El periodismo no descansa

Sobre la acera frente a la piñatería, estaba mal estacionado un Ford modelo Gran Torino igual al de la serie de televisión Starsky y Hutch, solo que en vez de ser de color rojo, era verde botella y tenía cierto efecto metalizado que hacía que su carrocería se asemejara al caparazón de las lucilia sericata, las moscas que suelen aparecer sobrevolando la materia descompuesta. 

Harold vio que su reloj marcaba un cuarto para la medianoche. Tenía poco tiempo para llegar a la sede de El Vigilante, cuya redacción cerraba la edición del día siguiente a las once y treinta y, aunque Jobes siempre solía quedarse un rato más, igual andaban cortos de tiempo. Además, Harold, ahora en labores detectivescas por órdenes de Benavides, quería salir rápido del encargo del comisario para llegar sin obstáculos en apenas unas horas más, a su cita con el Tuerto Dávalos en el Café Ritz, así que salió del comando con la botella de ron Liqui Liqui en la mano y como una flecha, cogió rumbo al periódico. Unos metros antes de llegar a la esquina, se percató de que Macu no iba con él. Volteó y vio que la versión rechoncha y roedora de Richard Brautigan estaba sacando un cojín como de sofá de  la maletera del carro que estaba parado sobre la acera. El pequeño Watson, ataviado con el cojín que apenas podía mantener debajo del brazo y por lo alto que le quedaba la tapa de la maleta al estar abierta, cogía impulso y pegaba brincos para intentar cerrarla. Con cada salto, hacía un chillido como de ardilla. Cuando ya lo tuvo al frente, Harold le ordenó a Macu que guardara de nuevo el cojín dentro de la maletera y que siguieran caminando.

—No. Vamos en el carro. Yo no puedo caminar mucho porque tengo un soplo en el corazón —respondió Macu abriendo la puerta del carro, con el cojín abrazado al pecho. 
—Mierda, para colmo, achacoso —pensó Harold mientras le explicaba al secretario de Benavides que no olvidara que ahora era un aspirante a poeta y un aspirante a poeta no podía andar con un ocho cilindros sin levantar sospechas. Un aspirante a poeta podía tener un Renault 5, un Fiat Tucan, idealmente, un Volkswagen Escarabajo, o si era de familia con plata, hasta un Fiat Uno, pero jamás un Gran Torino como el suyo. —Además —continuó Harold— ese carro dice «policía» por todas partes. 
—No tengo nada por qué avergonzarme. No sé usted pero yo estoy muy orgulloso de pertenecer a las fuerzas del orden. Ya le dije que tengo un soplo y no puedo caminar dos cuadras sin jadear. Ya sabe que si hay que perseguir a alguien, lo persigue usted. Yo puedo dispararle. Lo mío es disparar, siempre. 
—Ah las putas Macu, pero ahora eres un aspirante a poeta.
—No, yo soy subcomisario, y tengo más grado que usted.

Sin atender razones, Macu terminó de colocar el cojín floreado sobre el asiento del piloto y de un brinco, se sentó. A continuación, cerró la puerta y encendió el motor del ford que hizo que las tejas de las casas se alborotaran como si hubiera un leve temblor. 

—Hagamos una vaina mejor, Macu, yo voy solo y luego nos vemos acá en un par de horas. Yo te paso la información que averigüe y tú le informas al comisario, total, esa fue la orden precisa de él, ¿no? Así no tienes que fingir…

Ante la posibilidad de perderse la única misión que le habían asignado fuera de un escritorio y todo el papeleo de la delegación, Macu apagó el motor del carro y se quedó pensativo por unos segundos. 

—¿A cuánto es que está el periódico fue que dijo usted? 
—Tres cuadras.


Dos cuadras exactas más adelante, justo frente a la Casa Bosset, Macu pidió hacer la primera parada. En efecto, jadeaba como un perro con rabia y el rostro le había cambiado de color. Harold volvió a mirar la hora: eran las doce y once. Mientras recuperaba el aliento, el secretario de Benavides le hizo señas a Harold para que se acercara. 

—¿Y cómo es la joda esa de los poetas? —preguntó entre bocanada y bocanada. Su rostro moreno comenzaba a volver a su color normal. —¿Qué tengo que hacer?
—Nada. 
—¿Nada? 
—Mientras menos hagas, más poeta. La nada es una de las mayores verdades de la poesía, al menos eso escribió el poeta Aveledo. 
—¿Qué hora es?
—Doce y doce —respondió Harold con apuro. 
—Capicua —dijo Macu. 
—¿Y si alguien me pregunta qué estoy haciendo? —retomó el tema Macu.
—Respondes que nada. 
—¿Y si alguien me pregunta por qué no estoy haciendo nada?
—Nadie te va a preguntar esa vaina. En algún verso estarás pensando.  
—Parece fácil —sentenció Macu. 

Retomaron el paso y desde la esquina de la Avenida 4 se podía apreciar que todas las luces del Edificio Masini estaban apagadas a esa hora excepto por los dos pisos de la redacción de El Vigilante que a pesar de ser poco más la media noche,  tenían bastante movimiento de gente. 

En las escaleras de la entrada del edificio, Macu le volvió a hacer señas a Harold para que se detuviera. 

—Coño, Macu, pero si de vaina hemos caminado una cuadra más…
—Quiero que me responda unas preguntas sobre el sospechoso que vinimos a buscar, inspector.
—Mierda, Macu, no me puedes decir así aquí ni en ninguna parte.
—Cierto, poeta. Disculpe usted mi falta de entendimiento. 
—Jobes no es sospechoso de nada, y no vinimos a buscar a nadie. Vinimos a ver qué ha llegado al periódico, alguna noticia que nos interese, si ya saben lo del cadáver. 
—Si no es sospechoso, ¿entonces qué es? —insistió Macu—. en Caracas, por un sospechoso muerto te dan una medalla y dependiendo del sospechoso, un ascenso. 

Acto seguido, Macu se levantó la camisa y le mostró a Harold la pistola que cargaba metida en el cinturón del pantalón. Sospechoso muerto, caso resuelto, poeta. 

—Jobes es un poeta que se gana la vida como periodista de sucesos.
—Según el comisario Benavides, todos los poetas son sospechosos, distingui… Mi distinguido amigo —corrigió Macu— al tiempo que Harold ya había pulsado el botón para llamar el ascensor.  


En último piso del Masini, la redacción de El Vigilante parecía la sala de máquinas de un buque: todas las editoriales estaban revolucionadas como si acaso hubiera muerto el papa o si el presidente se hubiera vuelto a romper el tobillo bailando polka, y el futuro inmediato de la ciudad pendiera de las noticias que salieran en la edición matutina del día siguiente. Al primero que vieron desde la entrada de la redacción, fue al editor de política caminando ansioso de un lado a otro, levantando todos los auriculares telefónicos para verificar que tuvieran tono. El editor de cultura se había subido a una mesa desde donde cantaba nessun dorma con su voz de mezzosoprano y los periodistas de economía dibujaban en la pizarra,  con sus escuadras y compases gigantes, unos gráficos que inmediatamente borraban sin siquiera revisarlos. El resto de la escena, la completaba don Francisco Carnevali, el Editor General del periódico, dirigiendo una arenga en la que gritaba que ellos eran El Vigilante y los vigilantes, como el periodismo, nunca descansaban y por tanto, siempre tenían que estar alertas, atentos y al cuidado de los más desprotegidos, haciendo breves pausas para ponerse gotas de valeriana en los ojos. 

Harold aprovechó que los de deportes venían trotando alrededor de todo el piso cantando «La Cabra», para camuflarse entre ellos y llegar al puesto de Jobes sin ser visto por don Paco. De inmediato comenzó a correr, le hizo señas a Macu para que lo siguiera y en cinco zancadas estaban parados frente al poeta que a esa hora estaba en faena de periodista. Harold saludó a su amigo mostrándole la botella de ron Liqui Liqui que cargaba escondida en la chaqueta y presentó a Macu como un primo lejano que había venido a visitarlo desde Valle la Pascua. El secretario de Benavides estaba en pleno episodio de hipoxia y apenas alcanzó a saludar con la mano. 

—¿Y esto por qué está tan revolucionado? —le preguntó Harold a Jobes ahorrándose el saludo. 
—Coño, poeta, pues hoy llegó una noticia de última hora y el editor nos tiene a todos haciendo doble turno… ¿Y usted viejo, Harold? —preguntó Jobes con una expresión que ahora iba entre el desconcierto y la picardía— ¿Qué lo trae por aquí? 

Un pasante que iba corriendo en zig zag se tropezó con Macu y se le cayeron todos los papeles que cargaba, como si se le hubieran escapado unos pollos que tenía abrazados. Macu hizo el gesto de sacar la pistola pero Harold lo detuvo con un manotazo.

—Pues nada poeta, por aquí andamos poeteando, mostrándole la ciudad al primo —se reprochó por un instante no haber pensado en un nombre falso para Macu— que vino de visita y como estábamos cerca, se me ocurrió venir a terminarnos esta de Liqui Liqui con un poeta de verdad. 
—¿Easter’s Valley? Bonito eso por allá. Tengo familia en Altagracia, poeta. 

Macu apenas podía hacer tres respiraciones consecutivas, así que no dijo nada sino que se rió beodamente.

—Coño, poeta —retomó Jobes la conversación— una botella de este ron siempre es oportuna pero como podrá haberse dado cuenta, por acá estamos alborotados. Hasta hace tres horas era un día normal, sin gran cosa que publicar: yo andaba haciendo mis palíndromos y revisando el crucigrama. Teníamos la portada lista para mandarla a las rotativas, pero de la nada Carnevali llegó gritando que pararan las prensas, que había que sacar la primera noticia de la portada porque se venía una cagada grande. Así, en un segundo, hubo que eliminar la noticia del fumigador que por error acabó con un circo de las pulgas que llevaba una semana en el Teatro Gran Casino y abrir espacio para meter un gran titular con lo del muerto que apareció flotando en el río Chama. 

—¿Un muerto? —preguntó Harold tratando de verse sorprendido. 
—¿Quién es el sospechoso? —preguntó Macu con apenas un hilo de voz y Harold lo pisó disimuladamente para callarlo. 

Jobes, quien no escuchó con claridad la pregunta de Macu entre tantos jadeos, no pudo evitar pensar que quizá estaba exagerando con esa chaqueta para el frío de Mérida, pero era indudable el aire beatnik que, junto a sus lentes de pasta, tenía al poeta llanero. 

—Sí, un muerto, capaz lo conoces, también era poeta, del Círculo Liebfraumilch. 
—Capaz, quién sabe —respondió Harold— No ando mucho con ellos… Al rato me aburre tanto Strum und Drang. Todo eso es pura paja; su rebelión contra la razón, la cultura, la moral, la educación, es puro de la boca para afuera. 
—Sí, se ponen ladilla al rato. En eso tiene razón. 
—Ajá, pero ¿qué se sabe del poeta muerto? —preguntó Harold. 
—No mucho todavía —respondió Jobes—, se sabe que era de la familia Marquina y no precisamente era una carmelita descalza. Había estado preso por conducta inmoral: lo descubrieron tratando de embadurnar a un enano con salsa rosada. 
—¿La Torre del Oro? —preguntó Macu, por fin un poco más recuperado.
—No, eso es lo más grave, era salsa rosada casera. Y gracias a ese detalle, el abogado de la familia encontró un resquicio legal con el que le evitó cinco años en Canadá.

De pronto, todo se detuvo, y el silencio que quedó flotando en el ambiente, solo fue interrumpido por los tacones de Gladys, la secretaría de Carnevali, que cruzaba a toda velocidad la redacción. Al pasar por la oficina de Jobes, los tres poetas vieron cómo la secretaria llevaba un sobre Manila abierto entre las manos, sujetándolo con fuerza y lo más lejos posible de su cuerpo. Carnevalli salió a su encuentro y escuchó que le decía —Llegó esto, Paquirri—- y dice que es del asesino del poeta. 

Carnevalli tomó el sobre abierto en sus manos y le arrancó con fuerza una de las caras. Sacó con dificultad la carta que se había trabado con el papel desgarrado y le dio una rápida leída. Casi al unísono, levantó los ojos del papel, aprovechó de recordarle a todos los que estaban en la sala que «el periodismo no descansaba» y les ordenó que siguieran en lo suyo. Acto seguido, se fue directo hasta la mesita chueca y mal iluminada donde se sentaba Pancracio, el viejo corrector de estilo del periódico, y de pasada le ordenó al periodista de guardia que estuviera en sucesos que lo siguiera. 

—Reunión editorial urgente —ordenó. 

Así fue como terminaron los cuatro, Harold, Macu, Jobes y el editor general, apretujados en el cubículo de Pancracio, respirandole en el cuello y mirando por encima de su hombro cada movimiento que hacía. Para el experto corrector, aquellos minutos fueron horas. Este recorría con su añoso índice cada línea, haciendo una pausa para ajustarse la lupa de relojero sobre su ojo derecho, otra, para secarse el sudor, y hasta una tercera, para tomar agua. Sosteniendo con un evidente temblor el pedazo de papel en el aire y sin levantar la cara de la mesa, con un gesto de derrota, le dijo a su jefe: Lo he revisado tres veces. En cuarenta años no había visto nada igual: esta noticia está perfecta, no tiene ni un solo error.

Carnevali tomó la carta, volteó hacia Jobes y, mirándolo con esa expresión de quien acaba de ver perder a al Estudiantes de Mérida, le dijo: No podemos publicar esto.

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Feed de narrativa editada a seis manos (desde San José de Costa Rica, Stuttgart y Caracas), por los caraqueños diasporizados Luis Garmendia y Javier Miranda-Luque, y el caraqueño sin diasporizar (¿por ahora?) Mirco Ferri cuya idea es la de postear textos propios y de autores invitados. ¡Bienvenido cada par de ojos lectores que se asomen a estos predios!

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