A mitad del camino de la vida

El encargado de la barra le comentó con estupor a su ayudante que no había visto comer así a alguien desde los desayunos que le servía a Lezama Lima en La Habana. Apenas unos minutos antes, Harold había abandonado el Ritz con dirección desconocida, y al verse de su cuenta, el secretario de Benavides entendió que a partir de ese momento quedaba encargado de vigilar al sospechoso. Como pudo —y sin desatender su desayuno— se fue rodando por cada una de las bancas de la barra del Ritz hasta quedar de frente a la mesa donde estaba camuflado el Tuerto Dávalos. Blanco de esa mirada escrutadora —la que Jobes había tildado como rasgo de auténtica genialidad—, el editor no tuvo más remedio que servir de espectador al accidente en cámara lenta que tenía ante sus ojos. Macu iba probando cada uno de los platos de la carta del viejo Ritz en igual medida que, una a una, rompía las quinielas que intentaban adivinar cuánta comida podía caber en  las cavidades de tan extravagante personaje.

De los churros, pasó sin distracción a los croissants recién horneados. Con sus regordetas manos, los abrió uno a uno por la mitad y seguidamente los untó con una fina capa de mantequilla pomada y mermelada de durazno. Acompañaba cada bocado con un trago del jugo de naranja recién exprimida o del café tipo americano, que al principio encontró demasiado caliente pero que arregló pidiendo una pepsi fría y mezclando todo en una segunda taza. Después de zamparse  las seis medialunas, arremetió contra tres órdenes de huevos a la benedictina acompañados de sus respectivas raciones de tostadas a la catalana. Conforme comía y se iba sintiendo más a gusto, Macu llegó a quitarse la gabardina y los zapatos; de vez en cuando, levantaba la cabeza y saludaba a todos en el café con una jovialidad inusitada, alzando una especie de tabaco improvisado que se hizo al enrollar una loncha de jamon tipo York sobre un bastoncito de queso Camembert para luego darle un pequeño mordisquito por el extremo que lo sostenía y volver a ponerlo en la esquina del cenicero. Gozó hasta los límites del pecado, raspando de su paladar cualquier resto de comida y haciendo distintos ruidos con la boca, golpeando el plato con los cubiertos cada vez que quería más comida. El pequeño roedor zampaba casi sin masticar, hasta el extremo de caer por momentos en una suerte de delirio en el que hablaba con total distensión: «Aunque digan lo contrario, el comisario es más importante que el sub-inspector, porque el subinspector solo sirve para hablar y tener que dar ruedas de prensa y en últimas cuentas, es muy inferior al comandante». De pura alegría, se puso a enumerar las veces que había roto sus propios récords de emboques consecutivos y de cómo, con la ayuda de un nivel de agua, se podía saber si una perinola estaba amañada. Para el postre, acabó con una docena de suspiros y pidió que le rellenaran la copa con el jugo de la tizana —expresamente pidió que le sacasen todas las frutas—, con cuyos últimos dos tragos parecía que había llegado a su límite y que Rogelio, el gordo que trabajaba en la cocina, parecía haber ganado la quiniela al acertar su predicción de que la ensalada de fruta sería lo último que pediría el pequeño gargantúa; sin embargo, para acallar cierta melancolía que lo iba invadiendo por el recuerdo de esos churros que ahora se veían tan lejanos, pidió una nueva ración junto a otro café y puso de nuevo en marcha el tren a vapor. Como se había acabado el chocolate, aceptó remojarlos en arequipe como sustituto. Cuando ya estaba por terminar su segunda taza de café con pepsi, el barman le preguntó con sarcasmo si no deseaba otra cosa más.

—No —respondió con displicencia el policía encubierto, a lo que el hombre comentó: 
—Menos mal, porque me tocaba mandar a comprarla; se acabó toda la carta maestro… ¿Le provoca un digestivo?, va por la casa.

Macu aceptó de buen gusto el cuantró flameado que llegó rebosando en una copa decorada con ribetes dorados muy a lo art nouveau. Como a la mitad del trago, recordó que estaba de servicio y miró a la mesa donde tendría que haber estado el Tuerto Dávalos, pero este había huido bastante antes del agua de la tizana. —¡Mierda! —se le escapó con un eructo—, y anotó en su libreta que el sospechoso resultó ser todo un Houdini y que en una breve distracción suya, se había escapado. Aprovechó que todavía tenía el bolígrafo en la mano y se dejó la nota de «agregar dibujo gracioso de los que le gustan  al comisario», que era la estrategia que usaba para distraer la atención de Benavides en las partes de sus reportes que no le resultaban halagüeñas. Fue en ese momento, mientras cerraba su libreta, que sintió como si un cuchillo caliente le atravesara el vientre, seguido de un sudor frío por toda la espalda. Por instinto soltó el lápiz y llevó la mano izquierda al revólver que tenía dentro de la gabardina, pero un rugido que venía desde su interior, muy por debajo del corazón y que de la violencia le movió los tres últimos botones de la camisa, le avisó que no era un disparo cobarde, sino otro tipo de emergencia. Descalzo como estaba, repentinamente pálido y con los ojos muy abiertos, saltó de la banca y fue hacia el baño tan rápido como el ejercicio kegel que hacía para evitar una desgracia se lo permitía.

Por suerte para el secretario de Benavides, los baños del viejo Ritz eran de los mejores de la ciudad, solo teniendo por delante el hammam que Perucho se había mandado a traer de Sevilla durante su primer mandato. Macu agradeció que la puerta del cubículo llegara a ras de piso y que la cerradura fuera de doble paso. Con las manos temblorosas, y sacudido por espasmos cada vez más violentos, se terminó de bajar los pantalones que había comenzado a desabrochar enseguida brincó de su banco en la barra. A punto ya de perder la conciencia, apenas pudo levantar la tapa antes de desplomarse sobre la poceta. Así, como el vértigo de los derviches, el frenesí de la pitia de Delfos y el ritmo alucinado de los tambores de diez chamanes mongoles tocando durante su ortz, el primer movimiento del éxtasis que Macu experimentó fue violento, eufórico y embriagante. A medida de que vaciaba sus intestinos y elevaba su espíritu, fue cayendo en el segundo momento del trance místico. Cada vez más quieto, cada vez más sereno, como el san Francisco de Caravaggio o la beata Beatrix del prerrafaelita Dante Rosetti, Macu descendió hacia un profundo sueño, descalzo, con los pantalones abajo, la camisa empapada en sudor y la sonrisa de un iluminado esculpida en el rostro.  


El intercomunicador de las residencias El Sabio tenía un sonido de tierra, que hacía que todo intento de diálogo entre quienes se encontraban en el interior y los visitantes estuviese muy cercano al de una radio policial. Utilizando su mano izquierda como cajón para tratar que el sonido no se disipara, Harold negociaba el armisticio con Mayte mientras que ella, sosteniendo el auricular con el cuello y a sabiendas de cómo terminaría la discusión, preparaba café para dos.

—No puedes pretender que todo sea siempre como la guayaba, Mayte, sabes muy bien que la vida es movimiento, es cambio —decía Harold desde la entrada del pequeño edificio de cuatro pisos, alternando el peso de su cuerpo en cada pierna, con los efectos del trasnocho haciendo ya sus estragos— pero lo verdaderamente importante es que la esencia permanezca, y esa esencia somos nosotros.
—¡No me vengas con esos pseudoproblemas, Harold! sabes muy bien que todo ese discurso etéreo y místico no te servirá conmigo —la voz de Mayte sonaba cada vez más metálica desde la caja color crema con negro que estaba empotrada a la pared—. Sabes que lo único realmente importante es la realidad empírica, y ahí fallaste, negro…
—Coño, flaca —Harold la conocía bien y sabía que llamarlo por el apelativo era su forma de comenzar a bajar la guardia— pero ¿qué es esa realidad sino atributos de aquello que nada necesita? No vayas a creer que te estoy quitando la razón, no es eso mi Nadia Comăneci, solo te estoy diciendo que son parte de lo mismo, eso es todo.
—¿Y dónde está ese todo que no se puede ver, ni tocar, negro palabrero? —le preguntó con una coquetería que, antes de sonar la chicharra que le abriría la puerta, le avisaba a Harold que pronto podría subir a refugiarse del sol que a esa hora ni sus lentes oscuros detenían. 
—Ya termina de abrir la puerta, sabes que eso no se habla sin café y la taza que me serviste se va a enfriar si no abres rápido, mira que después me muero de tuberculosis y vas a tener que llenar de claveles El Espejo.

Desde la ventana de la sala y vestido con una bata de estampado chino de Mayte, Harold miraba el movimiento de la avenida 5. Como estaba cerca el mediodía, la carnicería de la esquina que quedaba diagonal al edificio tenía una parvada de amas de casa compartiendo chismes mientras esperaban ser atendidas. Los trabajadores de la carpintería caminaban perezosamente hacia El Arriero para llegar temprano y conseguir mesa. En la casa del frente, de dos tonos de azul y grandes ventanales, un niño que construía una lanzadera espacial con legos lo saludaba con la mano. En su conjunto, la escena hacía pensar que lo de la guerra solo era un mal sueño que se había disipado con la luz del día, como si todos los poetas se hubiesen ido a dormir apenas amaneció, como solían hacer los poetas. En todo caso, ya iba siendo hora de bajar hasta El payasito saltarín y ver qué se sabía y cuáles eran las nuevas órdenes de Benavides.

Mientras se vestía, tratando de hacer el menor ruido, Harold pudo escuchar cómo se colaba la voz de Mayte a través de la puerta entreabierta. Siempre hablaba dormida, y siempre tenía que pasar por el tedioso ritual de escuchar la historia detallada de sus sueños, por eso era tan importante salir sin despertarla. Sin embargo, esta vez era distinto, el policía encubierto pudo distinguir las frases sueltas: Comandante Palabra… los antiguos guerreros están en movimiento… no puedes capturar lo que no puedes ver… 1.30… 1.30… 1.30… Con la absoluta seguridad de que jamás había mencionado nada del caso y que mucho menos hablaba dormido, entró a la habitación con una sola bota puesta y la camisa mal abotonada y se sentó en la cama para despertarla. Por primera vez en el año y medio que llevaban viéndose —y según sus propias palabras, desde que ella misma recordaba— la instructora de aerobics americanos no podía decir qué había soñado. La cara de desconcierto de Mayte no cambió ni siquiera cuando rato después y mientras se calzaba su leotardo para ir a su clase en La nueva onda, el policía repitió por tercera vez las palabras que había dicho, muy lentamente.

—Tal vez ese sueño es tuyo, negro, y tienes que buscar qué significa —le dijo un poco en sorna desde la puerta, y añadió que si tenía hambre, en la nevera había comida de la noche anterior. Por un segundo Mayte pensó en preguntarle si lo vería al volver más tarde, pero atajó a tiempo la pregunta porque sabía que al regresar encontraría su departamento vacío. 

Para el undercover no había otra cosa que hacer sino darse el baño que le terminara de sacudir el cansancio, vestirse con la primera camisa que encontrara e irse a ver a Benavides en la comisaría; mientras más pronto hiciera el trámite de escuchar sus órdenes y sus quejas, más rápido podría ir en busca de los 1.30, y aunque no tenía ni una sola pista hasta ese momento, anotó las palabras del sueño de su amante, o del suyo, para revisarlas con buena luz y con suficiente café en la cabeza.


Macu llevaba varias horas durmiendo en el baño del Ritz cuando Paco Carnevali llegó a El Vigilante con la potencia de una tromba marina. Salvo Jobes, a quien no vio sino un rato después, la redacción estaba completamente sola. Aunque a todos los periodistas les encantaba repetir como autómatas aquel mantra de que el periodismo no descansaba, en esa pequeñísima ciudad provinciana llamada Mérida, que no era la extrema y dura de España, pero tampoco la soleada de México, pasaba tan poco que era una práctica habitual inventar noticias para rellenar las páginas de la edición. Nada importante, como guerras y decisiones presidenciales, pero sí muchas notas regionales, de cultura y, especialmente, sucesos. Lo normal, entonces, era que el periodismo se levantara tarde, anduviera lagañoso y amodorrado más o menos hasta el mediodía y se tomara varias siestas durante el día. Por eso, cuando don Paco Carnevali entró vistiendo su chaleco con bolsillos de corresponsal de guerra que compró en una subasta benéfica de la Agencia Magnum en París, con el casco stahlhelm que le heredó Francisco padre, el fundador del diario, y con su fusta de jinete debajo del brazo, comenzó a maldecir por la falta de compromiso de sus subordinados. A pesar de que la sala parecía estar completamente vacía y sin embargo escuchar a lo lejos unos ronquidos que no podía ubicar, don Paco encendió las luces de un golpe seco sobre la brequera central que estaba justo al lado izquierdo de su escritorio y el radio de Gladys, sintonizado siempre en Radio Los Andes, comenzó a sonar con el himno del estado. De un brinco, Jobes se levantó del sofá donde estaba y comenzó a saludar a una bandera imaginaria, como en sus tiempos en el internado militar, pero poco a poco fue armando las piezas y cayendo en cuenta de que no estaba en La Grita sino en la redacción de El Vigilante. Al ver el resorte flacucho y arrugado que emergió del fondo de la sala, Carnevali lo llamó de un gruñido desde su oficina y sin perder tiempo en saludos le preguntó «¿Dónde está mi joven promesa? ¿Por qué no está aquí escribiendo el extenso reportaje que vamos a publicar en el especial vespertino?». Aturdido y masticando la saliva seca que por el ratón y el mal dormir le espesaba las palabras, el periodista de Sucesos alcanzó a responder que lo único que sabía era que Macedonio iría a desayunar con un editor en el viejo café Ritz.

—¿Un editor? ¿Y usted por qué no hizo nada, Jobes? ¡Ese debe ser el hijo de las mil putas de «Rangelito» que seguro leyó la extraordinaria primera página que se mandó anoche nuestro nuevo fichaje y se lo quiere llevar para el Diario Los Andes. Hay que ver que usted sí es bien pendejo, Jobes… —continuó Carnevali con su retahíla de insultos, al tiempo que sacudía su fusta como queriendo subrayar cada palabra, sin dar chance a alguna defensa, a explicar que Macu, como era de esperar para alguien con su talento, comenzara a cotizarse en el mundillo editorial, y que en efecto estaba reunido con un editor, pero de poesía, no del periódico de la competencia. 

Tras despedirlo y reengancharlo varias veces, Carnevali le ordenó a Jobes que moviera cielo y tierra para conseguirlo. Al otro lado del teléfono, el encargado del Ritz le contó a Jobes que el batracio estaba dormitando desde hacía ya varias horas en el baño y, pese a los esfuerzos de todo el personal, no habían logrado despertarlo o siquiera moverlo. Mientras Jobes hablaba y le explicaba al barman que así eran los verdaderos talentos, excéntricos, portentosos y a veces desproporcionados, Carnevali no paraba de preguntar por Macu. Con el auricular tapado con la mano y alternando entre conversación y conversación, Jobes le iba a respondiendo al insistente editor: 

—Sí, don Paco, quédese tranquilo, Macedonio sigue en el Ritz. 
—¿Y qué está haciendo ahí? —preguntó Carnevali
—Cosas de poeta, usted sabe. 
—Dígale que lo espere. Traigamelo ya. 

Habiendo experimentado la resurrección de Macu en Belén y a sabiendas de que se acercaba la hora del almuerzo en el Ritz, Jobes le aseguró a su jefe, que en no menos de una hora el poeta vernacular ya estaría dispuesto para la acción.

—Llévese una de las motos del diario y me lo trae de inmediato, porque ahora con el muerto de Teleférico hay mucho por escribir. 

Eran casi las tres de la tarde cuando Harold, aturdido aún por el vértigo de la jornada anterior, cruzó la puerta de El payasito saltarín. El sargento Belandria estaba con la corbata desanudada, empapado en sudor y con cara de frustración mientras intentaba hacerle la línea vertical a los pantalones de gala del comisario con una plancha que echaba demasiado humo. Por los ejemplares de distintos modelos y colores que se acumulaban a su alrededor, parecía que no había tenido ningún éxito hasta el momento. Evaristo, el infiltrado en la agencia de secretarias que casi nunca se aparecía por El Payasito, hacía girar todas las perillas de la Rancilio que había en el comedor sin lograr que saliera ni una sola gota de café; la leche, fría y sin espuma, parecía mirarlo con desprecio desde la esquina del mesón. Una mujer de unos cincuenta años, que jamás había visto, tenía el archivo rodante abierto hasta la mitad y, en cuatro patas, iba sacando las carpetas, que apenas ojeaba antes de lanzar sobre sus espaldas. Solo se detuvo a mirarlo un segundo, como si no entendiera muy bien qué hacían ahí ni ella ni él, para seguir con su rutina. La puerta de Benavides, o de la oficina de Benavides, estaba abierta, y la persiana de la ventana subida en la esquina izquierda y bajada en la derecha, como queriendo parecer La gran ola de Kanagawa. Adentro, un comisario demacrado y con evidentes señales de haber llorado, estaba sentado sobre el escritorio con unos shorts Op bastante ajustados, camisa safari y chanclas petroleras. Trataba de sintonizar un radio que tenía entre sus manos cuando vio a Harold parado en la puerta. En seguida cambió la expresión de desvalido por una de salvación, mirando por encima del policía encubierto hasta llegar el punto de bajarse del escritorio, apartar a Harold sosteniéndolo por los hombros y de nuevo transformando su expresión, esta vez en el enojo más puro —-¿dónde coño está mi secretario?


La operación de rescate fue bastante más complicada de lo esperado; si bien el instinto de Jobes acertó en el efecto resucitador del olor a comida, no tuvo en cuenta las horas que había pasado Macu durmiendo en esa misma posición, por lo que tuvo que pedirle ayuda a dos meseros del Ritz para que entre los tres movieran a Macu  desde el baño hasta la entrada, deteniéndose cada tantos pasos para descansar, mientras le daban platitos con pasta seca y jugo de naranja al entumecido comensal. Para asegurarlo en la moto hizo falta que le hicieran un arnés con las fajas de cuatro obreros que estaban trabajando en la construcción del frente y aunque la estrategia funcionó y no estuvo en peligro durante todo el trayecto, Jobes tuvo que que ir muy lento porque Macu se sentía mareado y corría el peligro de botar lo que aún quedaba en su estómago, que no era poco.

Cuando finalmente llegaron a su destino, la sala de redacción estaba completamente llena. Torondoy, por órdenes de Carnevali, había mandado a llamar a todos los periodistas y a cada uno de sus suplentes. Para  terminar de completar la delirante situación, por idea del mullido periodista de Cultura,  estaba la compañía de teatro que por aquellos días tenía un soldout de la obra Jesucristo Superestrella en el Teatro Rengifo, recreando las dos escenas del crimen para que un famoso pintor, cuyo nombre pidió mantener en el anonimato, las ilustrara.

En la entrada, Gladys recibió a Macu con la taza en la que Carnevali había mandado a estampar el nombre de Macedonio en mayúsculas desde un lado del asa hasta el otro extremo, y un sombrero modelo fedora a lo Hunter Thompson para completar el kit de bienvenida. Sin presentarse, Torondoy lo tomó del hombro y de inmediato comenzó a darle indicaciones y detalles del especial que había que publicar en unas horas, a medida que lo dirigía a su cubículo. Jobes, con resaca y habiendo hecho más esfuerzo físico en un par de horas que en la última década, cayó en el sofá de la entrada y no levantó hasta que más tarde llegó Harold sacudiéndolo de la pierna y ofreciéndole un cigarro.

—Como que tienen ocupado al primo por aquí… —dijo Harold para terminar de traer al mundo de los vivos al poeta-periodista.

—Ya sabe cómo es este mundo, Harold. El periodismo no descansa —respondió—, al tiempo que le daba una larga calada al Astor rojo que le acababa de encender su amigo—. La última vez que lo vi, lo estaban llevando a su cubículo —agregó mientras se estiraba y comenzaba a avanzar perezosamente hacia el interior del caos que era la sala de redacción.

Desde la puerta del cubículo que se veía más limpio e iluminado que el resto, Harold vio al secretario de Benavides, mutado en policía encubierto, mutado en poeta vernacular, mutado en periodista de investigación —como decían las letras rotuladas que José Miel terminaba de poner en el vidrio de la puerta— muy concentrado sobre unos papeles extendidos en el centro del amplio escritorio en el que reposaba una Olivetti roja a la que ni siquiera le habían puesto la cinta, un portalapiz que copiaba en cuanto a diseño y contenido al que tenía en el Payasito Saltarín, y un gran termo con un paquete de servilletas a un lado. 

Al percatarse de la presencia de Harold, José Miel lo saludó y, tratando de excusarse, dijo que solo había aguantando tres partidas porque «su primo era muy hábil» y siguió rotulando las letras tipo times negras en el vidrio de la puerta.—Pero por fortuna el muchacho encuentra cómo divertirse —agregó.

Al acercarse, Harold pudo ver sobre el suelo varias hojas con juegos de la vieja en rojo para los círculos y azul para las X. Los papeles sobre el escritorio eran un machote sobre el que Macu ilustraba con mucho esmero y no sin talento un Cadillac El Dorado, modelo 69, con un atardecer de playa en el fondo. 

—¿Y qué se supone que hace aquí, Macu?— preguntó un Harold al que le costaba procesar lo que tenía frente a sus ojos.

—Esperando que llegue la nueva pista para escribir mi informe —respondió el falso Macedonio, mientras levantaba la cabeza, dejaba el dibujo que estaba haciendo en  el machote y miraba a Harold con una sonrisa que este quiso adivinar como inocente. —A este otro Benavides le gustan incluso más mis informes —sentenció, mientras le daba un largo trago al chocolate que tenía en su taza.

***

Esta vez el sobre no lo dejaron en la recepción. Por accidente, lo encontró en el congelador de la nevera un periodista, que buscaba unos hielos para echarle a un jugo de guanábana demasiado espeso que se había traído en la lonchera. En el contenido, venía una hoja de libro arrancada —que Harold de inmediato reconoció que pertenecía al incunable de la Divina Comedia que se resguardaba en la bóveda del Edificio Administrativo de la ULA—, una advertencia para Carnevali y de nuevo, una extensa y pormenorizada carta que contaba con lujos y detalles cómo se había producido el asesinato. Si bien el cadáver del poeta apareció metido en un carrito de helados frente al Seminario, el asesinato ocurió en los galpones de Helados Tío Rico. Allí, el asesino tuvo al poeta durante horas escribiendo todos sus versos en Alejandrinos y cada vez que cometía un error ortográfico, lo hacía comer hielo seco. Según también contaba la carta, el farsante, a pesar de pertenecer al círculo literario de Teleférico, había publicado con seudónimos poemas sin rima ni métrica. 

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