Causa de muerte: Benedetti

«Si visitaste Mérida y no amaneciste en el Rincón del Tango, ¿realmente la conociste?» Con ese kōan, el poeta Jobes terminó de rematar su argumentación. Faltaba un rato todavía para el amanecer y Macu, el beatnik llanero, le acababa de salvar el culo a toda la redacción de El Vigilante, especialmente al área de Jobes, la de sucesos, por lo que no había otra posibilidad que agasajarlo como correspondía, llevándolo a un verdadero bar de poetas. En los planes de Harold estaba regresar lo más pronto posible al Payasito Saltarín, dejarle a Benavides toda la información que habían conseguido sobre el poeta muerto, dar el asunto por cerrado y volver a centrar toda su atención en el desayuno con el tuerto Dávalos en el viejo cafe Ritz; sin embargo, el kung fu de Jobes fue mejor, y los tres poetas terminaron apretados en su Renault 5, rodando al RDT —como lo llamaban sus habitué— que estaba a unas cuadras del periódico.

La mesera llegó con tres botellas de tercio Cardenal y las dejó sobre la mesa. Keylamar —así se llamaba la morena de Tucaní— apenas saludó a Jobes, y de una vez le reclamó a Harold por todo el tiempo que llevaba sin pasar a saludar. 

—Me quedé esperándolo ese sábado para ir al Parque la Isla y nunca llegó, Harold —dijo Keylamar con evidente recelo. 
—Ese día se me presentó algo urgente, una vuelta con el Tuerto y no pude zafar. 
—No sea tan bobo. Váyale a otra con ese cuento, Harolín. Yo sé que indio comido, indio ido —respondió Keylamar como una indirecta, recordándole al falso estudiante de Letras el rapidito que tuvieron en la parte de atrás del bar.
—¿Ahora sirven comida acá? ¿Tienen carta? —preguntó Jobes sin enterarse del verdadero sentido que llevaba la conversación. 
—No, acá pura cerveza y ron Liqui Liqui, poeta. Comida sirven los chinos de enfrente. ¿Y el amigo tan sediento quién es? —preguntó Keylamar por el desconocido que acababa de poner sobre la mesa la botella vacía, mientras se limpiaba con la manga de la chaqueta su trompa de musaraña, recordándoles por cuarta vez a todos que tenía más hambre que garrapata de peluche. 

Al escuchar que enfrente había un chino, con ese aire de misterio que  envolvía al secretario de Benavides cada vez que dejaba de prestar atención a lo que le decían, comenzó a fantasear con unas lumpias remojadas —mas no enchumbadas— en salsa agridulce para acompañar las cervezas. 

—¡Ay, pero qué manera tan naif! «tener más hambre que la garrapata que habita un peluche». Este es el poeta Macu, hijo de Aquiles y primo de Harold. Es de Valle La Pascua, anda de visita y fue el héroe de la jornada. Por eso me lo traje para acá, para practicar los dones de la filía, ¡Salud poeta! —respondió Jobes, desconcertado por la botella vacía que, incluso, llegó a pensar que Keylamar la había traído así para jugarles una broma—. Traiga otra ronda que vamos a beber vernácularmente.

Luego de haber buscado con la mirada entre los locales al chino que había mencionado la mesonera, Macu volvió a la conversación con varios segundos de retraso: —Yo no soy… —fue lo que alcanzó a decir antes de que Harold le pegara un toque con el pulgar por debajo de la botella con el que lo detuvo en seco. 

—Yo no soy de Valle La Pascua, digo, soy de San Juan de Los Morros —alcanzó a corregir a tiempo. 
—Ya decía yo por qué tanta chaqueta —respondió Keylamar que, con un rápido movimiento, le quitó los lentes a Macu. Al ponérselos, se dio cuenta de que no tenían vidrios, y de una vez comenzó reírse y a preguntar alzando la voz: —¿por qué estos poetas son tan raros? 
—Pa’ ve —dijo Jobes— poniéndose los lentes de Macu y dándole la razón a la mesonera: —es cierto, no llevan vidrios porque los vidrios distorsionan la realidad. Estos, como la pipa de Magritte (que echara burbujas en vez de humo no la excluye de ser una pipa verdadera), no son unos lentes, Keylita. ¿No ve lo moderno que viste nuestro amigo llanero? ¿A ver, cómo me quedan? —preguntó Jobes con un tono juguetón, tratando de calzar sobre su angulosa nariz la montura que le quedaba un poco grande. 

Keylamar dio media vuelta y se fue a atender a otros clientes. Cuando quedó de espaldas a la mesa, Macu se quedó viendo fijamente el ajustado jean que llevaba la mesera. Donde iban sus nalgas, ahí las seguía la mirada del nuevo poeta, aunque sería más preciso decir que, a donde iba la perinola de plástico fucsia que cargaba en el bolsillo izquierdo de su pantalón, iba la mirada del secretario de Benavides.  Al principio lo hizo en silencio, como con pudor, solo tragando saliva y empujando hacia arriba la botella que tenía en su diestra, hasta que ya no pudo contener el impulso y, señalando la nalga de la muchacha con el índice completamente extendido y con los ojos muy abiertos dijo —Perinola—. Como buscando hacer énfasis volvió a repetir: «Perinola», sin dejar de señalar en todo momento su oscuro objeto del deseo.  

—¿Al primo como que le gustan las perinolas? —dijo Jobes todavía jugueteando con los lentes. Harold encogió los hombros, restándole importancia o fingiendo al menos que los erráticos movimientos del roedor que tenía a su lado no lo sacaban de quicio, mientras que por debajo de la mesa buscaba inútilmente el rechoncho pie del secretario de Benavides para darle un pisotón y traerlo nuevamente a la realidad.
—Parece que al primo lo que le hace falta es un buen perinolazo —celebró Jobes, quien ya con la segunda cerveza comenzaba a entornar los ojos preguntándose si sería verdad aquello que una vez le dijeron en Altagracia, que el buen llanero comía todo lo que se moviera o echara sombra. —El invitado —continuó— ya demostró que es astuto y pícaro como Florentino. Lleva apenas un día en la ciudad y Carnevalli ya lo ungió como una verdadera promesa del periodismo de sucesos. Por lo visto, ya se levantó a la Keylamar sin siquiera decir una palabra y seguro es campeón de perinola en Guárico. Es más, Harold, su primo tiene cara de que las sabe embocar todas y que si uno se descuida, hasta se lo termina embocando.

Harold fingió un ataque de tos para que Macu no escuchara la última parte; no dejaba de ser un peligro que anduviese armado. En cualquier caso, la insinuación del poeta Jobes quedó tapada por la pita que produjeron los primeros acordes de guitarra con la operática voz de Nina Hagen cuando comenzó a sonar African Reggae, uno de los himnos del círculo Liebfraumilch. En ese momento, Harold se percató de que las mesas que solían ocupar los arios estaban vacías. El lugar estaba lleno de miembros de Teleférico quienes no dejaron de parodiar los cantos tiroleses ni de girar como enajenados sus matracas de bolsillo. De la barra salió Nano, el argentino, y con su carabina montada y apuntando al techo, gritó: «Che, o aprenden a comportarse y a respetar o los arranco a tiros de acá». Con el alboroto, Jobes sostuvo con fuerza el brazo de Macu y le dijo —Estas rencillas no deben ser nada para lo que usted ve en su tierra, poeta, con esos copleros y decimeros que abundan por allá—, a lo que Macu respondió que esos sospechosos tenían cara de solicitados, y que esas matracas se podían incautar como armas blancas, pero que igual ninguno de esos tenía pinta de aguantar unos tiros sin pegar la carrera. 

Jobes le dio la razón en eso de que los miembros del grupo Teleférico eran sospechosos. —¿A quién se le ocurre rimar en tercetos a estas alturas?, capaz y mañana les de por usar alejandrinos—, y soltó una carcajada mientras, por segunda vez, sopesaba el diámetro del bicep de Macu, pensando que era mejor que sobrara a que faltara y que también los maduros de Belén, con su mortadela picada, su queso blanco rallado y unas frugales líneas de mayonesa,  eran un antojo prosaico, pero satisfactorio al fin. —Bueno —dijo Jobes— no olvidemos que estamos celebrando, ¿Quién más está seco?

—Yo tengo hambre —repitió Macu, quien ya comenzaba a sentir las palabras arrastradas y la mesa medio áspera sin haberse terminado aún la segunda cerveza. Jobes volteó hacia la barra y le echó un ladrido a Nano que le salió muy agudo. —Soné como un pequinés ¿verdad, poeta? —dijo como queriendo disculparse— mientras con la mano le mostraba tres dedos a Keylamar. 
—Benavides siempre pide pato pekinés pero yo prefiero el pollo agridulce —respondió Macu. 
—Ya verá como la Keyla nos resuelve unos pasapalos, poeta —le dijo a Macu con una sonrisa cómplice. —Pero ahora cuénteme, ¿Quién es ese Benavides? 

Harold respondió lo primero que le vino a la mente: «es un tallerista del pueblo, nadie importante» y como intentando cambiar el tema, llamó nuevamente a Keylamar con la excusa de que él también tenía hambre. A continuación, la mesonera le entregó a cada uno su bolsa tamaño individual de Raqueti picante. Habían dejado de servirlos en platos porque una vez  hubo una pelea en una de las mesas sobre su justa distribución y un poeta quedó tuerto. Mientras iba abriendo una a una las bolsas, Keylamar aprovechó de preguntarle a Macu: «¿Y a usted por qué me lo celebran tanto llanerito, ¿está de cumpleaños?». 


Al poeta lo mataron de una manera desalmada: lo tuvieron horas escuchando a Benedetti declamando en alemán mientras, con una pluma de ganso, le hacían cosquillas en los pies.  Al menos eso detallaba la extensa crónica en clave de «nuevo periodismo» que venía en el misterioso sobre anónimo que llegó a la recepción de El Vigilante. 

—En sesenta años que lleva este periódico, no será la primera vez que abra con una crónica que parece escrita por el mismo Truman Capote, ¡Eso sí que no! —gritó Carnevali. De inmediato, Torondoy, el subeditor y bisoño de don Paco, mandó a cerrar las puertas de la redacción hasta que de esa sala saliera algo digno de la portada de El Vigilante y le pidió a Gladys que se escondiera las llaves, de ser posible en las pantaletas.  
—Llamen al jefe de imprenta. Lo quiero acá. 
—Pero ya eché llaves como usted dijo —respondió Gladys.
—Le abre y vuelve a echar llaves. Nadie sale. 
—Yo tengo que salir —respondió el editor de política con el auricular de un teléfono guindando del cuello—. Tengo que informarle al rector, una noticia de este tamaño no se puede publicar sin su venia. 
—Tiene razón Pachano —así se llamaba el editor de política—. Solo él puede salir. En lo que suba el jefe de imprenta, le abre, lo deja pasar, luego cierra y abre y deja salir a Pachano y vuelve a cerrar. Nadie sale, ¿se entendió, Gladysita? 
—Sí, perfectamente: abro, dejo pasar a José Miel, cierro, luego abro y dejo salir a Pachano y vuelvo a cerrar. Nadie sale. 

Carnevali y Torondoy se llevaron a Jobes junto a todos los periodistas a una reunión en la mesa central de la redacción. 

—Malena quiere ir al baño —gritó la secretaria desde su puesto, ¿la dejo salir o que haga en una papelera? 
—No, déjela salir, echa llaves por fuera, la espera que salga del baño, abre, se asegura que entre y vuelve a trancar la puerta. —respondió Torondoy. 
—¿Tranco desde afuera o entro con ella? 
—¡Entre con ella, Gladys! no puede ser que en esta redacción yo tenga que tomar todas las decisiones importantes. 

Gladys se fue con Malena repasando la secuencia que le había ordenado Torondoy. Hicieron varios ensayos completos de cada paso antes, incluso, intercambiaron roles: en uno, era la secretaria la que tenía que ir al baño —por si acaso— y en el otro, era la periodista. Luego de tenerlo bien ensayado, las dos mujeres salieron de la redacción. 

Harold y Macu buscaron un lugar para alejarse un poco de la gritería, y se sentaron entre varias torres de diarios viejos que estaban apilados en una esquina con ventana del piso cinco del Masini.  

—Voy a comenzar el informe para el comisario— Macu fue el primero en decir algo; sacó su libreta y su bolígrafo de dos colores —rojo y azul— con el que le gustaba alternar entre las palabras a las que quería darles énfasis. Como siempre, lo primero era verificar que ambos colores tuvieran tinta. Escribió Benavides con cada color buscando dar un efecto 3D y garabateó unos dibujos ininteligibles en el margen de la hoja. Macu era un renacentista de los informes. Lo hacía tan seguido que casi le salían tan bien como la línea de los pantalones que le planchaba a Benavides. Es decir, a los pantalones del comisario, no a él, porque si planchara al comisario, se le verían raros los shores que usa en sus parrilladas de domingo. 

—¿No te parece raro que a nadie le importe que llegue una noticia metida en un sobre, como si quien la escribió ya supiera de antemano lo que iba a ocurrir? —interrumpió Harold—. No me gusta admitirlo pero creo que el comisario tiene razón en eso de que el crimen lo cometió un profesional ve tú a saber con cuáles intenciones. 
—Eso no tiene nada de raro. Cuando estuve destacado en la DGCIM, casi siempre los informes los escribíamos antes. Luego le cuento por qué, ahora estoy ocupado —cortó el diligente roedor. Antes de volver de nuevo a su libreta, le recordó a Harold que el comisario jamás se equivocaba. 

Minutos después, llegó el jefe de imprenta y Gladys lo hizo pasar y volvió a cerrar la puerta. El tal José Miel cargaba una braga blanca casi completamente salpicada de tinta negra, daba la sensación de que no se la había quitado en años y  su cara era apesadumbrada o como si detrás de sus pupilas ya no habitara un alma. Se acercó a la mesa de redacción y preguntó en qué podía ayudar, pero Carnevali le dijo que todavía no era su turno y lo despachó. Sin más nada que hacer, el cansado hombrecillo, en cuya cabeza había más canas que cabellos, se fue dando un periplo por la redacción hasta que también se refugió entre la ruma de periódicos donde estaban Macu y Harold. 

—Buenas noches. José Miel —se presentó—, pero me pueden decir Cheo. A continuación sacó un cuartico de leche de un bolsillo, lo destapó y le ofreció un trago a Harold. El policía encubierto le dio una probada y le devolvió el cartón y se presentó:
—Harold y el poeta aquí se llama Macu. 

El secretario de Benavides se detuvo de golpe  y mirando al cartón de leche —no a José Miel— le preguntó: —¿Me da?— Acto seguido, el jefe de imprenta sacó su reserva de la braga y se la extendió al falso poeta. Macu lo batió con la ilusión de un niño, lo destapó y comenzó a tomárselo al mismo tiempo que volvía a su informe. 

Pasaban los minutos y en la redacción estaban lejos de dar con la ansiada noticia. Carnevali se quejaba y rompía enérgicamente cada propuesta que tachaba de peor que la anterior. El editor de cultura, un gordo fofo con los ojos adormecidos y bastante parecido a Capulina, propuso, para resolver al menos lo larga que era la crónica —a falta de una noticia mejor—, quitarle todos los signos de puntuación y todos los subtítulos para que el texto fuese tan vertiginoso como el de la novela The Road. El de deporte, sacar todo el contenido y dejar solo el titular de: Teleférico 1 Liebfraumilch 0, en letra tipo impact tamaño 70. El de regionales quería meter una foto a tres columnas con frase inspiradora, pero luego recordó que en el archivo no tenían imágenes de poetas.

Mientras esto ocurría, Harold le buscó conversación al jefe de imprenta. 

—¿Usted tampoco había visto algo así en todo el tiempo que lleva trabajando en el periódico? —le preguntó Harold recordando el asombro con el que el corrector de estilo leía el texto sin encontrar un solo error.  
—No, en mis cinco años que llevo acá, es la primera vez. 
—¿Cinco años? —Sí, ¿Pensó que eran más? 
—La verdad…
—Es normal. No es al primero que le pasa —lo disculpó José Miel— Nadie pasa cinco entre periodistas sin terminar con cicatrices. 

Luego de un silencio incómodo, el jefe de imprenta, a quien le gustaba decir que el infierno era la espera con hambre, propuso comer algo para pasar el rato. A continuación se puso a revisar en la ruma de ejemplares de El Vigilante hasta que encontró el que buscaba: se trataba de una edición especial para cuya portada, Pachano tuvo la idea de imprimir con leche condensada —la chuchería favorita de Perucho, quien acababa de regresar de su exilio al rectorado de la universidad— en vez de tinta de impresión. Al encontrarlo, José Miel comenzó a cortar el papel y a repartirlo entre sus nuevos amigos como Jesús multiplicando los panes. 

Sin poner atención, Macu fue masticando los trozos  de papel como si fuesen hojas de lechuga y siguió dibujando. 

Pasó una media hora más y la codiciada noticia no terminaba de ser escrita. Al cuarto intento, Jobes, en medio de su urgencia, llegó a pedirle ayuda a Harold. El hábil falsificador de poemas intentó su versión de la noticia pero la situación no cambió demasiado. Estaban en el mismo punto, aunque un poco peor: eran casi las dos de la mañana, la hora límite para prender las rotativas y alcanzar a tener ejemplares de El Vigilante por lo menos en los quioscos más importantes del centro de Mérida. Cuando ya Carnevali estaba que echaba espuma por la boca y, en medio de un silencio cada vez más notable, se percató de que lo único que sonaba en toda la redacción era el rechinar del bolígrafo de dos colores de Macu que ya estaba en su parte preferida del informe: le gustaba dibujar por los márgenes de la hoja de rayas, unas miniaturas como la de los libros medievales que sirvieran para ilustrar lo escrito; un cadáver flotando en el río Chama, un hombre con los pies descalzos mientras una pluma gigante le hacía cosquillas, un algodón de azúcar que nada tenía que ver con la historia pero que sin embargo le pareció que igual venía a juego. En eso, el viejo comenzó a reclamarle a Macu —¿Y usted que coñó está dibujando que sea más importante que la noticia que tenemos que publicar a primera hora de la mañana?—. A Harold no le dio tiempo ni de  parpadear cuando Carnevali ya le había arrebatado la libreta a Macu. Por lo menos alcanzó a taclear a su compañero antes de que sacara el arma que llevaba en el cinturón. El editor leyó el texto y conforme iba deglutiendo cada línea, la expresión de su rostro le cambió rápidamente a la euforia. Al terminar le pasó el manuscrito a Torondoy, ordenándole que lo transcribiera a máquina.

—Transcribir —dijo casi deletreando—  si usted de exquisito me le cambia aunque sea una coma, yo mismo lo echo por esa ventana —remató Carnevali—. Girando nuevamente hacia a Macu, con el rostro iluminado por primera vez en la noche celebró: «¡Esto sí es una noticia!. Mañana vamos a acabar con la edición. La vamos a vender toda y tendremos que imprimir otra en la tarde, ya verán. Lo huelo en el ambiente». De repente, todos los periodistas que estaban en la redacción se unieron en una sola voz que vitoreaba a Carnevali: cantaron viejos himnos en su honor, se burlaron y quemaron varios ejemplares del Diario Los Andes —el periódico rival— y, con la bandera de El Vigilante, mantearon por los aires varias veces al secretario de Benavides. De pronto, en medio de la arenga, Carnevali cayó en cuenta que no reconocía al mesiánico redactor del texto así que preguntó de un gruñido. 

—¿Y usted quién es? 
—Macedonio —alcanzó a gritar Harold tan fuerte como pudo el primer nombre que le vino a la mente para que Macu no revelara su verdadero nombre, uno que incluso el mismo Harold desconocía.

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