Miniaturas

En los días que siguieron al segundo asesinato, la ciudad salió de sus goznes y, aunque avanzaba, lo hacía de forma irregular y descoordinada, como si los engranajes que movían el reloj de la catedral siguieran trabajando para dar la hora con los siete minutos de retraso acostumbrados, pero haciéndolo desde puntos distintos del edificio. Así, las zonas ahora controladas por las facciones de poetas en pie de guerra establecieron pases de ingreso, alcabalas, puntos de control y toques de queda, con el desconcierto de que cada grupo elegía una hora distinta permitida para que la gente que vivía o trabajaba en el centro pudiera  estar en la calle. Como era de esperar, se dio el caso de que alguien que trabajaba en la zona de Teleférico —con toque de queda a las 10 pm— pero que vivía en el territorio Liebfraumilch —que cerraba a las 6 pm—, quedara atrapado y sin poder llegar a su destino, y tuviera que agacharse y bailar una polka rusa, o afeitarse las patillas o renegar de tal o cual autor, o lo que, según el humor de los miembros de la alcabala, le tocara hacer para conseguir un pase especial que le permitiera continuar con su camino. Otros, demasiado cansados para estas penitencias, tomaban la opción de irse a dormir al hospital, al aeropuerto o a la pollera Independencia, que eran los únicos lugares con permiso unánime para abrir las 24 horas. Por su parte, La otra banda —intentando ser Suiza, como de costumbre—, habilitó un pase de libre tránsito por la avenida 1 que duraba hasta la medianoche, pero que solo servía para ir desde el viaducto hasta la Plaza Milla y viceversa. Sin embargo, y salvo contadas escaramuzas en calles limítrofes, la violencia aún no había escalado. El Vigilante, gracias a su nuevo periodista de investigación, fue publicando semblanzas de las dos víctimas, así como detallados informes-crónicas sobre la historia de cada círculo poético y sus respectivos integrantes. Para los habitantes de esta ciudad en una guerra parcialmente pausada, leer los informes de Macu con el placer y la atención que lo hacía Carnevalli, se convirtió en un elemento más de la cotidianidad, luego de la cena y justo antes de Bonanza. Harold, por su parte, aprovechaba el síndrome de Sérpico que estaba viviendo el secretario de Benavides y la creciente impaciencia del comisario  para seguir su investigación, ir tras las pocas pistas que se le ofrecían y, con suerte, resolver el caso antes de que matar poetas se pusiera tan de moda y que terminara salpicando su caso principal; un presentimiento le decía al falso poeta que también era una cuenta regresiva hasta que el conflicto alcanzara al Comandante Palabra, que volviera a largarse de la ciudad o que terminara muerto.


El edificio gris, de concreto expuesto y grandes ventanales, se levantaba a mitad de la avenida Tulio Febres Cordero. Había sido inaugurado una década atrás, y aún tenía esa pátina de modernidad que contrastaba con las casas coloniales de la parte baja del centro de la ciudad. Pedro Rincón Gutiérrez le había encargado al arquitecto Edin Betancourt emprender en Mérida su propio Plan Rotival, como inicio de una «necesaria modernización» de los espacios universitarios. Los terrenos donde se construyó el edificio fueron donados por la familia Adriano con total autonomía para construir lo que quisieran, siempre y cuando se respetara la biblioteca familiar que ahí quedaba. Como lo haría cada vez más evidente a lo largo de sus tres gobiernos, Perucho tenía como proyecto crear la “nueva universidad”, divorciada de la antigua y clerical que dos siglos antes había nacido como una extensión del Seminario San Buenaventura. Por eso, aunque le dio total libertad al arquitecto, solo le puso como requisito que el edificio fuese del doble de alto del campanario de la catedral. Esto, como era de esperar, atizó un silencioso conflicto que se había iniciado con la llegada del laicismo a la universidad, y en retaliación, el obispo excomulgó a Perucho y a todo los miembros del Consejo Universitario y ordenó el desalojo inmediato de cualquier oficina de la ULA que funcionara en espacios que fuesen propiedad de la Iglesia. Perucho tenía una carta bajo la manga, y no la usó sino hasta la víspera de la temporada decembrina del 71, cuando devolvió la misiva a la casa episcopal anexando una disculpa por no poder ceder los jardines del Rectorado para instalar el pesebre viviente, como dictaba una tradición de larga data, ya que el pequeño bosque hecho con cipreses trasplantados desde el mismo Castel Gandolfo pronto sería reemplazado por un moderno jardín de rocas al estilo japonés. El obispo tuvo aceptar a regañadientes que el nuevo edificio no solo fuese más alto que la catedral, sino que, por aquello de conservar intacta la biblioteca de don Airto Adriano, tuviera una forma de cruz acostada. Como contraparte. y a manera de victoria simbólica, pidió que fuese inaugurado en el aniversario de la ciudad, asegurándose así de que no fuese oficialmente una obra de Perucho. El resultado fue un edificio terminado en tiempo récord, que pasó casi un año cerrado hasta que Casanova asumió el rectorado y lo inauguró. 

—A menos que alguien se haya sacado la lotería donde Santos, esa página tan vieja y con tantos hongos tuvo que venir de la Adriano— comentó Jobes en la sala de redacción mientras todos los que rodeaban la mesa central miraban el contenido del sobre como si fuesen las piezas de un avión que se acaba de estrellar. 
—¿La Adriano? —preguntó Harold con genuina sorpresa—. ¿Es una librería de usados?
—La Adriano es la sala de libros antiguos e incunables que queda en el piso subterráneo del Vicerrectorado Administrativo, ¿no la conoce? 

Ingresar a la Sala Adriano, como se le conocía a la biblioteca en el sótano del Administrativo, le resultó a Harold particularmente difícil. A pesar de contar con el respaldo de Benavides y, aparentemente, con la buena disposición del Rectorado «para que la paz regrese a nuestra casa del saber», el policía encubierto tuvo que hacer varios viajes hasta conseguirlo. El hombrecillo encargado del lugar, peinado como el Napoleón de Marlon Brando y cuya bata blanca le llegaba bastante por debajo de la rodilla, ponía una nueva traba cada vez que lo veía cruzar la puerta. 

La primera vez, lo despachó con el alegato más trivial: Harold había tardado tres meses en devolverle a la biblioteca de Humanidades Las flores del mal durante su primer año de la carrera, así que sus antecedentes no lo hacían «una persona confiable». Para salir de la lista negra, necesitó contarle a Benavides sobre la pista que estaba siguiendo, y este, luego de hacer varias llamadas y cobrar un par de favores, logró blanquear su historial. En el segundo intento, encontró al hombre sentado en una mesa detrás del mostrador, apoyando su cabeza sobre una especie de lupa gigante mientras que, con un fino y pequeño pincel, pintaba la cara de una miniatura de madera de lo que parecía un policía. Mientras esperaba, Harold se percató de que el lugar estaba repleto de maquetas. Algunas de sitios reconocibles de la ciudad, las que representaban espacios abiertos, mientras que en las que mostraban espacios cerrados había un reto mayor para descifrarlas. En ambos casos, le sorprendió el nivel de detalle con el que cada objeto, cada prenda de vestir y cada personaje estaban realizados; incluso podía reconocerse el desgaste de mesas usadas muchas veces o zapatos que han recorrido demasiadas calles. Hasta que no terminó con el bigote del uniformado que sostenía con una pinza, el guardián de los incunables no le prestó mayor atención a Harold. Vino caminando perezosamente hasta el mostrador y recibió la carta que le extendía. 

—Esto está firmado por el secretario, pero como usted sabrá solo le rendimos cuenta al Vicerrectorado Académico— sentenció y le extendió de nuevo el papel con displicencia.

Al tercer intento, y registrado como investigador por el mismísimo vicerrector, logró que el bibliotecario bajase la guardia y le diera la bienvenida diciendo en voz alta que «en esta vida nada abre más puertas que hacer las cosas correctamente». Con la misma sonrisa de la primera vez, el hombre acompañó al policía encubierto por las angostas escaleras que conducían al sótano. Al llegar delante de la puerta de vidrio blindado, le pidió a Harold que se diera la vuelta para que no pudiera ver la combinación que estaba apunto de poner con la ayuda de tres perillas giratorias. En la última combinación, volteó y le preguntó a Harold por la bata y la mascarilla que «por su propia salud» eran indispensables para ingresar a la Sala Adriano. Sin transparentar en el rostro sus ganas de cambiarle el peinado de un derechazo, este tuvo que pedirle que le diera unos minutos y correr las tres cuadras de ida y las tres de regreso hasta la tienda de equipos médicos que quedaba bajando por esa misma avenida. Finalmente, y aun respirando con dificultad, vio abrir la puerta, mientras el bibliotecario le señalaba el teléfono que estaba en la esquina de la sala —si necesita ayuda, solo disque el cero y yo mismo vendré a auxiliarlo—. Acto seguido, se despidió.

Si bien los libros estaban organizados de manera meticulosa en amplios estantes a lo largo de toda la sala, y habían utilizado láminas de acetato para identificar el código correspondiente a cada tomo para no afectar su integridad estructural, el sistema por el que estaban organizados no tenía nada que ver con el Dewey, el Bliss o incluso con el LCC. Los incunables de la colección, pero esto lo sabría días después de la boca de Carlito Adriano, seguían el criterio de lectura de su bisabuelo, Aitor Augusto; es decir, respondían a la manera como el anciano, ya demente en sus últimos años, le gustaba ordenarlos para evitar que, y era algo de lo que estaba seguro llevaba tiempo sucediendo, se los robaran los esclavos. 

—Cómo se nota que usted no es de acá… Esas cosas de los antepasados, ya sabe —le diría Carlito casi susurrando— quien no tenía esclavos ahogaba a sus bastardos en el Chama.

Luego del par de horas que le tomó inferir el criterio de clasificación, fue a la repisa baja del pasillo tres, en donde descansaban varias ediciones de la obra de Dante, de diferentes tamaños y cubiertas. De izquierda a derecha, comenzaban las traducciones al español y luego seguían en otros idiomas. Estaba la de Montaner y Simón, la de Sanjuán, la de Pezuela y la de María Carulla. Incluso, como una bisagra antes de comenzar las versiones en otros idiomas, estaba una copia facsimilar del Infierno publicado por Fadrique de Basiela. Los revisó con detalle, mirando los remates de las letras para reconocer la tipografía, el color del papel e incluso la numeración, cuando la había. Ninguna correspondía; aunque se veían muy antiguas todas, no parecían lo suficiente. Por rutina revisó las ediciones en otras lenguas, pues ya habían determinado en la primera revisión de la página que se trataba de español medieval. Luego de agotar todas las posibilidades visibles, Harold tuvo que tragarse el orgullo y llamar al molesto bibliotecario.

—Disculpe, pero no encuentro el libro que busco: La divina comedia, pero en una edición antigua —dijo con tono de disculpa a través de la bocina.

Del otro lado del teléfono se hizo un breve silencio que Harold interpretó como sospechoso. Luego de un carraspeo, volvió la voz y, con un tono que dejaba notar cierta recriminación, le pidió a Harold que fuese más específico:

—Disculpe, joven, pero como habrá visto tenemos muchas ediciones de la Divina comedia. Don Airto las coleccionaba. Incluso tenemos varias ediciones repetidas, y le puedo asegurar que todas son antiguas…
—¡Sí, claro! —respondió Harold al notar lo absurdo que sonaba— quiero decir más antigua que estas. 
—Ah, pero tenía usted que ser más preciso, como investigador debería saber la diferencia entre un libro antiguo y un incunable… Tenga cuidado que hay muchos pillos por ahí con falsificaciones. Agarran cualquier libro viejo, le cambian la portada por una hecha de cuero de chivo y ya lo quieren vender como si se tratara del mismo Manuscrito Voynich. La edición más antigua que tenemos del libro que busca es la de Ferrari y Fratelli, el orgullo de la colección; hubiese comenzado por ahí, hijo de Dios —respondió el bibliotecario con un tono que se podría confundir con la ternura, pero que para Harold solo podía ser regodeo—. Lo lamento porque no está con nosotros. Fue sacado en préstamo, junto con otros diecisiete ejemplares para una exposición que habrá en la casa Bosset. 

Harold soltó un gracias entre los dientes, y le pidió que fuese a abrir la puerta para poder irse. El hombrecillo le dijo que lo esperase un par de minutos, con la paciencia propia de su oficio. Tenía la sensación de que nuevamente terminaba en una calle ciega, rodeado por una sucesión de paredes que se multiplicaban por cada paso que daba. La única pista concreta que tenía lo había llevado a un punto muerto, a ese sótano cuyo aire era artificial y que con el sonido de los deshumidificadores que no paraban ni por un segundo, solo lo hacían más agobiante, más parecido a una compleja tumba que a una biblioteca. A continuación volvió a discar el cero sin que nadie contestara el teléfono. Cayó en cuenta de que si nadie viniera a abrirle la puerta de seguridad, de seguro terminaría como otro libro más de la Sala Adriano. Hasta el silencio allí era diferente. Sin tener claro qué más hacer, el falso investigador terminó de recorrer y mirar los estantes. A los pocos minutos, Harold escuchó el sonido de la manivela  giratoria de la puerta. Del otro lado estaba el bibliotecario sin la bata, luciendo una camisa blanca que por la falta de arrugas y el vapor que todavía desprendía parecía recién planchada. 

—¿Cómo le fue con su investigación? —preguntó cortésmente. 

Harold notó la intención, pero solo quería irse de ahí. Cuando terminaron de subir la escalera, el hombrecillo le entregó un folleto de la exposición de libros antiguos que en unos días inauguraría la Fundación Adriano en la Casa Bosset. En el tríptico se enumeraban los tesoros editoriales que resguardaba la fundación. También, en una de sus caras, había una pintura de Airto Adriano vistiendo un cuello de lechuguilla y sosteniendo un cráneo, acompañado de una breve semblanza. La contratapa del tríptico cerraba con una foto de Carlo Andriano, heredero de la antigua familia. A primera vista, creyó reconocer la cara de Jobes. Aparecía en segundo plano sosteniendo con timidez una bota junto a dos hombres vestidos de toreros en el callejón de la plaza de toros. A Harold la imagen le resultó inesperada porque sabía por el propio Jobes que este detestaba las corridas, no tanto por un espíritu conservacionista sino porque, en sus propias palabras, «eran el circo que a falta de pan, distraía al proletariado de los grandes asuntos de la vida política». Volvió a mirar la imagen, pero ahora haciendo más énfasis en los detalles y se convenció: era él. 

—¿Me puedo quedar con este folleto? —le preguntó al ver que no dejaba de mirar el papel que había estado leyendo. 
—Claro, para eso se lo di. Quizá le sirva para que encuentre el pajar, o la aguja, depende de lo que usted tenga… 


Harold salió del edificio Administrativo por la puerta posterior hacia el Paseo de La Feria, y de ahí caminó en línea recta hasta llegar al parque Domingo Peña. Al llegar, se sentó  a los pies del grupo escultórico, con la montaña frente a él, y encendió un cigarro. Necesitaba pensar, y aquel lugar siempre le permitía desconectarse, poner la cabeza en orden. El parque, que era como una especie de Checkpoint Charlie, estaba solo, excepto por los vigías del grupo Teleférico. Por el largo de las mangas de sus uniformes y la inconsciencia en sus ojos hacia el peligro real de la violencia, se veía que eran jóvenes reclutas. Habían cambiado sus matracas por ballestas y se entretenían disparando sus flechas contra un cuadro de Göethe.

A pesar de que, como le recordó el bibliotecario, él era un forastero, el falso poeta sabía de oídas sobre la importancia de los Adriano en la dinámica local. También era un chisme común que el menor de la familia, Carlito, se había vuelto vegetariano, lo que había supuesto un escándalo y por consecuencia una gran vergüenza que desencadenó en el posterior ostracismo del hijo mejor, ¿Por qué, de pronto, el joven y apartado heredero pasaba a estar al frente en la línea familiar? Demasiadas preguntas sin respuestas daban vueltas por la cabeza de Harold, mientras el cigarro que tenía en la mano se consumía sin apenas ser calado. El que Jobes hubiese terminado en su séquito no dejaba de generarle ruido. El poeta proletario, como se definía a sí mismo, no podía ver otra cosa que un enemigo natural en el delfín de los terratenientes y, sin embargo, ahí estaba, sin duda era él. La opción lógica era, con el folleto en mano, interrogar a Jobes y presionarlo para que le allanara el camino hasta Carlito Adriani, ahora bién ¿qué opciones tenía si en todo momento había sido un simple estudiante  de Letras ante los  ojos del poeta-periodista?. Tenía poco o nada que argumentar para forzar ese encuentro. 

—El problema de estar encubierto no es, como mucha gente piensa, terminar cambiando de lealtad, pollo —le repetía Benavides al comienzo de su trabajo en El Payasito saltarín— el verdadero problema es hacer el trabajo policial sin que parezca trabajo policial.

 De plano era bastante ridículo pensar que Jobes estuviera involucrado en la muerte de los poetas; de hecho, durante el segundo asesinato, estuvieron juntos en todo momento entre la redacción de El Vigilante y El Rincón del Tango.  —Si su mamá le dice que está lloviendo, usted  abre la ventana y saca el brazo para ver si se moja, así es este trabajo— era otra frase que también le repetía el comisario. Harold tenía que encontrar la forma de revisar los libros antes de que comenzara la exposición y ver si en la edición incunable faltaba una página. Con una evidencia así, podría hacer que Benavides moviera sus influencias y consiguiera una orden para registrar el libro como evidencia y pedir la lista de todos los visitantes de la Sala Adriano de los últimos meses. Sin Jobes no llegaba a los Adriano y quizás al libro, pero presionando a Jobes había muchas formas en que aquello pudiera salir mal. Al darse la vuelta y ver la expresión lastimera en la cara del perro que acompañaba a los exploradores que coronaron el Bolívar, finalmente vino a él una solución tan sutil como eficiente. Miró el reloj, se levantó y comenzó a caminar tan rápidamente como podía sin llamar la atención de los guardias de Teleférico. 

Luego de llegar al Masini, tuvo que esperar unos minutos en la acera del frente hasta que vio salir al anfibio secretario de Benavides, que iba escoltado por un siempre solícito Jobes y por el periodista de Cultura, que le estaba hablando sobre la diferencia entre un rispetto y un strambotto, sin que Macu reaccionara más que con una sonrisita que parecía darle la razón, pero que para quienes lo conocían solo significaba que no estaba escuchando y que tenía hambre.

—¿Listo para ir a cenar, primo?— le preguntó Harold mientras cruzaba la calle.

A Macu se le iluminaron los ojos ante el solo rumor  de la comida y comenzó a asentir con la cabeza mientras aplaudía con sus pezuñas y hacía agudos grititos de celebración.

—Nunca me deja de maravillar su energía vital, poeta —dijo Jobes— ¿A dónde nos escapamos hoy viejo Harold?—, preguntó al recién llegado.
—A ninguna parte, mi estimado. Mire que entre los toques de queda y la muerte de poetas, es mejor no andar muy juntos por ahí —lo cortó el policía, sospechando ya de su antiguo informante—. Además, usted vive en territorio Liebfraumilch, ¿no? tiene que llegar temprano para que no lo pongan a pagar penitencia.
—Pues sí, tiene usted razón, mejor esperar que lleguen tiempos más civilizados… Ya sabe, cuide a nuestra estrella, el periódico no puede existir sin él— respondió Jobes antes de despedirse con una palmada en la espalda del secretario de Benavides, quien no ocultaba su impaciencia por ir a comer.

Cuando estuvieron suficientemente lejos como para no ser escuchados, Harold le dio la mínima información necesaria a Macu como para que pudiera conseguir que Jobes los acercara a Carlito Adriani, pero sin un comentario de más que pudiera poner en riesgo la tapadera de ambos; la del estudiante de Letras y falso poeta y la de falso poeta y ahora falso periodista. 

—Pero yo hago mis informes en el periódico, a mí no me gusta salir y no quiero ir a ninguna parte. Además, no me gusta interrogar sospechosos porque siempre se desbaratan— intentó argumentar  Macu entre jadeo y jadeo por culpa de esa insensata costumbre que tenía su compañero de hablar y caminar al mismo tiempo. 
—Ese sospechoso no se “desbarató” Macu, quedó inconsciente, como suele ocurrir con alguien a quien le acaban de dar  una cachetada con una plancha de hierro— repuso un Harold impaciente por tener que convencer al obtuso secretario—  además, no es necesario que vaya a ninguna parte, haga que Jobes lo invite al periódico y ahí le brindamoss de su chocolate mientras conversamos.
—¡Ese chocolate es solamente para los periodistas de primera línea! Además, a Carnevalli no le gusta que gente extraña entre en el periódico desde lo de la nevera —terció casi sin aliento——. Parece que no lo puedo ayudar Harold, qué pena —sentenció Macu con un acento cada vez más merideño.
—Lo entiendo Macu, no se preocupe— le sonrió mientras, estratégicamente, disminuía la velocidad justo al pasar por un carro de perros calientes, para enseguida aumentarla y dejar al buitre adiposo masticando en el aire un imaginario perro especial con par de líneas de mostaza y mucha salsa tártara. Yo entiendo que ahora usted —continuó Harold— le escribe esos informes a Carnevalli y es a él a quien le debe lealtad… Estoy seguro de que Benavides opina igual—, lanzó la carnada, experto en hacer el trabajo de policía sin que pareciese trabajo de policía.
—No me irá a joder así, ¿verdad? —preguntó un Macu titubeante luego de frenar en seco tras escuchar la amenaza velada de su compañero. Son cosas distintas y yo estoy haciendo mi trabajo como el comisario me lo encomendó, estoy siguiendo sus órdenes. Además, en el periódico no incluyo los dibujos, esos los guardo para el comisario, él es el único que los ve… Yo he hecho más por la institución en todos estos años que usted y sus amiguitos… yo sí sé lo que es la lealtad… No le diga a Benavides, ¡Qué va a pensar si sabe que a Carnevalli también le gustan mis dibujos y los tiene en el corcho de su oficina!

Cuando vio que un lagrimón, fofo, se asomaba en el ojo izquierdo de Macu, y que su cara estaba completamente desencajada, Harold supo que era el momento de cerrar la pinza sobre su compañero.

—El corazón es una morada con muchas habitaciones, poeta— sonrió a medio camino entre su personaje y su oficio— y yo lo entiendo, no lo juzgo. Benavides es su jefe y Carnevalli, bueno, Carnevalli también es una especie de jefe. Ambos tienen derecho a disfrutar de sus informes. Mientras no se le crucen las carpetas, nadie sale herido— lo tranquilizó con el gesto de palmear el hombro que un rato antes había usado Jobes.
—¡Gracias, Harold! gracias por comportarse como un profesional— le dijo estrechando la mano del policía encubierto con sincero agradecimiento. Además —continuó—, yo desde el periódico es mucho lo que puedo vigilar. Usted sabe que los periodistas son más peligrosos que una embolia. 
—Mañana temprano muéstrele esto a su nuevo amigo—. Harold le entregó  el folleto de la exposición. —Dígale que quiere hacer una semblanza de los Adriano y de su heredero, Carlo; pídale el favor de que lo llame, que usted sabe que son muy amigos. Ah, y no olvide procurar que me invite. Nada más eso. 
—Ajá, ajá —respondió Macu—. Pero primero, vamos por esos perros calientes que con hambre no es mucho lo que retengo —sentenció—.

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