Tres poetas y un conejo entran a un bar

Los distintos toques de queda que se extendían en la ciudad habían convertido el territorio de La Otra Banda en una suerte de zona de tolerancia donde bares, restaurantes, e incluso moteles, abrían más allá de lo que la legislación permitía. Por eso, era predecible que el lugar de encuentro con Carlito Adriano fuese en los límites de la Plaza Bolívar y la antigua Escuela de Música. Sin embargo, de todas las opciones que había en ese reducido perímetro, a Harold no le dejaba de desconcertar que hubiese escogido aquel deslucido restaurante chino al frente del Rincón del Tango para recibirlos, del que quizás lo único que podría destacar el policía encubierto era el regusto a aceite quemado de sus lumpias. Jobes no había dicho mucho, tomando en cuenta que prácticamente lo habían obligado a concertar la cita, mientras Macu iba como en peregrinación recitando los platos que esperaba encontrar en su segundo encuentro con aquella cocina.


Al cruzar por la maciza puerta del castillete, adelantándose un paso a Harold y Macu, Jobes sintió algo muy parecido al alivio, pero también a la nostalgia, al ver que el Tonchalá había perdido aquel glamour vernáculo de su primera incursión. Un frío que no había dejado de recorrer su espalda desde que salieron de El Vigilante le iba recordando varios momentos inconexos de la noche en la que salió coronado como Reina del Sol: su comentado desfile de pasarela, el vestido que le improvisaron con los abanicos de plumas de pavo real que estaban en el depósito del bar, y el inolvidable sabor de la primera vez que sintió el lápiz labial en su boca cuando lo estaban maquillando. Aún con el corazón acelerado, buscó entre los presentes a ver si acaso encontraba una cara conocida que pudiera recordarlo, pero aunque la rareza de los clientes seguía intacta, no llegó a reconocer a ninguno. 

En cuanto al bar, la decoración era casi la misma que en su primera visita, cuando el viejo andaluz aún era su dueño. Al presentárselo, Carlito le contó que conocía al español desde que tenía uso de razón ya que, apenas había aprendido a caminar, sus tíos lo sentaban en una banca detrás de la barra a tomar Fanta mientras armaban sus cuchipandas hasta el amanecer. Y habría seguido siendo así de no haber sido por un evento extraordinario que lo llevó de vuelta a su patria: ese noviembre de aquel mismo año en que coronó a Jobes, el rojo teléfono junto al pasillo que conducía al baño comenzó a sonar de manera estridente. Acostumbrado a recibir los encargos más extravagantes a esas horas de la noche, Pepe Nacho, como le decían todos los que no le decían «catire», le bajó el volumen al disco de Camarón de la Isla que giraba en el equipo National y desde el otro lado del auricular, con ese ruido salinizado que tienen las llamadas transatlánticas, alguien cuya identidad nunca pudo determinar con exactitud le avisó que el generalísimo había muerto. 

Nada más recibir la noticia, pero esto se lo contaría luego el mismo Carlito a Harold, el veterano de la república soñada mandó a cerrar la tasca con todos los que estaban adentro —por siete días con sus siete noches— para celebrar el fin del  régimen que lo obligó a recorrer medio planeta antes de terminar detrás de la barra de aquel curioso lugar en esa Mérida, que no era la extrema y dura de España, pero tampoco la soleada de México. Se bailó sobre las mesas, se suspendieron las cuentas, el catire lidió en faenas inolvidables a sus mejores clientes. En la tercera noche, se armó un tablao flamenco al lado de la barra con la madera de la escalera principal, donde las aspirantes a secretarias de la Academia Palmer dieron un espectáculo de Rumba Flamenca que fue portada en el cuerpo de cultura del diario El Vigilante. Cuando Pepe Nacho ya iba por su tercer toro de la séptima noche, en medio de una verónica como las que solo se le vieron al Gitanillo de Triana, supo que el tiempo de volver a la patria había llegado. Entre olé y olé, entre la algarabía y los gritos de «vamos mataor», tomó la decisión de poner en venta su bar. Se lo ofreció ahí mismo al chino Gao, mientras lo ayudaba a levantarse de entre las sillas donde había ido a parar, luego de recibir la estocada final de su lidia. Gao era un habitué del Tonchalá desde que llegó a la ciudad, al punto de afirmar que la mayor parte de lo que sabía de español lo había aprendido entre caña y caña en esa barra. Era un buen cliente; él y su esposa trabajaban en un remate de caballos de un primo a menos de tres cuadras y, —esto era lo más importante para el viejo republicano— trataría con cariño y respeto al Tonchalá. Por lo tanto, se lo ofreció a la mitad de su valor, también en cierta forma como compensación por haberlo lidiado tan burlescamente.

Pese al recelo de Maylin, la mujer de Gao, que amenazó varias veces con regresarse a Foshán en el primer barco que saliera de La Guaira porque ni la ubicación ni el potencial del negocio le cuadraban con el precio, dos días después firmaron todos los papeles necesarios, incluida la cláusula de conservar las reliquias —en el contrato figuraba ese término— y la clientela del lugar. Por eso, y porque habían gastado todo su dinero en la compra, cuando les tocó «redecorar», los Gao se limitaron a descolgar los jamones riojanos y a guardar en el depósito del sótano el atril que por tanto tiempo sostuvo la obra colectiva en la que cada cliente que cumplía un año yendo todos lo días, tenía el privilegio de participar: Mecánica Celeste Republicana, como la bautizó su creador, el artista plástico y barman honorífico, Carlos Contramaestre. En su lugar, por aquello de la buena suerte, los nuevos propietarios venidos del oriente apenas habían tenido dinero para mandar a colocar una pecera en cuya agua turbia unos kois parecían suplicar que acabaran con sus vidas. Incluso, el Buda de Hotei de porcelana blanca y con bigotes pintados a lo Salvador Dalí que coronaba la repisa de los licores más caros, seguía en el mismo lugar del que lo tomó Jobes cuando lo declararon ganador para dar su vuelta de la victoria. El cambio más visible era que en la versión restaurante chino había menos mesas por aquello de la privacidad entre los grupos de comensales, cosa que jamás había sido un problema en la época del andaluz, pues le gustaba predicar que en el bar adecuado solo había amigos y los amigos se sentaban juntos.

La única mesa que no se había movido un centímetro en tantos años, lo supo al instante Jobes desde la puerta, era la de Carlito. En el centro del ahora restaurante chino estaba el heredero de los Adriano, pulcramente vestido, con el cuerpo dispuesto hacia la puerta, las piernas cruzadas y fumando uno de sus cigarros mentolados, mientras su pequeño asistente, que lo seguía a todas partes, le servía café en un taza que a todas luces no pertenecía al menaje del restaurante. Cuando sus miradas se cruzaron, Carlito sonrío con esa naturalidad con la que ejecutaba cada movimiento, y con la misma mano con la que sostenía el cigarro saludó, a la vez que le indicaba a los tres poetas que terminaran de llegar a donde él estaba.

Carlo Augusto Adriano Febres-Febres-Picón parecía sacado de un relato costumbrista, o al menos eso pensó Harold mientras Jobes se encargaba de las presentaciones de rigor. El heredero de la familia Adriano cargaba una camisa que a pesar de estar arremangada no se arrugaba, un saco de tres botones colgado en la silla a su izquierda, y unos zapatos de dos colores en los que no era difícil mirarse, aún en la oscuridad. Ni un solo pelo fuera de lugar. Ni una gota de sudor. Incluso esas manos, que movía con liviandad a través del aire turbio del restaurante para enfatizar las palabras, parecían recubiertas de un material que les impedía ensuciarse o desgastarse.

Macu fue el primero en sentarse. Después de sacar la silla todo lo que  daba para que pudiera caber con su prensada barriga, al punto de chocar contra el espaldar de uno de los tres hombres que estaban en la mesa contigua, el pequeño roedor se trepó de un brinco. Con el mismo impulso y, exhibiendo una agilidad que poco se le veía, abrió una servilleta y se la puso de babero mientras le hacía señas a la permanentemente enojada Maylin Gao, pidiéndole la carta. Carlito disipó en el acto la evidente molestia de Harold:

—No es para tanto, poeta. El talento de algunos necesita más espacio —dijo picándole el ojo a Macu, de quien se acababa de declarar como un ferviente admirador gracias a su primera crónica en El Vigilante, que definió como hermosa y aterradora. A continuación, le hizo una seña a Maylin, quien en vez de llegar con las cartas, traía una botella de licor de cereza. En simultáneo y con un movimiento que parecía sincronizado, los tres hombres de la mesa vecina se movieron a la que estaba debajo de la ventana sin abandonar el silencio en el que habían permanecido hasta ese momento.
—Dejemos la comida para más tarde, que las respuestas más sinceras se dan con el estómago vacío —dijo el heredero de los Adriano quien, ante la cara de duda de Jobes al ver la botella de Kirsch, apresuró a tranquilizarlo: —Tranquilo, poeta, no va a pasar nada porque nos tomemos un poco de esta botella, menos vamos a tomar partido por algún grupo literario —continuó subrayando las últimas cuatro letras de la palabra—, el buen licor nunca ha ocasionado conflictos, ni este en el que estamos ni ninguno; además, que sea la bebida preferida de los miembros de Liebfraumilch no nos va a volver uno de ellos, ¿no cree? 

Mientras el heredero sumaba argumentos y la mujer servía las copas de todos los presentes, Jobes no pudo evitar caer en el lugar común de que Carlito no había cambiado nada: seguía siendo el mismo Aquiles sibilino que con artimañas parecidas lo había convencido, al salir de la última corrida de toros de la tarde que se convirtió en noche, de ir a una fiesta en un bar al que sí iban poetas de verdad verdad.

Por su parte, Harold estaba tan concentrado en descifrar a su posible sospechoso que, en contra de su característica precaución, ignoraba todo lo que no ocurriera entre los límites de esa mesa. No había reparado en el bestiario que se podría construir con los disímiles y extravagantes clientes del lugar, tampoco había buscado rutas de escape ni peligros ocultos, como hacía por oficio cada vez que llegaba a un nuevo lugar. No es que el Tonchalá a esa hora supusiera un gran peligro, pero cada vez que el falso estudiante de Letras caía en cuenta de su falta de precaución —y esta no sería una excepción— quedaba con una sensación de resaca que luego le costaba mucho quitarse. 

—Bueno, aquí voy, pongo la cabeza ante mi verdugo, espero que la hoja de su hacha esté bien afilada —dijo Carlito.

Simulando entrar en faena, Macu zampó con aires de implacable entrevistador: 

—¿Vainilla o chocolate?— En el apuro por hacer la primera pregunta de la entrevista, que tenía que leer de una ficha que Harold le había escrito a puño y letra, el falso periodista la confundió con una lista de mercado que le había dejado Benavides. Ante la duda de cuáles eran las Oreos favoritas del comisario, Macu se había dejado una nota para preguntarle en cuanto lo viera; sabía que llegar con las galletas incorrectas bien podría valerle un tiro. 

Harold le dio a Macu el primer pisotón de la noche, y le pidió a su primo que dejara de jugar con el tiempo de Adriano que seguro no le sobraba, pero sin darle chance de rectificar, Carlito le preguntó: —¿Y usted qué cree? ¡Vainilla! pero eso es off the records, ¿ok? no quisiera que esas intimidades quedaran divulgadas en la entrevista.

Macu no entendió por qué ese señor, que se veía inteligente, no aprovechó la oportunidad para pedir una entradita. Eludiendo con total desfachatez su error, el falso periodista espetó la correcta sin disculparse: 

—Por favor, explíquenos cómo ha sido su relación con la poesía. 

Al advertir que la comida tardaría mucho en llegar, sumado al encandilamiento que solía producirle el poder en cualquiera de sus formas,  los pensamientos de Macu comenzaron a divagar en el mismo momento de pronunciar la palabra familia, como si fuesen un papagayo sin cola, y seguirían así el resto de la noche, volviendo apenas de vez en cuando a la entrevista que se suponía estaba haciendo, cada vez que Harold o Jobes llamaban su atención. Se preguntaba qué exquisiteces aguardarían detrás de la puerta batiente de la que de cuando en cuando salía un hombrecillo chino para depositar los platos humeantes sobre la barra a la espera de que la mujer los recogiera. Para mitigar su agonía, recorría los diferentes puntos del lugar, se detenía en un rostro, para de inmediato saltar a un par de zapatos que no combinaban, al monociclo que estaba recostado a la pecera, o en la máscara de látex con la bola roja en el lugar en donde se adivinaría la boca que cargaba un cliente al que, por razones que desconocía, no lo dejaban sentar a la mesa de la gente con la que estaba.

Carlito, al timón de la conversación, continuaba repasando exhaustivamente el árbol genealógico de los Adriano, desde los tiempos de Publio Elio Adriano, L’Imperatore, de cuando su apellido se unió a una rama menor de los Médicis, y de cómo los suyos habían llegado desde la magnífica Florencia «a este vallecito de lágrimas» —como le gustaba decirle a la ciudad—. 

Viendo que le faltaba mucho por llegar al siglo veinte, Harold se apresuró a intentar preguntarle por la Sala Adriano y su colección de Libros Antiguos que era  el tema que le interesaba:
—Entonces, don Carlos…—. Pero en seco, Carlito lo interrumpió y con un aire de amable regaño zanjó: —Por favor, poeta, no me llame Carlos que la ese al final sobra tanto como un sombrero en un lugar cerrado. Me llamo Carlo, en singular, y para los amigos como ustedes, Carlito, así que de acá en adelante, Carlito, ¿de acuerdo?— Aprovechó la pausa, y se disculpó por tan larga digresión, y retomó la pregunta que hacía más de veinte minutos le había hecho Macu. 

—La verdad es que nunca se me han dado mucho las letras, las admiro como se admira la belleza, pero mis necesidades expresivas las satisfago de una forma más… física —explicaba mientras dejaba que su mirada buscase los ojos de Jobes con complicidad.
—¿Lo dice por los toros? —interrumpió Jobes ante la amenaza de ser descubierto, brindando a la salud de Juanito, el toro disecado de las Ferias del 59 que colgaba en el lugar de siempre, aunque ahora, quizás por contexto, con un fuerte aire de Yak de los Himalayas.
—Qué buena memoria la suya, Jobes… Por ejemplo… Mi pasión por la tauromaquia es casi genética. En el comedor de mi casa paterna aún se encuentra la cabeza del vistahermosa que le cruzó la femoral a mi abuelo, con la sangre seca en el pitón izquierdo. Fue su última voluntad, que si un toro había sido tan bravo como para cogerlo, había que hacerlo parte de la familia —soltó, con una risotada que rompió la armonía de sus movimientos por un segundo—.
—¿Y el gusto por los libros antiguos también es genético?, —preguntó Harold, quien sentía como si estuviese cayendo en un profundo agujero a medida que avanzaba la noche, producto del desconcierto que le causaba su interlocutor.
—¿Sabe lo que pasa con ese tipo de herencias, poeta? que están ahí cuando uno llega, y tiene que cuidarlas lo mejor posible hasta que llegue el próximo —contestó el menor de los Adriano recuperando su actitud faraónica.— Estoy seguro de que esas armas biológicas le interesan más a usted o a nuestro querido Jobes que a mí. Pero ya ve, a ustedes les tocó estar de un lado del vidrio y a mí del otro. 

Harold sintió que, por primera vez, Carlito se estaba saliendo de su libreto.

—No le intente quitar el trabajo a su primo, Harold. Mire que nosotros aquí vinimos de comparsa —le recriminó amistosamente Jobes a su compañero, mientras se buscaba nerviosamente en los ojos de Carlito.
—¡Es cierto! —celebró el heredero encendiendo un nuevo cigarrillo y llamando a su pequeño asistente, para decirle algo al oído y despacharlo de inmediato—. ¿Qué más le interesará saber de este pobre mortal, mi hasta ahora nada inquisitivo Macedonio?— La seguridad del sospechoso regresó y entonces Harold tuvo la certeza de que Carlito sabía y sabía todo, sabía que Macu no era periodista, que él no era estudiante de Letras, que no eran primos y se prestaba para interpretar un papel «al otro lado del vidrio», como había dicho hacía segundos. Pero sacudió la cabeza para alejar su miedo y luego de darle un trago al licor que tenía en la mesa y que apenas había probado, se quedó mirando a Macu esperando que algo milagroso ocurriera.
—¿Qué pena puede ser tan grande como para no comerse ni una lumpia? —soltó Macu mientras los otros tres ocupantes de la mesa lo miraban desconcertados. Lo dijo como quien piensa en voz alta, con la mirada perdida mientras una lágrima bajaba por su redondo cachete.

La carcajada de Carlito se escuchó hasta en el campanario de la catedral. Sin dejar de reír, le hizo señas a la mujer de la barra para que trajera un plato con las anheladas lumpias de Macedonio y, por supuesto, la carta. 

Para el observador ocasional, Macu podría pasar por despistado. Siempre parecía perder el hilo de las conversaciones y, cuando había más de dos personas en una conversación, adoptaba el aire introspectivo de las zarigüeyas muertas. Harold, y con él el resto del Payasito Saltarín, dudaba incluso de que tuviese las piezas completas, y el mismo Benavides le reclamaba constantemente que dejara de cazar moscas, aunque nunca llegó a quemarle un pantalón o ponerle más azúcar al café. Sin embargo, quien se diera a la tarea de estudiarlo como se estudia a los grandes mamíferos en Papúa-Nueva Guinea, se daría cuenta de que el asistente del comisario tenía una capacidad de observación y una atención al detalle prodigiosas. Era capaz de descubrir, sin que nadie le diese pistas, en qué orden se habían freído los churros de la avenida 4 y seleccionar, siempre, los que tenían una mayor densidad de azúcar por centímetro cuadrado. Más de una vez salvó de terminar en la basura unos pantalones gastados del comisario que aún soportaban exactamente 47 posturas más. Macu, pero esto es algo que desconocían por completo sus compañeros y superiores, podía seguir a un gato techero por tres días, anticipándose siempre a sus movimientos. Lo que quizás le jugaba en contra en un mundo preocupado por cosas irrelevantes y por cadenas de acciones que conducían a un fin concreto, es que su don solo funcionaba para lo que el común denominador, incluyendo los estudiosos de grandes mamíferos de Papúa Nueva Guinea, consideraría cosas irrelevantes. 

En su deambular por los platos ajenos con la angustia de no saber cuál sería el suyo, Macu solo podía concentrarse en los tres hombres, el de pelo largo, el de cabeza rapada y, por supuesto, el de sombrero pequeño al que casi aplasta con su silla al llegar. A medida que los platos iban y venían de la cocina, el falso periodista se sentía cada vez más ansioso porque los tres personajes no habían pedido nada para comer y por lo visto, no tenían intenciones de hacerlo. El falso poeta acertó al suponer que una pena los había golpeado con tanta fuerza que incluso les había quitado uno de los tres únicos placeres verdaderos, a la par de cagar con ganas y ligeramente por encima de quitarse los zapatos. Macu, por supuesto, acertó por completo, pero como no era relevante para el caso, para la fuerza de agentes encubiertos, para esa ciudad empinada ni para sus compañeros de mesa, nunca se sabría que su poder de observación había resuelto un complejo misterio de la vida humana, otra vez.  

 —Se trata de un grupo de amigos que se suelen citar aquí— explicó el ayudante de Carlito que regresaba con el encargo que le había hecho su amo y él sí, a diferencia del resto, había entendido que la pregunta sobre las lumpias del rechoncho periodista tenía un fondo metafísico y que Macu, aún pensando siempre en comida, no pensaba solo en comida. —El de la larga cabellera es un mago zoroastriano, al del talit lo deben haber visto alguna vez vendiendo pistachos salados en el callejón dorado y, por supuesto, el de la cabeza rapada es un krisnaísta. Deben estar esperando al otro, al cuarto. Siempre vienen los cuatro. 
—¿Algún momoy? —preguntó el menor de los Adriano al recibir los tres sobres que le extendía su ayuda de cámara.
—No, un dentista —le respondió, sin una mueca que aventurase que estaba bromeando.

Al enterarse de que uno de los hombres era un mago, Macu se quedó pensando en los trucos que podría hacer el tipo del turbante y capa, que por supuesto tenían que ser más complicados de los que el secretario de Benavides había aprendido: el de sacar monedas de las orejas y adivinar cartas. De seguro tenía que saberse trucos de los de verdad, como desaparecer gente. Aunque bueno, como parte de las fuerzas del orden, en una que otra ocasión a él le había tocado desaparecer algún cuerpo, no era lo mismo. Quería acercarse para preguntarle dónde guardaba los conejos, si les ponía nombre, o qué hacía con los usados, si se los comía o se los vendía a otros aprendices de mago, porque de seguro que con esa capa llena de tantos dibujitos, aquel hombre tenía que ser un gran maestro de magia. 

—Queridos amigos, el viernes por la noche hay un evento de nuestra Fundación en la Casa Bosset. Los tres están invitados —dijo Carlito poniendo sobre la mesa el sobre que acababa de traerle su asistente— por supuesto, solo les pido que recuerden respetar el código de vestimenta. Yo sé que a los poetas y a los policías siempre se les escapa esa clase de sutilezas… Quizás ahí podamos concluir nuestra entrevista, Macedonio. Estoy seguro de que le han quedado varias preguntas en el tintero. 
—¡Muchas gracias por el honor, querido Carlito! No lo defraudaremos y le demostraremos que, a diferencia de los policías, nosotros los poetas sí sabemos andar en el mundo —se apresuró a responder Jobes, quien ya con su cuarta copa de licor de cereza había terminado por soltar amarras. 
—Sería incapaz de dudar de su capacidad de adaptación, mi camaleónico Jobes —dijo Carlito, con una sonrisa de complicidad, para volverse nuevamente a Harold— será una exposición de libros. ¿Qué mejor lugar para que estén tres poetas, no? Hemos organizado la exhibición de nuestros incunables de la Biblioteca y algunas otras rarezas. Irá la creme de la creme, que en nuestro amado pueblito sería más bien como yogurt —dijo soltando una risita maliciosa. —Anímese, poeta, quién sabe y de ahí sale con un premio, una beca o directamente un mecenas que le permita dejar eso tan prosaico que hace para ganarse la vida y se dedica a escribir, que es lo que le gusta.

Harold sintió el sudor frío del ladrón, del traficante, del infiel… pero sobre todo, sintió el pánico del policía encubierto al que le descubren la fachada. Sin más que hacer, y examinando el curioso lugar en el que estaba, con la china que lo miraba desde la barra, los personajes de feria que iban y venían e incluso del maldito enano con su sonrisa de enema que mariposeaba alrededor del heredero de los Adriano, se llevó lentamente la mano a la pierna donde guardaba el revólver y tratando de sonar natural preguntó —¿Eso que hago?—.
—Sí, claro. Nuestro Jobes me contó que rellena piñatas y arma bolsitas de cotillón. Ese no es lugar para un poeta, ¡Anímese!, anímense los tres y lo pasarán en grande. Bueno —dijo, mirando el reloj—  creo que los he retenido demasiado tiempo y estoy seguro de que tienen cosas de poetas que hacer. Nos vemos el viernes. Macedonio, venga con el arma cargada que cargaré la mía. Carlito se paró seguido de su asistente y se despidió de los tres poetas. Tras hacerles un gesto de sincera cordialidad que los eximía que se pararan de la mesa, le indicó a los Gao que pusieran a su cuenta todo lo que quisieran consumir. A continuación, se puso su chaqueta y salió del restaurante, con su escolta de siempre.

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