un instante, con la autoridad del comisario. —El comisario necesita esas respuestas para ayer —concluyó el vasallo de Benavides. 
—Si lo hubiera resuelto ayer, entonces no…
—Silencio —gritó Benavides sin disimular lo alterado que se hallaba, mientras buscaba una botella de Old Parr en su minibar y su taza de El mejor papá del mundo para servirse. El comisario estaba tan agitado que olvidó echar el whisky en la taza, pero lo sorbía con tanta urgencia, que el trago igual disminuía. Así se tomó tres seguidos. 

—Estoy cerca de tener una pista del Comandante Palabra  —replicó Harold—, no quisiera perderla por distraerme con asuntos de otras divisiones. Esto nos podría costar años de investigación.  

—Palabra tendrá que esperar —gruñó el Comisario vaciando el contenido de la botella de Old Parr en lavamanos—. Este whisky está puyao, sabe raro. Volviendo al muerto —continuó—, a este lo mató un profesional. Estoy seguro. A «alguien» —dijo acentuando cada consonante—, por lo visto, le interesa atizar viejas rencillas. Esto puede terminar en una guerra, y las guerras son muy malas para los negocios. Además, ya me están ahorcando desde arriba porque no fue que mataron a un mozo de cuadra; el occiso era un jefe importante del círculo literario «La leche de la mujer amada». 

Los miembros del círculo Liebfraumilch eran en su mayoría de la familia de los Marquinas; veneraban el Romanticismo Alemán como corriente única y definitiva, defendían la rima, escribir con letra molde y despreciaban a las paledonias por no ser lo suficientemente blancas. Controlaban todo el norte de la ciudad desde La Vuelta hasta Tabay y hacia el sur, llegaban hasta la Plaza Milla donde su territorio terminaba en los predios del círculo de «La otra banda». Aunque había paz, eran enemigos declarados del grupo Teleférico, que operaba desde el Viaducto hasta Las Heroínas, y los temores del Comisario Benavides eran que se desatara una seguidilla de vendettas.  

Mientras no llegara el Forense desde Caracas —arribaría en el vuelo del jueves en la mañana—, Benavides quería que Harold y Macu investigaran con total discreción quién o quiénes habían cometido el asesinato del delfín de los Marquinas, pero sobre todo, qué se escondía detrás de tan horrendo crimen. Hasta ese momento, siempre había habido tensiones entre los grupos; al principio, meras diferencias estéticas o de estilo que, por mucho tiempo, jamás pasaron de sabotearse mutuamente algún recital de poesía, ya fuese mediante el robo de todas las bufandas de los participantes o interrumpiéndolos con una matraca gigante mientras leían; nada de esto, eso sí, jamás con consecuencias físicas directas o lamentables, aunque Indirectas, tal vez pero tampoco nada severo: quizá podrían contarse los múltiples traumatismos que, presas del pánico, varios miembros del círculo de La otra banda se causaron entre sí durante una lectura de églogas en el salón de eventos Hotel Park al tratar de escapar de un rebaño de ovejas que miembros de Teleférico hicieron pasar por mesoneros. O la vez que un desconocido dejó en un coma inducido a una joven promesa del círculo Liebfraumilch, después propinarle una descarga eléctrica con la broma del «apretón de manos». Puede que en aquel momento el comisario Benavides tuviera razón, y este fuese un hecho que había que investigar a fondo sin importar que nadie hizo una denuncia formal.  Esta era la primera vez que un cadáver metido en una bolsa terminaba en la morgue de la Comisaría de Glorias Patrias, esperando por una autopsia. En Mérida, este tipo de cosas no pasaban; todavía era una ciudad pacífica donde la violencia se veía como una bruma lejana. 

Harold trató con varios argumentos zafarse del encargo de Benavides, pero no pudo convencerlo. Se dio cuenta que tendría que encontrar la manera de llevar las dos investigaciones en paralelo. Algo en su interior le decía que, si bien los malos presentimientos del comisario no eran infundados, encontrar a Aveledo seguía siendo por lo menos, igual de relevante. A ciencia cierta no tenía claras sus motivaciones; sabía que no solo lo movía un repentino sentido del deber, había algo más, algo que no era del todo racional, algo que no lograba —o no quería, puede que sea más exacto decir— precisar y que no iba a esperar tener resuelto antes de comenzar a actuar. Faltaba poco para la media noche y a en vista de las pocas instrucciones del comisario, más allá de la orden de «quiero respuestas y las quiero ahora», Harold se decantó por comenzar su investigación dándose una vuelta por el diario El Vigilante y «saludar» a Jobes, un poeta menor que se ganaba la vida como corrector de estilo y a veces, como periodista. Mientras Benavides se hundía en su sillón hablando por teléfono, Harold cogió una botella de ron Liqui Liqui que usaría como excusa para llegarle a Jobes —faltaba saber si estaba de guardia— a leerle unos poemas. Ahí mismo, destapó la botella, se bebió un trago y, sobre unos retazos del papel de rellenar piñatas, se puso a improvisar los versos: 

DE MI SALÍAN PÁJAROS 
De mí salían pájaros 
cuando tú me mirabas 
y yo los perseguía 
para cambiártelos por besos.

Cuando iba camino a la puerta, Harold escuchó la reprimenda del comisario Benavides, que lo llamaba desde su escritorio.

—Epa, epa, ¿Para dónde vas así, chiclán? 
—¿Cómo? Voy a darme una vuelta por El vigilante a ver si averiguo algo en la sección de sucesos. 
—¿No se te está olvidando algo? —respondió el comisario señalando a Macu con el auricular del teléfono. 
—¿Esto es joda, no, comisario? 
—Ya te dije que la investigación la harán los dos. Macu me mantendrá informado y tú verás cómo carajos te arreglas con él. 
—¿Y si alguien lo reconoce? 
—Peo tuyo. Resuelve. Disfrázalo. Haz lo que tengas que hacer —respondió el comisario, y retomó su conversación telefónica. 

Macu andaba vestido con una gabardina como de detective, aunque no lo era. Casi siempre llevaba el mismo sobretodo, cuya tela era de lona de un color amarillo desteñido. Lo único que podía servirle en ese momento como atuendo eran unos lentes de nariz y bigote que estaban guardados en el clóset de los disfraces. Harold los tomó, les arrancó el falso mostacho y se los pasó a Macu para que se los pusiera. —Toma, póntelos —le ordenó— y el nuevo accesorio le otorgó un repentino estilo de poeta beat que iba entre lo enigmático y lo oscuro; solo le faltaba una boina a lo Lawrence Ferlinghetti para completar el outfit. Justo cuando estaban por salir del Payasito Saltarín, Harold se dio cuenta que algo no cuadraba; era un detalle fundamental que luego se habría recriminado, de haberlo perdido de vista y alguien más se hubiese dado cuenta: el secretario de Benavides no olía a poeta. Sin perder tiempo, agarró la botella de ron y le vació dos tapitas encima. —Ahora sí. Recuerda que, a partir de este momento «Eres un genio todo el tiempo».

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Feed de narrativa editada a seis manos (desde San José de Costa Rica, Stuttgart y Caracas), por los caraqueños diasporizados Luis Garmendia y Javier Miranda-Luque, y el caraqueño sin diasporizar (¿por ahora?) Mirco Ferri cuya idea es la de postear textos propios y de autores invitados. ¡Bienvenido cada par de ojos lectores que se asomen a estos predios!

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